ENTREVISTAS
Sergei Avernizev

El espejo de la libertad

[Observación escrita a mano: “realizada en Moscú en 1994 y publicada en El Mercurio (Santiago de Chile) en 1995”]

Al momento de publicarse esta entrevista, en septiembre de 1995, Sergei Avernizev se encontraba enseñando por una temporada en una de las principales universidades de los Estados Unidos. Su presencia en Occidente es más que habitual. A pesar de ser de religión ortodoxa, pertenece por ejemplo al Pontificio Consejo para la Cultura, motivo por el cual suele encontrársele en Roma.

Sin ir más lejos, precisamente es el propio Presidente de dicho Consejo, el Cardenal Paul Poupard, quien con ocasión de su viaje a Chile nos recomienda verle en la próxima visita que hagamos a Moscú.

Siguiendo pues este propósito, es que llegamos a su pequeño y vetusto departamento, a buena distancia del centro de la capital rusa. Llueve de manera imponente y en su residencia, ubicada en el segundo piso y alcanzada por una abundante vegetación que seguramente nunca nadie poda, nos recibe acompañado de su mujer. El espacio es reducido, se siente la pobreza, mas todo se ve limpio y el ambiente es de gran calidez. En una pieza de muy pocos metros, que es a la vez escritorio y dormitorio, llena de libros y con los muros poblados de iconos, sentado frente a una ventana y junto a una máquina de escribir, Avernizev van entregando sus impresiones a “Artes y Letras” de el Mercurio.

-Me gustaría conocer su percepción en relación a la Rusia de hoy.

No es algo fácil de expresar, en primer lugar, me parece natural que en una nación se produzca cierto colapso psicológico cuando se ha alcanzado algún grado de libertad después de mucho esfuerzo y décadas de catástrofes.

-Usted afirma esto como si fuera una lección que arroja de modo ineluctable la historia…

Pensemos en Francia, por ejemplo, donde tras una serie de revoluciones, restauraciones y nuevas revoluciones, con posterioridad al golpe de Estado de Napoleón III y a muchas cosas espantosas, se llega, con la tercera República, a cierta paz social, a una situación en la cual nadie es perseguido ni ejecutado por su posición política, donde hay lugar para monarquistas, bonapartistas, etc. Es precisamente en ese momento cuando se produce en Francia una explosión de antisemitismo, como nunca se viera antes ni después. Es la época del caso Dreyfuss y de la mentalidad decadente de los poetas malditos. Todo eso ocurre precisamente cuando algo era un sueño que se ha convertido en realidad. Probablemente, en el Segundo Imperio los partidarios de la república pensaban en lo maravillosa que podía ser. Sin embargo, cuando ya se tiene esa libertad que antes no existía, después de ocurrir gran cantidad de hechos catastróficos, se produce en las personas una sensación de colapso psicológico. 

Actualmente entre nosotros, se está dando un fenómeno similar.

-Como en la Francia del siglo XIX, dice usted.

-Sí, particularmente al comienzo de la tercera República. En ninguna otra época los mejores poetas odiaron la realidad de igual modo. Semejante fenómeno nunca se dio en esa medida en la cultura francesa. Nunca se vio una ola parecida de antisemitismo. Hubo, en general, una gran pérdida de ilusiones.

-En las épocas en que no hay libertad y sólo se lucha por ella, los pueblos y las personas la visualizan en cierto modo como algo paradisíaco.

-Efectivamente, como la solución de todos los problemas. Y piensan además que los líderes de la época de la libertad serán totalmente nobles y honestos. Pero luego la experiencia les muestra que la libertad por sí sola nada soluciona. Por definición, la libertad hace que todos los problemas adquieran evidencia. La falta de libertad los oculta. Cuando ésta se obtiene, todos los problemas llegan a ser absolutamente evidentes y las personas pueden verse en el espejo. Muchas veces lo que ven es horrible.

-Habría un fenómeno de pérdida de ilusiones.

-Efectivamente. Pero sería un error pensar que sólo quienes creían en el comunismo y lo practicaban tenían ilusiones en este país. Eso no es en absoluto cierto, porque también los disidentes tenían muchas ilusiones y además las tenían quienes no eran disidentes ni comunistas. Cuando no hay posibilidad de actuar por libre elección, uno tiene muchas ilusiones sobre las cosas que podría hacer en otras condiciones. Ahora bien, cuando realmente surgen esas posibilidades, las personas se dan cuenta de sus propias limitaciones internas. 

-En ese sentido –dice usted- es que la libertad opera como un espejo.

-Sí, como un espejo. Las personas se ven tal como son, lo cual es una amarga experiencia. Para un cristiano, es causa de humildad; pero para quien no es cristiano, puede ser causa de cinismo, y actualmente hay aquí mucha gente tremendamente cínica. Esto no es bueno, pero es natural que ocurra.

No es un desafío fácil para las personas, porque deben enfrentar nuevos problemas. No estoy pensando únicamente en las dificultades económicas, sino de ciertas tareas más nobles. Por ejemplo, con la libertad ahora se pueden enseñar otras cosas. Por el hecho de que antes había estricta prohibición de enseñarlas, las personas no están bien preparadas para abordarlas debidamente.

-El fin de las persecuciones, ¿no significa, por otra parte, un momento propicio para las iglesias y para la fe religiosa?

-Para todas las iglesias y religiones el fin de las persecuciones constituye un momento muy peligroso. Me imagino que en la época del emperador Constantino también fue peligroso. Personalmente, debo confesar que agradezco a Dios haber sido creyente antes de esta nueva época, porque probablemente para mí habría sido muy difícil llegar a serlo hoy, cuando no está prohibido. Precisamente ahora es cuando está aumentando en mayor medida el fanatismo entre quienes ayer no eran creyentes, incluso los que eran activos moralizadores y persecutores de la fe. Actualmente ellos están fomentando un fanatismo espantoso, tratando de imponer la fe y la religiosidad de manera forzosa. En la escuela secundaria, donde se educó mi hija, hay una profesora odiada por los alumnos, porque era una comunista locuaz que en todo momento aludía al ideal del Partido y ahora siempre comienza sus discursos con las palabras “Nosotros los cristianos”. Naturalmente, los muchachos no olvidan su forma anterior de hablar. Es detestable verla ahora en el rol de una persona devota.

-¿Cómo visualiza usted las relaciones actuales con la cultura occidental? ¿En qué sentido es enriquecedora para usted dicha cultura?

En realidad, lo adoptado ahora en forma masiva no es la cultura occidental, ni siquiera una cultura occidental decadente, sino cierto estilo de vida, donde prevalecen muchos rasgos de una revolución de las costumbres que reviste especial gravedad en un país como Rusia, donde nadie está preparado para este tipo de cosas. Debido al nivel provinciano, el permisivismo, el consumismo y la revolución sexual tienen aquí un carácter mucho más destructivo que en los países donde todas esas cosas han madurado progresivamente. Ese es nuestro problema y es un problema difícil.

¿Y qué dice de las relaciones de Rusia con la cultura occidental en el pasado?

-Una de las consecuencias más amargas de la división de la Iglesia, con posterioridad a ciertos hechos ocurridos a comienzos del siglo XIX, en el período de nuestro emperador Alejando I, es que se produjo una aceptación en relación a Occidente de todo lo que no es cristiano, de todo lo no vinculado a la fe. Anteriormente las cosas no ocurrían de ese modo. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, existía cierta posibilidad de aceptar la cultura occidental en su dimensión cristiana y mística. Posteriormente eso desapareció, llegando a ser incluso mucho más fácil publicar un libro ateo que uno cristiano, porque el cristianismo, al final de los zares, estaba sometido a una censura eclesiástica, hostil a la publicación de obras católicas o protestantes. Solzhenitsyn ha desarrollado muy bien la responsabilidad que a esta situación cabe en lo que vino después. Era más fácil publicar a Marx o a Feuerbach, por ejemplo, que ciertas obras occidentales sobre el Nuevo Testamento, cuyo contenido era perfectamente aceptable para cualquier ortodoxo. Sólo hubo un período de doce años, entre nuestra primera revolución, en 1905, y la Revolución de Octubre, en 1917, en el cual fue posible publicar, no para el pueblo en general, sino para los intelectuales, obras clásicas de la literatura europea, como por ejemplo los “Fioretti” de San Francisco de Asís, que gozaron de gran popularidad entre los intelectuales rusos.

-Evidentemente que con el advenimiento de comunismo esta distancia se acentuó de manera radical…

En la época comunista era imposible publicar cualquier libro occidental, incluso de autores sin confesión o identidad, pero con cierta orientación ética de corte cristiano. 

-¿Y hoy?

-En la actualidad resulta mucho más fácil asimilar un comportamiento consumista que aceptar cualquier contenido serie de la cultura occidental. Ese es uno de nuestros problemas. El peligro actual para nosotros no es ya el racionalismo iluminista, sino la forma más estúpida y vulgar del “ocultismo”… Las personas ya no se muestran en absoluto racionales.

-¿Cómo cree que debe plantearse la cultura rusa frente al fenómeno tan occidental de la “modernidad”?

-Cuando hablamos de la modernidad, en cuanto realidad moderna en la cual vivimos, a la cual pertenecemos, debemos aceptarla, no sin crítica, por supuesto. La realidad de una sociedad secular debe como tal aceptarse. No obstante existe una gran diferencia entre la modernidad, la secularidad, y la ideología de la modernidad, la ideología del laicismo, del secularismo, de cualquier “ismo” en definitiva.

Precisamente por el hecho de que un “ismo” no es la realidad en sí, no debe aceptarse. Y la gran distinción entre la realidad como tal y el concepto elaborado ideológicamente, nos muestra el límite entre lo aceptable y lo no aceptable. Para mí, como cristiano, es importante el hecho de vivir en mi sociedad, en mi época, en la modernidad. No pretendo ser una persona de épocas pasadas. El pasado es pasado y las cosas destruidas no pertenecen a la realidad de la Iglesia, que es indestructible; pero la idolatría de la modernidad debe criticarse, tal como lo ha hecho a su tiempo Charles Péguy y otros escritores, hasta hoy.

Los rusos hemos sufrido mucho debido a las ideologías. ¿Por qué estaría yo obligado a aceptar ahora el secularismo o laicismo como ideología?

-Rusia, como lo recuerda usted, ha sufrido en la historia bajo el efecto de diversas ideologías. La última y la mayor de todas fue sin duda el comunismo, con su gran imperio y su influencia en todo el mundo. ¿No ha quedado ahora, después de su término, una especie de vacío, acompañado asimismo de la ausencia de una idea de Rusia? ¿Sobrevive razonablemente la cultura rusa o la nación rusa a la caída del imperio? ¿Sobrevive una cierta idea de Rusia, que pudiera contribuir a crear alguna ilusión, cuando todo parece tan vilipendiado?

-Creo que realmente existe un ideal nacional ruso. Sin ser propiamente nacionalista, yo procuro ser fiel al ideal nacional ruso cuando, por ejemplo, estoy traduciendo el Evangelio a mi idioma y procuro cultivar el auténtico idioma ruso, que ha sido destruido en gran medida por la jerga comunista y por la introducción de espantosos anglicismos. Existe un ideal ruso, aun cuando yo no pueda expresarlo en una fórmula ni en un conjunto de fórmulas. En ese sentido, ha habido algunas tratativas, como la de Berdiaev, que es tal vez la mejor.

-En todo caso, entre los mismos rusos hay muchas diversidades.

-En cada pueblo, en cada nación hay existencias individuales muy diferentes unas de otras. No sé si es posible proponer una nueva enseñanza que entregue un nuevo ideal ruso o reconstruya el viejo ideal ruso. Creo, en todo caso, que existen vicios y virtudes típicas, que aúnan a la nación rusa. Por ejemplo, un ruso puede ser perezoso y tener otros defectos, pero si carece de una virtud como la magnanimidad, no es un ser tenido por normal.

Hemos tenido una gran cultura y a pesar de que actualmente nos autocriticamos exageradamente -después de una época en que nos autoelogiábamos- creo que todavía tenemos una cultura propia. He conversado con intelectuales alemanes cultos, que desconocen poemas muy importantes de su tradición. En Rusia, es imposible que una persona con cierto grado de educación sea absolutamente indiferente a su tradición poética y en medio de la actual confusión general seguimos teniendo algunos poetas.

-¿Qué piensa usted del regreso de Solzhenitsyn a Rusia?

Espero que Dios lo ayude. Es una tarea difícil. Solzhnitsyn es un gran hombre y lo respeto muchísimo. No sé si en este momento él puede hacer mucho. Creo que tal vez ha hecho ya lo que ha podido…, pero quizás me equivoco. Después de todo, la Divina Providencia, y su propio genio le permitirán salir adelante. Pero tiene enemigos poderosos.

El príncipe de este mundo, cuyo rostro, el rostro de la Bestia del Apocalipsis, los rusos hemos podido ver ya una vez sin máscara y escrutar con atormentadora claridad, sigue siendo hoy el mismo; y su esencia no depende las circunstancias geográficas, ni siquiera del tiempo. Cambian sólo sus medios, pero no sus fines.

-En otras oportunidades usted ha señalado el peligro del conformismo político.

-El conformismo político es sólo una de las posibilidades del mal; en ciertos períodos y en determinadas situaciones es mucho más peligroso el conformismo en el estilo de vida, el conformismo con la moda, el conformismo con el espíritu del tiempo. Un cristiano no está dispuesto a que lo miren de mala manera y a que se rían de él en su cara porque, de una u otra manera, vive de un modo distinto a cómo viven los hijos de este mundo y como exige el “gusto moderno”, no merece llamarse cristiano…

Aunque el cristianismo, conservando la fidelidad al sobrio realismo que era ya característica de San Pablo, puede y debe tener en cuenta la realidad del tiempo, tiene sin embargo el deber de resistir al espíritu del tiempo, es decir, a los fantasmas ideológicos que anidan como parásitos en la realidad.

-¿Cómo se manifiesta en la actualidad ese “espíritu del tiempo”?

-Este “espíritu del tiempo” se manifiesta hoy como un relativismo absoluto, dispuesto, usando palabras del Cardenal Poupard, “a tolerarlo todo, excepto lo absoluto de la verdad”. Una de sus expresiones es la llamada revolución sexual, que hace tiempo viene actuando no sólo de modo “permisivo” sino también agresivo, imponiendo un terrorismo moral que parece superar todos los horrores de la hipocresía y la gazmoñería del pasado, basándose en la ley general de que el terror revolucionario es más eficaz que el del ancien régime. Si la ética cristiana permanece fiel a sí misma, sea cual sea el grado de tacto y de espíritu pacífico de los que la sustentan, se convierte invariablemente en un desafío para una mentalidad que celebra su propio triunfo y trata de forzar a todos a una capitulación incondicionada.

La salvaguardia terrena, material, institucional, que el sistema de la “criatiandad”, de la “sociedad cristiana”, del “Estado cristiano”, aseguraba al menos externamente a los valores de nuestra fe, se ha perdido irremediablemente. Para el futuro inmediato todos estamos invitados a meditar a fondo en el texto de la Carta a los Hebreos (13, 14): “No tenemos aquí una ciudad permanente, sino que vamos en busca de la fortuna”.

-Sin embargo, la propaganda del ateísmo ha perdido definitivamente terreno en muchos ambientes.

-Es necesario que comprendamos con claridad en qué consiste propiamente el verdadero antagonista de la fe. El ateísmo de viejo cuño, que buscaba fundamentos científicos y seudocientíficos, hace tiempo que dejó de dar miedo. Su muerte se acerca, y el futuro se dispone a darle patada. Pero la decadencia de la idea de ateísmo, por desgracia, no es sin duda motivo de exultación para los creyentes. Ha habido épocas más ingenuas, más sencillas y puras de corazón que la nuestra, en las que la idea de Dios era tan importante, incluso para los apóstatas, que sólo podían tomar distancia a través de una negación formal, teóricamente enunciada. Estas épocas pertenecen al pasado. Un relativismo y pragmatismo radicales, junto a una praxis de vida dictada por las modas, generan una condición de espíritu absolutamente específica, en la que la pregunta por la existencia de Dios, aunque no reciba una respuesta negativa, pierde (como por lo demás todas las cuestiones “últimas”) toda seriedad. En la perspectiva de la fenomenología de los tipos humanos, esto da mucho más miedo que el ateísmo.  

-¿Y cuál sería la actitud propia de los cristianos?

-A un mal así el cristianismo del futuro debe oponer una seriedad sólida, sin compromisos, capaz de remitir a la realidad. Para llevar a cabo esta tarea, no ha menester mostrarse ni específicamente “conservador”, ni específicamente “liberal” o de “vanguardia”; lo que se le pide sólo es que sea convincente (¡fácil de decir!). Otra cuestión bien distinta es, luego, que existan siempre teólogos relativamente “conservadores” o “liberales”; pero tanto el conservadurismo teológico como el liberalismo teológico, que lo presupone y es su correlativo, están condenados en su estatuto ideológico a perder gran parte de su significado. Ambas tendencias estaban demasiado fuertemente condicionadas en su significado por la condición de gradual disgregación de la vieja “cristiandad”: el conservadurismo se esforzaba por conservar los vínculos que se disolvían, mientas la teología liberal, por el contrario, quería liberar el sentimiento religioso individual del poder de estos vínculos. Es evidente que en la “Ciudad secular”, la Secular City de Harvey Cox, el conservadurismo ya no tiene nada que conservar, ni la teología liberal nada que liberar; el primero corre el riesgo de rebajarse al nivel de una nostalgia sin remedio y la segunda, al nivel del gesto y la frase vacíos.

El “futuro” son las generaciones que vienen al mundo. A ellas debe el cristianismo manifestar su fuerza persuasiva. A este respecto no es inútil recordar una observación de T. S. Eliot: “No sólo es más honrado, sino también más sensato, desde un punto de vista práctico, proponer el cristianismo como la fe más exigente posible a los jóvenes de algún valor. Todo lo que es exageradamente cómodo y confortable suscita en ellos un justo rechazo”.