Sean mis primeras palabras para agradecer en nombre mío, del equipo de «Artes y Letras»‘ y del diario El Mercurio, este premio que nos honra profundamente. Vaya nuestro especial reconocimiento para Su Eminencia, el Cardenal Fresno, quien con su presencia entre nosotros esta mañana y con sus elocuentes palabras ha dado su sentido último a este acto. Asimismo para don Rodrigo Ossandón, que preside a USEC en este 45° aniversario y para don Gustavo Vicuña que con tanta benevolencia se ha referido al premiado.
Hace trece años ya, cada viernes, al llegar el mediodía, siempre con asombro, experimento una impresión que escapa a los cánones habituales del periodismo. Comúnmente se ha de estar a esa hora, decisiva para la edición del domingo, en los talleres de armado del diario El Mercurio. Allí, entre tanto, como si en lugar del de armado de todos los días, apareciese a nuestra vista un taller de artesanos o artistas de tiempos pretéritos, o de ningún tiempo en particular, comienza en efecto a verse la articulación milagrosa de infinidad de manos que, poco a poco, al cabo de las horas, van dando forma visible al que será el «Artes y Letras» de la correspondiente semana. El largo camino que puede haber hecho un contacto entablado tiempo atrás en otro continente, materializado más tarde en una entrevista o en un artículo entregado para nuestras páginas, empieza a cobrar en ese momento realidad, siendo su alumbramiento periodístico el fruto de infinidad de atenciones anónimas que cuidan, desde su ubicación en la edición adecuada hasta su titulación e ilustración debidas.
* Discurso de agradecimiento al recibir el autor el Premio de Periodismo Unión Social de Empresarios y Ejecutivos Cristianos (U.S.E.C.) 1993.
Más que de una abstracción de intelectuales puros, diría así que «Artes y Letras» de una percepción filosófico artística de la realidad circundante, que palpita con matices diferentes pero con un ideal común de belleza y de servicio, en todos los que laboran en sus páginas. Acudiendo a la antigua fórmula de los trascendentales del ser, es a través del pulchrum —la belleza— que casi siempre se nos hacen aquí presentes el verumy el bonum, esto es, la verdad y el bien.
La peculiar índole de este periodismo, que, en cuanto tal, ha de dar cuenta de la realidad exterior, y que sin embargo responde tan fuertemente a un mundo interior —el de la vida del espíritu de quienes lo realizan— será sin duda factor fundamental en esa nota permanente de «religamiento» con la trascendencia que caracteriza a estas páginas. Ello redundará, a fin de cuentas, en el saludable hecho de que la reflexión religiosa, metafísica y moral —aspectos centrales de cualquier cultura y sin embargo marginados del concepto «espectáculo» que tiende hoy a imponerse como patrón cultural— tengan aquí el espacio que se merecen.
Algo parecido y no menos importante sucederá, asimismo, con el ejercicio y la vivencia de la libertad, patrimonio irrenunciable de todo verdadero periodismo. Más que ese «mundo de la libertad» al que se refería la escritora rusa Tatiana Goritcheva en entrevista con «Artes y Letras», y que ella identifica con esa noción contemporánea que, sobre todo en Occidente, hace partir la libertad de la democracia del mercado —concepto cultura tan peligroso, a sus ojos, como la ideología soviética— vibrar en este espacio periodístico el aprecio por la libertad interior. Aquella que, según la misma Goritcheva, en su compromiso con la verdad no claudica ante ningún miedo ni falsa vergüenza, aquella que igual se puede vivir en una prisión que en un palacio y que sobre todo ha de entenderse, como dice San Pablo, antes que como un derecho, como una obligación.
A ese asombro del taller de los viernes a que me he referido, se ha de sumar, no obstante, otro, en ningún caso menor. Es ahora el de la verificación del interés con que estas páginas, nacidas de ese impulso del que he dado cuenta, son procuradas domingo a domingo por miles de lectores desconocidos, identificables a mi juicio con esa vasta clase media chilena, cuidadosa lectora de la prensa dominical. Es esa misma clase media chilena que, mucho antes de ser encandilada con las luces de consumismo —a menudo equivocadamente identificado con el desarrollo— fue capaz de engendrar, como un producto típico de su estirpe, y en estrecha relación con la lectura y escritura de los diarios, a nuestros dos premios Nobel de Literatura, grupo humano que felizmente parece aún no haber abdicado de su vocación por el humanismo. Se le ubica en todas las provincias de este largo país y atraviesa asimismo todas las corrientes del espectro político. De allí es que, seguramente, parten también tantos profesores que llevan «Artes y Letras» a sus aulas para que sus temas sean discutidos por los alumnos, generándose por este camino el hábito en muchos establecimientos, sobre todo universitarios, de conservarlo como archivo permanente. Interesante y honroso para nuestra prensa es consignar que este ejemplo ha sido seguido también por varias universidades extranjeras.
