ENTREVISTAS
Makarios, monje de Simón Petra

En el Monte Athos

Tres días diferencian las fechas del calendario bizantino que rige en esta clausurada península del Mar Egeo, de las que rigen en Grecia y en el resto del mundo. Sus casi dos mil habitantes, todos varones, de los cuales mil 800 son monjes con votos de pobreza, obediencia y castidad, se dividen entre eremitas —comunidades pequeñas que labran ellos mismos la tierra de la que comen— y 20 monasterios cargados de tesoros artísticos bizantinos y de reliquias de los primeros tiempos del cristianismo.

Para llegar hasta aquí —previos trámites de gobierno y pasaporte especial— debe recorrerse un largo camino por tierra que parte de Tesalónica, pasa por Estagira (la ciudad que vio nacer a Aristóteles), y se dirige al puerto de Ouranoupolis. De allí, deteniéndose en los muelles de antiquísimos monasterios — Xenophontos, San Panteleimón, etc.— se arriba por mar a Daphni, habitual puerto de entrada a Monte Athos.

El ascenso por una escarpada ladera —hasta hace poco en burro, hoy en un vetusto Land Rover— nos deja en Simón Petra, un monasterio de imponente arquitectura, edificado sobre una altísima roca, en el que viven 60 monjes y 10 novicios. Abajo, a distancia, al borde del mar, en un paraje dominado por una naturaleza verde que se encarama hacia el Monte, con un mar transparente y un silencio sacratísimo, se divisa Grigoriou, donde otros setenta religiosos oran y conservan tesoros invaluables de la Iglesia ortodoxa.

Monte Athos debe ser la mayor reserva de manuscritos antiguos que hay en el mundo. Los iconos antiguos, en su mayoría de una belleza muy significativa, no están siquiera registrados dada su cantidad.

En Simón Petra el monje Makarios habla a El Mercurio de cuanto quiera saberse sobre el Monte Athos, comenzando por su origen histórico: 

— El Monte Athos es una montaña sagrada, y es hoy la única con ese carácter en la ortodoxia. En otras épocas, durante el imperio bizantino, hubo numerosos centros monásticos en diferentes regiones, con miles de monjes. El Monte Athos era uno de ellos y tuvo un rol muy importante en la era bizantina. Pero su historia es más antigua. Probablemente, ya en los primeros siglos del cristianismo lo habitaban algunos eremitas, que no dejaron rastros. Hay que decir que también en la Antigüedad pagana hubo algunas aldeas aquí, y se lee sobre este lugar en algunos clásicos.

—¿Cuándo aparece oficialmente en la historia?

— A partir de fines del siglo VIII, gracias a las huellas dejadas por algunos monjes muy conocidos, que comenzaron a residir en el Monte Athos, llevando vida de eremitas. Luego en el siglo IX habitaron aquí varios santos, provenientes de Asia Menor. La historia grande del Monte Athos comienza entre tanto cien años después, en el siglo X, con San Atanasio el Atorita, un noble bizantino que fue monje en uno de los monasterios de Asia Menor y luego, huyendo de la gloria y la fama entre los hombres, vino a instalarse en estos parajes, donde ya había gran cantidad de religiosos. Era amigo del emperador Niceforo Focas, que le había prometido convertirse en monje junto con él, pero no pudo liberarse de las cosas del mundo y del gobierno del imperio, ofreciéndole en compensación a San Atanasio la posibilidad de construir un monasterio, que fue el primero en el Monte Athos. Eso ocurrió en la segunda mitad del siglo X, el año 963. Ese primer monasterio, ubicado al sur del Monte Athos, es la Gran Lavra, de difícil acceso, sobre todo en esos tiempos, por el mar agitado. Queda allí mucho de la época de San Atanasio: la iglesia, construcciones, algunos objetos del santo, etc. Es un monasterio sumamente rico, donde se siente realmente la impresión de estar en la época bizantina. Inmediatamente después, otros emperadores fundaron más monasterios.

— ¿Cuáles, por ejemplo? 

— Tenemos el monasterio de Iviron, fundado por príncipes georgianos, paralela o inmediatamente después de San Atanasio. Entre los discípulos de San Atanasio había monjes de diferentes nacionalidades, puesto que el imperio bizantino agrupaba muchas naciones: georgianos, armenios, italianos… Así, por ejemplo, desde el siglo X hasta el siglo XIII, hubo tres monasterios italianos, con rito latino, en el Monte Athos. 

— ¿Y qué ocurrió con el cisma de Oriente? 

—El cisma se produjo en el siglo XI, en el año 1054. No se presentó sin embargo como definitivo y en algunas regiones siguió existiendo comunión con la Iglesia latina Occidente. El cisma llegó a ser definitivo en forma paulatina. Así, con posterioridad al mismo, hubo monjes occidentales en el Monte Athos durante dos siglos. En esa época del imperio bizantino, entre los siglos X y XIV, se construyeron muchos monasterios, algunos por los emperadores y otros por príncipes, generales y nobles bizantinos. A comienzos del siglo XIV había por ejemplo trescientos monasterios en el Monte Athos, por supuesto que no todos tan grandes como la Lavra.

También entonces se produjo una gran invasión de mercenarios catalanes, contratados por los bizantinos. Y como no recibieron su paga, en revancha saquearon toda la región, desde Constantinopla hasta Atenas. Fue una de las grandes catástrofes ocurridas en el Monte Athos, cuya historia siempre fue muy agitada, con muchos asaltos, también de parte de los piratas turcos o árabes, pero más que nada turcos. 

Por ese motivo, la primera preocupación de los fundadores de los monasterios, como éste, fue que se les hiciese fortificados, como castillos medievales, para poder resistir. Los pequeños monasterios, que no tenían dinero suficiente para construir fortificaciones, desaparecieron, asolados por los piratas.

—Debido a esos permanentes saqueos que ha debido sufrir a lo largo de su historia, ¿la vida en Monte Athos ha sufrido interrupciones?

— A partir del siglo X ha existido siempre la presencia monástica. Paulatinamente fueron desapareciendo los otros grandes centros religiosos, sobre todo después de la ocupación turca y la caída de Constantinopla. El Monte Athos pasó a ser así, como decía, la única montaña sagrada y por eso hoy se le llama la montaña sagrada. 

Con posterioridad a la caída de Bizancio, el Monte Athos siguió siendo, y lo es hasta hoy día, el centro espiritual de la ortodoxia griega. Lo ha sido también de todas las demás naciones ortodoxas representadas aquí por sus comunidades —rusos, serbios, búlgaros, etc.— en el curso de la historia. El Monte Athos es hasta hoy día ese centro espiritual, el polo hacia el cual dirigen su mirada todos los ortodoxos del mundo, como referencia en lo que respecta a la vida espiritual, la teología y la moral, es decir, en cierto modo a la totalidad de la vida de la Iglesia.

— ¿Tienen ustedes centros académicos de formación y publicaciones que entreguen conocimiento a las demás iglesias ortodoxas del mundo? ¿Cómo se proyecta el Monte Athos hacia afuera de la península? 

— La proyección siempre ha sido fundamentalmente de orden espiritual. Es un centro espiritual, sin poder dentro de la ortodoxia. En la ortodoxia existen dos cosas paralelamente. Por una parte está la jerarquía, con los patriarcas, los metropolitas, los arzobispos, los obispos, etc., la organización de la Iglesia. Por otra parte, el Monte Athos representa la vida monacal, sin acción directa en la vida de la Iglesia, pero con una proyección espiritual, sobre todo mediante la oración. La vocación principal de los monjes es la oración. Aparentemente son inactivos en relación con la Iglesia y sus problemas, no dan necesariamente sus opiniones al respecto, pero la presencia de los santos influye en el pueblo y lo atrae. Así, cuando los cristianos quieren profundizar o dar dinamismo a su vida religiosa, cuando tienen problemas en su existencia personal o ciertas responsabilidades en la vida y quieren recibir un consejo de un hombre de Dios, vienen al Monte Athos para hablar con los monjes, pidiéndoles sus consejos, su oración y su confesión. En resumen, es una labor personal, de contacto directo con la gente, y una influencia espiritual mediante la oración. 

También hay publicaciones, pero no constituyen la actividad principal. Es una cosa de carácter periférico: algún monje puede publicar libros, pero no hay una organización en ese sentido.

—¿Cuál es la condición jurídica del Monte Athos dentro de la nación o del mundo griego? Se habla de una república o principado teocrático, que goza de una especie de soberanía en relación con la república griega. ¿Podría usted explicarme esta figura?

—No se puede hablar de república. Sí, en cierto modo, de un principado. De acuerdo con la Constitución griega, es un territorio autónomo, con administración propia, que es parte integrante del Estado griego. Está sometido a la Constitución del mismo, pero con ciertos privilegios de autonomía que se conservan desde la época bizantina.

—¿Tiene un gobierno federativo el Monte Athos? 

— La asamblea de representantes de los monasterios, con sede en la capital, Karyès, tiene poder de decisión en los asuntos del Monte Athos, y las decisiones de la asamblea de los monasterios son reconocidas en la Constitución griega con fuerza de ley. Así, el gobierno griego debe respetar las decisiones del Monte Athos, pero evidentemente dentro del marco de las leyes e instituciones del Estado. Todos los monjes del Monte Athos son ciudadanos griegos, pero con muchos privilegios de orden político y fiscal, y una serie de inmunidades, que también se mantienen desde la época bizantina. Todo esto fue preservado por los turcos mientras ocuparon Grecia y luego por el Estado griego moderno, por lo cual existe una continuidad institucional.

—¿Qué relación tienen ustedes con Meteora, otro importante centro monacal de raíz bizantina en territorio griego? 

—Los meteoros constituyeron otro de estos centros monásticos, otra de las montañas sagradas. Fue fundado por un monje del Monte Athos, en el siglo XIV. Era un grupo de doce monasterios, semejantes a los del Monte Athos. Su principal período de desarrollo fue entre los siglos XIV y XVI, sobre todo en este último, comenzando su decadencia a partir de los siglos XVII y XVIII. Actualmente los meteoros tienen muy pocos monjes. 

Nuestro monasterio de Simón Petra, donde nos encontramos en este momento, tiene una relación especial con Meteora, porque sus monjes actuales vinieron de los meteoros, en 1973. Habían comenzado a formar su comunidad en 1965, pero el turismo poco a poco fue impidiéndoles seguir con la vida de silencio y retiro en ese lugar y decidieron desplazarse. Así, toda la comunidad, con el abad a la cabeza, se trasladó del monasterio de Meteora hasta aquí. Se trata, pues, de una relación especial, simplemente de ida y vuelta: Meteora fue fundada por un monje atorita y ahora los monjes de Meteora volvieron para refundar un monasterio en el Monte Athos, que estaba en decadencia, como casi todos los monasterios dos décadas atrás.

— Y en la actualidad, ¿cómo aprecian el futuro de este principado? 

—En 1963 se celebró con grandes fiestas el milenario del Monte Athos. Todos pensaron que era el entierro del mismo. Sólo había ancianos, quedaban muy pocos monjes en cada monasterio y no venían jóvenes desde hacía varias décadas. Sin embargo, contrariamente a lo esperado, a partir de 1968 y de 1970, la situación cambió completamente y en los últimos veinte años han llegado más de setecientos monjes jóvenes. En 1963, había mil doscientos monjes en el Monte Athos, pero todos eran viejos, en su gran mayoría de más de sesenta años; actualmente hay mil ochocientos monjes, muchos de ellos menores de cuarenta, casi todos entre veinte y treinta años.

— ¿Vinieron de Grecia o de otros países? 

—Es un gran movimiento de renovación monástica, proveniente sobre todo de Grecia. El noventa por ciento de los monjes son de Grecia, pero también llegan de otros países ortodoxos y no ortodoxos. Algunos, como yo, que soy francés. La presencia de monjes de países tradicionalmente no ortodoxos constituye un fenómeno nuevo. El fenómeno de los últimos veinte años es realmente milagroso, porque el Monte Athos estaba en decadencia y ahora se ha convertido en el lugar más vivo y dinámico de la Iglesia ortodoxa, que recupera sus raíces gracias a la gran proyección de la santa montaña.

— Grecia es una nación que ha sufrido muchos embates en su historia, como la invasión de los turcos. ¿En qué medida la ortodoxia y un centro espiritual como el Monte Athos han constituido un símbolo, un punto de reencuentro de la nación, incluso en su identidad más profunda, permitiendo superar los problemas y conservar esa identidad?

—Absolutamente. El Monte Athos y la Iglesia ortodoxa en general han tenido un rol fundamental en este sentido. Se puede decir, sin exageración, que si hasta ahora han sobrevivido la lengua y la nación griega, es gracias a la Iglesia ortodoxa. La razón es muy simple: durante los cuatrocientos años de la ocupación turca, estaba prohibida la enseñanza del griego en las escuelas, y aun cuando el pueblo tenía cierta autonomía, cierta identidad dentro del imperio otomano, estaba oprimido, reducido a un estado de esclavitud, sin posibilidad alguna de desarrollo y expansión cultural. Únicamente en el seno de la Iglesia se produjo la transmisión de la lengua y la cultura griegas. Se enseñaba a leer griego en las iglesias. Con frecuencia, los niños aprendían en secreto las primeras letras en los monasterios, de noche. Por consiguiente, la lengua fue salvaguardada sólo gracias a la Iglesia y principalmente en sus monasterios. Así se conservó la identidad cultural griega. Muchas personas se sorprenderían ante el hecho, históricamente demostrable, de que la nación griega de hoy le debe mucho más a la tradición ortodoxa bizantina que a la Grecia antigua.

—En Occidente, sobre todo, sin duda que se sorprenderían…

— El vínculo con la Antigüedad es en gran medida artificial, producto del siglo XVIII y del espíritu de la Ilustración. No tuvo continuidad histórica y ésta se estableció por intermedio del imperio bizantino a través de la Iglesia ortodoxa. Desde el punto de vista de las estructuras del pensamiento y las referencias culturales, todo se desarrolló por la ortodoxia. Y el Monte Athos tuvo un rol muy especial en este sentido, ya que durante los cuatrocientos años de la ocupación turca su situación fue relativamente privilegiada en comparación con el resto de la nación, por lo cual se desarrollaron en él diferentes actividades culturales y se editaron libros. El primer libro griego publicado por griegos se imprimió en el Monte Athos, en el siglo XVIII. Con anterioridad, los libros griegos se editaban únicamente en Venecia, en principados del Danubio o en Rumania. Su publicación estaba prohibida en el país. Por otra parte, el Monte Athos tuvo una función muy importante en los preparativos para la revolución griega de 1821. En casi todos los monasterios se fundieron objetos preciosos, vasos litúrgicos y relicarios para subvencionar la revolución de la independencia contra los turcos.

—¿Puede referirse a esta etapa?

— La revolución se produjo en condiciones difíciles y los griegos no lograban una buena coordinación. Los turcos tomaron represalias muy sangrientas contra el Monte Athos apenas estalló la revolución, porque sabían que en gran parte ésta se había gestado aquí. Fue la segunda gran catástrofe ocurrida en la montaña santa, cuando en 1821 el ejército turco masacró a todos los monjes que no habían escapado, saqueando los monasterios y quemando todo lo que encontraron. Nuestro monasterio Simón Petra estuvo ocupado durante seis meses por el ejército turco. La iglesia se convirtió en caballeriza e incendiaron todo. Era una represalia contra el rol ejercido por el Monte Athos durante la revolución.

— ¿Usted diría que ese rol simbólico continúa hasta hoy? 

—Hasta el día de hoy este lugar está tan íntimamente vinculado con el espíritu, con la identidad cultural griega, que es imposible diferenciarlo de ella.

También la renovación espiritual que aquí se vive en las últimas décadas, a la cual me referí hace un momento, tiene un influjo directo en la sociedad griega actual. Frente a la tremenda influencia de Occidente y a la incorporación a la Comunidad Europea, con esta precipitación de la evolución social y cultural en Grecia, el Monte Athos representa un polo de vínculo con las tradiciones, no necesariamente oponiendo resistencia al mundo moderno, pero sobre todo consolidando la conciencia del pueblo griego.

—Tiene esto algo que ver, supongo, con el secularismo de la cultura contemporánea…

—En realidad, desde el punto de vista de un cristiano, este es el problema número uno. Viendo sin embargo las cosas desde el Evangelio y desde el mensaje de Cristo, no deberíamos preocuparnos. Se trata de una mutación del cristianismo. Estamos viviendo la época del fin de las sociedades cristianas, del fin del imperio cristianizado en la época de Constantino el Grande. La sociedad civil adoptó esta religión y las instituciones se cristianizaron. Así, entre los años 313 y 1960 vivimos en lo que podría llamarse la era de Constantino, es decir, la era de las sociedades cristianas. Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, hemos visto surgir una nueva forma de sociedad. Los fundamentos legislativos de las costumbres cristianas de esta sociedad han comenzado a destruirse en todo el Occidente, por lo cual podemos realmente hablar de secularización, de otro tipo de sociedad, que ya no puede llamarse cristiana, donde, entre otras cosas, se otorga legitimidad oficial al aborto. Aún quedan vestigios del cristianismo, pero cada vez menores. Se requiere entonces de lucidez, para ver cómo desaparece una etapa de la historia.

—¿Cómo evalúa el sentido de este fenómeno histórico? 

—¿Significa este período, para muchos monjes del Monte Athos y para muchos ortodoxos, una etapa de preparación para la venida del Anticristo y el fin de los tiempos? En la Epístola a los Tesalonicenses, San Pablo dice que el Anticristo ya está obrando, que la iniquidad ya se encuentra presente; pero, según él, no hay que temer, porque todavía falta que llegue la abominación, la desolación, el fin. Y señala que todavía existe algo conteniendo al Anticristo. ¿Qué contiene al Anticristo? San Pablo no lo dice, pero podemos interpretar que es el imperio romano. ¿Y qué es el imperio romano? No se trata de una entidad en el sentido político del término, sino en cuanto a las costumbres, en cuanto a La cultura. Ahora bien, cuando vemos en nuestra época, mucho después del final del imperio romano histórico, quebrarse los fundamentos legislativos e institucionales establecidos por los emperadores romanos, podemos interpretar el fenómeno como el fin de un mundo. Es discutible si se traca del fin del mundo o de un mundo, pero me parece ser mucho más que una crisis sociológica de secularización.

— Usted es originario de Francia y por edad pertenece a esa generación que se alzó en mayo de 1968… 

—En ese momento, en China trataban de hacer una revolución cultural, pero la verdadera revolución cultural ocurría en París, y no tanto en los acontecimientos, puesto que no tuvieron mayores consecuencias, sino desde el punto de vista simbólico y de las consecuencias sociales, de la liberación de las costumbres… A partir de entonces se institucionaliza el aborto y surge un mundo completamente distinto. No es sorprendente que el fenómeno alcance también a los países en vías de desarrollo, como las naciones sudamericanas.

— ¿Qué significado tiene para el Monte Athos, que está en Macedonia —cuya capital es Tesalónica—  la presencia tan fuerte de San Pablo en la región, como apóstol que desde aquí iluminó todo el mundo?

— San Juan decía que San Pablo es el primero después del Único. San Pablo no sólo es el que predicó y trabajó en la propagación del Evangelio; es también el que subió en éxtasis al tercer cielo. Para nosotros, además de un predicador, es el fundador de la mística. Por eso, todo monje se siente discípulo íntimo de San Pablo, aun cuando no hable, aun cuando no predique, porque desea seguirlo en el camino de contemplación divina, en la contemplación de la gloria de Dios. Por el hecho de haber visto la gloria de Dios, subiendo hasta el tercer cielo y escuchando las palabras inefables del paraíso, San Pablo pudo luego dar testimonio, porque vivía en Cristo y Cristo vivía en él, Dios vivía en él. El monje tiene también una vocación apostólica, aunque no predique, porque la contemplación, la vida mística está en el núcleo de la vida eclesiástica.

— ¿Cómo define usted la mística? Algunos escritores y pensadores se refieren a una mística griega anterior al cristianismo. ¿Qué se puede decir de ese misticismo? También hay autores que le otorgan un carácter, una fuerza fundacional, en el plano de la civilización, así los franceses Malraux y Frossard, por ejemplo.

— Es un problema de definición de los términos. En general, se piensa en la mística como sinónimo de lo religioso, como una dimensión de lo trascendente, como dimensión metafísica. Desde el punto de vista preciso, técnico y teológico del término, la mística tiene otro significado, es la vida íntima del hombre en su relación con Dios, su posibilidad de entrar en comunión íntima y personal con Él. Por eso se ha llamado teología mística a la teología ortodoxa del cristianismo antiguo. Un gran teólogo de la época de los padres de la Iglesia, San Dionisio Areopagita, tiene un Tratado de teología mística, muy breve, pero de gran densidad. Él entiende justamente por teología mística esta contemplación de los misterios divinos. Y esta contemplación de los misterios divinos, esta teología mística, sólo es accesible mediante la oración y no con la inteligencia. Sólo a partir del momento en que deja de operar la inteligencia, la razón humana, comienza la teología mística, produciéndose la comunión directa y personal con Dios vivo. Otro gran teólogo cristiano decía: «El teólogo es aquel que reza en verdad, y el que reza en verdad es teólogo». Por consiguiente, místico no es quien razona sobre Dios, sino quien vive en Dios, con Dios vivo en él. Esta unión con Dios es el fin y el sentido de la teología mística.

Respecto de los autores que usted menciona, creo que su pensamiento apunta, como dice, a un sentido de fundación, pero siempre de realidades invisibles, realizaciones superiores de lo relacionado con Dios y del hombre en sus conexiones con Él.

—¿Se podría decir, al hablar de una mística griega anterior a Jesucristo, que se trata de una apertura al ser, a la realidad divina, incluso antes de conocerse la revelación de Jesucristo? 

—Absolutamente, se trata de una religiosidad, del sentido de Dios que existía en los paganos. San Justino, en el siglo I, uno de los primeros padres de la Iglesia, habla precisamente del «Logos», como germen de la razón. En el mundo pagano existían gérmenes del Logos, del Verbo Divino, porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, como se entiende muy bien al leer la Biblia. Por consiguiente, también antes de la revelación de Moisés, del Sinaí, y de la revelación de Jesucristo, el hombre estaba dotado instintivamente, en su naturaleza, del sentido de Dios. En las sociedades primitivas, como las civilizaciones hititas, incas, aztecas y otras, existía el sentido de lo trascendente. Si uno mira un poco la historia de las religiones, observa con sorpresa la presencia del sentido místico, de la religiosidad, en todas las sociedades humanas, desde el origen del mundo, en diferentes formas, con mayor o menor grado de evolución, pero siempre con Dios en el centro de la vida humana y social. La única sociedad diferente es nuestro mundo moderno. Al hacer una comparación entre todas las sociedades, en la historia del mundo, se observa un factor común, la orientación hacia lo trascendente. Y una sola sociedad está al margen y ha querido estar fuera de eso, ha querido ser autónoma, sin referencia a Dios, teniendo al hombre como única referencia. Y esta sociedad que ha querido tener al hombre como única referencia, ha terminado por darle muerte al hombre. Es lo que se ve hoy.

— ¿Sienten ustedes que haya conciencia de esta situación? 

—Absolutamente. De hecho se observan muchos signos. No sé si ustedes los tienen en Sudamérica. En el Monte Athos vemos permanentemente venir personas de todas partes. No son religiosos ni necesariamente ortodoxos; son hombres con alguna responsabilidad social, tanto en la Comunidad Europea como en otros países, que se dan cuenta de que la única solución posible consiste en encontrar una dimensión moral, una dimensión espiritual en un mundo que ha perdido su orientación. Gente de la Comunidad Europea nos decía precisamente lo siguiente: «Hemos construido una Europa pero carece de alma. Queremos encontrarle un alma a esta Europa». Ellos lo están viendo de un modo puramente cultural. Pero lo que se siente en esta queja por la falta de alma es el clamor angustioso del hombre ante Dios. 

—En esta montaña ustedes constituyen una nación perpetuada a través de los siglos. Seguramente ha habido grandes santos en su historia, que siempre les recuerdan el sentido de lo divino y marcan la continuidad de su existencia. ¿Qué puede usted decirme de esas grandes figuras? ¿A cuáles quisiera usted recordar, por ejemplo, en esta conversación?

—Hay más de 250 santos canonizados, venerados oficialmente por la Iglesia ortodoxa, entre quienes vivieron en el Monte Athos; pero además existen miles desconocidos, que quedaron en el anonimato, y también algunos que viven actualmente.

Hay santos hoy en día en el Monte Athos, que hacen milagros, tienen visiones, etc. Ciertamente, las grandes figuras fueron los fundadores de los monasterios, como San Simón, fundador del nuestro, en el siglo XIII, u hombres que constituyeron con su oración pilares de la Iglesia|, directamente, con sus milagros y predicaciones, o indirectamente, con su intercesión.

Quiero citar sólo dos ejemplos entre esos doscientos cincuenta. En primer lugar, San Gregorio Palamás, un gran teólogo y místico del siglo XIV, contrario a los espíritus racionalistas de la época, que atacaban la vida contemplativa, la vida mística y ponían en duda la posibilidad del hombre de unirse con Dios. San Gregorio Palamás mostró que la vida mística —y por tanto la unión con Dios-era consecuencia lógica de la encarnación de Cristo. Es lo que habían mostrado todos los teólogos desde el origen del cristianismo, pero él lo hizo de una manera precisa, en relación con la oración de los monjes y el método de oración. Es por eso una figura muy importante. Representa de modo muy característico también un período de gran renovación espiritual que hubo junto con el fin de Bizancio, una especie de canto del cisne de Bizancio, que se reflejó asimismo en la cultura y el arte.

El otro ejemplo es de un santo fallecido en 1938 y canonizado en 1988 por la Iglesia ortodoxa. Vivía en el monasterio ruso y se llama San Siluano. Se conoció gracias a una biografía escrita por su discípulo, que fundó un monasterio en Inglaterra, de gran proyección en Europa Occidental. San Siluano fue también un gran místico, de la época del estalinismo. Vivía aquí, en el Monte Athos, pero era ruso. Su camino espiritual consistía en rezar por los enemigos. Dedicaba toda su vida, día y noche, a orar por la salvación del mundo y el perdón de los enemigos de la fe. Constituye una imagen de algo específico del cristianismo. Cristo, en la cruz, pide a su Padre perdonar a quienes lo han perseguido. Sólo el cristianismo puede perdonar a sus enemigos y rezar por ellos. Hay muchas religiones y filosofías en el mundo que predican la paz, el amor y la justicia, pero sólo el cristianismo ha elevado en tan gran medida el amor a los enemigos. San Siluano representa este aspecto tan particular. A partir de la edición de su biografía, es un santo que ha hecho muchos milagros, no tanto de curación, sino de conversión. Muchas personas que leyeron esa biografía experimentaron una transformación en su vida, que cambió de rumbo, sobre todo en Europa y América. Fue, por otra parte, un monje que nunca salió del Monte Athos. Su imagen permanecía anónima, secreta. Con él, vemos cómo la oración puede transformar invisiblemente la vida de los hombres.

El monje Makarios se refiere a las peculiares relaciones que mantienen con la Iglesia ortodoxa rusa. Hasta la Primera Guerra Mundial había ocho mil monjes en el Monte Athos, de los cuales cuatro mil eran rusos. Aparte del natural fervor del pueblo ruso, dicha presencia, explica, estaba motivada por el gobierno ruso, con sus objetivos políticos en la perspectiva del paneslavismo, en el deseo de tener una base en el Mediterráneo. La ayuda de los zares al Monte Athos fue por todo ello considerable. Con posterioridad, durante el comunismo, esa relación con la Iglesia rusa prácticamente se extinguió. Hasta hoy, señala, todos los gobiernos griegos guardan reservas a la presión eslava en Monte Athos, e impiden la venida de monjes rusos, serbios o rumanos. «Evidentemente aquí operan razones políticas, ajenas a la voluntad de los monjes del Monte Athos. Son motivos comprensibles, pero perjudiciales para la vocación internacional que siempre ha tenido este lugar», agrega.

—¿Cómo son sus relaciones con la comunidad monástica católica del mundo occidental? ¿Existen vínculos? ¿Cómo visualiza usted el futuro de esas relaciones? ¿Y cómo ve el futuro de las relaciones ecuménicas con la Iglesia católica?

—Podemos tener buenas relaciones personales con los monasterios católicos. Algunos monjes vienen a visitarnos y nosotros hemos ido a algunos monasterios. En todo caso, se trata de relaciones únicamente de carácter privado y no eclesiástico, porque el Monte Athos, en cuanto centro monástico, no tiene responsabilidad en materia de relaciones ecuménicas. Se ha dicho que el Monte Athos se opone abiertamente al ecumenismo, pero no se trata de una oposición sistemática y teórica. Todo cristiano aspira a la unión de los cristianos, puesto que el Evangelio nos llama a unirnos. Lo que sostienen los monjes del Monte Athos es que dicha unión entre los cristianos debe hacerse según la verdad y en la verdad, y no por un interés o porque el cristianismo esté amenazado por el Islam o la secularización. Debe tratarse de un verdadero ecumenismo y no de una maniobra política o diplomática. Por eso existe cierta oposición por parte de los monjes del Monte Athos contra algunas manifestaciones o declaraciones ecuménicas, pero no es una oposición al ecumenismo como tal. En suma, las relaciones con los monjes son buenas a nivel privado, pero no nos corresponde tener contacto oficial.

Para nuestro entrevistado es paradójico que mientras en lo teológico se ha producido un acercamiento después del Concilio Vaticano II, la politización en sectores de la Iglesia católica ha introducido en muchos de sus fieles un sentido totalmente ajeno al espíritu en que podrían darse mayores encuentros entre la ortodoxia y el catolicismo.