Basta la sola perspectiva de una visita a Chile de Rocco Buttiglione, filósofo político de nota, prorrector de la Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein, secretario general de la CDU italiana (una de las tres facciones en que se dividió la ex DCI), muy conocido aquí a través de publicaciones en las páginas editoriales de la prensa, para que se despierte en seguida un gran interés en medios sociales, políticos, académicos, empresariales y otros.
Dada su versatilidad, una conversación con Buttiglione puede tener muy diferentes ángulos en su desarrollo. La de esta oportunidad toma su camino a partir del recuerdo de quien fuera su maestro, Augusto del Noce. En un seminario que ha tenido lugar hace poco en su patria, Buttiglione ha expuesto acerca de la actualidad de la obra de Del Noce en relación con la idea de un centro político. El asunto del centro suscita particular interés político y cultural, y así lo muestra por ejemplo el libro que circula de Norberto Bobbio —la contrafigura intelectual de Del Noce— «Destra e Sinistra. Ragioni e significati di una distinzioni politica». El tema es también utilizado a menudo como una alternativa que busca evitar perfiles muy definidos en política u otras materias similares. En Del Noce tiene, sin embargo, otra connotación. Así lo explica Buttiglione en una entrevista publicada en la Revista Humanitas.
— Para enfocar bien este asunto, hay que considerar la situación cultural y política en este último siglo. Los grandes temas de la cultura política italiana, por ejemplo, son el fascismo y el comunismo. Tuvimos una dictadura fascista y contra la dictadura fascista tuvimos una gran alianza antifascista. En esta alianza participaron los católicos y los comunistas y otras fuerzas políticas. En 1945 hubo una tentativa y, más que eso, una especie de inclinación cultural a pensar que la alianza entre comunistas y católicos contra el fascismo no es simplemente táctica, sino que estratégica, y más aún, que es como una nueva síntesis cultural.
— En el plano de la filosofía política, ¿quién representa especialmente esta posición?
— El hombre que representa esa posición, desde la Democracia Cristiana, es Dossetti. Y ella se resume en esto: el fascismo es el mal absoluto. Luego, todos los enemigos del fascismo habrán de participar necesariamente del bien, toda vez que aquél representa el mal absoluto. También, en consecuencia, los comunistas tienen que participar del bien o debe considerárseles buenos por esencia y malos sólo por accidente… Y de ahí otro paso, ¿por qué, en el fondo, los comunistas habrían de ser malos?, se preguntan. Pues para resistir al fascismo, para vencer contra los fascistas, tuvieron una determinación extraordinaria. Utilizaron, es verdad, métodos bárbaros, que no pueden ser justificados moralmente, pero políticamente, de alguna manera, sí, aduce, pues fue una especie de condición para llegar a la victoria contra el fascismo.
—¿Y qué es el fascismo, para los dossettistas?
— En realidad el que formuló mejor esta posición no es Dossetti. Dossetti es la traducción católica, de calidad cultural un poco inferior. Los que más claramente lo formularon fueron los «accionistas» de Turín, los hombres del viejo Partido de Acción, Norberto Bobbio, por ejemplo.
—¿Cómo se contrasta esta posición con lo que defiende Del Noce?
— La perspectiva que estamos tratando no entiende la naturaleza del fenómeno fascista. Piensa que el fascismo es la continuación de la reacción católica contra el mundo moderno y algo así como la continuación del absolutismo. Que la esencia del fascismo es el rechazo de la novedad. Eso no es cierto. Y aquí Del Noce es el iniciador de los nuevos estudios sobre el fascismo, que se desarrollaron después bajo la dirección de Renzo de Felice. Del Noce formuló las categorías generales de interpretación histórica, que después De Felice confirmó con su gran trabajo empírico, mostrando que estas categorías explicaban efectivamente el fascismo y en cambio no las explicaban las categorías de la interpretación marxista ni las de la interpretación «accionista».
El fascismo: fenómeno revolucionario
Y adentrándose en lo central del tema, agrega Buttiglione:
— Del Noce explicó que el fascismo es un fenómeno revolucionario y no un rechazo católico de la modernidad. Que el fascismo es una tentativa de superación dialéctica del marxismo, es una revolución ulterior a la marxista-leninista, y que por eso el fascismo comparte el elemento totalitario del comunismo.
—Por ejemplo…
—Por ejemplo, el gran filósofo fascista italiano Gentile comienza su filosofía con una reforma dialéctica del marxismo. Su libro «La filosofía de Marx» es una obra que no critica, sino que asume la filosofía de Marx, reformándola. Y el elemento totalitario no se forma en el comunismo por causa del fascismo, sino todo lo contrario. El totalitarismo comunista viene primero en la historia y el totalitarismo fascista se forma como tentativa de superación dialéctica del totalitarismo comunista. Y, en consecuencia, por eso mismo no es necesario romper la unidad de los católicos entre antifascistas y profascistas, como si los antifascistas fueran los que aceptan la modernidad y los profascistas los que la rechazan. Por el contrario, la unidad de los católicos es la condición teórica de la independencia frente a fascismo y comunismo, para afirmar una posición independiente de unos y otros. Y desde luego el comunismo es nefasto y totalitario por razones intrínsecas y no como consecuencia de su reacción frente al fascismo. Esa fue además la postura de Pío XI.
—Habíamos partido preguntando qué es el centro….
— Eso justamente permite ver la posición política del centro como sustentada en una oposición y rechazo radical a ambas formas de totalitarismo moderno… Posición que acepta la alianza con los comunistas tan sólo como coyuntura táctica y nunca cultural. Siendo el enemigo fascista el más peligroso en el momento del dominio fascista de la guerra, por supuesto había que enfrentarlo juntos con quienes estaban en contra suya…
—¿El Centrum alemán, históricamente muy anterior, nunca tuvo nada que ver con este enfoque?
— Con este enfoque algo tiene que ver, en el sentido que Sturzo y De Gasperi lo conocieron y de alguna manera vieron en el Partido Popular italiano y después en la Democracia Cristiana algo así como la continuación del Centrum alemán, que es enemigo de los fascistas y de los comunistas por razones análogas.
El Centro implica entonces la idea de la independencia de la posición católica, lo que no supone necesariamente el partido único de los católicos. Conceptualmente es la idea de la independencia cultural de los católicos y de la no necesidad de una ruptura entre fascistas y antifascistas.
— En cuanto a esta ruptura, escuché una vez a Del Noce decir, por referencia al esquema de Gramsci, que el «carnet» de antifascista lo daba el PC…
— EL PC daba el «carnet» de antifascista, y sucedió de esta manera que muchos fascistas se hicieron antifascistas a través del PC. Todo el fascismo de izquierda pasó al Partido Comunista. Además, en esta perspectiva, los católicos que habían aceptado subordinarse al fascismo son considerados como lo peor. Digamos que el aliado católico del fascismo es el objeto de toda la condenación antifascista.
— Sería importante clarificar más ese punto de partida equívoco que se establece con Gentile.
— Ya lo creo, porque aquí está la esencia del fenómeno cultural que se desarrolla con el fascismo. Gentile escribió dos primeros libros, cuando la mayoría de los pensadores escribe uno. Y los escribió casi contemporáneamente, en 1898 y 1899. Uno era sobre la filosofía de Rosmini y Gioberti, es decir, sobre los dos filósofos católicos del Risorgimento italiano. El Risorgimento, como sabemos, es la formación del nuevo Estado italiano, después de la unificación. Su otro libro fue «La filosofía de Marx». Gentile toma del marxismo el momento dialéctico de la filosofía del porvenir, toma la negación de la filosofía del ser y de los valores eternos, y toma la historia como lucha; pero no acepta la fundación materialista de esta filosofía, en que la lucha es económica, fundada en una lucha de las clases.
—¿Cómo se plantea para él entonces el concepto de lucha?
— La idea de lucha no es de clases. Por el contrario, el momento de la lucha que hace la historia es un momento, en Gentile, ideal, y el lugar de la clase es tomado por la idea de la nación. Una nación que es el efecto de la autodeterminación del sujeto, de la voluntad de poder del sujeto. Y la idea de nación elaborada en la filosofía católica del Risorgimento queda así atrapada por la dialéctica de Marx y Hegel reformada por Gentile. ¿Cuál es el resultado? El resultado es que todos los valores de la tradición católica son asumidos por el fascismo —Dios, patria, familia— pero lo son no como valores que tienen significado en sí, como era el caso de Rosmini y de Gioberti…
—¿Se instrumentalizan, diría?
— Se les toma como los instrumentos que maximizan el poder del Estado, que utiliza estos valores como parte de su proceso de unificación del pueblo, determinado por una voluntad de poder de corte nietzscheano, aun cuando Gentile fue muy poco nietzscheano. Pero el sentido último de su filosofía es ése. De esta forma fue que los valores católicos resultaron instrumentalizados, transformados en retórica del Estado fascista, adquiriendo el fascismo en consecuencia de ello una piel católica con un núcleo totalitario. ¿Qué pasó luego? Que toda la cultura antifascista posterior a la Segunda Guerra Mundial criticó la piel semicatólica como si ésa fuese la esencia del fascismo y no criticó el núcleo totalitario, porque era el mismo núcleo que estaba en el comunismo, y no podía por tanto criticarlo.
La filosofía del centro, por el contrario, es la filosofía que dice que no, que esta piel hay que separarla del fascismo, que no es el núcleo del fascismo, sino que es un elemento que fue subordinado, fue esclavizado por el fascismo.
—Hay un libro muy importante de Del Noce sobre Gentile…
— Es un libro póstumo. Lo he reconstruido yo mismo con los apuntes, las cartas muy desordenadas que él había dejado. Es un libro donde se ve muy bien el gran talento de Del Noce, fundamental para la comprensión del fascismo.
Si se entienden bien el fascismo y el comunismo, se entiende luego bien la filosofía del centro como rechazo de ambos y de alguna manera también como filosofía política del siglo XX, siendo que el siglo XX ha sido el siglo de los totalitarismos. La salida del siglo XX implica el rechazo de ambos.
Del Noce y Bobbio
Respecto de los nombres bien conocidos en Chile de Augusto del Noce y Norberto Bobbio, Buttiglione se extiende mostrando cómo ambos, estudiantes del Liceo de Turín (lugar donde también recibió su educación nuestro entrevistado), tomaron ya de jóvenes caminos distintos, inclinados a ello por maestros que profesaban en el primer caso un antifascismo moral y en el segundo uno político (complaciente respecto de los métodos usados por el comunismo frente al fascismo).
En relación a Bobbio, opina que su filosofía ha terminado en un fracaso: «Fue una filosofía que intentó unir política y filosofía, que intentó ser la filosofía de la nueva Italia, que intentó superar dialécticamente el marxismo, y el asunto es que el marxismo no se puede superar dialécticamente porque desapareció. Como resultado, tenemos que el Bobbio de hoy no es más el filósofo activo de la política italiana y de la filosofía como interpretación de la historia, sino el filósofo de una especie de condenación moral de la historia. «Del Noce en cambio, a quien sus críticos siempre reprocharon ser el filósofo de un deber abstracto, termina formulando una filosofía que es la única que tiene hoy un significado político actual»
La política italiana de hoy se entiende sólo a través de la superación de fascismo y comunismo contemporáneamente y como fin de la tutela que los partidos antifascistas ejercieron sobre la sociedad italiana. En nombre de la unidad antifascista, los partidos antifascistas tuvieron una cierta tutela sobre la sociedad, que era culpable de haber aceptado el fascismo, pero hoy nacen fuerzas que no se pueden considerar como la continuación de los partidos antifascistas, sino como continuación de tradiciones político-culturales que son anteriores al fascismo. Nosotros, la CDU, continuamos el Partido Popular de De Gasperi y de Sturzo, no el de Dossetti. Forza Italia continúa la tradición del liberalismo de Giulitti, no de los liberales de la unidad antifascista. Y también la izquierda, para formular una propuesta política, tiene que continuar la tradición del socialismo anterior al comunismo y al fascismo.
—No hace mucho, el secretario de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Antonelli, decía que lo que domina hoy en el mundo en que se mueven los católicos son las tendencias de la postmodernidad. Es decir, que hay una crisis de la solidaridad, hay «pensamiento débil» y hay una dificultad en crear proyectos creíbles. Y sin embargo —agrega— la gente permanece abierta al misterio de Dios, que se expresa en una religiosidad difusa. Como hombre público y maestro de gente joven, ¿cuál es su evaluación de esa realidad?
— Yo creo que para entender la tarea de los católicos en el mundo de hoy debemos plantearnos la pregunta siguiente: «¿Cuál es el adversario principal?». En los años pasados el adversario principal era el ateísmo, el ateísmo como religión secular, es decir, como convicción de que la historia tiene un sentido que no necesita de Dios, y Dios era transformado en un sentido de la historia, que la ciencia había identificado o tenía que identificar. Hoy nosotros sabemos que la historia no tiene sentido. El único sentido que la historia tiene es el sentido que nosotros le damos a través de nuestra acción. La historia va adonde la llevamos nosotros, y eso implica el primado de la responsabilidad moral sobre el determinismo histórico.
La nueva etapa histórica es, en cambio, una etapa en que lo que domina no es el ateísmo, ni tampoco la fe, sino el agnosticismo. El agnosticismo es otra cosa que el ateísmo. El período pasado fue la era gnóstica, de gnosticismo, siendo que el marxismo, el fascismo son todas formas secularizadas de gnosticismo.
Lo que tenemos ahora es una edad agnóstica, una edad que duda de la esencia de la verdad. Es posible que haya una verdad, se piensa, pero no podemos conocerla, se afirma. Así, podemos también aceptar la fe, pero sólo como un juego, es como una filosofía del cómo sé. ¿Y cuál es la razón para aceptar la fe o para no aceptarla o para cualquier otra cosa? No la verdad, sino el hecho que nos hace sentirnos mejor.
— Mejor sicológica y físicamente, quiere usted decir…
— Exactamente. La tónica puede ser: if it feels good, it is good. Si nos hace sentir bien, es bueno. Y eso lleva a un general relativismo moral. Todos los valores pueden ser aceptados, un poco como en el fascismo, todos los valores pueden ser aceptados, pero como instrumentos, no como fines. En el fascismo eran instrumentos del poder del Estado; aquí son instrumentos de la vivacidad emocional del individuo. El problema de la Iglesia hoy es el problema de la verdad.
Política de la verdad
—Y el de la cultura en general, podría decirse también.
— Por supuesto. No es por acaso que este tema de la verdad es cada vez más central en todas las encíclicas de Juan Pablo II. Ya era central en la primera, pero cada vez lo es más: que la libertad del hombre se realiza vinculándose en la verdad con el otro, en la experiencia del amor. Entender qué es el amor objetivo, el amor no como sentimiento subjetivo, sino como verdadera donación de sí para que acontezca el bien del otro. Eso es también un problema político. Construir una política de la verdad es la tarea de los católicos que hacen política, una política en que el respeto de la verdad es la categoría primera, contra una política del aparecer. Hay, por poner un ejemplo, los pobres que existen y los pobres que no existen… Los pobres que existen y necesitan nuestra solidaridad, a quienes debemos nuestra solidaridad, son los pobres que aparecen en la televisión… Los pobres que no aparecen, ¡no existen! Esto lleva a una manipulación extraordinaria de la política. El problema es hacer y tener una política de la verdad y una política de los derechos humanos objetivos, no de los derechos subjetivos. Es decir, que siempre estamos listos para ayudar a los otros cuando los otros se hacen emotivamente próximos porque los medios de comunicación los proyectan. La cuestión en juego es una política de los derechos que reconozca la dignidad de todos los hombres, aun de los que no tienen la posibilidad de hacerse emocionalmente próximos. Es un problema fundamental de nuestro tiempo y es muy difícil de resolver.
—Pero se da en esto una situación que está bien generalizada.
—Claro. Es difícil identificar el problema en una determinada fuerza política, porque esta postura espiritual está en la derecha así como en la izquierda. Y creo que lo que califica al centro —pero en este caso culturalmente más que políticamente— es la capacidad de ver este problema, la trascendencia de este problema, la centralidad de la cuestión cultural, también para la política moderna.
—Hay en todo esto una cuestión también de realismo político, al parecer.
— Creo que en este sentido el centro debe ser un poco como la vía media entre el fanatismo dogmático y el relativismo escéptico. Aquí Del Noce ha escrito páginas muy importantes. Explica que la verdad es objetiva, pero que la verdad interesante no es la verdad de los libros, sino la verdad que es forma de la vida del hombre, y esta verdad que es forma de la vida del hombre nadie puede pensarla sino el mismo hombre. Nadie puede pensar la verdad por otro, en el lugar de otro; cada uno tiene que descubrir la vía hacia la verdad a partir de su situación existencial personal. Y eso significa que no tiene sentido imponer la verdad a otro, aunque diga las cosas justas. Si no las dice a partir de su vivencia personal es una imitación de la verdad. Es como el diablo, que es imitación de Dios, no es verdad como Dios. Y por otro lado eso es totalmente diferente del relativismo escéptico. Yo puedo conocer la verdad y tener la certeza de la verdad, y la certeza de la verdad no me da el derecho de imponer la verdad a otro, como piensa por otro lado Popper, que en este punto no entiende la naturaleza de la verdad. Y creo que eso es muy importante también para seguir en el camino del Concilio Ecuménico Vaticano Il, porque en el centro del Concilio está esta idea de la relación entre libertad y verdad, que la libertad se concreta en la verdad y la Iglesia tiene que proponer la verdad a los hombres, y por otro lado el reconocimiento de que la Iglesia no puede imponer la verdad a los hombres, porque la verdad se actualiza en un acto de la persona y este acto tiene que ser libre.
Todo el problema de la Iglesia después del Concilio Ecuménico Vaticano II, toda la ruptura entre modernismo e integrismo, resulta de que el integrismo piensa poder imponer la verdad, lo que es contradictorio con la naturaleza de la verdad, y el modernismo piensa que la libertad implica relativismo y el relativismo está en conflicto con la naturaleza misma de la libertad, que sólo en la verdad se cumple.
— En este cuadro postotalitario, caracterizado por una disolución de la categoría de la verdad —es la era del agnosticismo, explicaba usted— ¿cómo ve la posibilidad de recuperar una síntesis vital entre cultura y fe? ¿Cree que la política o los políticos tendrían también alguna palabra que decir o algún aporte que dar en este sentido?
—La unidad entre cultura y fe tiene siempre dos condiciones. La primera y más fundamental es un específico don de Dios. Lo ha dicho muy bien Benedetto Croce -y yo siempre sigo citándolo- en un artículo con el título «El anticristo que está en nosotros».
En primer lugar, él dice cuál es la crisis de nuestro tiempo. Consiste en una vitalidad que no acepta dejarse dominar por la razón, y esa es precisamente la definición de la concupiscencia en Santo Tomás de Aquino. La concupiscencia es una rebelión de la vitalidad contra la razón, que no es todavía pecado, pero que es fomes peccati, «hambre de pecado»
— Benedetto Croce «tomista», nadie se lo habría imaginado…
— Pero es tal cual. ¿Y dónde está la medicina?, se pregunta. No en la política, en la filosofía. La filosofía puede darnos el diagnóstico del mal, pero no es la medicina. La medicina —dice Croce— son los poetas y los santos, hombres que viven el valor de una manera tan íntima en su propia personalidad que son una carne misma con el valor que testimonian, de tal manera que la evidencia del valor se transmite a través del contacto con ellos. Desde este punto de vista, el problema de la Iglesia es reconocer a los santos y seguirlos. Y la unidad con la cultura, que aquí está como don de Dios, necesita después el trabajo de la reflexión. Santo Tomás de Aquino es la explicación teórica de la experiencia de la santidad de Santo Domingo, así como San Buenaventura es la explicación teórica de la santidad de San Francisco.
—Y la tarea de los políticos y de la política en todo esto, ¿cuál es?
— Su tarea no es solucionar la crisis —eso no es para la política—, sino actuar en su dimensión para defender concretamente a la persona. Y defender concretamente a la persona frente a la perspectiva de la disolución es defender las comunidades concretas en que la persona vive, y la primera de esas comunidades es la familia. En la familia el hombre aprende la lógica del don como lógica de la vida, es decir, que la libertad se cumple en la relación con el otro, aceptando pertenecer al otro. Y el problema fundamental que tenemos, el peligro más grande que tenemos es la destrucción de la familia como lugar en que se forma el sujeto moral. Y ese es un problema de la política económica: el trabajo de los jóvenes para que puedan formar familias es un problema de la política fiscal; tenemos un sistema de impuestos en muchos países que es enemigo de la familia. Es un problema de la política social defender a la mujer y a la maternidad como forma primaria de la transmisión cultural y de la formación de los valores. Es un problema de los viejos, que hoy muchas veces son socialmente aislados, deprimidos, desesperados, mueren desesperados, porque no tienen relación con otros, porque la familia lo expulsa y porque la sociedad crea condiciones de vida en que la familia no puede tener a los viejos en su interior. Creo que pensar los problemas políticos a partir de la familia para garantizar la posibilidad de la existencia de la persona libre, esa es la contribución específica o la más importante de las contribuciones específicas de la política hoy.
La política necesita una síntesis de cultura y fe para funcionar; mas por su lado puede ayudarla defendiendo a la persona en el contexto concreto, es decir, a partir de la familia.
Esta entrevista forma parte del libro:
