En esta meridional ciudad nipona, Nagasaki, singularmente interesante, donde ya se siente la atmósfera de la China y donde se entrecruzan varias veces la historia del Occidente cristiano y del Oriente budista, hay una colina, llamada Nishizaka, cargada de significado, cuya majestad se aprecia desde muchas partes de la bahía y del puerto. Es la colina de los 26 Mártires del Japón, que hoy abriga un museo con el mismo nombre. Su director es el sacerdote jesuita Diego Pacheco, español de Andalucía que vive aquí más de 40 años y que ha cambiado su apellido sevillano por el de Yuuki. Con él iniciamos un diálogo que nos interna en la riquísima historia transcurrida en estos parajes entre el siglo dieciséis y el nuestro.
—Quisiéramos saber de este museo propiamente, cuando se fundó y qué puede decir usted sobre el significado que él tiene, tanto para la población de las regiones de Nagasaki y alrededores como para la gente que viene a Japón desde otras partes del mundo.
— El museo se inauguró el año 1962. Era el centenario de la canonización de los 26 santos mártires. Este lugar tiene un gran significado. Está en el sitio donde murieron los 26, pero no sólo ellos. En esta colina, que se ubica ahora en el centro de la ciudad y que antes quedaba un poco a la entrada murieron más de 600 mártires. Dieciséis han sido recientemente canonizados y hay 205 beatificados. Por tanto, para la iglesia japonesa esa colina Nishizaka de Nagasaki es algo muy importante. Los edificios el monumento de los mártires, la iglesia han sido hechos por arquitectos y escultores que han querido expresar su fe y al mismo tiempo revelar el corazón de los mártires con su obra…
—¿Y qué se puede decir de la colección que se guarda en el museo?
—La colección presenta la historia del cristianismo en Japón desde la llegada de San Francisco Javier hasta el fin de la persecución. La persecución termina, nominalmente por lo menos, a mediados del siglo pasado, en la época del emperador Meiji. Después continúa en cierto aspecto, pero ya más oculta, porque mientras dura el militarismo japonés siempre hubo opresión del cristianismo.
El museo exhibe hasta el comienzo de Meiji, cuando ya se abren las cárceles y los cristianos pueden practicar abiertamente su fe. El cristianismo en Japón, como se ve aquí, tiene una historia que comprende tres épocas. La primera de propagación del cristianismo, de intercambio cultural con los tres países del sur de Europa: Italia, España, Portugal. Son también los que envían misioneros. Es una relación muy importante en la historia japonesa, porque es en el primer contacto de Japón con la cultura europea. Después, en la época de Meiji, vendrá ya el segundo encuentro. Siempre el segundo encuentro va sobre el primero y está preparado. La historia del cristianismo en esa época es interesante para conocer no sólo el cristianismo, sino Japón.
El segundo período ya es persecución y martirio. Son unos treinta o cuarenta años de persecución dura, cruel, que acaba con todos los misioneros, con los líderes, y sólo queda el pueblo cristiano.
Luego viene un tercer período, que es el del aislamiento nacional del Japón, en que los cristianos desaparecen de la superficie. Las leyes anticristianas ejercen, de una forma como en pocos países se ha llevado a cabo, un control total. Los únicos cristianos que quedan son pobres campesinos, pescadores. Y durante dos siglos y medio se mantiene esa lucha, que más que lucha es opresión: un gobierno totalitario en un país aislado, sin apoyo alguno del extranjero, contra un grupo de unos miles de campesinos. El motivo de la lucha es quitarles esa fe cristiana. Cuando pasan los 250 años y al comienzo de la época de Meiji cae el gobierno de los Tokugawa, el cristianismo continúa. En algunos libros, no muy fundados, pero que tienen divulgación, viene a decirse que el cristianismo desapareció, sólo quedaron unos cuantos cristianos ocultos. Eso es falso, la expresión es falsa, la Iglesia quedó, aunque fuera un grupo pequeño, pero quedó una Iglesia, y la fe se mantuvo, transmitida de padres a hijos, transmisión oral en su mayor parte, durante unas diez generaciones. Un caso único en la historia de la Iglesia en todo el mundo, sobre todo si se tiene en cuenta el sistema del gobierno Tokugawa.
Budismo obligatorio
—¿Podría usted explicar cómo se produce eso?
— Primero, como dije, se elimina a todos los dirigentes: misioneros, catequistas, líderes cristianos. Después se obliga a toda la población de Japón a inscribir el nombre en un templo budista. El budismo que hasta entonces era libre, lo hacen obligatorio, y no sólo el budismo, sino el templo. O sea, no pueden cambiar de un templo a otro dentro del budismo. ¿Para qué? Para controlarlos. Una vez al año todos tienen que ir al templo y declarar que no son cristianos. Esto es, controlan toda la población a través de los templos budistas. Debido a esto mismo, hubo una reacción muy fuerte, no del cristianismo, sino de la sociedad japonesa contra el budismo, y se destruyeron muchos templos budistas. Después, mantienen también un control de las familias que fueron cristianas. Los japoneses, en cuestión de árboles genealógicos, son muy exactos. Y a esas familias que habían sido cristianas, aunque hubieran apostatado, hasta la tercera y cuarta generación, los continuaba observando, por lo cual esas familias van desapareciendo, porque o cambian el nombre o se van a otra región, huyen…
—Y esta persecución tenía lugar aun cuando hubiera habido apostasía formal, dice usted…
—Aunque hubiera apostasías, no se fían. Entonces, si el abuelo fue cristiano, aunque el padre apostató, el hijo ya no fue cristiano, y el nieto no lo es, los controlan de un modo especial, con lo cual nadie quiere casarse en esas familias, y éstas desaparecen. Los obligan asimismo, una vez al año, a ir a la casa del gobernador o del alcalde, y pisar una imagen en señal de que no son cristianos. Los que se niegan son apartados como cristianos y enviados a la cárcel. O sea, es un sistema de control total. Además, por el sistema político de Japón, dividido en pequeños reinos, como los antiguos campesinos de Taifa en España, no pueden pasar libremente de una región a otra, lo cual los condena a vivir amarrados. Mas a pesar de todo eso el cristianismo sigue existiendo, y esos cristianos mantienen relaciones ocultas entre ellos. Esa historia no ha sido escrita ni podrá ser escrita, porque no hay documentos, es todo oral. Claro, al cabo de cien años ya es imposible encontrar esa tradición. Pero en ese sentido la pervivencia de la Iglesia japonesa es un caso único. Cuando la persecución general comenzó, unos 30 años después del martirio de los 26 santos, habría en Japón unos cuatrocientos mil católicos. En esa época no existían otras denominaciones cristianas. Cuando, después de dos siglos y medio, tiene lugar el descubrimiento de los cristianos ocultos por los misioneros que vuelven a Japón, quedaban todavía unos treinta mil en pequeñas islas y en las aldeas. En las grandes ciudades no podían vivir, naturalmente, Estaban organizados en grupos de cinco familias con un sistema muy japonés, que usan para el trabajo colectivo en las aldeas, pero aquí el gobierno lo usó para forzar la vigilancia de los cristianos. Cada familia era responsable de las otras cuatro en cuestión de cristianismo. O sea, si en una de esas cinco familias se encontraba un cristiano, las cinco familias eran castigadas, y se llegaba a la pena de muerte, lo cual obligaba a delatar cualquier cosa. Por tanto, en una ciudad era imposible la pervivencia. En cambio en los pueblos esta legislación tan severa tuvo poco efecto; porque en los pueblos pequeños todos son parientes, conocidos, y nadie delata a nadie, porque si delata a una familia, algún pariente suyo será castigado. Y eso facilitó la pervivencia en
las aldeas.
Tanto la persecución como la resistencia, diríamos en términos modernos, de esa Iglesia oculta estaban bien organizadas mirando al espíritu del pueblo japonés, sobre todo el de los campesinos. Los misioneros, cuando vieron que ya ellos desaparecían, que iban muriendo poco a poco, organizaron a los cristianos en cofradías. Es algo parecido a nuestros gremios en España en la Edad Media o a las cofradías religiosas, pero relacionadas con el gremio, que tenían su organización social y al mismo tiempo su vida religiosa.
—Por tanto, el que hubiera sido el prefecto de una congregación mariana, digamos, sería el jefe del pueblo…
— En una aldea de mil personas, hay dos o tres familias que tienen más territorio, que son los que dirigen, y los alcaldes están elegidos muchas veces entre los miembros de esas familias. El jefe de esa familia es el jefe de la congregación y a él le ponen de auxiliares dos o tres ancianos del pueblo, uno encargado de la doctrina, otro encargado de la fórmula del bautismo, otro encargado del calendario… Esto era muy importante para esos cristianos, porque gracias a un calendario sencillo vivían su fe durante todo el año. Como no podían tener calendarios cada uno, había uno que de memoria o con un pequeño escrito iba avisando: «mañana es Navidad, mañana comienza la Cuaresma, mañana es Resurrección», con lo cual durante todo el año, ya con sólo eso, tenían una vida religiosa continuada. Y esos tres o cuatro ancianos formaban el comité con el jefe y actuaban como responsables de la conciencia de todo el pueblo. Lo que ellos hacían lo hacían los demás. Campesinos, en esa época en Japón, eran muy pocos los que leían.
Entonces ellos sólo sabían que «lo que dice el jefe, nosotros lo hacemos». Si el jefe decía «vamos al templo budista», iban exteriormente. Si el jefe decía «no llamamos al sacerdote budista, al bonzo, para el funeral», no lo llamaban, y eso lo cumplía todo el pueblo. Por eso de vez en cuando hay casos, ya en esa historia, de pequeños brotes de persecución cruel, por una aldea que se ha negado al funeral budista, por ejemplo. Y lo bonito de esa historia es que el gobierno poderoso, que tiene toda la fuerza, desaparece. Mas esos pobres campesinos permanecen con su fe.
—¿Qué vinculación tienen los cristianos japoneses de hoy con esa historia?
— Aquí en Nagasaki, yo diría que un 70 por ciento de los cristianos son descendientes de esos antiguos cristianos de que hablamos, comenzando por el arzobispo y el cardenal. El cardenal ya está retirado, tiene noventa años, y el arzobispo todavía es joven, cincuenta y tantos. Los dos son nativos de aquí.
La rebelión de Shimbara
— En ese ciclo histórico que se inicia con la persecución, irrumpe la rebelión de Shimabara, ¿Cómo la aprecia usted?
— Tiene diversos aspectos. Hay una campaña que quiere justificar la persecución como defensa nacional. Es un tema muy socorrido en cualquier país. La cuestión de la seguridad nacional autoriza para destruir todo lo que se quiera. Y aquí echan a correr que España y Portugal quieren conquistar Japón y que para eso envían por delante a los misioneros. La cosa suena muy bien, sobre todo si se tiene en cuenta que España había entrado en Filipinas, aunque no por los misioneros, y había entrado en Sudamérica. En la época a que nos referimos de la historia japonesa, ya ni España ni Portugal podrían enviar un barco de soldados hasta Japón, eso es un hecho que conocían los dictadores japoneses…
— ¿A los shogunes se refiere usted?
— Antes que al shogun, a Hideyoshi, que no era shogun. Él, como no era de la familia Fujiwara, que es la gran familia noble de Japón, no podía ser shogun. Era un advenedizo, y eso no lo perdonó nunca; en revancha tomó entonces otros títulos, de generalísimo, de consejero del emperador, lo que sea. Planeaba la conquista de Filipinas. Primero intentó la de Corea, y fracasó. Era un campesino humilde, un hombre de grandes cualidades naturales, pero se le subió el poder a la cabeza. Intentó más tarde incluso la conquista de China, proeza que hasta ahora no ha habido quién la haya logrado. Él sabía muy bien, por los espías que enviaba, comerciantes, marineros, que en Filipinas habría entonces unos doscientos soldados españoles y portugueses, y claro, con eso no se conquistaba Japón. Y si ésos venían, inmediatamente los filipinos y los chinos sangleyes se levantaban allí. Eso lo sabían, por tanto no tenían miedo ninguno. Y los portugueses no eran conquistadores, eran comerciantes. Por tanto, todo su discurso no era más que una cortina de humo.
—¿Cuál era su temor?
— Lo que este señor temía y es la causa que está detrás del primer edicto de persecución era que el cristianismo iba propagándose mucho en Japón, y ya se habían convertido muchos de los principales señores feudales, que llamaban daimios. Él al principio no puso atención, porque ésos eran sus amigos de armas. Pero vino aquí, a la isla de Kiushu, para dominarla también, y vio que había muchos cristianos y que los daimios cristianos de esta región, sólo por ser cristianos, intimaban con los daimios del Japón central: Entonces Hideyoshi, como todo usurpador —él había usurpado el poder a los hijos del anterior señor del Japón, Nobunaga—, teme que le hagan a él lo que él ha hecho. Teme que todos los daimios cristianos unidos lo derriben.
—¿Y qué pasa cuando cae Hideyoshi?
—Después, ya en la época de los shogunes, de la familia Tokugawa, la persecución cambia. Tokugawa es mejor político que este Toyotomi Hideyoshi, y él no sólo toma el poder, traicionando al hijo de Hideyoshi, a quien había jurado fidelidad, sino que establece una ideología para sostener su gobierno, basada en una mezcla de budismo japonés y confucionismo. La doctrina de Confucio inspira el respeto al superior, la obediencia, y esto se centra en la figura del shogun, o sea, éste pasa a ser la suprema autoridad, tanto religiosa como civil. Sobre él no hay nadie, ni Dios, ni Buda. Y bajo él, en una pirámide, están sus vasallos más cercanos, los otros daimios, los samurais, los comerciantes, los labradores, los bonzos budistas y los outcast. La sociedad japonesa es una pirámide. Los cristianos, en ésta, quedan debajo de todos… Son además castas, no pueden pasar de una clase a otra.
—¿El centro de poder deja entonces de ser Kyoto?
—En Kyoto está el emperador, que no tiene poder. El emperador en esa época entra en política, pero por detrás. No tiene fuerza; lo respetan por ser el emperador y lo usan. Algunos shogunes casan a su hija con un hijo de emperador para entroncarse. Ellos son los que fundan la ciudad de Tokio, Edo, y viven en Edo. Desde allí dominan todo el país. Quedan así el emperador en Kyoto y el shogun en Edo.
Por eso, cuando en el siglo pasado se produce la restauración imperial, en la época de Meiji, llevan al emperador a Tokio y desaparece el gobierno de Tokugawa. El palacio imperial hoy día, el castillo de Tokio, era el castillo de los Tokuwaga, no del emperador. El palacio del emperador se conserva todavía en Kyoto, pero no está ocupado. Va el emperador alguna vez por allí, pero es sobre todo un sitio histórico.
—Pero volvamos a lo de Shimabara
— La campaña anticristiana arrecia y es muy fuerte. Es falso todo lo que se diga en cuanto a que España o Portugal intentaran la conquista. Los misioneros por su parte, mientras estuvieron, durante la persecución, siempre aconsejaron a los cristianos la paciencia y la sumisión. Pero desaparecen los misioneros y desaparecen ya casi todos los líderes naturales.
Queda entonces aquí la península de Shimabara, sobre todo su parte meridional, cristiana, que durante tres generaciones por lo menos había estado bajo daimios cristianos. Ahora cambia el daimio, viene uno de fuera, que no tiene raíz en ese territorio. Y este daimio, que ha venido de fuera, que es un vasallo de Tokugawa, explota a los campesinos —es una región agrícola y pobre— para construir un gran castillo en Shimabara, como base para ir desde allí contra Filipinas. Junto con este proyecto, contribuye con grandes sumas de dinero y de hombres a construir el castillo de los shogunes en Tokio, el actual Palacio Imperial. Todo eso lo tienen que dar los pobres campesinos, a consecuencia de lo cual viene una opresión económica enorme. Las tasas de impuesto al final eran ya absurdas: una casita pequeña, si tenía tres ventanas, un tributo por cada ventana; si moría uno, por el funeral un tributo; si nacía un niño, igual… Y al mismo tiempo les exigían la mayor parte de lo que recogían en sus pequeños huertos, mientras les hacían trabajar gratis en las salinas, que eso era del daimio… Si algún campesino no pagaba, le quitaban las hijas. Era una opresión total.
