ENTREVISTAS
Joseph Seifert

¿Qué es legítimo?

En la tranquila localidad de Schaan, ubicada en uno de esos hermosos faldeos alpinos en que se emplaza el principado de Liechtenstein, funciona desde hace años la Internationale Akademie fur Philosophie. Asistida por maestros de primera categoría provenientes de todo el mundo, prepara a estudiantes que también de todas partes vienen aquí a realizar su doctorado. El ambiente que domina este espacio de reflexión, constantemente frecuentado por grandes figuras del pensamiento contemporáneo, revive en cierto modo el espíritu de diálogo filosófico de la tradición socrática y de la Academia platónica. No es extraño así que en septiembre de ese mismo año 1993 Alexander Solzhenitsyn fuera a pronunciar en su Aula Magna el discurso de despedida a Occidente, antes de retornar a Moscú.

Su joven rector es el profesor de origen austríaco Joseph Seifert. Proviene de la escuela de pensamiento fenomenológico. Tanto en sus obras como en su ejercicio docente ha hecho un importante recorrido en el camino que nos indica ser uno de los principales objetivos del cuerpo académico de este centro internacional de estudios filosóficos: «intentar fundar un realismo de los valores, un realismo del ser, pensando en la formación de una filosofía objetivista y realista, más en diálogo crítico con el momento actual. Es decir, hacer filosofía en la amplitud universal de la metafísica».

Cuando la tarde cae sobre las montañas aledañas, conversamos con Seifert en su despacho de Schaan sin que nada interrumpa ya la tranquilidad, y avanzamos así en algunas de sus reflexiones actuales, que él reiteró con ocasión de su visita a Santiago pocas semanas después, invitado por la Unidad de Bioética de la Pontificia Universidad Católica.

—Sé que usted ha estudiado, aquí en la Academia, las relaciones entre legislación positiva y legitimación, a propósito del aborto y de otros problemas. ¿Dónde se ubica, en general, en la política contemporánea, lo que se llama «legitimidad»? ¿Cómo se plantea el problema para el hombre moderno y en particular en la vida política?

Al respecto tal vez puedo comenzar con una historia algo personal, pero que se relaciona con lo que habremos de debatir en Santiago. Tiempo atrás tuve una conversación con un muy buen médico, que atendió a mi mujer cuando nació nuestro primer hijo. Él era judío de religión. Después supimos que además de ser jefe del departamento de ginecología, practicaba abortos en otro hospital. Le hablé entonces del tema diciéndole que considerábamos esto un asunto muy serio, por tratarse de seres humanos, y que era imposible por lo tanto establecer entre nosotros las bases de una relación de confianza. Discutimos fuertemente. Me replicó luego con lo siguiente: que hasta hace dos o tres años, cuando la Corte Suprema decidió que se trataba de algo legal, nunca había practicado un aborto, porque no era legítimo; pero que ahora sí lo era, era legal, y por consiguiente podía y debía hacerse si una paciente lo deseaba. Yo le señalé que en la época de los nazis, si bien las persecuciones a los judíos eran legítimas desde el punto de vista de la ley positiva, no lo eran considerando el derecho natural. Pero él evitó el tema.

Valga este caso para ilustrar cómo hay dos enfoques totalmente distintos de la legitimidad: uno tiene que ver sólo con la legislación positiva de cada país y el otro se basa en los derechos humanos o naturales, que están más allá de la democracia o del Estado, y que éste debe interpretar o descubrir y no inventar o crear libremente.

En esto la situación prevaleciente en Europa es hasta cierto punto contradictoria. Existe una arbitrariedad cada vez más fuerte en la definición de la muerte en la legislación. También en el campo de las cuestiones bioéticas, donde el positivismo quiere otorgar poderes absolutos que contrarían a quienes nos preocupamos de una ley natural basada en el reconocimiento de la esencia misma del hombre y la persona. Por otra parte, creo que paralelamente hay un reconocimiento, en el marco de una nueva Europa, de la apremiante necesidad de una moralidad de los valores, según la cual éstos no son únicamente producto de un consenso. Puede decirse, por consiguiente, que la sociedad pluralista también, aunque sea confusamente, visualiza su futuro con apoyo en la idea de que cualquier régimen político que no reconozca derechos fundados más allá de la arbitrariedad del Estado, está condenado al fracaso. El genocidio que se lleva a cabo en la ex Yugoslavia constituye en este momento el ejemplo más terrible y alertante de las consecuencias a que puede arrastrar esa ausencia de moralidad. De manera menos atroz, pero muy importante, en Italia podemos ver cómo la deshonestidad ha generado una crisis en el Estado que se está tratando de superar con la reformulación de un derecho positivo cuyo contenido va más allá del Estado. 

—La relación entre «verdad» y «libertad», como dos conceptos equivalentes que nos legó la tradición clásica y que reforzó de manera decisiva la tradición cristiana, parecería en todo caso, por lo que Ud. dice, y por varios ejemplos que se podrían aducir, fuertemente debilitada por un subjetivismo consensualista y positivista….

—Es un muy buen tema, sobre todo en lo que respecta a la bioética, que en una sociedad pluralista requiere de una concepción ética y antropológica muy sólida como fundamento de la ley positiva.

En la Ilustración y también en Kant existía todavía la idea de una naturaleza y una razón más allá del Estado positivo; pero esa idea ha sufrido sin duda corrosión. Veamos, por ejemplo, el tema de la bioética en una sociedad pluralista como lo trata hoy la obra «Byoethics», de Tristam Engelhardt, publicada hace algunos años por Oxford University Press. Según él, ha habido tres modelos en esta relación. En primer lugar, existía la dominación de una religión más o menos unificadora, con un Estado impregnado de ella, dentro de un orden objetivo cristiano. Así ocurría, por ejemplo, en la Edad Media. Posteriormente, aun cuando desapareció esa unidad religiosa, se siguió creyendo encontrar verdades evidentes, como había ocurrido en la Antigüedad, en el sentido de que es posible descubrir las cosas mediante la luz de la razón. Por consiguiente, lo revelado a la razón puede constituir un vínculo unificador de la sociedad. Todos los códigos de derechos humanos de la ONU, la UNESCO, etc. serían ejemplos al respecto.

Sin embargo, esta idea también ha desaparecido en este momento, puesto que ha dejado de existir un consenso más universal sobre cualquier verdad, y por lo tanto no se puede creer realmente en la capacidad de la razón de revelar un fundamento. Así, el consenso —o en cierto modo el consensualismo relativista— sería el único tipo de fundamento posible en una sociedad democrática. Ya no se trata de un criterio racional, sino únicamente de un consenso negociado. 

Es cierto, por supuesto, que jamás ha existido un consenso universal. También la sociedad helénica, tan reflexiva, era pluralista, por ejemplo. Pero el hecho de no contar aún con un consenso sobre ciertas cosas inteligibles no significaba que no existiese lo inteligible. Todo orden desaparece, si la tarea del filósofo y el político ya no consiste en recurrir a ciertas intuiciones y certidumbres a nivel de lo esencial en la naturaleza de las cosas y los valores. El hecho de separar el consenso de semejante orden inteligible y al menos de los principios cognoscibles racionalmente, priva al Estado, a la sociedad y, en nuestro caso concreto, a la medicina, de sus fundamentos. En medicina ya no podríamos distinguir entre los crímenes y la forma correcta de proceder. Dicha situación devendría realmente en un caos si pensamos en todas sus consecuencias.

—Pero hay todavía latente una importante influencia de las convicciones. Más aún, usted me decía recién que junto a esa esparcida concepción arbitraria de la legalidad, crece también en Europa una difusa conciencia de la necesaria objetividad en los valores morales.

—En la actual crisis de valores que vive Europa, posterior a la caída del comunismo, se está dando una gran lucha por determinar si el Estado debe basarse en principios más allá del consenso o si en la sociedad pluralista la función del Estado consiste únicamente en permitir libremente cualquier concepto del hombre, sin incluir valores universales en su legislación. La segunda alternativa me parece imposible, ya que la ley punitiva siempre debe reconocer algunos valores. De otra manera es imposible distinguir, como recién decíamos, entre el crimen y el comportamiento legal.

Recientemente debí pronunciar una conferencia en Alemania sobre la homosexualidad. Al introducirse el matrimonio de los homosexuales, otorgándoles los mismos derechos de familia, con la posibilidad de adoptar niños, desaparece la idea de la familia como una comunidad natural y se reconocería en un mismo nivel de importancia cualquier forma de concebir la sexualidad.

Retomando el discurso de Engelhart, por lo ilustrativo que resulta, según éste el orden público no se basaría realmente en una verdad más allá del consenso. Sin embargo, él hace un alcance: hay, dice, los strangers in a public road (extraños en una vía pública), en el sentido de que las personas religiosas o las personas que siguen razones a las que dan un valor objetivo, son tal vez extraños, y en un mundo pluralista democrático como él lo configura, representan ideas particulares sobre la moral. A raíz de esa diversidad de concepciones afirma que, en definitiva, no existe la posibilidad de dar cierto fundamento al orden público y que es una ilusión procurar basar ese orden en verdades o derechos inteligibles. ¿En qué basa, entonces, ese consenso? Introduce una cierta idea de la libertad, de la tolerancia, que cada uno ha de respetar, con lo cual, según él, las ideas dejarían de ser totalmente arbitrarias. Pero va luego muy lejos: justifica el aborto, el infanticidio, la eutanasia, etc., por lo cual los contenidos permitidos son más que graves. Ahora bien, hay otros pensadores, afines a Engelhart, como Peter Singer, que van mucho más lejos aún, llegando a señalar, por ejemplo, que los cerdos sanos son más dignos que las personas retardadas. Se trata, en cierto modo, del desarrollo de una base evolucionista, que elimina cada vez más los fundamentos, las ideas sobre el hombre que hasta ahora constituían la base de la sociedad, desde la época de los griegos y durante la era cristiana.

— Asoma así, de lo que usted cuenta, el peligro de una muy fuerte legitimidad arbitraria.

—Y en realidad cabe que se produzca un clima en el cual el consenso se erija como ley suprema y se desarrolle una seudocultura política divorciada de la verdadera conciencia moral. Las consecuencias de ello pueden calcularse… El discurso pronunciado en esta Academia por el ex presidente de Italia, Francesco Cossiga, contiene muchas ideas interesantes al respecto. También estuvo aquí tratando del tema Pavlic, joven filósofo checo, uno de los pocos pensadores que se muestran en su país con una nueva tendencia en la filosofía política. El lucha contra la identificación de la libertad y la democracia con el relativismo, y en su conferencia describió esa tendencia posterior al comunismo existente en las nuevas democracias del Este, con apoyo en una ideología sumamente dogmática, según la cual la libertad y las democracias deben basarse en el relativismo y únicamente en el consenso pluralista.

— Es lo que ha denunciado también Solzhenitsyn. Según ha explicado, después de la caída de ese falso absoluto que fue el comunismo, se ha reforzado en muchos medios intelectuales la impresión de que no existe una verdad absoluta y de que es inútil hacer un esfuerzo por encontrarla, situación que juzga sumamente dañina.

—Sí, efectivamente, y ésa es en cierta medida la razón por la cual esta Academia ha querido darle un doctorado honoris causa, que vendrá a recibir, antes de marcharse de vuelta a Rusia. Porque hay mucho en común entre esas ideas y nuestra investigación.

Conviene aquí decir, desde luego, que históricamente existe un gran equívoco a respecto de este tema. Precisamente Buttiglione —y antes también Augusto del Noce— ha mostrado en sus libros, con sólidos fundamentos científicos, que el fascismo italiano, el hitlerismo y también al menos una parte de la epistemología marxista, se basan en un relativismo profundo. Así por ejemplo, la idea de que lo que para el nazismo es verdadero, automáticamente es lo justo; o bien la idea de que el Führer o el Duce pueden «recrear» el orden… Es una gran ilusión, por lo tanto, pensar que el comunismo y el nacional socialismo actuaron realmente en nombre de una verdad objetiva, ya que eran deliberantemente relativistas. Muchas personas, como Dietrich von Hildebrand, mi viejo maestro, opusieron resistencia llegando a menudo a arriesgar su propia vida en la lucha contra Hitler en Alemania y luego en Austria. Siempre actuaron en nombre del valor absoluto de la persona, de la dignidad. ¿Cómo es posible oponer la indignación moral o el rechazo incondicional a los crímenes de Hitler o del comunismo, si no existen verdades sobre lo justo y lo injusto, de cuyo conocimiento y práctica esas ideologías precisamente carecían?

—¿Diría usted que en los últimos dos o tres años, posteriores a la caída del Muro de Berlín, existe un fortalecimiento del nihilismo en el mundo occidental, incluso mayor que el que pudiera haber en el mundo del Este? Porque en ese mundo habían dejado ya de creer en el comunismo hacía muchos años, y hoy tal vez viven un desconcierto o un retorno a sus raíces culturales de las que fueron forzadamente alejados. En cambio, en el mundo occidental, el relativismo, como ideología práctica y también teórica, se hace presente, a veces incluso con los caracteres de un absolutismo.

—Con los matices expresados ya en esta entrevista, estoy totalmente de acuerdo con esa percepción de la realidad. Cierto nihilismo, el relativismo, la pérdida de una conciencia general de los criterios y valores objetivos e incluso cierto rechazo muy difundido por la objetividad en aras de un creciente subjetivismo, conforman una especie nueva de totalitarismo que se abre hoy camino.

Algún tiempo atrás tuvimos en esta Academia un coloquio sobre la verdad política con los racionalistas críticos, entre ellos los discípulos de Karl Popper, Hans Albert y otros representantes de esta escuela alemana. Ellos, por ejemplo, están convencidos de que la democracia no debe reconocer verdades y valores objetivos, pues consideran que ése sería el primer paso hacia el totalitarismo. Al respecto tuvimos muchas discusiones. ¿Cómo puede afirmarse que en la verdad absoluta está el comienzo del totalitarismo? Tal vez grandes errores apodícticos sobre el hombre pueden ser el comienzo del totalitarismo. Una ideología que invoca la verdad objetiva, pero cometiendo errores atroces, como el racismo, es efectivamente el comienzo de un totalitarismo. Pero eso ocurre por otras razones, como la artificial «recreación» del orden ya aludida, que conduce en este caso a la identificación de algo que arbitrariamente se califica de verdad, con un gran error, como es el racismo. Porque no es más que una estúpida arbitrariedad, por ejemplo, sostener que los judíos son una raza inferior.

Por consiguiente, el contenido de lo que llamamos verdad es decisivo y cada orden democrático en el cual se respetan los derechos humanos debe invocar también una verdad absoluta e inviolable. ¿Qué totalitarismo, qué horror, qué monstruosidad podemos rechazar o prohibir si no existe esa medida de las cosas? Quiero decir, como Nietzsche en sus reflexiones sobre el nihilismo, que si no existen realmente valores, es posible justificar las peores atrocidades, porque desaparece todo, ya no hay normas, criterios, naturaleza, derecho ni justicia y la sociedad se hace infernal. Podemos decir tal vez que con posterioridad a la caída del comunismo, hemos presenciado, con amparo en ese nihilismo, la aparición de una sociedad aparentemente más bárbara que ninguna otra. El drama de Yugoslavia y todo lo que significa para Europa habla por sí solo. Es claro que una Europa solamente fundada sobre el poder o sobre el consenso de una nacionalidad, como la serbia —situación esta última que respecto a los Balcanes no me consta que sea real— no puede, en ningún caso, ser el fundamento último de un Estado de Derecho.

—La última vez que hablamos, durante su primera visita a Santiago, me dijo usted que «la profesión médica nunca ha enfrentado una crisis mayor que la de este momento..» ¿Tiene esto también que ver con los problemas que propone la bioética en una sociedad caracterizada por el subjetivismo y el relativismo de que hemos hablado?

—Yo creo que sí. Hay muchos problemas en relación con la bioética: el aborto, la eutanasia, la manipulación genética, la idea de crear genéticamente razas nuevas entre hombres y animales para producir obreros carentes de dignidad humana, como una nueva generación de esclavos. Hay cosas realmente descabelladas e increíbles. Prácticamente en la bioética se han hecho toda clase de proposiciones, con mayor o menor grado de seriedad. Y creo que vemos aquí la situación de una medicina que ha perdido sus fundamentos clásicos.

La medicina tiene un componente filosófico y moral, porque de lo contrario no podríamos distinguir entre el ejercicio correcto de la profesión y el hecho de cometer crímenes con las técnicas médicas. La medicina no es únicamente producto de la ciencia y la técnica; también hay en ella una dimensión antropológica y ética, que estaba simbolizada en el juramento hipocrático. En este momento, ciertamente la gran crisis no tiene relación con la técnica y el conocimiento, puesto que hemos alcanzado un nivel extraordinario y hay un progreso increíble en la medicina moderna. El problema está en el derrumbamiento de la visión del hombre y del fundamento axiológico y ético. Actualmente mueren más personas por causa de ciertas ideas filosóficas que a raíz del progreso de la medicina, ya que millones de ellas son asesinadas por declararse que no son personas. Y se pretende introducir ideas aún más radicales, como las de Singer, ya mencionadas, que llevarían a que las personas con atraso dejen de ser considerados personas y se brinde mayor protección a los animales que a los seres humanos, si éstos no son normales. Hay, sin duda, algo que podríamos llamar una ideología en esa dirección.

Muchos médicos me han hablado de su propia crisis de desorientación. Hay una crisis de la conciencia y se requiere una filosofía, una ética que muestre los fundamentos inteligibles de un orden moral. Es también por eso que aquí elaboramos un proyecto sobre la salud y las raíces filosóficas de dicho concepto. Comprende definiciones de vida, muerte, muerte cerebral y salud, etc. Son nociones muy importantes para la medicina, porque si se acepta la definición de la Organización Mundial de la Salud, según la cual todo sentimiento subjetivo de insatisfacción constituye una enfermedad y sólo la satisfacción perfecta es la salud, caeríamos en el subjetivismo total y en lo utópico, puesto que nadie se encuentra nunca totalmente satisfecho. Por consiguiente, para salir adelante, es muy importante la reflexión sobre el concepto de la salud. De lo contrario podemos caer en otra crisis, al estimarse que cada vez que un individuo considere algo desagradable, está sufriendo una enfermedad. A lo cual se agregarán los que defienden la idea de que el Estado debería concurrir a dar su aporte para la esterilización o los cambios de sexo, para el aborto y todo aquello que acarree «insatisfacciones» al individuo…

Un criterio sobre la salud y la enfermedad requiere cierto orden objetivo y fisiológico, pero también sicológico y espiritual. En cierto modo, la crisis de la medicina es de orden filosófico y ético.

Para terminar, el rector Seifert nos habla de los trabajos desarrollados últimamente en la Akademie:

«En los últimos años los intereses universales han seguido siendo los mismos, pero tal vez podríamos mencionar algunas otras direcciones en el trabajo. Así, por ejemplo, el profesor Rocco Buttiglione ha dirigido varios proyectos, organizados conjuntamente con profesores americanos, que se han realizado en forma de cursos de verano. Como usted sabe, el profesor Buttiglione es tal vez uno de los intérpretes más competentes de la Doctrina Social de la Iglesia y de sus raíces filosóficas. Él conoce muy a fondo «Centesimus Annus» y las ideas que la presiden, antiguas y nuevas, que constituyen los fundamentos personalistas de dicha doctrina. En estos cursos a que hago referencia han colaborado profesores de los Estados Unidos como Waigel, Neuhaus y Novak, todos bastante conocidos.

Había en ciertos ambientes un cierto recelo crítico, sobre todo a partir de la encíclica «Sollicitudo Rei Socialis»‘. Filósofos católicos americanos y muchos hombres de negocio de ese país quedaron negativamente impresionados, entendiendo que en ese documento se atacaba la libertad o su concepción del capitalismo. Por consiguiente, «Centesimus Annus», que tal vez desarrolló la idea de la libre iniciativa de manera más completa, tuvo un efecto muy positivo en ese medio. Ha habido un acercamiento, al que estos cursos han ayudado.

Se ha producido además un acercamiento con las ideas del capitalismo de la escuela económica de Viena, representada, entre otros, por Hayek y Von Mises, en una visión que reconoce los derechos humanos, los valores morales que debe incorporar la sociedad, los valores de la persona y su rol. Por consiguiente, me parece interesante lo que está ocurriendo, ya que en este momento hay colaboración entre grupos y corrientes algo opuestos hasta hace no mucho tiempo.

El curso de verano, organizado por el profesor Buttiglione, con Michael Novak, representa un triunfo en esta dirección. Asisten veinte estudiantes becados de Europa Oriental y diez estudiantes de los Estados Unidos, produciéndose un encuentro entre ellos. Existe la idea de comunicar una visión equilibrada y universal del orden social y político, pero de tal manera que se comprenda mejor el rol de la libertad en el mercado. Este curso se ha dado ahora por segunda vez. 

En otro campo se podrían señalar varias tesis doctorales, que trabajan conjuntamente el pensamiento de ciertos filósofos morales como Max Scheler y Dietrich Von Hildebrand, insertando y tomando muchas ideas de la escuela económica de Viena, pero criticándolas a la luz de una concepción objetiva de los valores, la moralidad y la libertad. En cierto modo, se trata de una nueva síntesis de una filosofía de la economía y el orden social, que también se expresa, en forma más modesta, en estos trabajos.»

Capítulo aparte lo constituye la producción bibliográfica de los profesores de tiempo completo, como el mismo Buttiglione y como nuestro entrevistado. El primero ha dado a luz un interesante ensayo sobre Augusto Del Noce, largamente comentado en Italia, país en el que su presencia en la vida pública se ha ido haciendo por otra parte cada vez más gravitante. Seifert, más abocado a las cuestiones metafísicas y epistemológicas, anuncia tres libros, el más importante de los cuales será un ensayo que culmina un esfuerzo por restaurar, sobre una base de realismo fenomenológico, una metafísica clásica. Otro trata sobre las teorías de la verdad. «What is life», una obra conjunta de varios profesores, enfrenta el tema de la bioética y la medicina en general, con importantes alcances sobre las definiciones de muerte y muerte cerebral. A todo ello debe agregarse la serie que reúne las ponencias hechas en este singular y notable claustro alpino por los eminentes invitados que lo frecuentan: Viktor Frankl, Radim Palous, Francesco Cossiga… y ahora Alexander Solzhenitsyn.