Conversar con Rafael Alvira sobre el tema del aburrimiento produce en su interlocutor una impresión diametralmente distinta y opuesta a este fenómeno anímico. Su versación y la agudeza de sus observaciones van desentrañando poco a poco los distintos aspectos de este importante fenómeno –estrechamente vinculado con el de la depresión– más habitual en los habitantes del planeta que lo que permiten apreciar la agitación y las estridencias del ambiente.
Algún tiempo atrás, invitado a dictar un curso en Viña del Mar y en Santiago por la Universidad Adolfo Ibáñez, Alvira habló en Chile sobre este preciso tema. Se le conocía por visitas anteriores, por entrevistas y colaboraciones con el diario El Mercurio y a través de alumnos chilenos que han seguido sus cursos en España. Catedrático de Historia de la Filosofía, director del Instituto de Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra, fue también Decano de la Facultad de Filosofía en esa Universidad. Frecuente conferencista, profesor invitado en universidades de Europa y de América, es un autor prolífico. Entre sus libros destacan Qué es la libertad, La Noción de finalidad, Reivindicación de la Voluntad y El Humanismo en la Empresa, del cual es coautor.
En alguna sierra próxima a Madrid, que permite escapar por un rato de los calores de Castilla en verano, retomamos con Alvira la conversación sobre este tema, dejada en el camino durante su última visita al «finis terrae» hispanoamericano.
Como ha recordado Nicolás Grimaldi, un hecho notable de las grandes desgracias de la historia –guerras, hambres, epidemias, etc.- es que no dejan ningún lugar al aburrimiento. La tensión de los grandes desafíos, por mucho que se sufra, moviliza todas las energías para vencer la adversidad…, expresa.
En esa terrible urgencia casi se olvida que se vive a fuerza de vivir apasionadamente. Y nos damos cuenta, sí, que vivir no llega a ser problema más que cuando ya no es problemático vivir. Sólo cuando se está liberado de las necesidades de la vida uno se descubre dominado por lo que la vida tiene meramente contingente y, se podría decir, incluso de trivial. Es entonces que aparece el aburrimiento. ¿Qué hacer de la vida cuando el vivir está plenamente en mis manos?
El mismo Grimaldi apunta que el problema ha sido ya observado en algunos períodos.
Por el historiador francés Michelet, por ejemplo, quien sitúa hacia el final del siglo XV el primer ataque duro de aburrimiento que hubo en Europa. Después, en el siglo XIX, es el Primer Ministro Guizot quien, a pesar de su exhortación a que los franceses se enriquezcan, advertía al rey Luis Felipe de un peligro político inminente: Sire, la France s’ennuie («Majestad, Francia se aburre»).
Estos trazos nos hablan ya de esa suerte de enfermedad, tanto más seria cuanto que oculta su carácter de tal, y que es el aburrimiento. Cuando en la vida ya no hay problemas, es la vida misma de cada uno la que se convierte en problema. ¿Cómo resolver el día de hoy? Está a nuestra disposición algo decisivo –el tiempo que es la riqueza consustancial que se nos ha dado para vivir en este mundo. El tiempo es lo que constituye nuestra existencia; somos seres temporales pero al mismo tiempo que somos conscientes de que tenemos el tiempo, podemos usarlo. Por consiguiente, si no sabemos usarlo bien, estamos desperdiciando el don metafísico que constituye nuestra propia manera de ser y existir. Ahí, en ese pequeño punto, se encierra el problema del aburrimiento.
«La pérdida de tiempo es el dispendio por excelencia». Esto es una frase suya.
Es, podemos decir, el exceso existencial por definición, pues no se puede recuperar. Si a uno se le va la mano y regala en una propina 300 dólares, después se puede arrepentir pero a lo mejor esa tarde en el casino gana 300.000. ¡El tiempo que perdí no volverá!
Generalmente, quienes se han ocupado de tema del aburrimiento, lo han considerado una enfermedad de ricos. ¿Es esto razonable?
Así se lee en varios clásicos como Montesquieu o Rousseau. El pueblo lleva una vida activa y trabajadora, dicen, mientras que los nobles y gente de fortuna tienen que buscar distraerse con la caza, o simplemente se aburren rodeados por gente que se dedica a hacerles las cosas fáciles y agradables.
Aquí hasta cierto punto puede verse cómo en dos siglos han cambiado algo las cosas…
Efectivamente, en nuestros días la gente común trabaja de ocho de la mañana a cinco de la tarde y sólo de lunes a viernes; tiene un mes de vacaciones; tiene un tiempo enorme que no sabe qué hacer con él. Precisamente para aprovechar esta situación es que ha acudido solícita la industria americana –que inmediatamente descubre un hueco donde poder vender- y ha desarrollado así la industria de las entretenciones. El entertainment. Si hay gente que tiene tiempo libre, han pensado, haremos una industria de entretenimientos para sacarles dinero… hoy, es así el pueblo, que con Rousseau era activo, el que se gasta cantidades de dinero en diversiones; mientras que el jefe de empresa, el alto directivo, trabaja de siete de la mañana a once de la noche, teniendo que desayunar, almorzar y cenar en sesiones de trabajo.
Para apreciar mejor el cambio, veamos lo siguiente. Si antiguamente una prueba de aristocracia era que la persona tenía tiempo, ahora la prueba de aristocracia es que no tiene tiempo. De manera tal que si hasta la generación de mis padres, por ejemplo, toda persona bien se caracterizaba, entre otras cosas, porqué pasaba la estación de verano en San Sebastián, en Biarritz o en San Juan de Luz ahora, como cualquiera sabe, los altos ejecutivos no tienen vacaciones. A lo más unos días en Saint Moritz después de Navidad y luego otra semana en las Bermudas durante los días de mayor calor. Y a punto que si uno pregunta ingenuamente a alguno de ellos dónde toma vacaciones, se traiciona a sí mismo, mostrándose como perteneciente a la clase media o baja de la sociedad…, porque ese estrato alto no para.
Diálogo y juego
¿El problema social del aburrimiento es ahora, por consiguiente, más grave que antes?
Sí, porque antes sólo unos pocos aristócratas se aburrían, mientras que ahora es todo el pueblo el que está sujeto a esa posibilidad. Y del aburrimiento se libran sólo unos pocos dirigentes de la sociedad o aristócratas de ella.
Pero no será sólo el crecimiento de la riqueza el factor causante del problema…
No, porque los antiguos griegos ya conocían bien lo que ellos llamaban la «anía» y que los latinos llamaron «taedium». También entre los pensadores medievales se desarrolla una teoría muy fina, muy delicada, con esa inmensa finura del detalle que los medievales tenían para los problemas éticos, acerca del «taedium». De manera que el tedio era ya algo conocido.
Pero el aburrimiento es un fenómeno que se agudiza muy profundamente en los siglos de la modernidad, y pienso que la explicación radica en que durante éstos no sólo aumenta la riqueza, sino que con el crecer de la riqueza y de la instrucción, se disparan las posibilidades, los mundos posibles imaginarios que cada persona se puede representar y de hecho se representa. Y entre tanto no se desarrolla al mismo tiempo el arte supremo, más sencillo y más difícil –lo más sencillo es lo más difícil- el arte supremo del espíritu, quiero decir, el diálogo.
¿Postula usted entonces que el aburrimiento tiene que ser curado con el arte del bien dialogar?
Que viene a ser idéntico al arte de bien jugar… y cuando esto no se sabe es imposible evitar el aburrimiento.
Se origina entonces el aburrimiento actual tanto por el crecimiento de la riqueza como por el crecimiento de los mundos posibles que la instrucción nos presenta. Tenemos tantas posibilidades, que nos damos cuenta que no podemos cumplir, que no podemos realizarlas. Tenemos esa especie de depresión del que ya antes de haber empezado a ser, sabe que no podrá alcanzar a ser.
