ENTREVISTAS
Jean Louis Brugues, o.p

El SIDA: Un desafío crucial

Haciendo honor a las características de la cultura francesa, la conversación de Jean Louis Brugués atraviesa los temas más espinudos distinguiéndolo todo con precisión y claridad. Dominico, antes superior de su Orden en el sur de Francia, actualmente enseña en el Instituto de Teología Moral de la Universidad de Friburgo en Suiza. Como miembro de la Comisión Teológica Internacional, asesoró en la elaboración del nuevo Catecismo de la Iglesia.

La realidad del SIDA, sostiene nuestro entrevistado, para «Artes y Letras» de El Mercurio, obliga a las sociedades contemporáneas a revisar sus prácticas sexuales y afectivas.

En su visita a la Universidad Católica de Santiago dictó usted una conferencia sobre ética y antropología del SIDA. ¿Cuál sería su primera aproximación a este conmocionante tema?

—En la actualidad, el SIDA representa una epidemia a nivel mundial. Al comienzo, esta enfermedad sólo era propia de ciertos grupos, los grupos de las cuatro haches: los homosexuales, los haitianos, los hemofílicos y los heroinómanos. Por eso, se pensó que sólo afectaba a determinados núcleos marginales.

 Uno puede hacer una primera observación de carácter ético, en el sentido de que cuando una sociedad ve aparecer una nueva enfermedad, comienza por echarles la culpa a ciertos grupos, sin querer comprender que los mismos están reflejando el rostro de la sociedad. Eso ocurrió muy al comienzo; la primera comunicación pública sobre el SIDA se hizo en 1981. Diez años después sabemos que se trata de una epidemia mundial, y de acuerdo a los cálculos de la Organización Mundial de la Salud, antes del año 2000 tendremos entre 30 y 60 millones de contaminados. Por su parte, el Instituto de Harvard estima que habrá entre 38 y 110 millones de personas contagiadas. 

Yo expliqué también que este drama -puesto que se trata de un drama en este momento- afecta prácticamente a todos los países; se da en Oriente, incluso en China, y es especialmente grave en África. En Uganda, entre el 35 y el 40 por ciento de la población total está contaminada. Y en Ruanda, un pequeño país muy poblado, el mal afecta a más del 55 por ciento de los habitantes. Por consiguiente, se teme que dentro de muy poco tiempo, menos de diez años, habrá regiones que repentinamente se verán desprovistas de población. Se trata, pues, de una epidemia, que representa uno de los grandes desafíos de la ética en el final de este siglo y de este milenio, tal vez mayor que el de la pobreza.

En cuanto a la propagación de la enfermedad, las cifras son muy alarmantes. ¿Será a su juicio una enfermedad imposible de detener? 

—Esta es una pregunta de orden técnico y hay quienes estarían en mejores condiciones que yo para responder. En todo caso, se puede decir que el virus del SIDA es un retrovirus sumamente cambiante. La perspectiva de una vacuna es muy hipotética Suponiendo que se encuentre una vacuna para un determinado tipo de retrovirus en un momento de su evolución, éste puede variar. Por consiguiente, se necesitaría una vacuna que ataque todas las formas posibles. Por eso es que nuestro porvenir es tan dramático en este sentido. El primer retrovirus fue aislado en el Instituto Pasteur. Luego se descubrieron otras familias, también en Estados Unidos. El Instituto Pasteur ha dicho muy claramente que si llega a haber una vacuna, no será mañana.

—No se trata entonces de un problema técnico 

—No, por supuesto. Pero agreguemos que cuando surge un desafío en una sociedad, ésta se revela a sí misma. La manera de enfrentarlo siempre es reveladora del espíritu de la sociedad. Como estamos, al menos en Occidente, en sociedades técnicas, el reflejo ha sido de carácter también técnico. Así, el preservativo constituye en ellas el mejor medio para prevenir el SIDA. Desde el punto de vista ético y antropológico, el reflejo es más bien pobre, sin embargo. 

Usted ha afirmado que el SIDA avienta los sueños de la sociedad moderna y revela sus temores.

Sí. 

¿Qué significa eso?

 -El SIDA aparece unos veinte años después de la llamada revolución sexual, de la Iiberación sexual. Pero, ¿podemos en realidad hablar de liberación sexual? ¿Qué se ha producido en concreto? 

La revolución sexual constituyó el sueño de una sexualidad desprovista de sus temores, como el miedo al embarazo, por lo cual se multiplicaron los medios anticonceptivos, utilizándose entre ellos el aborto. Del mismo modo, frente al temor a estar unido toda la vida con la misma persona, la liberación sexual propuso como modelo una sexualidad de ribetes siempre jóvenes y la posibilidad de multiplicar las parejas, lo cual evidentemente implica lograr una distinción entre la actividad sexual y la afectividad. La liberación sexual distinguió así entre dos modelos: un modelo de compromiso afectivo, calificado a menudo como modelo burgués o de sexualidad burguesa, y otro de satisfacción mediante la multiplicación de las parejas.

El SIDA está hoy destruyendo ese sueño al mostrar que la vida y el amor están unidos a la muerte y que en la trilogía clásica de la vida, el amor y la muerte, cada uno de los elementos está íntimamente vinculado con los otros. Así, vemos volver el miedo a la muerte en el corazón mismo de la sexualidad. Todo esto modifica profundamente las relaciones personales y sociales.

—Y qué significado le ve en todo esto a la divulgación de los preservativos como medio de defensa? 

—Desde el punto de vista de un análisis simbólico, el preservativo significa que en el momento de unión, uno se protege del otro, es decir, el momento de la unión, de don, coincide con el mayor recelo, con la mayor sospecha, en el miedo frente al otro. Y esta práctica, simbólicamente tan profunda, no puede dejar de tener consecuencias en el comportamiento de las personas. Por eso, el preservativo no es únicamente un medio técnico de prevención. Por otra parte, desde este punto de vista, no tiene tampoco un ciento por ciento de eficacia. De acuerdo a los últimos estudios, en Francia por ejemplo, tiene entre 80 y 85 por ciento de eficacia; en Estados Unidos solo el 70 por ciento y en otros países, dependiendo de la calidad del material utilizado, menos aún. 

En todo caso, dejando a un lado este problema, decía que el SIDA volvía a introducir el miedo en el corazón mismo de la relación, en la intimidad del intercambio. Por eso, frente al SIDA, desde el punto de vista ético -y no sólo de la moral cristiana- hay dos actitudes posibles. Por una parte, tenemos la posición reductora, que consiste en considerar el SIDA como un problema de salud y buscar los medios de prevenirlo, entre los cuales figura en primer rango el preservativo. Este es un reflejo sanitario, estrictamente sanitario, y en cuanto tal, con todos sus límites, es que debe entenderse. Pero existe una segunda manera de plantearse el problema, considerando que esta epidemia, que está adquiriendo proporciones tan catastróficas, debiera invitarnos a revisar nuestras prácticas afectivas y sexuales, obligándonos especialmente a preguntarnos si no es peligroso para el hombre separar, tan categóricamente como lo proponía la revolución sexual y el compromiso afectivo de la persona. 

A su juicio, ¿el SIDA estaría así llevando a su término la liberación sexual y sería en este sentido un principio de realidad?

—Exactamente. Podríamos decir que las últimas décadas han sido las del sueño del dominio. El hombre contemporáneo sueña con dominarlo todo, y de hecho sus técnicas le permiten dominar algunas cosas. Así, se preguntó si podría también controlar su propia fecundidad y aplicó este sueño de dominio a su sexualidad. Por eso, quiso distinguir las tres dimensiones del acto sexual. Por una parte, quiso superar la dimensión procreativa. Aquí tenemos los nuevos métodos de procreación artificial, la inseminación artificial y la fecundación artificial. Se procura la criatura sin el acto sexual, separándose la dimensión procreadora del acto sexual. Por otra parte, se ha querido separar y distinguir la dimensión puramente unitiva, de comunión del acto sexual. Con los anticonceptivos, es posible mantener un intercambio sexual sin posibilidades de procreación. En tercer lugar, se separó también la dimensión erótica del acto sexual, y supuestamente, con la multiplicación de las parejas, se multiplicaría también el placer sexual.

Ahora bien, este dominio mediante la distinción, la separación, se encuentra hoy en día en tela de juicio. Michel Serre, uno de los mejores filósofos franceses de la actualidad, dijo en una entrevista reciente que si hasta ahora hemos aprendido a dominar, de lo que tenemos necesidad en este momento es de aprender a dominar nuestro propio poder de dominio. Y el SIDA me parece una oportunidad o una necesidad en relación con este aprendizaje, con este dominio de nuestro propio poder de dominio.

— Es decir, el SIDA encamina al término de un sueño.

— Destruye un sueño, sí, el de los años 60 y 70, concretamente en su perspectiva de liberación sexual.

En realidad, interpretándola desde el punto de vista analítico, la revolución sexual corresponde a la exaltación de una sexualidad de tipo infantil, incluso pregenital, es decir, donde el acto sexual no tiene importancia, como en el niño, porque no compromete a la persona. Bueno, este sueño hoy se está derrumbando.

— Sin embargo, no dejan todavía de sorprender nuevos efectos secundarios de esa revolución en apariencia aún viva.

— Por ejemplo, el temor a la muerte en el acto sexual, que ha dado origen en la sociedad a la multiplicación de las prácticas sexuales sin contacto físico. En Francia y Estados Unidos —y también en otros países— se ha multiplicado el llamado minitel. Es un sistema telefónico a través del cual se puede tomar contacto con otra persona. Normalmente es un servicio pagado, en el cual la sexualidad se reduce a la voz de la persona desconocida. Vemos aquí cómo el miedo lleva a un empobrecimiento, no sólo de lo humano, sino de lo sexual. Esto se ha multiplicado en proporciones increíbles. A la entrada de las ciudades, en Francia, hay grandes avisos, «Llame a tal número» o una imagen de una mujer muy hermosa…

Lo impresionante de esta paradoja es que la revolución sexual preconizó la multiplicación de las relaciones físicas para multiplicar el placer, y hoy nos vemos reducidos a alejar el cuerpo para conservar la vida, en una sexualidad sin cuerpo, totalmente contraria a lo que es la atracción sexual.

—¿Qué diría usted de esta sexualidad que describe, por contraste con los abusos que de ella se practicaban en tiempos antiguos?

—No estoy seguro de que, haya habido muchos desórdenes sexuales en la antigüedad. Me inspiro mucho, para esta afirmación, en los últimos libros de Michel Foucault. Tiene una «Historia de la Sexualidad», en tres volúmenes, donde nos muestra que es absolutamente falsa la visión según la cual en la antigüedad habría dominado la licencia en las costumbres, habiendo el cristianismo introducido un principio de austeridad o de rigor. 

Lo que me parece eso sí francamente nuevo, es que hasta la época de la revolución sexual, no se distinguía mayormente entre estas tres virtualidades: la de procreación, la de comunión y la erótica. En cuanto el hombre fue capaz de separarlas, en una gran escala social, lo hizo y vivió esta separación de las funciones del acto sexual como una liberación. Ahora bien, el SIDA nos muestra que la separación, sobre todo entre el compromiso afectivo y la práctica sexual, tiene efectos mortíferos en el hombre. Por eso hablo del principio de realidad. Yo no diría, como han afirmado algunos, que el SIDA es un castigo, no lo concibo así, eso no corresponde con mi imagen de Dios. Me parece, en cambio, que el SIDA es una dolorosa revancha de la realidad.

—¿Le daría también el carácter de un «desafío ético»?

—Frente al problema que se presenta, una alternativa es proponer una ética reductora. En este caso, se trata de un problema técnico y se elige una solución técnica, que es el preservativo. En Francia —y creo que en la mayoría de las sociedades occidentales también— las campañas de prevención son únicamente de carácter técnico. Se preconiza el uso de preservativos para sacrificar lo menos posible los logros de la revolución sexual, tal como fue concebida. Como el SIDA es una catástrofe, hay que limitar los daños, y el preservativo debería permitirnos continuar multiplicando las parejas y todo lo demás. Es una reacción, en mi opinión, casi de veterinario o de boticario. Se limitan los daños tratando —con mucha insuficiencia, ya se sabe— de preservar a la parte que podría contaminarse. 

Creo que necesitamos tener valor —y en este sentido el SIDA es un desafío— para preguntarnos si no es verdaderamente desastroso para el hombre separar, como se ha hecho, la práctica sexual del compromiso afectivo de la persona.

—¿Cómo se ubica aquí la posición de la autoridad política?

— Me voy a referir a las sociedades occidentales, puesto que son las nuestras. Me parece que en estas sociedades occidentales los poderes públicos experimentan un complejo. En las últimas décadas, o en el siglo pasado, se ha criticado mucho a los gobiernos que se proponían educar moralmente a sus pueblos y luchar por consiguiente contra los males morales que podrían afectar a la sociedad. Por eso, los gobiernos actuales se refugian en lo que yo llamaría la neutralidad moral, reflejo en cierto modo comprensible. ¿Por qué? Porque la mayoría de las sociedades occidentales son actualmente sociedades reventadas, sin referencia ni a una sola religión ni a una sola filosofía ni a una sola visión del hombre y la sociedad. Son sociedades abigarradas y no se puede esperar en ellas que una religión, una ideología o un sistema político impongan, desde arriba, la unidad. Esta es la consecuencia de la secularización. Una unificación a través de la religión o de la metafísica —por citar categorías generales— ya no es posible. Por consiguiente, los poderes públicos están desarmados: por una parte, no quieren aparecer como gobiernos de orden moral, puesto que eso siempre fue considerado catastrófico en el pasado; y por otra parte, ya no pueden apoyarse en un principio moral común para la sociedad. En este sentido es comprensible la dificultad que experimentan.

Ahora, sin referirse a una moral en particular o a un determinado sistema moral o a una determinada religión, el hecho de que el SIDA obliga a las sociedades contemporáneas a revisar sus prácticas sexuales y afectivas, no implica una concertación ideológica, porque es un hecho. Me parece que los poderes públicos deberían enfrentar este hecho, reconociendo, por lo tanto, en las campañas informativas, que hay diversos modos de prevenir el SIDA y que el preservativo es uno entre varios, un medio sin un ciento por ciento de eficacia y sobre todo un medio reductor, puesto que limita el intercambio de las personas a lo genital.

No sólo en el campo del SIDA, sino también en otros terrenos, al proponer constantemente una visión reducida de la persona humana, los poderes públicos están socavando, haciendo más difícil el porvenir. Me parece que, independientemente de su color político o de las convicciones ideológicas o religiosas de sus integrantes, los poderes públicos, por su propio bien, y en todo caso por el bien de los futuros poderes públicos, debieran aprovechar este desafío —no el del SIDA, lo cual sería demasiado cruel, sino lo que representa el SIDA—, para mostrarle a la persona humana su capacidad de actuar de otra manera y engrandecerse. Es un desafío humanista. Por eso, una campaña publicitaria enfocada únicamente en el preservativo, es reductora de la persona humana. Los gobiernos tendrían que aceptar una visión amplia, generosa y por tanto humanista de la persona humana.

Actualmente, es difícil que el político comprenda la posibilidad de llamar a sus electores a engrandecerse. Se trata de proporcionar un servicio de tipo utilitario con vistas a mantenerse en el poder, mientras el servicio al bien común y a la cultura se diluyen. Hay aquí un problema de ciencia política y de sociología, pero también de carácter ético.

—Quedémonos en el campo de la ciencia política. Si miramos en Francia, —y creo que podríamos comprobar lo mismo en los demás países— entre las figuras de los políticos que nos han gobernado en los últimos treinta o cuarenta años, ¿cuáles son las que han conservado el apoyo de la opinión pública? Son siempre las figuras que han sido exigentes con esa población. Tal vez es difícil dar nombres. De Gaulle propuso en Francia un despertar, un hacerse cargo, un esfuerzo y a veces cierta austeridad. Si bien fue criticado por las diferentes tendencias políticas, hoy todos son gaullistas y le agradecemos habernos mostrado que éramos capaces de mantenernos en pie. Otros presidentes, posteriores a él, no dejaron el mismo recuerdo y siguen siendo criticados. Si hubiera que dar nombres, yo citaría a Giscard d’Estaing, que dio un ejemplo pobre.

Me parece que un poder político debe tener una perspectiva generosa, es decir, de largo plazo, y no trabajar en el corto plazo. Y una perspectiva generosa implica ser capaz de tomar medidas que en el momento son impopulares. Aquí ya no estamos hablando de la ética del SIDA, sino de la ética política. Creo que el bien común —o como quiera llamárselo— exige que los políticos responsables se expongan a la impopularidad, incluso por largo tiempo, si el objetivo vale la pena.

— Usted analizó también el problema del SIDA desde el punto de vista de la compasión. ¿Qué significa eso? 

— Al comienzo de esta entrevista, decía que la primera reacción de nuestras sociedades había consistido en decir que el SIDA era una enfermedad proveniente de ciertos grupos muy marcados sociológicamente, marginales, y que había que aislar a esos grupos. La reacción de la sociedad —en general, evidentemente, porque desde el comienzo hubo excepciones— fue una reacción de aislamiento: «Son marginales, dejémoslos». Así, por ejemplo, tanto en los hospitales norteamericanos como en los franceses, los primeros homosexuales que contrajeron la enfermedad fueron tratados, no siempre, pero a menudo, en condiciones absolutamente detestables. Enfermeros y enfermeras no querían tocarlos, no querían hacerse cargo de ellos. Resucitó la cuarentena de las antiguas pestes. La compasión no necesariamente es cristiana, pero en mi condición de sacerdote me referiré aquí a la compasión cristiana. La compasión implica, en primer lugar, no ver en esta enfermedad un castigo. No existe una sanción de parte de Dios, Y en todo caso no es asunto nuestro, no podemos saber cómo ve Dios. Ahora bien, como las víctimas del SIDA se encuentran en una situación de extrema pobreza —no me refiero a la pobreza económica, sino a la soledad, a la angustia de la muerte, al carácter marginal en la sociedad y en la familia, etc.— el rol de los cristianos, un poco a imagen de Cristo, consiste en estar presentes entre ellos y no en preguntarnos sobre el origen de la enfermedad. Cuando los discípulos le preguntan a Jesús por qué está enfermo el ciego, si ha pecado él o sus padres, Jesús responde: «ni él ni sus padres», pero el enfermo está presente en medio de nosotros y esa presencia debe suscitar compasión, en el sentido etimológico del término, «sufrir con».

Me alegra decir que en Francia y en otros países varias confesiones cristianas, entre ellas la Iglesia Católica, han unido sus esfuerzos para constituir unidades de asistencia. Se acompaña a quienes sufren del SIDA en sus últimos momentos, permitiéndoles comer, porque ya nadie les da de comer, permitiéndoles lavarse, es decir, morir dignamente, porque en esto se intuye lo señalado por la Madre Teresa de Calcuta, que el último acto de vida, la muerte, puede, por su dignidad, por la forma de vivir la muerte, redimir a un ser humano. Por eso hay que permitir a esas personas morir dignamente, porque esa dignidad tiene un efecto retroactivo sobre la totalidad de la existencia. Aun cuando no haya existido dignidad anteriormente, si la hay en el último momento, la persona se convencerá de que valía la pena vivir su vida. Es esto lo que yo llamo compasión, compasión como escuela de dignidad. 

—Usted afirma que nuestras sociedades se hallan en una encrucijada entre una visión reductora o una visión verdaderamente humanizadora y personificadora. ¿Qué alcance ve a esta encrucijada en relación a los programas escolares de educación sexual?

— ¿Cuál va a ser su planteamiento ante el SIDA? En definitiva nos preguntamos si es posible en este desafío contentarse, al hablar de sexualidad, con la referencia a lo puramente genital. No sólo porque lo dice la Iglesia, sino a título de reflexión sicológica y humanitaria, me parece que la actividad sexual va más allá, englobando a la persona, y por consiguiente su afectividad. Es reductora una visión, en la educación sexual de los niños o de los adolescentes, en la cual la sexualidad se limite al mero conocimiento del funcionamiento de los órganos genitales. La sociedad tiene que educar afectivamente, pero eso, desde luego, le correspondería en primer término a la familia.