El tiempo en que vivimos
Al cumplir hoy sus 45 años de existencia, la Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC), entidad a la que alienta el objetivo de luchar por una armonía entre la vida de trabajo y el Evangelio, ha querido —otorgando por primera vez el Premio USEC para medios de comunicación— fijar su atención en esta peculiar comunión espiritual de escritores, editores y lectores que semanalmente constituye la gestación de «Artes y Letras». La oportunidad nos convida a reflexionar acerca de los desafíos que a empresarios y ejecutivos que buscan esa armonía entre la vida de trabajo y el Evangelio, en los más variados campos profesionales —incluido por cierto el de la prensa— presenta el tiempo que hoy vivimos.
De las características de este tiempo, cuyo perfil recién comienza a delinearse, veamos primero qué nos dicen algunas inteligencias reconocidamente preclaras:
«La utopía está muerta, y más de lo que jamás lo ha estado Dios», afirma Robert Spaemann. Y agrega: «¿Qué queda cuando lo que sustituía a la religión se revela como ilusión? O el retorno al origen, el regreso a Dios, o una anti-utopía radical, que niega de todas las formas posibles el pensamiento de lo trascendente a los hombres. Richard Rorty, filósofo norteamericano contemporáneo, delineó esta anti-utopía, el sueño de una sociedad liberal en la que han desaparecido todas las exigencias de absoluto en el conocimiento, en la religión y en la ética, y en la que no se considera verdaderos sino el deseo y el dolor. No debemos ya tomar nada en serio. Queremos sentirnos bien y eso es todo. En lugar del nihilismo heroico, el trivial…», concluye Spaemann.
Reclamando la vigencia del principio de que nada que valga la pena puede construirse sobre el menosprecio de los significados más elevados y sobre una visión relativista de los conceptos y de la cultura en su totalidad, también Alexander Solzhenitsyn nos entrega su diagnóstico. Una nueva era se ha abierto para Rusia como para el mundo entero, afirma. Allí, se comprende, la confusión de los espíritus después de setenta años de opresión totalitaria, tiende, salvo algunos focos de esperanza, a expandirse. Muchos, incapaces o sin fortaleza de refutar completamente en sí mismos el dogma soviético, prefieren seguir el camino del relativismo pesimista. «Sí, dicen, las doctrinas del comunismo eran una gran mentira, pero de cualquier forma tampoco existen verdades absolutas y no tiene objeto intentar hallarlas». Para este postmodernismo, señala el escritor ruso, el mundo no posee valores que tengan realidad. Y agrega: «aunque por otras razones, una similar sensación postmodernista de confusión acerca del mundo ha surgido también en Occidente».
Sobre la índole de esta última penetra con agudeza otro premio Nobel, el escritor mexicano Octavio Paz. «El siglo XX fue el siglo de las grandes pasiones absolutas —dice— y ahora estamos descubriendo las virtudes del matiz, de la relatividad, pero sería muy peligroso que la relatividad se convirtiera en nihilismo (…). Casi todos los valores se han vuelto relativos. Hay tolerancia, sabemos que las ideologías tienen un límite, pero junto a eso, que es positivo, creemos que todos los valores son intercambiables, y eso no es cierto». Es muy grave, agrega, que el relativismo social actual se convierta en una especie de nuevo absolutismo fundado en la idea de que las cosas no tienen ya valor, sino que precio, y que por tanto están sujetas a transacción universal. Este es el camino por el cual una sociedad se destruye, nos señala. Leyendo, entre tanto, al mismo Paz, se pregunta uno hasta qué punto su percepción no es ya una radiografía de la destrucción: «Esto es lo que ocurre en las modernas sociedades liberales —expresa en otra ocasión—: la comunidad se fractura y la totalidad se vuelve dispersión. A su vez, la escisión de la sociedad se repite en los individuos: cada uno está dividido, cada uno es fragmento y cada fragmento gira sin dirección y choca con los otros fragmentos».
Dispersión centrífuga de la sociedad, relativismo, nihilismo trivial. ¿Cuál será la proyección de este estado de cosas al ámbito de la institucionalidad política? Sus efectos no han tardado en dejarse sentir, principalmente en Europa. «Después del fracaso del marxismo comenzó la crisis de las democracias occidentales», señaló recientemente a «Artes y Letras» el reconocido pensador y político italiano Rocco Buttiglione. «No es que el mercado no funcione y tengamos una crisis económica, como pensó Marx —añadió. No. Actualmente estamos frente a una crisis intelectual y moral, que puede tener efectos económicos, pero que en principio es intelectual y moral (…) tenemos una democracia, pero es una democracia que no cree en el valor de la persona humana y que ha establecido una alianza con el relativismo ético».
Es perfectamente perceptible el efecto que este cuadro, en su totalidad, ha de ejercer sobre el plano de las convicciones en cada uno. Se comienza a vivir cada vez más decididamente en el reino de la subjetividad. Se llega prácticamente a un vulgarizado fin de ciclo de ese proceso de agnosticismo metafísico inaugurado por los ilustrados del siglo XVIII, según el cual la verdad no es algo realmente cognoscible. «Mi» verdad y «tu» verdad se transan así hoy como premisas puramente relativas en el mercado del consenso. La libertad, por su parte, se entiende como simple multiplicación de las posibilidades de elección. Y no se permite el surgir, desde luego, de ninguna opción por la que valga la pena renunciar a todas las demás. Es, entre tanto, de una opción de este tipo de la cual nos habla el Evangelio: del tesoro en el campo y de la perla preciosa por la cual, quien la encuentra, lo vende todo. No fue otra opción que ésta, la del tesoro, la que le dio su centro vital a la cultura que recibimos por herencia, por muy debilitada que hoy la encontremos.
Acaso este vacío, acentuado por el derrumbe de esos sucedáneos de la religión que fueron las grandes ideologías —y dada la necesidad del hombre de encontrar a toda costa algunos puntos de referencia para su comportamiento— sea el origen también de una paradójica fiebre de moralismo, actualmente circulante más o menos en todas partes en Occidente. Varios, e incluso algunos que no hace mucho tiempo se mostraban encandilados por la idea de la liberación individual y colectiva, mientras que asimilaban la moral al fariseísmo y a la represión burguesa, son hoy los primeros en asaltar al prójimo con imperativos éticos: lucha contra la corrupción, protección del medio ambiente, normas deontológicas, éticas empresariales… Si esta novedad de nuestros días se observa, no obstante, en la perspectiva de la situación de fondo antes perfilada, se discernirá que se trata más bien de una ética entendida casi como un mero código de circulación. Se quiere corregir la superficie, pero no cambiar el fondo de las cosas.
Frente a esto, es forzoso aquí recordar que la historia humana no registra, desde la más remota antigüedad, la existencia de ética alguna consistente y perdurable que carezca de un substrato religioso.
Consecuencias
De este cuadro, esbozado apenas a través de algunas rápidas pinceladas —si bien que corroborado por voces muy autorizadas— ¿qué efectos y consecuencias se desprenden, en lo que dice respecto al campo práctico en que cada uno de nosotros nos desempeñamos?
Sin pretender agotar el tema, en el ámbito del quehacer empresarial, es por de pronto importante observar la posibilidad de que, aún después del derrumbamiento del marxismo, existe siempre la posibilidad de entender al hombre fuera de la cultura encerrándolo en la esfera de la economía. Es la difusa ideología de la sociedad de consumo. Es una ideología que no se pone a sí misma al nivel de la teoría —se declara más bien pragmática— pero que se impone en la práctica, encarnándose en modelos de comportamiento, de trabajo y de consumo, de organización del tiempo libre, apoyada por una sobrecarga de publicidad jamás vista, y que invita siempre al hombre a no plantearse el problema de su identidad y de su destino. Su fuerza manipuladora salta cotidianamente a la vista de todos.
En cuanto al quehacer informativo, las repercusiones por su parte son muchas.
En directa relación con lo indicado recién, es imperioso atender al efecto masivo de la publicidad. Por la extraordinaria agudeza con que nos describe el fenómeno en curso, pido de nuevo prestada la palabra a Octavio Paz: «La publicidad y los medios de comunicación —dice— crean por temporadas este o aquel consenso en torno a esta o aquella idea, persona o producto. La publicidad no postula valor alguno; es una función comercial y reduce todos los valores a número y utilidad. Ante cada cosa, idea o persona, se pregunta: ¿sirve? ¿cuánto vale? El hedonismo fue, en la Antigüedad, una filosofía; hoy es una técnica comercial. Ninguna civilización había utilizado la belleza de unos senos de mujer o la flexibilidad de los músculos de un atleta para anunciar una bebida o unos trapos. El sexo convertido en agente de ventas: doble corrupción del cuerpo y del espíritu (…) En esta desvalorización universal consiste, esencialmente, el complaciente nihilismo de las sociedades contemporáneas. Banal nihilismo de la publicidad: exactamente lo contrario de lo que temía Dostoievski. Decir que todo está permitido porque Dios no existe es una afirmación trágica, desesperada; reducir todos los valores a un signo de compraventa es una degradación. Los medios tratan a las ideas, a las opiniones y a las personas como noticias y a éstas como productos comerciales». Y exclama Paz con toda razón: «Nada menos democrático y nada más infiel al proyecto original del liberalismo que la ovejuna igualdad de gustos, aficiones, antipatías, ideas y prejuicios de las masas contemporáneas».
Particular atención se requiere asimismo para cuidar de no romper, a través del espectro informativo, las barreras que separan la normalidad de la anormalidad. En la competencia por impresionar al público, es frecuente que la conducta atípica sea la que lleve la delantera a la que es normal o edificante. Para no hablar del alcance que tiene esta deformación cuando se trata de conductas morales, donde muchas veces lo natural es puesto a la par de lo antinatural, y donde la validez de tales conductas —la homosexualidad o el aborto, por ejemplo— queda sometida al impacto que produce la opinión de un personaje de moda, a la preferencia «democrática» de un jurado preelegido o simplemente a los votos de auditores o lectores.
Otro tanto habría que decir de la violencia, tratada como producto de venta, principalmente en la televisión. Voces estratégicamente ubicadas podrán esgrimir argumentos en el sentido de que este tema no debe constituir materia de preocupación. Cabe entre tanto preguntarse a qué punto se habrá llegado —y hablamos en esta precisa materia de productos de circulación mundial: películas, seriales, videos— como para que el 4 de junio recién pasado, en el Congreso para la Familia y los Medios de Comunicación celebrado en el Vaticano, se haya declarado que es urgente defender a la familia ante los medios, y el mismo Papa haya debido manifestar en la ocasión su preocupación porque en algunas naciones «se difunden espectáculos y escritos en los que prolifera todo tipo de violencia y se lleva a cabo una especie de bombardeo con mensajes que minan los principios morales y hacen imposible una atmósfera seria, que permita transmitir valores dignos a la persona humana».
Debemos cuidar de no ser arrastrados por la vorágine desacralizadora que amenaza dejarnos viviendo en una sociedad sin cimientos. Todo se hace cuestionable y relativo. En lo referente a la fe y a la vida eclesial, igual resonancia puede hoy darse a través de los medios, acerca, por ejemplo, del celibato sacerdotal o del sigilo de la confesión, al parecer de un teólogo de prestigio que al de un joven estudiante que recién comienza a formarse opiniones sobre el mundo en que vive. El resultado -hay que decirlo derechamente- no es la buena, completa y transparente información. Es, en cambio, la desorientación y la deformación. Las ideas, las opiniones y las personas no son simplemente noticias, ni éstas meros productos comerciales, como advertía Octavio Paz.
Dicha marea de fondo, por el manejo arbitrario que se hace de toda suerte de códigos éticos, desligados de sus fundamentos naturales y religiosos —fenómeno al que he hecho antes referencia— compromete también gravemente la normalidad de la vida pública. Aunque sea un deber irrenunciable de los medios de comunicación buscar la limpidez en el ejercicio de la política, debe observarse con cautela el desarrollo en muchos países de una suerte de virus anarquizante que impele a destruir la imagen de figuras consagradas, buscando corruptelas en todas partes. Es una onda expansiva que a fin de cuentas degrada la vida pública, quizás a veces más que las corrupciones que descubre. Y contribuye fuertemente a que los valores absolutos, imbricados en la esfera pública y que deberían constituir el eje de la vida social —me refiero a la gloria de la patria, a la justicia o cualquier otro valor metahistórico distinto del puro bienestar de los ciudadanos— se desvanezcan y emigren hacia la vida privada. Ello acentúa el fenómeno muy contemporáneo según el cual cada vez más los individuos y los grupos postulan sus valores como públicos. Temporales y relativos por naturaleza, la sociedad los adopta por un tiempo y luego los cambia por otros. Preguntémonos cuál puede ser el futuro de una sociedad que erosiona así sus fundamentos.
El verdadero nihilismo informativo que domina en ciertos media del mundo desarrollado, donde todo exceso es posible, donde no hay valor moral, autoridad pública, ni persona sagrada que esté a resguardo del ultraje, es una clara advertencia de hacia dónde conduce esa pendiente inclinada, de la que cualquier medio de comunicación no puede hoy sustraerse completamente sin un serio y generoso esfuerzo.
Una respuesta
Dichos desafíos obligan a una respuesta pronta y enérgica. Los cristianos, como recordaba don Rodrigo Ossandón, en ningún caso han de marginarse de esta índole de problemas, sino que al contrario, deberán procurar en la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, la manera de abordarlos.
Será necesario atender con presteza a las consecuencias desquiciadoras de esa cotidiana confusión entre valor y precio. Como busca hacerlo USEC, es necesario que el sistema económico se incline con respeto ante los valores humanos y que estos sean reconocidos por el mismo. Vale aquí también el principio, tantas veces esgrimido en favor del sistema de economía libre frente a la amenaza totalitaria: antes que cualquier sistema económico, moral y ontológicamente, está la persona humana.
Frente a esa fractura que supone la escisión de la sociedad, que se reproduce en la fragmentación de los individuos y de estos al interior de sí mismos, es indispensable al hombre moderno recuperar el sentido de pertenencia a una sociedad y a una familia, con todo lo que ello implica como visión del mundo.
El camino hacia la recuperación pasa asimismo, forzosamente, por la ruptura de la fatal alianza entre democracia y relativismo ético, la que debe ser sustituida por el encuentro entre este sistema político y los valores objetivos de la persona humana. Mercado libre y consumismo por una parte, democracia y relativismo ético, por otra, no pueden ser entendidos como sinónimos. Debe superarse esa confusión.
Siendo todo esto particularmente atinente a los problemas que se desarrollan en el campo político y social contemporáneo, lo es también por lo que se refiere al manejo de los medios de comunicación. Sobre el particular, y en la imposibilidad de desarrollar aquí un cuadro completo de las posibilidades existentes, pondría énfasis en lo siguiente:
Es necesario desafiar y romper con el tópico que nos muestra como fórmula preferida de entretención del público la vulgaridad. Ello implica una actitud de evidente desprecio respecto del espíritu humano, con todos los corolarios que cada uno pueda deducir. Al contrario, en un contexto atiborrado de contravalores, puede adivinarse que la imaginación y la audacia en descubrir fórmulas nuevas de recreación, dignificantes para el alma y para el cuerpo, con un poco de perseverancia que se tenga, alcanzarán la mejor de las acogidas. El espíritu humano anhela naturalmente subir y no bajar, ir a más. Es un deber ofrecerle las oportunidades. Particularísima importancia tendrá en este sentido la acción pedagógica de introducir a lectores y oyentes en el aprecio de las grandes creaciones artísticas de la humanidad. Como lo ha señalado Grygiel, cada vez que salimos de un cuadro, de una sinfonía, de una escultura —a la que primero es necesario entrar— estamos más preparados para existir ordenadamente en el mundo con los hombres y con nosotros mismos.
Conclusión
Si bien todo lo aquí expuesto supone una idea de las cosas, acerca de la cual podemos reflexionar y asentir o disentir, conviene también decir que ella en ningún caso corresponde a un programa imponible por mandato. Como lo ha venido señalando con reiteración nuestro pastor, Monseñor Carlos Oviedo, ninguna transformación social de signo cristiano es dable sin que haya verdadera santidad.
Hemos hablado antes de esa opción que propone el Evangelio, la del tesoro en el campo y de la perla preciosa por la cual, quien la encuentra, vende todo. Hemos recordado que esa opción fue la que dio su centro vital a la cultura que heredamos. Tal opción no supuso entre tanto ninguna imposición, pues, los que por dicho tesoro vendieron realmente todo, no fueron otros que los santos. Los santos fueron, en efecto, quienes con su testimonio, mantuvieron ese centro oculto con vida. Ellos fueron quienes, con su ejemplo, orientaron la escala de valores de nuestra cultura.
Sólo de esa opción, fundamentalmente personal, que supone un claro rechazo al servilismo que reclama el mundo, y en tal sentido también una exclusión, puede iniciarse una transformación cristiana de la sociedad. Más aún, a partir de ella todas las promesas del Antiguo y del Nuevo Testamento se hacen posibles. Particularmente el cumplimiento de aquella magnífica sentencia que resume la entera cosmovisión del Apóstol de las Gentes: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo, Cristo de Dios» (Omnia vestra sunt, vos estis Christi, Christus autem Dei).
Este apéndice forma parte del libro:
