Letrado fino y pensador siempre alerta, Jaime Antúnez Aldunate, Director de la Revista “Humanitas”, nos entrega en esta Tercera Crónica de las Ideas” una nueva demostración de su enorme talento socrático. En esta nueva ronda en torno a nuestro vasto mundo, nuestro explorador filósofo prosigue su búsqueda ininterrumpida, no del Paraíso perdido de John Milton ni del Tiempo perdido de Marcel Proust, sino del Sentido perdido, en nuestra cultura tan amnésica que las mismas reminiscencias bíblicas, “ese gran depósito de imágenes”, en el cual se inspiraba en gran medida Victor Hugo, parecen desprovistas de sentido.
Si la memoria es la esperanza del futuro y la eternidad de Dios está presente en el tiempo de los hombres, desde el Génesis al Apocalipsis, se requiere todo el genio de un zahorí para hacerlas aflorar en nuestro desierto espiritual poblado de “ideas cristianas enloquecidas”. ¿Qué diría al respecto Chesterton hoy día?
Del político al filósofo, del profesor al cardenal, del artista al moralista, la queja es la misma. Marcada por la hipertrofia de los medios y la atrofia de los fines, según el diagnóstico cruel de Paul Ricoeur, nuestra cultura oscila entre un Prometeo exacerbado y un Sísifo desalentado, agotándose en un Narciso abandonado. La desaparición de los modelos, la crisis de las evidencias, la sospecha de las representaciones, la dispersión del sentido de los dominios separados por tabiques del saber, la ascensión del hedonismo, la insignificancia de lo político, el desmembramiento incluso de lo religioso en el pluralismo de los absolutos, se desvanecen en agnosticismo escéptico, reductor de las creencias.
En todo caso, el mismo no creyente no puede prescindir de creer si desea seguir viviendo. ¿Quién le dará una razón para actuar si ha perdido toda razón de ser? En este final de siglo en el cual despunta ya la aurora de un nuevo milenio, esta hermosa obra de Jaime Antúnez Aldunate es un libro de esperanza: “Era día de la Parasceve y estaba para comenzar el sábado” (Lucas 23, 54). Al contrario de las Piezas Negras de Jean Anouilh, el lector de esta Tercera Crónica de las Ideas no es El viajero sin equipaje. En busca del sentido perdido, en medio de la multitud solitaria, el hombre de la modernidad desencantada, febril de la novedad y ebrio de libertad, se eleva desde la pesadez a la gracia, desde el sentido inmanente y limitado de las cosas hacia el sentido trascendente e ilimitado del ser. Mircea Eliade lo mostró muy bien en oposición a Augusto Comte: el hombre no es puramente homo faber y homo sapiens; es también y esencialmente homo religiosus. En el desierto árido de los valores, la búsqueda del sentido perdido es ir en procura de una totalidad en una cultura fragmentada, el deseo ardiente de plenitud en el centro del vacío, de una existencia finalmente real y auténtica, como presiente Arthur Rimbaud en Una temporada en el infierno: “La verdadera vida está ausente”.
Félicité de Lamennais se inquietaba en el siglo pasado: “El siglo más enfermo no es el que se apasiona por el error, sino el siglo que descuida, que desprecia la verdad”. Pero el joven Víctor Hugo ya respondía anticipadamente (Odas y Baladas, 1824): “Hay que decirlo y volverlo a decir, no es una necesidad de novedad lo que atormenta los espíritus, sino una necesidad de verdad, y es enorme”. Más enorme aún hoy en día: Veritatis Splendor.
Como las facetas luminosas de un prisma transparente, las conversaciones ricas y variadas que nos ofrece generosamente Jaime Antúnez Aldunate no dejan de repetirnos, cada una en su forma incomparable, que “el hombre precario” de Malraux sigue siendo el de Pascal. “El hombre sobrepasa infinitamente al hombre”, está incansablemente enamorado de Dios.
Paul Cardenal Poupard
Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura
Este prólogo forma parte del libro:
