ENTREVISTAS
Jêrome Murphy-O'Connor, o.P.

Moraré en medio de Jerusalén…

Cruzar los umbrales de la ciudad antigua de Jerusalén cuando apenas comienza a clarear el alba, internarse por sus callejuelas desiertas y arribar, por ejemplo, al Santo Sepulcro ya abierto desde las cuatro y media de la mañana, en el momento en que algún sacerdote solitario lee el evangelio de la Resurrección sobre la tumba de Cristo o eleva la hostia consagrada en la piedra del Gólgota, trae inevitablemente al corazón la exclamación de Zacarías o alguna de las muchas con que la Biblia la saluda: «Si me olvidare de ti, oh Jerusalén…» (Ps. 136); “…Festejad a Jerusalén, gozad con ella… (pues)… en Jerusalén seréis consolados» (Is. 66). 

Trátase de una perspectiva que arranca por completo a la que entrega la ciudad invadida por el tráfago turístico del mediodía y que obliga, asimismo, a meditar en el sentido escatológico de Jerusalén. 

Es una percepción a un mismo tiempo cristológica, eclesial y escatológica —entregada ya por San Pablo y por San Juan en su Evangelio y en el Apocalipsis— que vincula al cristiano a las grandes promesas del Antiguo y del Nuevo Testamento sobre la ciudad de Dios: «La Jerusalén de arriba es libre; esa es nuestra madre» (Ga. 4, 26); «Me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que traía la gloria de Dios» (Ap. 21, 10).

Fundada hace más de un siglo por el padre Lagrange, sacerdote dominicano francés, la Escuela Bíblica de Jerusalén es un centro de estudios de prestigio universal, que se ubica en los extramuros de la ciudad antigua, donde siglos atrás se construyó una basílica para recibir las reliquias del protomártir San Esteban, probablemente lapidado en ese mismo lugar. 

Nuestro entrevistado para «Artes y Letras» de El Mercurio es profesor de esta Escuela, doctor en Teología y en Sagradas Escrituras. De origen irlandés, vive hace ya treinta años en la Ciudad Santa. Nos recibe en su espaciosa sala de trabajo, llena de libros. En su mesa descansan un moderno computador y algunos manuscritos en cuyo desciframiento trabaja.

Como Jerusalén es una ciudad con alrededor de tres mil años de vida continua, conversamos acerca de las celebraciones que entonces se preparaban, con motivo de la fundación de la ciudad, hecha por el rey David.

— Siempre se ha considerado a David como el fundador de la ciudad judía, así como al apóstol Santiago el Menor, primer obispo de Jerusalén, se le considera el fundador de la Jerusalén cristiana. En el período bizantino había una celebración litúrgica conjunta de los fundadores de Jerusalén, David y Santiago. Sus sepulcros están en la misma área: la tumba de David en el monte Sión, debajo de donde está el Cenáculo y la de Santiago en la catedral armenia que lleva su nombre. Ambos en la misma colina, en el mismo sector de la ciudad, porque la liturgia bizantina se celebraba en la inmensa basílica que hubo en el monte Sión, conocida como Hagia Sion.

—¿Qué importancia y actualidad sigue realmente teniendo Flavio Josefo para el conocimiento o estudio de la arqueología y de la historia de Jerusalén?

—Flavio Josefo es siempre muy importante, es una de las fuentes que nos hablan sobre Jerusalén. Hay otras fuentes, como los cuatro evangelios —Mateo, Marcos, Lucas y Juan—que mencionan lugares de la ciudad a los cuales no alude Josefo, pero la descripción de él es más amplia. En todo caso, como no era un escritor muy cuidadoso, hay que leer muy críticamente lo que dice sobre Jerusalén, porque suele contradecirse. Tiene un valor intrínseco y es la única fuente proveniente de un habitante de la ciudad.

—Ha sido muy importante el trabajo desplegado por l’École Biblique en relación a los manuscritos de Qumran —conocidos también como los manuscritos del Mar Muertodesde su descubrimiento en 1947. Mucha importancia tuvo la participación en esos trabajos del padre de Vaux, benemérito profesor de esta Escuela. Entiendo que alrededor del 80 por ciento de lo descubierto ya se ha leído, estudiado e interpretado. ¿Qué cosas realmente nuevas nos muestran esos papiros? 