Rebelión religiosa y social
—Hay un episodio del cual arranca la rebelión…
— A un campesino que escapó al monte para no pagar, le atormentaron a su mujer que estaba encinta. Esta murió y también el niño. Él entonces reunió a los parientes y mató al recaudador. Y ya una vez que han dado el paso, se levantan los campesinos, tomando por sorpresa a los oficiales del daimio y barriendo hasta llegar al castillo de Shimabara. Pero claro, sólo con hoces y con espadas y algunas flechas no podían entrar en un castillo que tiene unos muros tremendos. Entonces se repliegan poco a poco y al final se refugian treinta y siete mil personas en un castillo abandonado junto al mar. El gobierno envía un ejército de las regiones cercanas, pero entre estos campesinos había un grupo de antiguos samurais, que habían dejado las armas para vivir en paz su fe y éstos dirigen la resistencia y derrotan al ejército. El gobierno envía entonces un ejército de ciento veinte mil hombres, al mando de uno de los mejores generales de la época. Éstos se encuentran con una resistencia que los mantiene durante unos cinco meses sitiando el castillo; al final, cuando no hay provisiones, cuando ya no pueden mantenerse, lanzan el ataque general. Veinte mil hombres mueren luchando y diecisiete mil mujeres, niños y ancianos son todos degollados, al día siguiente.
—Parece que el gobierno contó para esta represión con ayuda occidental…
—Efectivamente, con la de los holandeses. Estaban aquí y nunca se confesaban cristianos. Eran calvinistas, y entonces estaban todavía en Jirado. Les pidieron la ayuda de un barco. Durante varios días bombardeó el castillo. La respuesta de los campesinos fue muy buena. Con una flecha enviaron un mensaje al jefe del ejército del shogun: «Para pelear con unos pobres campesinos necesitáis la ayuda de los extranjeros». Y eso bastó. A los holandeses los mandaron para Jirado otra vez: perdieron el tiempo y la honra. Y al final murieron todos. A las mujeres y a los niños de los sitiados les ofrecieron la vida si apostataban. Ni uno. Hay un diario, escrito por el hijo del jefe del ejército shogunal, que estaba con su padre en el campamento, y ahí cuando anota, trata de justificar la matanza de mujeres y niños, pues si eran cristianos no se podía hacer otra cosa… Dice: «Pero es extraño que hasta los niños pequeños recibían alegremente la muerte. Eso debe ser el mal influjo de su religión». Un testimonio muy bonito.
—Se trata, al parecer, de una rebelión religiosa y social a la vez…
—La rebelión de Shimabara es una rebelión social, por opresión a los campesinos. Se sublevan en defensa de la familia, de sus haciendas, de sus vidas. Ahora, como eran cristianos en su mayoría, esa fe cristiana los alienta, y al final, una vez que se han sublevado, son hombres libres. Eso se nota, pues públicamente confiesan su fe, cantan sus himnos religiosos, levantan cruces. En cambio, los soldados del ejército shogunal son siervos, porque tienen que matar a los campesinos aunque ellos no quieran. Había muchos que habían sido soldados aquí, en esta región. Shimabara tiene pues ese doble aspecto: uno el social y otro la fuerza religiosa de esos campesinos.
Los exterminaron a todos, por eso en esa región no quedan cristianos. Pero para nosotros tiene un gran valor y al mismo tiempo muestra el error de la política de aislamiento nacional seguida por Tokugawa. Los textos escolares japoneses presentan dicha época como la gran paz. En efecto, no hay guerra con el extranjero, pero hay muchas rebeliones de campesinos en Japón. Y es natural, pues si hay un mal año, sin arroz, entonces el poco que se recoge va a los samurais, a los daimios, y el pueblo tiene que ir al monte a coger hierbas para sostenerse. Hay muchas revoluciones de campesinos: los suprimen, matan a los líderes y continúan. Ahora, ésta de Shimabara fue especial por el número y por la relación con el cristianismo. Si no hubiera habido esa rebelión, en esa región quedarían todavía cristianos, como quedan en Jirado o como quedaron en otras partes. ¿Pero quién podía obligar a esos pobres campesinos a tener paciencia?
Francisco Javier en el tiempo
—San Francisco Javier dice en algún momento que encuentra en Japón un pueblo particularmente dotado para lo religioso…
—Así lo dice: «Esta tierra está muy propicia para propagarse en ella la religión cristiana».
—A la luz de la historia transcurrida desde ese siglo XVI, ¿cómo puede esto interpretarse?
—Tiene muchos aspectos. Primero vamos a la época aquella, porque no podemos interpretar la historia con el pensamiento de otra. En aquel tiempo es bien cierto que en pocos años relativamente, cincuenta tal vez, llegó a haber cuatrocientos mil cristianos, comenzando de cero.
—Y muy buenos cristianos, como lo prueba el gran número de mártires.
—Javier lo decía por las cualidades del pueblo japonés. Había venido recorriendo la India, todos sus pueblos, el sur de Asia y lo que es ahora Indonesia. En esa época, sobre todo los pueblos de la India, que estaban en contacto con los portugueses, eran los más pobres, vivían en un nivel cultural muy bajo. Javier y los portugueses de entonces no llegaron a conocer a los intelectuales. Y de pronto Javier se encuentra un pueblo intelectual, con afán de saber, con grandes virtudes naturales, muchas de ellas entonces más vivas, más a la superficie que hoy día: sinceridad, fidelidad, desprecio de la riqueza. Javier insiste, por ejemplo, en que «los samurais no estiman gran cosa el tener dinero, por eso no se permiten el comercio, es el honor lo que los mantiene». Y Javier, profesor de la Universidad de París, después de muchos años misionando en Asia los rudimentos de la fe, nada más repitiendo los diez mandamientos, ahora encuentra un pueblo con deseos de saber. Él lo dice en una carta: «El placer de poder hablar con gente deseosa de saber es algo magnífico».
— Y después de la persecución exterminadora, ¿qué queda hoy a su juicio de Japón cristiano?
—Hay hasta ahora un avance numérico, y eso es verdad. Avanza muy poco, pero algo avanza. Pero hay otro avance, yo diría ideológico, y ése es grande. Cuando se abre al extranjero, en 1863 creo que es, bajo los cañones de los barcos americanos, en Japón no hay una institución social para los pobres, ni hospitales, ni nada de lo que hoy llamamos beneficencia. A los enfermos de lepra los echan de las ciudades, los mendigos viven aparte. La pena de muerte es practicada con toda libertad, casi sin juicio; a los criminales los matan y ahí dejan los cuerpos a la intemperie. Y sin embargo, Japón llega a un momento, hoy día, en que está a la altura de cualquier país cristiano en esta materia. Toda la beneficencia (aunque en el budismo hay doctrinas que la apoyan, en la práctica no lo hacían), es influjo cristiano. Hospitales, seguro social, derechos, todo es mentalidad cristiana, que antes no existía. Esa tendencia entra por diversos lados, no sólo por la predicación de los misioneros. Por ejemplo, la legislación tiene un influjo cristiano enorme, porque Japón, al hacer la nueva constitución en tiempo de Meiji, copio de las constituciones de Alemania y de Italia. La parte relativa a la familia, al matrimonio, lo tomo de la constitución italiana, que es inspirada en el derecho canónico. En ese sentido muchas de las campañas de hoy día, sobre la paz, la ayuda a los pueblos, han entrado con el cristianismo. Y no quiero decir que son sólo los católicos, los misioneros, no; es el cristianismo como sociedad que ha influido. El bautismo de los individuos se hace, pero al mismo tiempo hay que bautizar la sociedad. El japonés es muy susceptible al ambiente; y tiene que ser así con un pueblo numeroso en un espacio muy pequeño: va con la masa, Lo mismo que van de turismo detrás de la banderita, en grupo. Ahí el practicar la fe individualmente es muy duro, hay que formar ambiente, y en ese sentido se ha avanzado mucho. Hoy día los cristianos somos pocos, los católicos en Japón seremos unos 450 mil; con los protestantes de todas las denominaciones, todas juntas, no llegamos al millón; después hay uno o dos millones que se confiesan cristianos sin tomar parte en ninguna iglesia, sólo porque leen la Biblia o algo así. Es una minoría. Pero el catolicismo, por ejemplo, hoy día actúa al nivel de cualquiera de las antiguas religiones japonesas. Eso es un avance enorme. Y además actúa así porque es recibido, porque está admitido. Es una época de siembra, de ir ahondando raíces.
Gran conocedor de ese universo «de siembra», el Padre Yuuki habla de las universidades y colegios católicos existentes en Japón, de las editoriales, de la obras de asistencia a refugiados y menesterosos, del legado que dejara en Nagasaki San Maximiliano Kolbe, quien vivió aquí entre 1930 y 1936.
El museo de los 26 mártires
Nos internamos por fin en las salas del Museo que reúnen esta historia de que hemos hablado: edictos de Tokugawa, cartas de Javier, etc. Más principalmente la de los 26 mártires a cuyo recuerdo se consagra, lo mismo que la moderna iglesia construida en 1962 por el profesor Imai, un discípulo póstumo de Gaudí. Al fondo de la gran sala principal, la talla en madera a tamaño natural de un crucificado, Paulo Miki, quien murió predicando desde la cruz, el más conocido entre los 20 japoneses inmolados. Además de ellos, sufrieron el martirio un mexicano, un portugués de la India y cuatro españoles. Jesuitas unos, franciscanos otros. Después de expirar, sus cuerpos permanecieron todavía 40 días en las cruces, contemplados a distancia desde todos los puntos cardinales, encendiendo la veneración de toda la cristiana ciudad de Nagasaki
Nuestro entrevistado explica:
— Los traían desde Kyoto, andando, por tierra, un mes, como escarmiento y para anunciar por todos estos sitios que el cristianismo no estaba permitido. Al partir de la capital a todos les habían arrancado una oreja. Hideyoshi piensa: «Si a estos cristianos y misioneros los mato aquí, delante de la ciudad, los otros se acobardarán y dejarán la fe». El resultado fue el contrario, al ver la alegría de los mártires, los cristianos todavía racionaron más fuertemente. Aún hoy día hay cristianos y gente que hace andando el camino de los mártires, Entonces Nagasaki era una ciudad totalmente cristiana, fundada por los jesuitas en conexión con el señor de esta región, a quien ya habían bautizado. Piden un terreno para darlo a cristianos perseguidos y se constituye el primer núcleo, y el puerto para recibir a los barcos de Macao, portugueses. Esto en 1570, treinta años después de San Francisco Javier.
Observamos diversos objetos de la gran sala:
—Estos son edictos, por ejemplo, de la persecución de que hablé, de Tokugawa. Por un misionero, 500 monedas de plata; por un hermano, 300; por un apóstata que ha vuelto a la fe, lo mismo; por un catequista, 100. Esto se mantiene hasta la época de Meiji. Es una presión psicológica. Después tiene aquí muestras de lo que explicaba de los templos. Arriba está el sello del templo, abajo el de los que van a declarar que no son cristianos. Este libro es el último, ya cuando Japón se abre al extranjero. Lo interesante es qué libro era para los oficiales del gobierno de Nagasaki; después de haber controlado a todos, ellos eran controlados… Y éstas son balas recogidas aquí en la costa, unas de hierro, otras de plomo. El año pasado hicieron excavaciones aquí y encontraron muchas cruces pequeñitas de plomo, como ésta que le indico. En Shimabara, con las balas que tiraba el enemigo, los cristianos se hacían cruces.
La conversación todavía se extiende. Recorre el sentido de ofrenda, adverso a cualquier ánimo vengativo, con que los cristianos del barrio Urakami, encabezados por el ejemplo del doctor Naghi, sufrieron los efectos de la bomba atómica. El sufrimiento de los cristianos auténticos de la vecina China, cuya fidelidad se ve puesta a prueba por las ventajas económicas que el gobierno de Clinton, a pesar de su discurso en favor de los derechos humanos, otorga al régimen local que los reprime. Y mucho más. Saliendo del edificio del museo, en cuyas líneas el arquitecto buscó reflejar el carácter de una Iglesia oculta y catacumbal, su director se despide: «Como ve, este Museo nos cuenta no sólo la historia de los 26 mártires, sino de toda la Iglesia japonesa, con sus vicisitudes, triunfos apostólicos y hogueras martiriales, con su impacto cultural en la vida del pueblo japonés».
Esta entrevista forma parte del libro:
