Tuve el privilegio de tratar con Robert Spaemann a lo largo de treinta años. Lo conocí en 1988 en la Universidad de Munich, donde realicé con él una primera entrevista para El Mercurio. Al año siguiente, para continuar con otra, tomé el tren en la capital bávara para encontrarnos en su casa, en el entorno de Stuttgart. A la primera entrevista realizada en el venerable claustro de Munich, titulada De energías y absolutos, sigue la que ahora reproducimos, Los peligros que entraña la razón de nadie, como todas las pertenecientes a la serie Crónica de las Ideas (1988-1996), descargables en el sitio provitasua.com.

Las esporádicas colaboraciones de Spaemann en Artes y Letras, fruto del vínculo que naciera, tuvieron continuación en su apoyo a revista HUMANITAS de la Universidad Católica, a cuyo Consejo de Consultores y Colaboradores se integró desde su fundación, en 1995, siendo sus aportaciones en el curso de los años muchas, siempre de gran contenido. Recuerdo cierta vez volando a Madrid con mi hija mayor, su sorpresa al abrir el suplemento Alfa y Omega del diario ABC y encontrarse con un artículo de Spaemann tomado de HUMANITAS, lo cual se destacaba por el diario con notoriedad.
En febrero de 1998, transcurridos dos años del lanzamiento de esa revista, el entonces Nuncio en Santiago, Monseñor Piero Biggio, entusiasta lector de HUMANITAS, me señaló que con ocasión de un viaje a Europa que realizaría ese mes, debía ir a Roma a una audiencia con el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Años antes, y en tres ocasiones, había entrevistado al histórico Cardenal para El Mercurio. El tema ahora sería HUMANITAS. La audiencia tuvo lugar en el palazzo de la Prefectura, vecino a la Plaza San Pedro, y su incidencia, hay que decirlo, fue decisiva para el trabajo que, como director de la revista, nombrado por el rector Dr. Juan de Dios Vial Correa, gozosamente realicé hasta el año 2018.
¿Qué relación guarda todo esto con Robert Spaemann? Algo no menor sucedió en aquella audiencia romana. Conté yo al cardenal Ratzinger, en el transcurso de la conversación, que su gran amigo y colaborador Robert Spaemann vendría pronto a Santiago, invitado por la Pontificia Universidad Católica para recibir el título de Doctor Scientiae et Honoris Causa. Dicho esto, para gran sorpresa mía, responde el Cardenal: “¡pero si se halla en la sala de espera y entrará aquí después de usted!” Concluida la audiencia, a causa de los alcances de ésta, algo olvidado yo de nuestro amigo, me lo recuerda el propio cardenal Ratzinger diciendo “vamos a ver Spaemann”, y toma la delantera. Atravesamos un corto pasadizo, y como queriendo darle una sorpresa, abre él mismo y de forma súbita la cortina que cubre el vano de la salita de espera. El filósofo se lleva un susto por lo que ve… (al recordar la escena pienso que Ratzinger sabía que Spaemann era asustadizo… ¿lo obrado tenía propósito?…).
Además del reconocimiento por la PUC, Spaemann fue incorporado en los días que pasó en Santiago como Académico Honorario de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile, recibiendo la respectiva medalla.
Guardo entrañable recuerdo de esos días en que, de la mañana a la noche, tuve el privilegio de ser lo que llamamos “su Cicerón”, llevándolo por todas partes.
A riesgo de alargarme -cada cual escoge hasta dónde quiere seguir…- no debería desperdiciarse la ocasión para referir algunas impresiones y conversas sueltas en los almuerzos diarios o en excursiones fuera de Santiago (campo chileno, mar chileno) que tuvieron lugar entonces (así por ejemplo el gran almuerzo que le ofreció en Valparaíso, en la vieja casona de don Adolfo Ibánez, parte entonces de la joven Universidad con su nombre, el primer rector de esa casa de estudios, su nieto Gonzalo Ibáñez Santa María).
Por de pronto constato que la extrema sensibilidad de Spaemann, que lo hacía -como sospechábamos- una persona efectivamente proclive al susto: si una tórtola o una paloma se cruzaba en el andar lento de nuestro camino, le sobresaltaba la posibilidad de haberle causado daño con el parachoques, por ejemplo. Había en él una suerte de veneración por la criatura viviente, no sólo en el ámbito de la fauna, también en el de la flora. Su conversación era siempre amena y fácil, aún cuando se tratase de temas arduos, como la encíclica más difícil de Juan Pablo II, “Veritatis splendor”, cuyos borradores conocía con antelación por su muy directa relación y colaboración con el cardenal Ratzinger. O se tratase, en conversación suelta respondiendo a un espíritu inquieto, acerca de qué deberíamos pensar, desde la fe, si se descubriese vida inteligente en otro planeta que no fuese la Tierra. De este tema, capaz de suscitar la curiosidad en más de alguno, traspaso a esta página lo que leo en mis apuntes de entonces:
Santo Tomás de Aquino se plantea, en la ‘Suma Teológica’, si acaso el Verbo sólo podría haberse encarnado en la especie humana. No niega la posibilidad de otras encarnaciones, en otras especies (él ni siquiera sabía, en el siglo XIII, de la existencia de otras galaxias).
Si hubiera seres en otros planetas, no habría que pensar que son hijos de Eva. Serían otra especie. A lo mejor en estado paradisíaco, a lo mejor hijos de una especie en que el Verbo se hubiese encarnado. En todo caso, otra historia. No necesitaríamos ni deberíamos pensar en evangelizarlos, pues el Evangelio es para esta tierra. En todo caso no se trata más que de una hipótesis y soy (dijo R.Spaemann) muy escéptico respecto de ella.
En otra ocasión, almorzando unos pocos, expresó la siguiente afirmación, que un físico, sin negar su real atinencia, podría calificar como metáfora: este mundo, en estado caído por el pecado original, se rige en general por la segunda ley de la entropía: ‘todo tiende al caos’. Lo cual podrá en si mismo discutirse y generar calificaciones de variada sonoridad, mas sin duda interesa oírlo, ya sólo en cuanto apreciación general del gran filósofo que fue Robert Spaemann.
Falleció el 10 de diciembre de 2018, a los 91 años de edad, manteniéndose en primer plano hasta el final de sus días.