—Simplemente nos entregan con más detalle lo ya conocido sobre el judaísmo del siglo I a. de C. y del siglo I de nuestra era. Tenemos también muchísimos documentos de esa época, conocidos desde hace siglos.

La importancia de Qumran estriba en realidad en el hecho de poder conocer más acerca de la vida de una comunidad en particular, que tuvo existencia en un período determinado. Llegó a su fin con el ataque de los romanos en el año 68, de manera que todos los documentos encontrados en las cuevas son necesariamente anteriores a esa fecha. Ello nos permite así, por ejemplo, analizar la evolución posterior de la teología rabínica, porque las conexiones rabínicas siguen desarrollándose hasta el siglo XV o incluso más tarde. Por consiguiente, la verdadera importancia de los papiros consiste en mostrarnos desde adentro el pensamiento de un grupo en particular, en la época de Jesús.

—¿Cuáles eran las principales diferencias entre los esenios de Qumran y los jefes de la religión judía de ese tiempo?

—Según ellos, el calendario que regía las fiestas y celebraciones del Templo era falso, por lo cual estimaban que el Templo estaba corrupto y que los sacrificios carecían de valor. Esa es la diferencia esencial entre Qumran y lo que puede llamarse el judaísmo oficial.

—¿Y existían algunas diferencias en lo referente a la escatología?

Realmente no, porque no hay una escatología uniforme en el judaísmo, sino que cambia en forma permanente. A veces anuncian el fin del mundo para el día siguiente, eso normalmente en épocas de desastre… Los macabeos, por ejemplo, prácticamente sugieren que ha llegado el fin del mundo con la fundación del Estado judío. Hay una oscilación en el movimiento de la escatología, de manera que constituye un criterio muy poco fidedigno, tanto en materia de datos como en la identificación de grupos o comunidades.

—¿Qué puede usted decir del pueblo judío de los tiempos de Jesús? ¿Qué relación existe entre ese pueblo y el actual?

Al respecto hay dos problemas. En primer lugar, hubo un exilio en el siglo VI a. De C., siendo deportados todos los habitantes de Jerusalén a Babilonia. Luego hubo también un exilio en la época de Adriano, en el siglo II de nuestra era, cuando el emperador prohibió a los judíos vivir en Judea y Jerusalén, produciéndose un movimiento de los mismos hacia Galilea. Así, nunca hubo una presencia permanente de los judíos en Jerusalén ni en Judea.

No ocurrió lo mismo en Galilea. Galilea sólo fue convertida en el siglo II, con anterioridad a Herodes. No hay grandes pruebas de una presencia judía en Galilea con anterioridad al siglo II a. de C. 

Algunas familias judías han estado aquí en Jerusalén durante siete generaciones, pero todas llegaron en algún momento. Es muy poco probable que exista una familia que se remonte a la época de la fundación y no sé cómo podría documentarse un hecho semejante en cualquiera ciudad del mundo.

En la noche del Jueves Santo, los peregrinos de tiempos bizantinos solían recorrer en procesión el trayecto que va de lo alto del Monte de los Olivos hasta el Calvario. Después de una parada en Getsemaní, entraban a la ciudad por la Puerta de San Esteban y hacían un trayecto aproximadamente semejante al que hoy sigue la «Vía Dolorosa». Alrededor del siglo VIII un cierto número de «estaciones» se habían hecho ya costumbre, pero la ruta era completamente diferente: desde Getsemaní iba hasta la casa de Caifás en el Monte Sión, luego al Pretorio de Pilato, cerca del Templo, para finalizar en el Santo Sepulcro.

— Me gustaría conversar con usted sobre la «Vía Dolorosa». ¿Es realmente la «Vía Dolorosa» que siguió Jesús la que hoy recorremos a través de las calles de la vieja Jerusalén? Se discute a veces sobre el lugar donde se juzgó a Jesús o donde Pilato lo entregó en manos del poder judío. Entiendo que usted tiene una opinión al respecto.

La actual «Vía Dolorosa» en realidad sólo fue establecida a comienzos del siglo XV como un ejercicio de devoción para los peregrinos de Europa, que ya lo habían practicado en ese continente, organizando estaciones alrededor de las iglesias o cerca de las mismas, con el fin de evocar ciertos hechos de la Pasión de Jesús. Cuando llegaron los peregrinos a Jerusalén en el siglo XV, se sorprendieron de que ya —interrumpida la antigua costumbre por la dominación árabe— no existiera algo semejante en Jerusalén. Los franciscanos entonces la establecieron para satisfacer esa necesidad.

— De acuerdo con el relato de los Evangelios…

Exactamente, pero era lo que los europeos estaban haciendo, también de acuerdo al relato de los Evangelios. A Jesús lo juzgaron, lo flagelaron y lo crucificaron, exactamente como se menciona en los Evangelios. Y los historiadores siempre se han preguntado dónde ocurrieron precisamente los hechos y qué ruta siguió Jesús, lo cual tiene relación con la interrogante sobre el lugar donde se encontraba Pilato. Para los principales historiadores, es absolutamente cierto que Pilato estaba en la puerta de Jafa, donde se encontraba el palacio de Herodes. Por ese motivo, según ellos, la «Vía Dolorosa» habría comenzado en dicha puerta, en el extremo de la ciudad. Tenemos información de Philo, un judío de Alejandría, que se refiere al palacio, a la casa del procurador.

 Por otra parte, según el Evangelio de San Juan, al lugar donde fue juzgado Jesús se le llamaba en hebreo «Gabbatá», que significa el punto elevado. Si se mira desde la parte superior de la ciudad hacia abajo, descartando todo lo que está hacia el norte, posterior a la época de Jesús, ese es evidentemente el sitio más alto, razón por la cual Herodes lo eligió para construir su palacio. Pilato, por consiguiente, se habría ubicado en lo que conocemos como la Ciudadela, allí habría sido el juicio de Jesús y de ahí habría partido la «Vía Dolorosa”.

—No por tanto de la fortaleza conocida como Antonia, ubicada en una esquina de la explanada del Templo… 

No. Era importante y controlaba el Templo, pero es mucho más probable que el tribuno se encontrara donde señalo. De allí dominaba la vista de la ciudad, obligando a toda la población a moverse hacia abajo, en el valle central. Es una táctica utilizada en diversas ocasiones. En todo caso, independientemente del punto de partida, el final del recorrido es siempre el mismo y los historiadores y arqueólogos reconocen de manera indudable que el lugar de la ejecución y sepultura de Jesús está en lo que es hoy la basílica del Santo Sepulcro.

— Y que en esa época era extramuros…

Fuera de la ciudad. Era una vieja cantera, como nos indican las excavaciones realizadas por los latinos y los griegos debajo de la basílica, por los alemanes debajo de la iglesia luterana y por los ingleses en el llamado jardín de San Juan, un poco más al sur de la iglesia luterana. Todos encontraron lo mismo, una vieja cantera abandonada alrededor del año 100 a. de C. Y en un sector de esa cantera había una catacumba, no sólo un sepulcro. En el lado éste de la cantera, había un bloque de piedra sobresaliente, de muy mala calidad, porque se deshace en las manos. Y en el lecho de la cantera abandonada se encontró tierra con huellas. Eso corresponde perfectamente a lo señalado en el Evangelio de San Juan, según el cual en el lugar donde Jesús fue crucificado existía un jardín con un sepulcro vacío, que fue utilizado por encontrarse cerca. La tradición señala invariablemente que éste es el lugar donde Cristo murió y fue sepultado. Históricamente no existe duda alguna sobre el lugar.

En efecto, la comunidad cristiana primitiva sabía bien dónde había sido sepultado Cristo. La decisión del emperador Adriano (117-138) de eliminar las iglesias cristianas es una clara indicación de que ya en su tiempo la veneración de los lugares santos era algo común. Los romanos elevaron un templo a Venus sobre el sepulcro y erigieron una estatua a Júpiter en el Gólgota. Los cristianos conservaban sin embargo la memoria de estos lugares y cuando Santa Helena, madre del emperador Constantino, visitó Jerusalén el año 326, el obispo Makarios pudo informarla al respecto; el templo de Adriano se reemplazó entonces por una nueva basílica que se transformó en el principal santuario de la cristiandad.

— Al parecer, en la época de Santa Helena, la basílica era muy distinta…

— Ella encontró un templo capitolino construido por Adriano sobre la cantera. Luego, cuando sacaron toda la parte posterior, se encontró la tumba y se construyó la basílica, con tres elementos: un edificio circular alrededor del sepulcro, un patio abierto y el Gólgota estaba en el rincón del patio— y la basílica propiamente tal, que era la iglesia para las celebraciones litúrgicas.

—Existe una tradición según la cual la Virgen siempre vivió en Jerusalén, donde habría nacido.

Esa tradición es posterior al siglo II y no sé su origen. María era de Belén, como José. No se puede atribuir valor histórico sólido a tradiciones que comienzan sólo entonces, como ésta. Según tradiciones más tardías aún habría nacido en Seforis, actualmente Tsipori, en Nazaret occidental. Eso tampoco me parece tener valor.

— En cuanto a su muerte o dormición, muchos piensan que la Virgen terminó su existencia terrenal en Éfeso y según algunos documentos, San Juan, que allí está enterrado, llegó con ella a ese lugar.

Sólo hay un documento, que es la carta del cónsul de Efeso. La idea parece ser una deducción académica: Jesús dejó a Juan a cargo de María y como Juan fue a Efeso, por lo tanto habría llevado a María con él. Sin embargo, textos más antiguos, como el Transitus Mariae o el Dormitio Mariae, cuyas fuentes se remontan al siglo II aproximadamente, señalan que ella murió en el Monte Sión y fue enterrada en Getsemaní. Es una tradición más antigua y ciertamente prevaleció durante todo el período bizantino, prueba de lo cual es que allí hubo una iglesia grande.

—¿En qué lugar exactamente?

Junto a Getsemaní. Según la tradición, la Virgen habría muerto en el monte Sión y la Asunción se habría producido desde la tumba, cerca de Getsemaní.

— ¿Es el Cenáculo, lugar de la Ultima Cena que se visita en el Monte Sión, el mismo donde sucedió Pentecostés?

Históricamente, junto con el Santo Sepulcro, es uno de los lugares más importantes  de la ciudad, aun cuando casi nada materialmente concreto queda de los tiempos de Jesús. 

Después de la Resurrección, y hasta el descenso del Espíritu Santo en Pentecostés, los discípulos siguieron reuniéndose en la «sala grande en el piso superior», donde fuera la Última Cena —según explica San Lucas en el capítulo 22 en la que también Jesús resucitado se les había aparecido. Esto es relatado en dos de los Evangelios. La tradición siempre ha situado esa casa en el Monte Sión de Jerusalén, pero el actual edificio del Cenáculo, al que los peregrinos se han dirigido desde los tiempos de las Cruzadas para venerar esos sagrados recuerdos, data solamente del siglo XIV.

Bajo su suelo se encuentra la «Tumba del Rey David» con su enorme cenotafio. La cámara existente es ciertamente antigua, hay restos herodianos en su entorno y existe allí una clave importante para conocer la verdadera naturaleza de este lugar. Bajo la Tumba de David, en la pared norte de la cámara, hay un nicho circular con las piedras ennegrecidas por el fuego. Algunos eruditos consideran que ese es el último fragmento de la «Iglesia de la Santa Sión» Hagia Sion construida en el siglo IV y quemada por los persas. Dicha iglesia había sido construida para santificar el lugar de la primitiva «sala grande» y el nicho en forma de ábside de la Tumba del Rey David puede ser, por tanto, el único vestigio que se conserva de la primera iglesia cristiana del mundo.

— Algunos santos muy célebres en la historia de la cristiandad han estado en este lugar, empezando por Santa Helena y terminando por San Francisco. También vino San Luis con los cruzados y San Jerónimo, que permaneció en Belén. ¿Qué importancia tienen todos ellos en la historia de Tierra Santa?

— Llegaron a Tierra Santa como peregrinos, sintiendo que de alguna manera estarían más cerca de Dios al vivir y trabajar o al menos caminar por los mismos lugares donde Jesús vivió, trabajó y caminó; la experiencia de ellos, en este sentido, es semejante a la de miles de otros peregrinos sencillos y humildes.

Santa Helena tiene gran importancia para la historia de estos lugares, así como San Francisco, porque luego de él vinieron los franciscanos, que son los custodios de Tierra Santa. Tuvieron el valor de aceptar la invitación del papado en este sentido hecha en 1332…

— ¿Los franciscanos fueron los primeros?

— Ellos habían venido antes, pero cuando los occidentales fueron expulsados con Los cruzados, los franciscanos, los dominicos y todos los demás tuvieron también que partir. Sólo los franciscanos regresaron, con el mandato de adquirir una presencia en los santos lugares, porque aquí no se tienen derechos si no se vive en un lugar edificado. La posesión representa nueve puntos de la ley, como dicen. Así, sólo al instalarse los franciscanos en edificios, los latinos podían tener derechos en esos edificios, porque uno de los principales problemas en este lugar es el hecho de que si uno permite infracciones a los propios derechos, comienza a perderlos. En nuestros países, los de Occidente, sólo un tribunal puede despojarlo a uno del derecho a la privacidad en una habitación, a menos que uno renuncie al mismo y deje la puerta abierta; pero aquí, sobre todo en el Santo Sepulcro, si uno no mantiene la puerta cerrada y deja entrar sin permiso a las personas, al poco tiempo éstas adquieren derecho a entrar y ya no es posible impedirlo. Por eso es tan importante en los santos lugares la presencia de los franciscanos.

¿Qué diría usted de Santa Helena?

— Ella dio cumplimiento al proyecto de su hijo. La enviaron aquí para encontrar tres sitios vinculados a misterios claves de la fe: la gruta del nacimiento, la gruta de la sepultura y la gruta de la enseñanza, en el Monte de los Olivos. Así, ella construyó tres iglesias, en Belén, en el Santo Sepulcro y la Eleona en el Monte de los Olivos.

—¿La Eleona?

— Sí, hay restos de un claustro bizantino en lo que hoy se llama iglesia del Pater Noster, en el Monte de los Olivos. Ese es el lugar de la Eleona. Ahí se hizo una excavación antes de construirse el nuevo monasterio carmelita en 1872. La propiedad fue comprada en 1857 por la Princesa de la Tour d’Auvergne, quien está enterrada en ese monasterio.

Así se dio curso al propósito de Constantino de crear aquí un foco de importante irradiación del cristianismo.

—¿Y qué puede decir de San Jerónimo, precisamente su patrono?

Fue muy importante, por ser el primer sabio cristiano que aprendió hebreo. Estudió aquí con eruditos judíos y no sólo aprendió el idioma, sino también sus métodos de interpretación, realizando la primera traducción científica de las escrituras hebreas. Ahí reside su mayor importancia. Su obra fue tan difundida que se llamó Vulgata, y fue la traducción oficial de la Iglesia, también en el Concilio Vaticano II. Vulgata viene de común. Era la traducción común y eso constituyó su gran logro.

—¿Qué aconsejaría a los peregrinos que visitan hoy Jerusalén y otros lugares de esta Tierra Santa?

— Pienso que los peregrinos, para aprovechar, deberían venir poniéndose en cierto modo en la perspectiva de estudiantes. Si vienen exclusivamente como devotos, con frecuencia sufrirán grandes decepciones ya que algunos lugares santos están muy comercializados, rodeados de gente que no permite orar. Además, muchos sitios, como el de la Ascensión por ejemplo, no tienen una base histórica real. Por consiguiente, a menudo los grupos de peregrinos sufren al darse cuenta de esta situación.

Para ellos sería mucho más provechoso hacer preguntas y recordar asimismo que actualmente vienen cómodamente a lugares en los cuales, a diferencia de ellos, los peregrinos del pasado arriesgaban sus vidas. Para aquellos no eran en absoluto vacaciones. Y así ocurrían las cosas hasta comienzos de este siglo. Leí recientemente un libro, en el cual un joven inglés, que hablaba suficientemente bien el idioma como para hacerse pasar por ruso, vino en 1909 desde Odesa con los peregrinos rusos. Algunos de estos, mujeres entre ellos, habían recorrido dos mil kilómetros a pie sólo para llegar a Odesa. Después de un viaje muy duro en barco, caminaron desde Jafa hasta Jerusalén, durante dos días. Luego fueron a pie a Jericó y regresaron. Después caminaron hasta Galilea y a la vuelta murió el sesenta por ciento de ellos, al sorprenderlos una tempestad de nieve cerca de Nables, pues no tenían suficiente cantidad de alimentos y se perdieron. Así era el peregrinaje en esa época, de manera que hoy deberíamos recordar a esas personas tan valerosas y con tanta fe.

Realmente no tiene mayor importancia si los lugares visitados están comercializados, se mantienen hermoseados o son estrictamente auténticos. Sólo siguiendo la huella de ese tipo de personas más valientes y con más fe que nosotros, podremos reflexionar como peregrinos al seguir los pasos de Jesús.