Los «signos de los tiempos» de los años 60 y los «signos de los tiempos» de los años 90 son analizados en esta conversación con el cardenal Godfried Danneels, Arzobispo de Bruselas, figura destacada de la Iglesia Católica europea.
La ocasión surgió en 1995, al celebrarse en Loreto, al noreste de Italia, un encuentro de personalidades que reflexionaron sobre la Constitución conciliar Gaudium et Spes, a los 30 años de su promulgación. El cardenal Danneels estuvo a cargo de la exposición de síntesis realizada al final de este encuentro y conversó sobre ello con el diario El Mercurio.
¿Podría Vuestra Eminencia comparar el ambiente cultural de la época en que se promulgó la Constitución conciliar Gaudium et Spes con el de nuestros días?
A mi modo de ver, la diferencia esencial entre los años 1965 y 1995 reside en una distinta apreciación de los signos de los tiempos. En la época del Concilio y de la Constitución Gaudium et Spes existía una especie de sentimiento más bien eufórico y optimista. Durante mucho tiempo, la Iglesia había desconfiado en cierto modo del mundo, considerándose ajena al mismo, de acuerdo con las palabras de San Juan. En ese momento se produjo un gran cambio en el sentido de que la Iglesia comenzó a tener un poco más de confianza y sobre todo a arriesgarse en mayor medida en el mundo y en todo aquello que éste trae consigo.
En segundo lugar, en los años 60 todo se creía posible. Éste fenómeno ocurría prácticamente en todos los ámbitos -en la política, en la economía, en la espiritualidad- y también se produjo en la Iglesia en un momento dado. Ahora bien, creo que todo eso ha cambiado. En la actualidad hay menos optimismo. En la economía, en la política, en materia de guerra y de violencia, en la problemática de La Paz y en la ecología ha desaparecido ese punto de vista excesivamente optimista.
¿Fue equivocada esa perspectiva que predominó en la Iglesia en 1965?
No lo creo así. Me parece razonable el acercamiento de la Iglesia al mundo y su confianza en los aspectos positivos, porque de lo contrario tal vez ahora no estaríamos donde estamos. En todo caso, en general, se produjo un cambio desde el optimismo hacia un mayor realismo.
¿Cuáles serían los signos de los tiempos actuales que destacaría, por contraste con lo que se percibía entonces?
El cambio se ha producido en diversos aspectos. Podemos enfocar algunos. En primer lugar, en esa época el ateísmo todavía tenía carácter científico y se pensaba que la ciencia terminaría suprimiendo la religión; en la actualidad, nadie cree semejante cosa. El ateísmo humanista, de acuerdo con el cual Dios y el hombre son rivales y no hay lugar para ambos, es una posición sostenida por muy pocas personas serias en nuestros días. Sin embargo, ahora existe un ateísmo mucho más peligroso, de orden práctico. Es una especie de indiferencia religiosa, una actitud materialista, sobre la cual Jesús ya hablaba en el Evangelio, que está adquiriendo cada vez más fuerza. En este sentido, ciertamente se ha producido un cambio. En los años 60 se hablaba de la muerte de Dios, pero esa idea no tuvo larga vida. En la actualidad, tengo más bien la impresión de un retorno a Dios o al menos al fenómeno religioso. No se trata de una religiosidad típicamente cristiana ni mucho menos de carácter eclesiástico; es una especie de religiosidad salvaje. En Europa, por ejemplo, surgen una gran cantidad de sectas y muchas otras desaparecen. De ninguna manera se puede decir que nuestra época no es religiosa, pero su religión es salvaje.
Otro aspecto a observar es que la religión ha adquirido un carácter sumamente privado. Se practica en la casa y cada vez tiene menos que decir en el parlamento, en la vida civil y en el ámbito de la moral pública. Prácticamente, la religión se ha privatizado. Cada uno tiene sus creencias y puede cultivarlas sin ser perseguido, pero lo religioso ya no está presente en el sector público.
Lo que V. E. explica es muy perceptible en el primer mundo, ¿pero en otras partes?
Ciertamente, es un fenómeno europeo y norteamericano, pero no sé si se da igual en Sudamérica y en el continente africano. Otra característica es el hecho de que la religión ha adquirido un carácter sumamente terapéutico o sanador. La religión, se entiende hoy, es algo que debe sanar y Dios tiene que ser una especie de gran médico que cura todos nuestros males. Es una posición bastante egocéntrica, porque en vez de estar al servicio del Creador, lo utilizamos en beneficio de la salud. Es un fenómeno frecuente: la religión se ha convertido en una especie de medicamento superior.
En este sentido me permito plantearle una dificultad: ¿no es más bien esto algo positivo, que se acerca a la actitud de los enfermos sobre los que habla el Evangelio, que clamaban por ser sanados?
No estoy en contra de la religión como fuerza terapéutica, pero ésta no debe ser exclusivamente terapéutica. Jesús sanaba a los enfermos para que escucharan su palabra y creyeran, pero en la actualidad ha desaparecido el segundo objetivo. Es suficiente con sanar y luego es como si Dios no fuese necesario. La curación y los milagros han dejado de ser una vía de acceso a la fe. Por otra parte, la religión se utiliza como una especie de técnica superior de manipulación de la salud espiritual, psicológica o incluso física; se ha convertido en una terapia que nos salva y nos hace felices. Así, con gran énfasis en procedimientos de pacificación, concentración, meditación y curación, la religión ha llegado a ser prácticamente una especie de técnica, en detrimento de la adoración, de la contemplación y del sentido de la virtud ofrecida a Dios. Es más bien un recurso, entre otros, para ser más feliz, y han perdido importancia el culto divino y la oración. Hay que decir que en este aspecto la situación ha cambiado mucho en treinta años.
La cuestión de la verdad
Por lo que se observa en los documentos emanados del magisterio pontificio, un tema nuevo muy sensible en los últimos tiempos parece ser la cuestión de «la verdad».
Es el problema planteado en la encíclica Veritatis Splendor. ¿Hay una verdad preexistente, es decir, una especie de edificación o arquitectura creada por Dios en la cual nosotros entramos? ¿O es que simplemente construimos nuestra verdad? En otras palabras, ¿somos supervisores o pastores de la verdad, o más bien somos propietarios de la misma y podemos alterarla? Con frecuencia se modifica la verdad de acuerdo a las circunstancias. Por ejemplo, esto sucede con el tema del aborto.
Creo que está desapareciendo paulatinamente la concepción de la verdad como elemento trascendente y absolutamente inalterable. La verdad viene a ser hoy aquello que en cada momento me parece más útil, de manera que existe una especie de instrumentalización de la misma. El tema de la encíclica Veritatis Splendor, que plantea la objetividad y no la subjetividad de la verdad, era algo que casi no se planteaba hace treinta años. En 1965, no era necesario publicar un documento sobre el carácter objetivo de la verdad, porque todo el mundo tenía la convicción de que el individuo no podía construirla, sino que debía recibirla.
¿Ve una relación entre este problema y la apatía que se detecta hoy en la discusión en torno a temas de mayor alcance filosófico?
El pragmatismo imperante es consecuencia de lo anterior. Si la verdad se adapta a las necesidades del momento, caemos en el pragmatismo. En otras palabras, han dejado de existir las grandes ideas y ya no damos la vida por la verdad, como lo hiciera Antígona -en virtud de la ley no escrita del amor- por su hermano asesinado, que no había sido sepultado. Los grandes dramas griegos de Edipo y Antígona han dejado de existir porque hoy nadie muere por el ideal de la verdad.
Tal vez en este siglo se ha dado la vida por otros ideales, por una ideología, pero eso también ha terminado hoy casi completamente. Ha perdido mucha fuerza la noción de martirio, de ofrecer la vida por algo.
La posición prevaleciente es: «no debo dar mi vida, sólo tengo que acomodar un poco las cosas».
Ya Pablo VI dijo que la ruptura entre el Evangelio y la cultura era el drama del siglo XX. ¿Qué ha ocurrido durante estos treinta años en la relación entre Evangelio y cultura?
Entre otros, tenemos el ejemplo del mundo artístico. Prácticamente ha desaparecido el arte religioso o cristiano, y no me refiero únicamente a los temas cristianos, sino al arte religioso en general, que da cuenta de una verdad y de una realidad invisible más allá de lo empírico, y que procura mostrar su presencia como un icono. Esta forma de arte ha dejado de existir. Es curioso detectar el hecho de que todas las grandes películas religiosas han sido realizadas por no creyentes, como la de Santa Teresita de Lisieux y varias más. Los temas religiosos no son abordados por los cristianos, como si tuvieran un poco de vergüenza, como si no creyeran que el Evangelio puede generar una cultura, aun cuando en el curso de los siglos ha sido fuente inspiradora para la arquitectura, la pintura, la música y todas las formas artísticas. En mi opinión, todo arte verdadero tiene en parte una fuente religiosa.
Señales positivas
En las conclusiones del Congreso de Loreto sobre la Gaudium et Spes, V.E. enunció, frente a este panorama crítico, algunos nuevos importantes aspectos positivos.
Sí, ciertamente, que ha habido también cambios positivos. Señalaría entre ellos, por ejemplo, una mayor conciencia en cuanto al papel santificador de la familia y de la vida matrimonial. Hace 50 años, los cristianos tal vez no visualizaban tanto como hoy el matrimonio y la vida matrimonial como camino de santidad. Todavía creían más en que la santidad se encontraba en la vida religiosa o sacerdotal y que no era para ellos. En la actualidad, en cambio, a partir del Concilio Vaticano II y de numerosos documentos posteriores, los matrimonios cristianos tienen una conciencia mucho más clara de vivir un camino de santificación. Esta situación me parece sumamente ventajosa y constituye un gran progreso respecto de los años 40 o 50. Hoy día es casi evidente que no es necesario ser sacerdote para ser Santo y que se ha abierto un nuevo camino. Creo que esto es muy claro.
Sería un fenómeno paralelo y que va de la mano con una mayor conciencia que tiene el laicado de su misión…
Sí. En la vida familiar y matrimonial, en la vida de trabajo, en el ejercicio profesional, en la política y en la economía, en el campo de la ciencia y de las universidades, el laico visualiza hoy claramente un camino de santificación. Es su participación en la construcción del reino de Dios, que no sólo es obra de la palabra divina y de los sacramentos, sino también del compromiso, de la diaconía del cristiano en el mundo, en la política, el comercio y en todos los ámbitos. Se ha producido en esto, sin duda, un gran cambio. Existe una santidad laica, que nació con anterioridad a los años 50, pero que con posterioridad al concilio Vaticano II y a los sínodos sobre los laicos, ha llegado a ser realmente una evidencia.
Más allá de esos signos cambiantes en 30 años a los cuales ha hecho referencia, ¿cuál es, a juicio de V.E., el valor permanente de la Gaudium et Spes en cuanto a la relación de la Iglesia con el mundo moderno?
La ventaja y el mérito de la Constitución conciliar Gaudium et Spes es el hecho de encontrar el equilibrio entre estar en el mundo y no ser del mundo. Es una tentativa de dar un carácter concreto a las palabras del Evangelio de San Juan: «vosotros estáis en el mundo y no sois de este mundo». En su segunda parte, la constitución procuró concretar esta idea en diferentes ámbitos, tales como la paz, la política y la cultura. Está muy bien escrita y no hace concesiones al optimismo; también hay pasajes sobre el pecado, la debilidad y la división interior del hombre. Sin embargo, al recibir el texto, los medios, y con ellos la opinión pública, no retuvieron éstos párrafos y sólo guardaron artificialmente una perspectiva optimista. Pero en el Gaudium et Spes indudablemente existe cierta relativización del optimismo.
Al comienzo, el primer borrador a lo mejor era demasiado optimista pero posteriormente se agregaron importantes párrafos sobre el pecado, la violencia, los impulsos interiores y el hombre dividido, según lo enseña San Pablo.
¿Todos los caminos llevan a destino?
Analizando el statu quo religioso actual, V.E. ha señalado que se ha hecho extensiva la equivocada percepción de que «todos los trenes van en la misma dirección, hacia el mismo destino». ¿Podría explicar esta idea?
Creo que uno de nuestros grandes desafíos es el diálogo con las otras grandes religiones, sobre todo del Oriente, como el budismo y el hinduismo.
No obstante, la gran tentación de nuestra época es considerar equivalentes todas las religiones. Es mucha la gente que piensa que varios son los caminos que conducen al cielo. Si hemos nacido en Europa, tenemos el camino de Cristo; en la India, el hinduismo; en el Japón, tal vez el confucianismo, el taoísmo o sobre todo el sintoísmo. Por consiguiente, cada uno se sube al tren que se detiene en la estación más cercana, pensando que todos esos trenes tienen el mismo destino y que son igualmente buenos. Es un punto de vista sumamente cómodo, pero que pone en peligro la unicidad de Cristo, ya que no sería el único salvador del mundo, sino uno más en la gran
galería, junto con mahoma, buda y muchos otros, es decir, un profeta entre los demás.
Conviene decir que en este aspecto es mucho más difícil hacer una síntesis entre Cristo y la cultura y las religiones asiáticas, que entre el Evangelio y la cultura africana, por ejemplo. La cultura africana es joven, es lava saliendo del volcán en estado puramente líquido y, por consiguiente, más fácil de mezclar con el cristianismo, porque es penetrable. En el Oriente, en la India, el Japón y la China, se encuentra una lava solidificada: sus religiones tienen 5000 años de existencia, son más antiguas que el cristianismo y el judaísmo. Ahora bien, para introducir la inspiración y el mensaje del cristianismo en una lava cristalizada, como son esas culturas, se requeriría evidentemente de un esfuerzo mucho mayor. En África, en cambio, la religión y la cultura están todavía en estado naciente, y siempre es mucho más fácil formar a un niño desde el nacimiento que un adulto de cincuenta años. Es un problema.
Libertad personal
Con el fin de los grandes sistemas ideológicos totalitarios, ¿se puede realmente decir que en este momento el hombre es más libre que hace treinta años?
Podría ser más libre, pero no sé si eso ocurre, porque el hombre no se ha liberado en mayor medida de las pasiones, del consumismo, del amor propio y sobre todo del pecado. Creo más bien que en la actualidad somos más esclavos que antes de nuestras pasiones, de nuestros deseos e impulsos interiores.
Si queremos liberarnos de todo eso, tenemos hoy en todo caso más posibilidades de lograrlo, porque hemos vencido en cierto grado la pobreza material; hemos encontrado el remedio para algunas enfermedades, no todas, pero bastantes; tenemos una Red de comunicación mundial increíble, y tenemos medios de transporte extraordinarios. Por consiguiente, podríamos ser mucho más libres. Creo así que existe una mayor libertad exterior en relación con los
obstáculos materiales y que nos hemos emancipado de gran cantidad de cosas externas. Pero a su vez creo que somos más esclavos de nuestro propio corazón: el enemigo interior está más presente y nos asalta.
Por esto mismo, porque se ocupa de la liberación interna, la religión tiene un inmenso porvenir.
En conclusión, no me parece que seamos más libres que hace treinta o cincuenta años.
¿Esperar contra toda desesperanza?
Aunque siempre ha existido en importante medida, creo que la gran tentación del hombre contemporáneo es la desesperación. El escritor francés Charles Péguy tiene un largo poema sobre la esperanza, donde Dios dice: «la fe no me asombra, porque basta mirar mi creación. La caridad tampoco me sorprende, porque para los hombres es beneficioso amarse. Sin embargo, me asombra que la esperanza siga existiendo». Si observamos cuáles han sido las grandes tentaciones de los santos en su lecho de muerte, veremos frecuentemente, como en el caso de Santa Teresita de Lisieux, la vacilación ante la esperanza. Por otra parte, en las obras religiosas de Bernanos, El diario de un cura rural y Bajo el sol de Satanás, y en los grandes libros de Graham Greene, la gran tentación es contra la esperanza. Es claro en Bernanos, cuyo Bajo el sol de Satanás es la vida del cura de Ars, aun cuando no lo nombra. ¿Y cuál fue la tentación del cura de Ars? La desesperación. En dos o tres ocasiones huyó de su parroquia porque no sabía cómo salir adelante. Y el demonio le decía en todo momento: «de nada sirve lo que haces». Cuál fue la gran tentación de Cristo en el jardín de los olivos? Contra la esperanza. «¿Qué estás haciendo? -decía Satanás-, de nada sirven tu sufrimiento y tu cruz». Y Él veía la montaña de pecados, contra la cual aparentemente nada podía hacer. Creo que existe solamente una tentación, y es contra la esperanza. Venceremos las demás, pero ésta…
En el Apocalipsis, la gran tentación que se combate es la desesperación. Dice el Apocalipsis: «he vencido y tengo en la mano la
estrella de la mañana…». Las cartas a las siete Iglesias del comienzo de este libro son cartas de esperanza. Creo que existe una sola tentación, que nos dice: «lo que están haciendo no sirve de nada y en ningún caso tendrán razón». Es decir, que el mal es más fuerte que el bien. Esa es la verdadera tentación, pero el mensaje de Jesús nos dice que el bien es más fuerte que el mal, es la resurrección, es la Pascua.
Esta entrevista forma parte del libro:
