EI verano de 1993 estuvo marcado por la presencia intelectual de Félix Schwartzmann. A comienzos del mes de enero el profesor de Historia y Filosofía de la Ciencia, de la Universidad de Chile, publicó de nuevo «El Libro de las Revoluciones», obra que fue presentada en la Sala Domeyko de esa Universidad. Días más tarde, la misma sala se repletaba para asistir a la conferencia de clausura del seminario «Presente y Devenir de Nuestra Cultura» organizado por la Casa de Bello, que dictó el académico.
En verdad dos libros componen la nueva publicación de Schwartzmann. «El Libro de las Revoluciones» corresponde a una introducción a la segunda edición corregida de «El Sentimiento de lo Humano en América», que fue editada en 1952. El tema de la antropología de la convivencia ha sido una constante preocupación de Félix Schwartzmann.
La reflexión acerca del alma hispanoamericana fue el tema de su primera obra, para deducir visionarias conclusiones a partir de lo que ésta tiene de universal. Cuatro décadas antes de que sobreviniera la caída del imperio soviético y cuando éste aparentaba estar en pleno auge, Schwartzmann avizoraba aquel histórico acontecimiento.
Su nueva obra introductoria advierte sobre los bemoles de la tecnología y distingue a la fuerza interior como el único medio para lograr la convivencia universal. El interés, despertado por su obra, confirmado por el entusiasmo que despertó su conferencia, motivación a “Artes y Letras” a conversar con él.
* Esta entrevista fue realizada en conjunto con María de los Ángeles Covarrubias.
—En la década de los años cincuenta, usted habla de una crisis profunda. En el prólogo a la primera edición de «El Sentimiento de lo Humano en América» dice: «surgen nuevos y oscuros signos… Trátase, en rigor, de una crisis profunda, acaso sin par, del espíritu necesaria para orientar la convivencia hacia su plenitud, que se evidencia en todas las relaciones interhumanas». ¿Considera usted que aquella crisis sigue vigente?
— A mi juicio sigue vigente y me atrevo a decir que desafortunadamente la convivencia en el mundo se va tornando casi utópica. Ello acontece porque el desarrollo tecnológico aleja cada vez más a los hombres entre sí. Hay mucha información y poca comunicación, es decir, todo se mediatiza.
Como preconizaba el sociólogo Simmel en sus estudios sobre la filosofía del dinero, hacia el año 1903, la metrópoli se va convirtiendo en una especie de ciudad de seres aislados, donde cada cual se recluye en su rincón de privacidad. Desaparece la aldea en que todos se conocen. Tal silencio no es el sacro, sino un silencio de aislamiento. Burckhardt analiza el fenómeno de la migración del campo a la ciudad
Desde su visión cristiana, Dostoievski reflexiona sobre este mismo punto, denunciando el riesgo que conlleva la racionalidad de la ciencia. En el marco de las relaciones internacionales, cabe considerar que en 1835, cuando Tocqueville era embajador de Francia en Estados Unidos, señaló que la confrontación entre Rusia y Norteamérica sería el gran problema de mediados del siglo próximo, vale decir el nuestro. A su juicio, Norteamérica malentendía los conceptos de libertad e individualidad, lo que ponía a la democracia en peligro.
En la parte final de «El Libro de las Revoluciones», concluyo que aun cuando exista un paraíso tecnológico perfecto, en que todo alcance su máxima expresión logrando vencer el tiempo, el espacio y la causalidad, será siempre a trueque de una muerte de la convivencia y de la pérdida de la auténtica religiosidad. Si yo critico algunos aspectos de la economía de mercado no es para que se me atribuya una especie de sospechosa posición marxista. La Encíclica Papal que cuestiona la economía de mercado, critica el consumismo y habla de una pérdida de religiosidad auténtica.
— Se intenta comprender en esta obra «El Sentimiento de lo Humano en América» al americano en su mundo. ¿Ese mundo del cual usted habla y sobre el cual reflexiona es igual al de esta era multiculturalista en la cual América parece haber entrado, o es otro hoy el mundo hispanoamericano?
—Ocurre que en todo el planeta Tierra se ha producido una infiltración entre las formas de vida tecnológicas y urbanas. En cada país, en mayor o menor medida según su tradición, se reconoce un cierto grado de industrialismo. Pero ocurre que nadie sabe quién es el otro. Nosotros verdaderamente podemos conservar aspectos de nuestro folclore, de nuestra forma de vida, de nuestros hábitos, pero todo eso se va diluyendo y es absorbido por formas de vida que son más universales y menos valiosas. Cuando uno recuerda su niñez, vuelven a la memoria las grandes reuniones familiares, en que las actitudes de cada uno de los miembros entre sí eran totalmente distintas. Ahora se vive de otra forma. Hoy en día todo es productividad, nadie habla de religiosidad, de ética, sino sencillamente de productividad. Ese es el horizonte de los niños. Lo que antes nos parecía una deformación propiamente norteamericana o francesa, desafortunadamente ocurre aquí también.
Por otra parte, la tecnología no es una cosa que vaya a desaparecer de la mañana a la noche y tampoco sería el ideal, porque ella tiene un rol y una función. No por adolecer de algún vicio la solución será extirparla, para volver a un mundo atecnológico. En definitiva, se trata de un problema antropológico.
— Bueno, ya es un solo mundo…
—En este mundo progresista nuestra alma nacional se conserva como cenizas en el fuego. Se ha perdido la proximidad de la vida cotidiana, pero a pesar de todo, se conserva aún lo que podríamos llamar «lo nuestro», nuestro modo particular de arraigo a la tierra, de vivir al otro y al mundo, de contemplar el paisaje.
—Una preocupación constante suya es el rol que ejerce la tecnología en el espíritu humano. ¿Dónde radica el equilibrio entre el uso que el hombre hace de la tecnología y la manipulación que ésta puede ejercer en el espíritu humano?
—Dostoievski señala que uno de los peligros de la época son los hombres con «delantal blanco», los hombres de laboratorio, por ser neutros en lo referente al sentido, por no ser «filósofos». Las democracias deben precaverse de los expertos en el poder, pues carecen de una visión de totalidad.
Agassi señala que el experto es limitado. No se trata de acabar con la técnica, ni con el creciente desarrollo científico sino de regularlos. Además hay que proteger la democracia. Algunos pensadores sostienen que el hombre se ha mostrado impotente para controlar la irracionalidad que crea la racionalización, de ahí el nombre del primer capítulo de mi obra sobre América: «La peculiar impotencia del hombre actual».
— ¿Se podría llegar a un paraíso tecnológico?, se pregunta usted en su obra…
— Sería un estado de felicidad aparente, en el cual la convivencia se convertiría en una utopía. Podríamos afirmar que ese determinismo racionalista lleva a la impotencia al hombre frente a sus propias creaciones. Antes ese trasfondo nacional propio del cual recién conversábamos formaba parte de nuestra forma de vida, de nuestro ser. Ahora se ha convertido casi en una representación para el espectáculo.
—Usted ha hecho mención al importante rol que juega el folclore en la identidad de una cultura. En este sentido, en referencia a Hispanoamérica ¿qué queda propiamente del gaucho y del huaso, como qué queda de los toros en el ámbito español, en esta era de lo multicultural?
—En cuanto a cultura desafortunadamente subsisten más como símbolo frío, más como escenario. Uno ha dejado de ser actor para pasar a ser espectador. Antes se coparticipaba más de la vida. La industrialización actual pone distancia entre las personas. Se ha dejado de vivir en una naturaleza viviente, no se despierta un sentimiento profundo hacia la naturaleza. El turismo produce una erosión, estas cosas se viven un poco para el turista.
A este respecto no hay que olvidarse que una de las grandes revoluciones que hicieron posible el desarrollo de Occidente fue el estribo. Hay una obra genial de White sobre el tema.
Preeminencia de lo antropológico
—Inquieta mucho a usted la trilogía «experiencia de sí mismo, del otro y el conocimiento universal». Afirmaría Ud. que más que en lo programático social y político, es en la visión que se tenga del hombre, es decir, en el plano antropológico, donde radican las verdaderas diferencias valóricas entre unos y otros? ¿Y a su vez, que es allí de donde pueden extraerse las auténticas soluciones a los problemas de convivencia?
—Yo comienzo diciendo que la historia reescribe los libros, fenómeno que ocurre cuando lo señalado por un filósofo, un pensador o un escritor, de alguna manera se convierte en realidad. Yo señalé que el retroceso de la Unión Soviética era inexorable.
Gogol escribió un cuento llamado «El Capote» al cual yo me refiero, que trata del hombre que se siente humillado, que siente que no es nada, y se pone un abrigo para que se fijen en él. A través de toda la política rusa se advierte una gran preocupación de ser valorado por el prójimo; de ahí que me haya surgido la siguiente reflexión: un signo sin par de la historia universal en general y de la historia de las revoluciones en particular, es el hecho de que la revolución rusa contemporánea no tuvo guillotina, no se dio el fenómeno de la vendetta siciliana, nadie salió a matar a las autoridades, fue una «revolución silenciosa”. Cabe examinar el significado de una revolución que trae la apertura de las iglesias, muy contrario a lo que aconteció en la revolución francesa en que se suscitaron terribles roces con la iglesia.
Reflexionando sobre el modo de ser del americano, pude discernir qué es lo universal en el hombre. Cuando yo escribí «El Sentimiento de lo Humano en América» habían escrito ya García Márquez, Rulfo y Neruda. Pude intuir el trasfondo de la época en sus novelas y en su poesía respectivamente. El problema de la relación humana es la búsqueda del otro. Al hacer el análisis de las relaciones humanas en América advertí la correspondencia entre los modos de convivencia, la religiosidad, la cultura, etc. Había visto respecto de América lo que Tocqueville, le Michelet, Nietzsche, Burckhardt habían visto sobre Historia Universal.
— ¿Cómo y por qué ocurre que una de las primeras manifestaciones del pueblo posteriores a la reciente revolución rusa haya sido la religiosidad?
—Incluso los líderes comienzan a usar frases tales como «si Dios quiere». Esto significa que apenas el hombre sale de una angustiante etapa de limitación, su nuevo horizonte es la religión. Los ejemplares de la Biblia en Rusia están dentro de las cosas que se compran con avidez. Signos reveladores de cuanto ha sufrido un pueblo son los anhelos que manifiestan inmediatamente después de liberarse del yugo.
Aun cuando después pueden deformarse, los signos de la revolución rusa contemporánea apuntan al valor del ser humano. Lo primero que sale a relucir al librarse del régimen dictatorial, es la relación con el otro, es una religiosidad profunda.
Los comunistas hablan en términos de una sociología científica, de una política con fundamento científico. Eso fue lo que los hundió porque los alejó de la realidad. Dostoievski tenía razón cuando decía que en esa racionalidad se pasa del anhelo de libertad, al despotismo más feroz. Pero si la utopía es a partir de la necesidad del prójimo, a partir del amor al otro, no hay utopía negativa. Por eso en mi obra sobre América termino diciendo que en el seno del universo podrán existir muchas axiologías, muchas éticas, muchas teorías de los valores, pero amar al otro nunca dejará de ser un valor.
— En su libro usted avala el juicio de Vaclav Havel en el sentido de que el racionalismo occidental es el origen y fuente inspiradora del totalitarismo que subyugó al Este de Europa.
—En gran medida sí. Por eso yo he dicho que el fracaso del marxismo no es sólo el fracaso de éste, sino también el fracaso de gran parte del pensamiento occidental y de la Ilustración. Se partía del supuesto de que la ciencia lo podía explicar todo, se creía en su supremo valor y precisamente eso fue lo que en alguna medida inspiró a Marx. Hoy hemos descubierto que la ciencia no es un valor supremo ni tiene alcance ético en sí misma. No hay duda alguna del riesgo del cientificismo desmesurado. El Estado es responsable de regular la tecnología.
Ahondando en las características de este fenómeno en el plano científico, Felix Schwartzmann agrega:
—En mi libro «Autoconocimiento en Occidente», aludo a un signo muy significativo del espíritu de la época: el hecho de que Kurt Godel, uno de los más grandes matemáticos lógicos de todos los tiempos, haya desmontado la racionalidad de la matemática. Ortega y Gasset advirtió que la revolución importante de la época no era la relatividad ni la mecánica, sino la revolución de Kurt Godel. Se le reconoce haber demostrado que la axiomatización no tenía sentido ni era posible axiomatizar la matemática, sino esta era una ciencia hipotética deductiva. Es extraordinariamente singular que este hombre genial, que conoció los orígenes de la computación, señalara que lo supremo para el hombre es la reflexión, la introspección. Que el conocimiento de sí mismo, puede permitir llegar al conocimiento del ser universal y al conocimiento de Dios. Que del autoconocimiento deriva todo lo demás.
La pérdida de la fe en la ciencia que se mantuvo respecto a las matemáticas y que desapareció con Godel, hizo también perder la certeza al hombre actual. La ciencia no sirve para tener una comprensión cabal del mundo. Ya no hay un modo de concebir el universo, o un solo orden del mundo, sino que las cosmologías cambian. Cada año hay una distinta.
—¿Qué consecuencias ve a esta pérdida de la certeza en el ámbito de la cultura y de la ciencia?
—Algunos autores se han planteado el problema de responder a la negativa del valor de las ciencias, que conlleva la pérdida de la certeza. Heisenberg, quien ha determinado el significado del principio de indeterminación, llega a la siguiente conclusión: nunca como ahora el hombre ha estado tan solo, solo frente a sí mismo, frente a la naturaleza, porque nuestras funciones de la naturaleza son modelos creados por nosotros.
En definitiva, esa misma pérdida de la certeza puede mover al hombre a un reencuentro consigo mismo, que es lo que yo planteo en mi nueva obra.
— ¿Por qué dice usted que la revolución de Gorbachov ha desposeído al hombre de sus utopías concretas? ¿Acaso el ejemplo de Fukuyama no acredita que la época post Gorbachov es también capaz de engendrar utopías?
— No está ya en discusión si el marxismo es o no es, su derrumbe es sencillamente una de las cosas más significativas de la época de muchos siglos. Inquieta ahora otro asunto. Como lo ha dicho S.S. Juan Pablo II, la extrapolación al infinito del consumismo en la economía de mercado no tiene sentido. Para construir nuestro futuro hay que repensar sin destruir lo que es valioso. En el último capítulo de mi libro señalo que hay que volver a tener la audacia creadora que hizo posibles los grandes descubrimientos científicos, los grandes avances tecnológicos. La misma audacia creadora se requiere para hurgar en los orígenes de la ciencia, de cuál es su trasfondo de la ciencia y cuál el de la tecnología. En «El Libro de las Revoluciones» digo que no creo ni en el fin de la historia como piensa Fukuyama, que es la cosa más absurda que se ha escrito, ni en el fin del futuro. En el momento actual el hombre vive tal vez uno de los períodos más críticos de su historia, porque está perdiendo todo y está expuesto o es vulnerable a cualquier vaivén.
Si Rusia no es ayudada, podría precipitarse el caos en el mundo. Antes el aparente equilibrio era producto de las fuerzas atómicas que mantenían un statu quo en base al terror, pero hoy se necesita ayuda para mantener el equilibrio. Algunos filósofos que aparentemente estaban tan alertos, como Merleau Ponty, escribían con una gota de marxismo y una gota de fenomenología, para decir que sin lucha de clases no había historia, y no fueron capaces de advertir la inexorable caída del imperio soviético y de las repúblicas satélites.
Interesa saber qué han dicho los intelectuales respecto del marxismo. El «Libro de las Revoluciones» es la primera voz que se alza en América. Esta obra está escrita con vocación, sin resentimiento ni odio ideológico, plantea un análisis desde los orígenes del marxismo.
Editorial Hachette presentará próximamente «Autoconocimiento en Occidente», que es la última obra de Félix Schwartzmann. Según señala el autor, esta investigación presenta una nueva civilización centrada en el autoconocimiento tecnológico, que se deriva del desarrollo de la inteligencia artificial.
Esta entrevista forma parte del libro:
