ENTREVISTAS
Cardenal Jorge Medina Estévez

La liturgia: un eco de la belleza primigenia de Dios

Durante los días de la Semana Santa de 1997, la prensa chilena destacó con sorpresa la presencia de Monseñor Jorge Medina en Santiago, trasladándose en bus a Valparaíso para predicar a la que fuera antes su feligresía. El alma del pastor que debe atender en Roma la dirección de un importante dicasterio, no deja apagar en su corazón el cariño por esa gente del puerto a la que ha guiado hasta hace poco por los caminos de la fe, con una abnegación que le fue vivamente reconocida por todos al momento de su partida.

La oportunidad de esta visita permitió también que Humanitas conversara con quien ha apoyado a esta publicación desde sus inicios como miembro de su Consejo. La conversación abarcó un amplio espectro de realidades que van desde aspectos críticos de la realidad cultural y espiritual chilena hasta los temas propios de su responsabilidad como Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. El ex obispo de Valparaíso y ahora Cardenal de la Santa Iglesia respondió como de costumbre con claridad y paciencia a lo que se le requirió.

— A su paso por Chile, advirtió usted sobre la presencia creciente de un fuerte materialismo y de una pérdida de Dios en el horizonte de la vida pública y de la vida privada de muchas personas. Secularismo que lleva a construir una sociedad como si Dios fuese prescindible. Al cumplirse ahora 10 años de la visita pastoral de Juan Pablo II a Chile, ¿qué quisiera rescatar del ejemplo y mensaje que el Papa dejó al país, en orden a enfrentar este vacío?

—La visita pastoral del Santo Padre Juan Pablo II, en 1987, fue un acontecimiento muy rico no sólo para la Iglesia católica en nuestro país, sino para toda la comunidad nacional. Se puede decir que el Papa no olvidó a nadie en sus mensajes y todos ellos constituyen una permanente orientación nacida del Evangelio. Nada de lo que dijo el Papa en esa ocasión ha dejado de tener vigencia. Sin embargo, hay algunos temas que me parecen de especial importancia, sin disminuir la de otros. El primero es la beatificación de Sor Teresa de Los Andes. La santidad no constituye sólo un recuerdo de una existencia admirable desde el punto de vista religioso, sino que es el destino normal de todo cristiano, la plenitud de la vocación humana. «Vivir para Dios», según la expresión de San Pablo, es el criterio supremo de discernimiento de todas nuestras opciones y, al mismo tiempo, la única garantía de verdadera felicidad. Los santos son los que vivieron en esta tierra —cada uno en su lugar— plenamente para Dios y por eso continúan en la eternidad viviendo para Dios. La santidad es la afirmación rotunda de la vida eterna, de la que la vida temporal no es sino la antesala y preparación.

El segundo tema es el de la juventud. Fue hermoso escuchar la respuesta de tantos jóvenes a la invitación del Papa a adherir a Jesús. Fue también preocupante escuchar una reacción ambigua, por decir lo menos, de parte de no pocos frente a desafíos irrenunciables de la fe y la moral cristianas. El aprecio de la castidad y de la pureza, el justo concepto de la sexualidad y la necesidad del vencimiento propio y de la purificación de las tendencias desordenadas en este campo, son elementos necesarios de la existencia cristiana y juegan un papel importantísimo en la juventud, época en que se plasma la personalidad. Por desgracia ha habido en nuestro país, con posterioridad a la visita del Papa, planteamientos en la materia que dejan mucho que desear y que revelan un sentido equivocado de la educación porque no se inspiran en valores sino en un «pragmatismo» y en un equívoco y acrítico sentido de «modernidad». A veces uno tiene la impresión de que la palabra «modernidad» equivale a prescindencia de Dios y de su ley.

El tercer tema es el de la pobreza. Me preocupa especialmente la realidad de la desocupación, de la falta de trabajo, que azota a tantos países y que pareciera comenzar a amenazar al nuestro. El trabajo es una necesidad, no sólo en cuanto es fuente de recursos, sino como realización del ser humano. Si por hipótesis todos los seres humanos tuvieran recursos suficientes para subsistir, no por ello el trabajo habría llegado a ser innecesario. Desde hace mucho tiempo vengo pensando que uno de los problemas centrales del progreso de un país es la creación de fuentes de trabajo. Reales, efectivas, productivas, dignas y estables. Es uno de los mayores desafíos de una política económica que desee tener éxito a largo plazo y que sea consciente de la vertiente humana y moral de los procesos económicos. No soy competente para señalar cómo se puede llegar a esto: eso es del resorte de varias competencias, públicas y privadas; lo que es claro, como lo dijo el Santo Padre, es que el problema es urgente y que hay que invertir en él las mejores energías. Una macroeconomía exitosa pero con elevadas tasas de desocupación no sería sólida y se parecería a la comparación bíblica de la estatua que tenía la cabeza de oro y los pies de barro.

—La bandera de la libertad parece ser causa común de todas las corrientes, incluso aquellas que aparecen más contrapuestas. A propósito del debate suscitado por el fallo judicial relativo al filme «La última tentación de Cristo» y a propósito también, entre otros factores, de un proyecto en curso para eliminar toda censura previa, el tema en tabla es el de las libertades culturales. ¿Qué juicio le merece esta situación?

— Estimo que hay confusión en cuanto al concepto de libertad. La libertad no consiste en hacer o en poder hacer lo que cada cual quiera, sino en elegir lo que es conducente a la perfección del ser humano. Cuando se opta por algo reñido con las finalidades últimas del hombre, estamos en presencia de una libertad mal ejercida, o, mejor aún, de una falla de la libertad. Por tal motivo el ejercicio de la capacidad de optar no puede ser absoluto. Está limitado por el derecho de los demás y por las exigencias del bien común. Un ejercicio irrestricto de las opciones desemboca fatalmente en el libertinaje, que es una caricatura ridícula de la libertad. Cada ser humano tiene la obligación de sopesar sus opciones para comprobar que sean legítimas. El primer control de la libertad es el que impone la propia conciencia bien formada. Pero, dadas las limitaciones de los seres humanos es ineludible que la legítima autoridad controle el ejercicio de las opciones cuando resultan amenazantes para el bien común o para el derecho de otras personas. Se controlan los medicamentos, se controla la sobriedad de los conductores, se revisan los motores de los vehículos antes de autorizar su circulación, se controlan ciertas operaciones financieras, se exige la previa aprobación de los proyectos de construcción, se establecen límites de velocidad en los caminos, etc., sin embargo, se postula una «libertad» total en materias «culturales»: no veo la coherencia. Los daños al espíritu pueden ser tan graves o más que los que afectan a la salud o a la seguridad corporal.

Con respecto al filme «La última tentación de Cristo», y según los antecedentes de que dispongo, estimo que su exhibición constituiría un abuso gravísimo. Desde luego porque en ese filme se falsifica la historia de Jesucristo y la mentira es siempre nociva y pésima escuela social. Enseguida porque constituye una bofetada en el rostro para todos los que creemos que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro Salvador, el Santo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Los hombres se indignan cuando alguien se refiere en forma irrespetuosa a su madre, y ¿nos vamos a quedar impasibles cuando se ofende a Cristo? Finalmente, porque los chilenos, creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, vivimos en un país cuyas raíces se hunden en la fe cristiana y somos deudores, por tanto, de respeto hacia quien es la figura central del cristianismo, aparte de ser, aun para los no creyentes, una de las cumbres de la humanidad. ¡Pobre país si, so capa de «libertad», se permite injuriar impunemente a Quien constituye elemento insustituible de nuestra identidad! ¿O acaso es ésta una exigencia de la así llamada «modernidad»?

Aplaudo como católico, como cristiano y como chileno, la decisión de la Corte de Apelaciones de Santiago de impedir la exhibición del mencionado filme, y celebro que la Corte Suprema haya confirmado esta resolución.

Ignoro el contenido del proyecto de ley que eliminaría toda censura en aras de las «libertades culturales”, de modo que no puedo pronunciarme sobre sus disposiciones concretas, pero si dicho proyecto autoriza cualquier tipo de uso de los medios de comunicación social, incluso aquellos que ofendieran los derechos de las personas a ser respetadas en sus convicciones de fe, se estaría abriendo una brecha cuyas consecuencias serían incalculables. Peor que el peor de los índices de smog.

El Concilio Vaticano II señala como criterio que las libertades no se restrinjan sino cuando sea necesario y en la medida que lo sea. Esta afirmación incluye la de la legitimidad de ciertos controles y al mismo tiempo un llamado de atención acerca de sus posibles excesos.

— El mismo tema de las «libertades culturales» y de la «madurez» para optar por sí mismo en un país que recuperó su democracia y que se acerca al desarrollo en lo material, se subrayaatraviesa el discurso político en orden a justificar la aprobación del divorcio. A este respecto, como usted sabe, se aprobó la idea de legislar y en la comisión parlamentaria correspondiente se avanza con premura en el tema. ¿Quisiera decir algo al respecto?

— Sobre el tema del divorcio vincular que se pretende introducir en la legislación chilena, creo que es poco lo que se puede agregar. Al respecto existen pronunciamientos Claros del Santo Padre, de organismos de la Santa Sede, de la Conferencia Episcopal de Chile y del Cardenal Arzobispo de Santiago. Creo que dicha ley, si llegara a promulgarse, sería un gran daño para el bien común del país. Resulta sorprendente que haya personas que se confiesan católicas y que presten apoyo a dicha iniciativa, contrariando las enseñanzas claras de los legítimos pastores de la Iglesia, del Papa y de los Obispos. Mala señal y hay que tomar nota de ella.

— Se ha repetido innumerables veces cuánto pesa en la inclinación cultural que adopta la opinión publica el impacto que producen los medios de comunicación.
Reflexiones expuestas recientemente en «L’Osservatore Romano» por el Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Monseñor Tarcisio Bertone S.D.B., hablan de la necesidad de formar una opinión pública de acuerdo con la identidad católica, que no dependa de la opinión laicista que se refleja en los medios de comunicación social. ¿No es ésta también una necesidad en América Latina y en Chile?

— La importancia de los medios de comunicación social es grande y el Papa instó a los Obispos en la Conferencia de Santo Domingo a que la Iglesia los empleara ampliamente. Hay ejemplos notables de medios de comunicación que no sólo pertenecen, como propiedad, a la Iglesia, sino que reconocen como vocación propia y como identidad la de ser instrumentos de evangelización explícita. Esos medios deben calificarse como «apostólicos» y, según la información que me ha llegado, tienen muy alto nivel de audiencia o de telespectadores. Naturalmente un medio de comunicación de ese tipo no puede identificarse con ningún partido político, ni mucho menos ponerse a su servicio: lo que interesa es que transmita el pensamiento claro del magisterio y el patrimonio doctrinal de la Iglesia. Esa tarea no es sólo de Obispos, sacerdotes y diáconos, sino de todo hijo de la Iglesia, a condición, por cierto, de poseer una buena formación. Pienso que el campo de los medios de comunicación debe ser una preocupación prioritaria de la Iglesia y creo que esta idea está ganando terreno. No hay que tener miedo de hablar de Dios y de las cosas de Dios; hay que hacerlo bien, pero sin complejos, y es claro que los comienzos pueden estar lejos de la perfección técnica: «quien no se arriesga, no pasa el río…».

—Las lecturas de la liturgia de Semana Santa traen siempre a la memoria de los fieles la imagen de María Magdalena derramando un ungüento precioso y perfumado a los pies del Señor. El tema tiene directa relación con el esplendor de la liturgia católica, tantas veces olvidado por interpretaciones simplistas o ideológicas de la reforma litúrgica. ¿Cómo ve Ud. esto desde su cargo de Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos?

—El tema del esplendor del culto se presta a malentendidos. La historia de la Iglesia contiene no pocas lecciones al respecto y valdría la pena analizarlas y meditarlas. El problema tiene condicionamientos culturales muy variados. Hay factores de sensibilidad, de gusto, de estética, de educación e incluso de espiritualidad. Los juicios históricos pueden ser falseados cuando los hechos de una época son juzgados desde la perspectiva de otros tiempos y de otro entorno cultural. Incluso en un mismo lugar pueden darse sensibilidades muy diferentes con respecto a ciertos elementos del culto; como no es posible crear modelos para cada sensibilidad, hay que educar a un respeto hacia sensibilidades que no son las nuestras y que pueden ser, sin embargo, perfectamente legítimas.

Dicho lo anterior creo que se podría decir que un criterio justo consiste en obtener que los elementos materiales del culto sean, hoy día, simultáneamente de buen gusto, bellos, atrayentes y expresivos, y, por otra parte, sobrios, dotados de una noble simplicidad, sin excesos ornamentales, sin rebuscamiento, sin empleo de materiales excesivamente costosos. Hay que hacer gastos, incluso importantes, en los edificios y elementos destinados al culto, pero creo que debería evitarse —en el contexto de la pobreza de tantos hermanos, en todo el mundo— lo que pudiera ser interpretado como ostentación, prestigio o innecesario recargo. Por otra parte, estoy convencido de que los Pobres aprecian y aprueban la belleza de los templos y de los ornamentos litúrgicos, pero la belleza no es sinónimo de lujo. En todo caso hay que tener un criterio sano y no ceder a la tentación «iconoclasta» de destruir todas las expresiones ornamentales de tiempos pasados, porque no pocas de ellas constituyen un patrimonio artístico que no es legítimo despreciar y que sería un gran error cultural hacer desaparecer. Es cierto que también hoy día se producen elementos de poco gusto e incluso sin valor estético. Producir un elemento de culto verdaderamente artístico implica no sólo una capacidad estética afinada, sino también el conocimiento de los signos y de la teología de la celebración litúrgica. En ausencia de esta segunda condición se puede llegar a resultados bastante imaginativos y subjetivos, pero sin «mensaje» espiritual. Tengo siempre presente la teología oriental de los iconos, en la que la «creatividad» es muy limitada, la sujeción a los cánones tradicionales es muy fuerte, y los resultados son de una intensidad espiritual incomparable. Una disquisición sobre el arte religioso nos llevaría muy lejos, pero creo que el tema merece atención y también «educación». Conozco hermosas realizaciones modernas de arte religioso, pero he visto también obras en las que «lo religioso» no pasa de ser «un tema», como podría serlo uno de la mitología, pero sin calor espiritual, sin mensaje, sin evocación de lo invisible. En cuanto a la construcción de templos pienso que un criterio importante es el de compartir los recursos, de modo que no resulte que se edifique un templo magnífico y con materiales innecesariamente caros, mientras otras comunidades se quedan sin poder contar con un templo ni siquiera modesto.

—El Cardenal Arzobispo de Bruselas, Godfried Danneels, ha escrito: «Antaño el derecho canónico y las rúbricas lo dominaban todo… Hoy sucede lo contrario: es la liturgia la que nos debe obedecer y someterse a nuestras temáticas, hasta tal punto que a veces parece un meeting o un happening». El Cardenal Ratzinger por su parte ha advertido, en una importante conferencia pronunciada en Guadalajara, México, que “tras la tendencia racionalista y puritana de los setenta y de los ochenta, hoy se siente el cansancio de la pura liturgia hablada y se desea una liturgia vivencial que no tarda en acercarse a las tendencias del New Age». ¿Tiene usted un parecer crítico semejante?

—La celebración litúrgica es un arte y como tal tiene necesariamente muchos elementos que se entrecruzan: los signos litúrgicos, la palabra de Dios y su explicación homilética, las imágenes, el canto, la participación del pueblo de Dios y los momentos de silencio. La liturgia es alabanza y culto de Dios y a la vez una eficaz pedagogía. No es algo puramente humano, ni se la puede “construir” a base de elementos puramente sociológicos: es una acción de Cristo y de su Cuerpo que es la Iglesia. Y es una acción profundamente armónica, y por lo mismo intensamente bella. La belleza de la liturgia es como un eco de la belleza primigenia de Dios. Ahora bien, la belleza es inseparable de la contemplación y la contemplación necesita una atmósfera de silencio. Una celebración litúrgica no es un concierto, ni una asamblea deliberante, ni una reunión en la que se expone el programa de un grupo de personas. Es un momento en el que Dios habla por medio de palabras y de signos, y a quien los fieles escuchan con espíritu reverente, deseosos de recibir los dones de lo alto. En la liturgia es Dios quien habla primero y es Él quien mueve, por medio de su Espíritu, a los fieles a responder con un gran sí al designio de salvación que viene de lo alto y que toma forma en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. La Iglesia debe velar siempre a fin de que la santa liturgia no se desnaturalice y no pierda su carácter sagrado. Hay que cuidar las celebraciones de modo que no se banalicen y conserven intacto, por el contrario, su vigor espiritual, su capacidad de introducir a los hombres en el misterio de Dios, en el ámbito de lo inexpresable y de las realidades que no se ven con los ojos de la carne pero que son perceptibles para una visión de fe. La liturgia es, como dice el Concilio Vaticano II, la cumbre de la vida de la Iglesia. Es un «quehacer» esencial de la comunidad creyente. Como todo «quehacer», hay que hacerlo bien y corregirlo cuando se realiza mal, con sabiduría, con paciencia y con perseverancia. No hay que extrañarse de que su realización no sea siempre perfecta, pero sí hay que esforzarse para que llegue a ser lo más perfecta posible.

—¿Cree ser tarea posible, una recuperación de la reforma litúrgica de los abusos que de ella se han hecho, para hacerla plenamente fiel a la tradición de la Iglesia y a los lineamientos de la Constitución Sacrosantum Concilium?

— Esta pregunta está, en parte, contestada al fin de mi respuesta anterior. En la iglesia hay varias tradiciones litúrgicas, es decir varias “familias” litúrgicas. La nuestra, la latina, y dentro de ella la romana, es una. Pero todas las tradiciones litúrgicas tienen valores comunes y características que nacen de una misma raíz: la virtud de la religión, que es la voluntad estable de expresar a Dios, a través de los actos del culto, la ofrenda de nuestras propias vidas a su honor y gloria. Los actos exteriores de culto tienen como fundamento la actitud interior de orientar toda la vida a Dios. Si no existe la actitud interior, el culto externo se hace vacío y no grato a Dios. Por eso la renovación litúrgica
—prefiero la palabra «renovación» a la de «reforma»—, necesita una permanente formación en el espíritu interior. Los solos cambios exteriores —que pueden ser justificados y convenientes— no son suficientes para una verdadera renovación litúrgica: necesitan ser explicados a fin de que se perciba su sentido profundo, y, sobre todo, necesitan ser «vividos» en espíritu de adoración y reverencia hacia Dios.

—‹¿Qué relación debe establecerse entre la liturgia bien observada y vivida, y la fe del pueblo de Dios?

—La liturgia asume la vida cotidiana integrándola en la ofrenda que de sí mismo hace Jesucristo al Padre: nunca deberíamos hacer algo, fuera del templo, que no pudiéramos ofrecerlo a Dios o que no pudiera ser mirado por El con ojos gratos. Por otra parte, la gracia de Dios, que nos llega vigorosamente a través de los actos litúrgicos, y muy especialmente a través de los sacramentos, es una energía purificadora que nos va permitiendo realizar cada vez mejor nuestro quehacer cotidiano, haciendo de él un continuado acto de amor a Dios y de amoroso servicio a los hombres. La liturgia es inseparable de la vida, debe estar marcada por un profundo sentido de unidad. Para que cada instante de la vida sea culto de Dios, para eso el Señor nos da la posibilidad de celebrar el culto litúrgico, resumen y vitalización de lo cotidiano, no por una especie de esfuerzo conceptual, sino por el poder de Cristo glorioso y por la fuerza transformadora del Espíritu Santo. Por eso el pueblo cristiano tiene un instinto sobrenatural que lo hace apreciar y valorar las celebraciones litúrgicas, y especialmente la Santa Misa. Para el hombre de fe la participación en la celebración eucarística cada domingo no es sólo el cumplimiento de un precepto, sino una necesidad del alma, una expresión amorosa de la búsqueda de Dios y de nuestra consagración a Él.

—¿Qué importancia atribuye al desarrollo de la liturgia en orden a las relaciones ecuménicas, especialmente con los ortodoxos?

— Todos los cristianos celebran expresiones comunitarias del culto a Dios, aunque con marcadas diferencias. En las comunidades nacidas de la reforma protestante hay una menor sensibilidad a los signos, quizás como consecuencia de su postura negativa frente a la calidad sacerdotal de los ministros de la Iglesia y a la naturaleza sacrificial de la celebración eucarística. En esas comunidades, sobre todo en las de tipo congregacionalista, el culto se centra en el anuncio de la Palabra de Dios y en los cánticos de la asamblea. El esfuerzo del Concilio Vaticano II por destacar el papel de la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas no puede sino tener un eco favorable en las comunidades evangélicas. Con las iglesias ortodoxas (en el sentido amplio de la palabra, es decir incluyendo no sólo a las iglesias bizantinas, sino también a las precalcedonianas) nos une una concepción básicamente común de la sagrada liturgia, aunque las formas orientales han conservado un mayor esplendor de los signos. En muchas naciones ortodoxas fue la liturgia la única expresión de fe relativamente permitida bajo la persecución marxista. Las liturgias orientales —a las que pertenecen también no pocas comunidades católicas— destacan por su profunda expresión religiosa y por la conciencia de la acción de Dios a través de la celebración. Son valores que deben estar presentes en toda celebración auténticamente cristiana. Promover el auténtico sentido del culto de Dios y corregir eventuales abusos, son tareas que tienen un carácter de permanencia según las circunstancias pastorales de tiempos y lugares, y en esas tareas corresponde una particular responsabilidad a los obispos, secundados por sus presbíteros y diáconos.