Tiene esto que ver con el antiguo aforismo romano «al pueblo, pan y circo», que Schopenhauer refiere en los Parerga y Paralipomena. El pan simboliza el objeto de los deseos de la gente, todo el mundo tiene deseos y busca el pan. Pero una vez alcanzados los deseos, al pueblo hay que darle el circo para que no se aburra. La televisión o las discotecas, digamos en los términos de hoy día…
El aburrimiento popular hoy es trivial y por ello precisamente más grave, más difícil de curar, puesto que para poder curar la enfermedad lo primero es ser consciente de que se tiene. Algo tremendo de las sociedades actuales es que el aburrimiento es trivial.
Una pequeña imagen nos la da el fenómeno del aburrimiento juvenil, muy típico en las pandillas de verano. Están anhelando que termine el curso para reunirse con sus amigos y cuando este momento llega, se juntan todos y se aburren… sólo hay que pasar por delante de ellos para darse cuenta que es así. El fenómeno que comentamos tiene su parecido con el aburrimiento juvenil: no es agudo y a veces se sabe esconder bien con la diversión y la actividad trepidante que los jóvenes buscan; pero es tanto más serio cuanto menos se toma en serio.
Insuficiencia filosófica
Por lo que usted describe, aparece esto con la figura de un fenómeno social de rasgos letales.
La tesis que sostengo acerca del problema, apunta al hecho de que el aburrimiento es una muerte social y su causa una insuficiencia no cardíaca, sino una insuficiencia filosófica.
Generalmente se entiende el aburrimiento como una cierta muerte personal, no social. Una simple tristeza o tedio. Pero como el hombre es un ser social, su muerte en cuanto persona –no su muerte física, sino la muerte relativa a su vida personal- es idéntica a la muerte de la sociedad. Y la persona en cuanto persona muere precisamente por lo mismo que muere la sociedad, por la desaparición del diálogo.
Todos han hecho la prueba. Cuando alguien llega a un medio social nuevo en el cual no conoce a nadie, lo primero que hace es encerrarse sobre sí y empieza a aburrirse de tal manera que, como ya bien veía Descartes –analizando esa unidad a través de la glándula pineal, del alma y el cuerpo- el hecho de no tener a nadie con quien hablar, el no tener ni siquiera un gesto que expresar, porque todos nos parecen muy extraños, hace que inmediatamente la sangre empiece a correr más lentamente, que entre un abotagamiento, que la cabeza vaya cayendo sobre el pecho…, porque por la unión del alma y el cuerpo, la falta de interés personal se trasluce en la falta de alegría física y de sociabilidad. No tengo ninguna vida, me aburro, me duermo.
Sostiene entonces que no aburrirse es idéntico con la capacidad de dialogar…
…y con la capacidad de jugar, que viene a ser lo mismo. Todos creemos que nacemos sabiendo dialogar, como muchos creen que nacen sabiendo educar o sabiendo ser justos. Van muchos con pancartas por las calles: «hágase justicia», dicen. Pero ninguno de los que lleva las pancartas se preguntó si sabe en qué consiste ésta; la reclama, pero no la conoce.
El arte del diálogo es entonces un arte difícil…
Muy difícil. Supone implícitamente un gran sentido filosófico. Por eso también digo que la muerte en que consiste el aburrimiento es una muerte por insuficiencia filosófica.
Muchos, sin embargo, le responderían que es lo contrario, que es más bien por culpa de la filosofía que nos aburrimos. Tantos que no quisieron estudiar la filosofía, que pasaron tantas horas de sueño en la clase de filosofía…
Lo que parece es que aquí la filosofía podría decir muy bien, como aquella vieja canción española: «yo no soy esa que tú te imaginas; yo soy otra».
El que se aburre es alguien que rechaza, es decir, es un «crítico» en el sentido no originario, y griego, de discernimiento -en cuyo caso la crítica es una gran virtud-, sino un «crítico» en el sentido de alguien que ejercita el rechazo constitutivo. Aburrirse significa no atender. Incluso en plan de semi broma escribí alguna vez: aburrirse es «hacerse un burro»… aburrirse es no aceptar aborrecer (ab-horrere), y, por consiguiente, el que se aburre es el que está horrorizándose de algo, está rechazando algo con lo que no quiere tener nada que ver. Y por eso en su origen latino, del cual derivan nuestras lenguas, tenemos el in-odiare, del cual se llega a las expresiones ennui, noia, annoyance. O sea, aburrirse es aborrecer, rechazar; es todo lo contrario de lo que se vive cuando uno se mete dentro del ser, está en el ser, se interesa. De hecho, cuando uno está interesado por alguien o por algo, es justo el momento en que no está aburrido. Aburrirse, es, por consiguiente, no interesarse, no practicar el inter-esse.
Aquí también aparece, seguramente, el problema de la soledad. Por supuesto. Inicialmente, y ese era el sentido clásico, el aburrimiento iba dirigido hacia fuera, hacia objetos, hacia personas, hacia el rechazo. El problema está en que tanto más rechazamos, tanto más nos quedamos solos con nosotros mismos, solos con nuestra propia vida. Y entretanto, en la medida que somos seres humanos, que somos espíritu, tenemos necesidad de relacionarnos.
Soledades
Pero hay distintos tipos de soledades, ¿no le parece?
Claro que sí. Hay la soledad activa y hay la pasiva. La soledad activa es sólo aparente. Me separo momentáneamente de los demás para ponderar, calibrar y saborear aquello en lo que estoy interesado. Soledad activa hay cuando me he entusiasmado al ver una obra de arte y quiero quedarme a solas saboreándola y, por consiguiente, interesándome. Porque saborear es ver todos los matices o la mayor parte de los matices que están encerrados en ella. Por consiguiente, la soledad activa no es soledad en el estricto sentido de la expresión, sino que es vida. Estoy gozando de aquello dentro de lo cual me quiero meter.
La segunda, la soledad pasiva, es la propia del aburrido y muestra un rasgo muy característico, aunque a veces no aparente, de la persona que padece de aburrimiento: la debilidad. El aburrimiento es una forma de debilidad parecida a la melancolía romántica, la cual se diferencia del aburrimiento sólo en que esta última pone juego la imaginación. Es completamente distinto quedarse sola saboreando algo que amo, que me gusta, que me interesa, a que una tarde en que no tengo otra cosa que hacer, porque realmente no estoy interesado por nada, me siente a dar libre curso a mis imaginaciones… El aburrimiento es una forma de debilidad como la melancolía romántica: imaginación de pasado nostálgico o de un futuro que no es dibujo de ningún proyecto práctico. Son muestras de huida de la dureza de lo real.
¿Huida hacia dónde?
Si no se tiene la valentía para relacionarse con los demás, el único lugar de huida es hacia sí mismo. Aparece así el «yo particular» en forma de tragedia interior, buscándose siempre una mismidad, característico del romanticismo. El romántico siempre quiere encontrar una identidad, un «quién soy yo», imaginativamente. El yo particular aparece, pues, en el romanticismo en forma de tragedia interior y en el aburrimiento en forma de percepción pura del tiempo. El aburrido es el que percibe el pasar del tiempo y nada más. Cuando uno se aburre, pasa el tiempo. Un tiempo al que le falta cualidad, color, sonido y sabor.
Lo que identifica al aburrido y el romántico es, pues, la presencia interior de la negación, y, por tanto, del vacío y de la nada; hay una estrechez o angostura. Conducida el límite, la situación del aburrido y del romántico es la angustia. Y la angustia es precisamente angostura, estrechez. De pronto el sujeto se queda como sin un lugar adonde poder ir. Angostura propia de la falta de recursos. Lo propio del fuerte es que tiene recursos; el débil no los tiene.
Autores
¿Cuál ha sido el desarrollo en cuanto a la tematización de este fenómeno, si es que lo ha habido?
Uno de los primeros, en la Europa moderna, que abordó el tema de esta especie de angostura que es el aburrimiento, fue Pascal. «vivencia de la nada del ser» lo llamó. Después ha sido Kierkegard quien mejor a penetrado en el tema que nos ocupa. «Una continuidad en la nada», define al aburrimiento. Lo terrible es que no es una pura nada ante la que, como Heidegger, me angustio. Es más fino en su percepción del problema este discípulo suyo. Aquí no se trata de una nada en general, sino que el terrible problema de la continuidad en la nada; entra también la cuestión del tiempo. Por eso le llama también Kierkegaard «una eternidad sin contenido», «una felicidad sin gusto» y en expresión que me parece bellísima, porque además refleja la experiencia de la conciencia, dice que el aburrimiento es «una profundidad superficial», «un hartazo hambriento». El aburrido no quiere nada más; por consiguiente, está harto, y, sin embargo, querría todo, porque no tiene nada.
Al rechazar al otro o a los otros no me encuentro a mi mismo, sino que me encuentro con el vacío, ha afirmado usted. ¿Quiere eso decir entonces que para encontrarme a mí mismo tendría que hacer exactamente lo opuesto?
Por cierto. Tendría que aceptar lo otro o al otro, interesarme, tomar en serio al otro o a lo otro. Pero para poder hacerlo debo llevar a cabo un trabajo a la vez muy sencillo y muy difícil: deberé cambiar el lugar de la negación. Si primero negaba, rechazaba lo de fuera -aburrirme es rechazar lo de fuera, aborrecerlo, poner la negación hacia fuera, hastiarse con todo, ejercitando así el espíritu crítico en su forma radical metafísica -ahora lo que tengo que hacer es poner la negación dentro de mí. He de negarme a mí mismo para aceptar al otro. La persona que quiere instrumentalizar todo lo que está su alrededor- instrumentalizarlo es aceptarlo, pero, aceptado para mí; es decir, negarlo en su condición ontológica existencial ante mí- ahora lo que tiene que hacer es negarse a sí misma, para que lo otro se destaque ante mí.
Y de hecho nadie que no vence el yo particular, puede encontrarse a sí. Pero atención, que esta autonegación no es un suicidio físico ni tampoco metafísico, como diría Schopenhauer. La autonegación es la negación del yo particular cerrado sobre sí mismo, y esa negación es la que permite que el otro se destaque ante mí. Por otra parte, en la medida que esa negación se suele llamar humildad, es también la causa de la maduración. Sólo el humilde madura, sólo el que acepta que hay algo más allá del mero interés de su yo particular, sólo ése se interesa. Es cuando la semilla aparentemente muere, pero no muere, que sale el árbol; tiene que pasar por la negación para llegar a dar fruto. Si la negación fuese meramente exterior, si la negación fuese puesta hacia fuera, si la semilla, simplemente se limitara a enfrentarse con el humus y con el abono y la tierra que tiene a su alrededor, se enfrentaría con ella y cada uno se quedaría en lo suyo y no crecería; sólo porque la semilla pone la negación hacia dentro, porque está dispuesta a aceptar ser enriquecida desde fuera negando su mera particularidad, es que crece el árbol.
¿Entonces sólo negando mi carácter de absoluto particular podría crecer, gracias a lo que me viene desde fuera?
Y eso es lo que quiere decir que sólo asumir la negación me madura como ser humano. El ser humano madura cuando acepta activamente hacia dentro la autonegación y esa aautonegación es la humildad radical. Mientras que el perpetuo crítico es, como bien sabemos, el perpetuo inmaduro. Todo le parece mal, todo le hastía, porque no ha crecido interiormente. Sólo si la persona se vacía interiormente de su carácter presuntamente absoluto, puede lo otro destacarse en su ser, en su existir.
Otro ángulo de reflexión le ha llevado a usted afirmar que también nos aburrimos, porque en el fondo deseamos algo que pudiera llenar del todo nuestras aspiraciones, algo que nos diera completa paz, entretenimiento, aventuras y todo ello en plenitud y sin esfuerzos. Pero eso que quisiéramos y que deseamos, de antemano sabemos que no es posible, sabemos que no lo alcanzaremos.
Como ha explicado Nietzsche, los animales más finos son los que antes se aburren. Y en el caso del hombre, lo mismo puede suceder con los que son inteligentes, porque son los que antes se dan cuenta que, ora neguemos la vida como hace Schopenhauer o la afirmemos como piden otros de diferentes maneras, la felicidad total no la alcanzamos. Por consiguiente, o bien nos entra el ataque superomínido nietzscheano (tengo que, a pesar de todo, afirmar, y afirmar a pesar de que en el fondo de mi corazón sé que floto en la nada, y, por tanto, vivir en una especie de superactivismo, afirmando la existencia en cada momento para no darme cuenta del vacío nihilista), o bien, si se tiene un carácter débil en vez de uno fuerte -y es lo que le sucede a la mayor parte de la población actual- entrar en depresión galopante.
De hecho hoy, en Occidente, el aburrimiento no es una enfermedad de ricos, sino del pueblo. Y esto coincide con todos los estudios de instituciones internacionales, como la OMS, que muestran que la enfermedad más extendida en el mundo occidental es la depresión.
Cuando sabemos más cosas -a veces no sabemos más, pero sabemos más cosas- ellas nos refinan un poco, nos damos cuenta de las posibilidades y este mismo anticipo nos hace deprimirnos.
Aprender a desear
Como muchas veces el deseo se muestra fútil y engañoso, hay quienes han pensado que la culpa del aburrimiento es exactamente el deseo y que lo mejor sería suprimirlo…
Es el planteamiento de Schopenhauer y también el del budismo Zen. El camino no me parece adecuado y es, con todo respecto, una forma de cobardía.
La solución, aunque no sea fácil, es en el fondo la misma tarea que la de dialogar, pues aprender a pedir es aprender a desear correctamente. Es un arte a veces sumamente difícil.
¿Podría usted ejemplificar?
La psiquiatría, y en este caso la psiquiatría infantil, nos ha mostrado cómo un niño pequeño, que no tiene una madre al lado ni tampoco una persona que le quiera, aprende con mucha dificultad a hablar. Es una de las experiencias que me hizo simpatizante del platonismo…, Pues «no es sabio el sabio, sino el amante de la sabiduría» como dice el propio Platón. Si no media el afecto, no se aprende hablar, pero asimismo, si el afecto es malo, se aprende hablar mal, de tal manera que también la perfección del deseo trae consigo la perfección del diálogo y la perfección del vivir.
Para querer -qué es aquello de lo que se trata- hay, pues, que querer lo que podemos desear, y a su vez hay que desear lo que podemos querer. Para saber qué y cómo debemos desear no tenemos que suprimir el deseo, sino suspenderlo momentáneamente. Es desde luego algo que requiere valor y esfuerzo, porque en un comienzo el yo está aparentemente identificado con el deseo. Lo dice Aristóteles cuando explica que el alma es deseo. Pero debe precisamente olvidar ese yo inicial, particular y absoluto, para que el o lo otro se destaque ante mí, para que se destaque ante mí no como yo me lo imagino, sino como es. Tantas relaciones humanas se han roto, matrimonios y también amistades, muchas amistades, el día en que le dijo él a ella, ella él, él a él si era un amigo: no me gusta como eres. Es que tú no sabías cómo era yo, cabe responder. No lo sabías porque te lo habías imaginado, tú creías que era de tal manera, pero era de tal otra. El problema es entonces aprender a querer lo que podemos desear, y a las cosas y a las personas como son, no como nos gustaría que fueran o como nos imaginamos que deberían ser.
El diálogo tiene así su origen en el esfuerzo de autonegación… El amor y la fuerza son los que dan un espacio a la palabra en el diálogo. Tengo algo que decir porque me he vencido -ésa es la fuerza del negarme- y me he llenado de lo otro o del otro que me maravilla. De esta manera puedo a mi turno responder. Porque el diálogo es respuesta, y la respuesta no es un trueque de mera justicia, sino que la respuesta es siempre un añadido sobre lo que el otro me dijo. De tal manera que el diálogo es una especie de justa medieval, como cuando había todavía caballeros. Al caballero siguiente nunca se le ocurría la trivialidad de baja burguesía, de devolver exactamente lo que le dieron, sino que todo caballero tenía siempre que dar algo más. Y esto es en el diálogo la respuesta. La respuesta quiere decir: comprendí tan a fondo lo que me dijiste, que fui capaz de traducirlo y hacerlo vida; y como la vida es crecimiento, entonces ha crecido en mí y te devuelvo algo más. Y el otro, como puso el corazón, comprendió lo que tú le decías, lo tradujo en vida, creció dentro de sí y te respondió todavía con algo más.
Ese responder es, pues, una novedad, originada por el encuentro con lo real, con lo amable de otro ser. Pero no un encuentro caprichoso, si no la verdad. La filosofía es un ejercicio del espíritu que me entrena para ver al ser, lo real, y es, por tanto, el instrumento universal básico para el diálogo.
Diría entonces que para la existencia de la sociedad… y de la persona. No hay diálogo más que cuando lo hay sobre el ser y la existencia y la realidad de las cosas. Ahora bien, como la filosofía me habitúa a ver ese ser, la filosofía es el instrumento general del diálogo. Y como sin diálogo no hay sociedad y sin sociedad no hay personalidad, la filosofía es el instrumento general básico de la persona y de la sociedad. El ordenador, el computer es -y aclaro que no estoy en contra del ordenador, en absoluto-, a diferencia de esto, el instrumento universal básico para la información, esto es, para el poder, pues la información es poder. Pero la filosofía es el instrumento para la sociedad, es decir, para la humanidad.
Vemos, pues, que no hay interioridad real sin el descubrimiento de la exterioridad real y sin la aceptación de ella; hay interioridad, porque he descubierto la exterioridad. Ahora, el lugar privilegiado por excelencia de la interioridad es la familia. ¿Por qué? Porque es el único lugar en el que, como tengo confianza, me exteriorizo, y sólo si hay exterioridad hay interioridad.
El melancólico y el aburrido no tienen ninguna interioridad verdadera, pues toman simplemente de la realidad su pura apariencia. No se atreven con el peso de lo real, porque tienen muchos sentimientos, pero les falta la fuerza de un amor para aceptar las cosas como son; el sentimiento tiene miedo, el amor acepta el ser tal como es. Como enseñó el apóstol Juan, en el amor no hay temor y tampoco hay soledad, pues el que ama jamás está solo. Aunque la unión completa no es posible en este mundo y algo siempre queda de encerramiento accidental, el diálogo, convirtiendo el regalo del don en algo verdadero, aparta al menos toda soledad esencial.
Descripción del aburrido
¿Cómo tipificar los rasgos psicológicos que descubren al aburrido?
Es asombroso que un monje medieval como fue santo Tomás- y a lo mejor porque en esas soledades había que saber luchar contra el aburrimiento-supiese ya también en qué consistían sus secuelas. Evagatio mentis, dice, la mente empieza perderse en idioteces. Verbositas: Hablar de nada, como una radio siempre encendida…
Curiositas, que para los medievales es un vicio; tanto a San Agustín como a Santo Tomás les parecía muy bien el interés que es una virtud y del cual siempre saco algo que me enriquece, pero la curiositas no es el interés, sino que es interesarse por algo que no vale nada o que no sirve para nada, que no se puede transformar en una mejora práctica, como las necedades que relata por ejemplo ese así llamado «periodismo del corazón»… Importunitas, que es nunca estar en el momento exacto ni en el sitio exacto, y estar disperso, siempre estar fuera de lugar; el aburrido es siempre importuno, está siempre fuera de momento. Inquietudo, una inquietud continua que no sabe encontrar el reposo. Instabilitas loci et propositi, lo que quiere decir inestabilidad de propósitos.
Además dice: el torpor o embotada indiferencia ante lo grande. Esto es inmensamente interesante y demuestra cómo Tomás de Aquino tenía una visión agudísima en lo moral. Él dice: «el aburrimiento produce torpor» y el torpor o torpeza es la embotada indiferencia ante lo mejor que tiene el ser humano, que es la grandeza de espíritu. El aburrimiento empequeñece, da, por consiguiente, lo que llama pusillanimitas, pusilanimidad, te hace pequeño de ánimo. Y sobre todo, esto es lo peor, te desespera; el aburrimiento es una desesperación encubierta, precisamente porque el aburrimiento implica que yo no he sabido aprender a desear y, por consiguiente, deseo de tal manera que mi deseo se frustra siempre. Por eso me doy cuenta de que no tengo esperanza. El defecto más grave no es la desesperación, pero sí es el más peligroso, porque cuando uno está desesperado está perdiendo su existencia. Esta desesperación encubierta del aburrimiento es todavía más peligrosa que la desesperación trágica.
De hecho, cuando Kierkegaard dice -en esa descripción alucinante que hace de la figura del esteta- que a éste hay que conducirle a la desesperación, lo hace para que dándose cuenta reflexivamente de que está desesperado pueda dar el salto y de esa manera se salve. Pero la gravedad del problema del aburrimiento es que es una desesperación encubierta, ya tan encubierta que uno no se da cuenta y no puede dar el salto y no puede salvarse.
¿No tiene algo que recomendar frente a ese mal del aburrimiento?
Para no aburrirse hay que seguir los tres pasos adecuados de toda vida profesional, deportiva, familiar, religiosa o la que sea. El interés parte por algo, un primer deseo, que despierta nuestra atención. Vemos una chica que nos parece bellísima, o conocemos una ciencia que despierta nuestro interés, o leemos a Platón a los 16 años y decimos, ¡ésa es la sabiduría!… Pero al cabo de un tiempo, segundo momento, vemos que lo deseado quizá no nos llena tanto como pensábamos, que su apariencia quizá no era tanto como lo que nosotros imaginábamos. Sí por debilidad, debida a la excesiva juventud o por descuido abandonamos el interés de eso que habíamos deseado, caemos primero en el aburrimiento y al mismo tiempo en la desesperación.
Pero si tras el primer paso que es el primer deseo, ponemos la constancia, entonces realizamos el segundo momento de toda vida, lo que los latinos llamaban: la studiositas, el esfuerzo del estudio; mirar algo con amor, eso significa studiositas. Es decir, pasar del primer deseo, que era más superficial, a otro más constante y más profundo, porque ya no ve la apariencia, sino que se quiere meter, interesarse en el ser de la cosa misma o de la persona misma.
El que tiene un primer deseo y añade estudio; el que tiene buena disposición y con esfuerzo adquiere escuela y oficio, ése está en condiciones de recibir, como dice Beethoven, los favores divinos, de llegar al tercer momento: descubre infinitas novedades en aquello que al principio sólo era un fulgor inicial. Consigue así, gracias a una filosofía verdadera, es decir, una filosofía práctica, un diálogo y un juego que le da la alegría permanente, porque ese diálogo es un juego, es vida, que nos da aventura y paz.
Un camino de felicidad verdadera, parece usted querer decir… En esta vida quisiéramos vivir una permanente aventura en la que nunca nos aburriéramos, en la que siempre hubiera novedades y maravillas nuevas. Y al mismo tiempo que esa aventura sea riesgo, quisiéramos que tuviera la paz fundamental del espíritu, que al mismo tiempo que deseamos -y es la definición de felicidad que han dado los mejores estudiosos del tema- tengamos la sensación de qué ya estamos satisfechos porque estamos seguros, porque tenemos lo que queríamos tener, porque tenemos la plenitud.
La felicidad, dicen, es algo que sacia sin saciar. Si simplemente saciara sería un fracaso existencial, un aburrimiento, faltaría aventura; pero si simplemente fuera aventura nos faltaría el inmenso consuelo de la paz, de manera que gracias a una filosofía verdadera conseguimos evitar la desesperación del que está siempre inquieto. Porque la aventura no es segura y porque no tiene ninguna pericia terminal. Y si somos capaces al mismo tiempo de jugar es porque tenemos una paz que no es esa contemplación vacía de que hablan algunas formas filosóficas; sino que la existencia es al mismo tiempo una bella aventura dialógica, un juego en la paz y en la inmensa serenidad interior.
Esta entrevista forma parte del libro:
