Presentación del libro «Desde el corazón de la Iglesia» del cardenal Fernando Chomali

El acto tuvo lugar el pasado 17 de diciembre en el auditorio del Arzobispado de Santiago, ubicado en Plaza de Armas.

Señor Cardenal, Sr. Nuncio, Sr. Ministro de Relaciones Exteriores, autoridades y amigos:

Después de un lustro en que la tormenta hizo que la Providencia inspirase a la Santa Iglesia para Chile el camino del gran santo de Asis (“Oh Señor, hazme un instrumento de tu paz”) -silencio no siempre comprendido por todos, pero sacrificio necesario y hasta expiatorio- parecen llegados tiempos en que, sin abandonar el esfuerzo anterior, comienzan a oirse los ecos y las urgencias de nuestro siempre presente San Alberto Hurtado.

Agradezco al autor la honrosa oportunidad que me ofrece de presentar su libro, que ha titulado sugestivamente “Desde el corazón de la Iglesia”, páginas que he leído con gozo y avidez, en los pocos días desde que me entregaron un ejemplar. Tratamos hoy de un texto que, a pesar de la profundidad de sus temáticas, se deja leer con facilidad, agrado y rapidez.

Ello tiene también su explicación. El Cardenal y Arzobispo de Santiago, Fernando Chomalí, es ingeniero titulado en la Universidad Católica, en 1981, tres años antes de irse al Seminario Pontificio de Santiago (por una decisión marcada con mucha fuerza interior en su alma, ha relatado). Tiene así la mente ordenada y sistemática del ingeniero, la cual propende a facilitar las cosas. Pero con el tiempo, y sobre todo desde que fue nombrado obispo por Benedicto XVI, el año 2006, y más aún durante su estancia en Concepción como arzobispo de esa arquidiócesis, con sede en esa segunda capital de Chile, comenzamos a conocer más, y públicamente, de una vocación artística suya, que antes, hasta cierto punto, más bien guardaba en reserva. Comenzamos así a saber de exposiciones fotográficas y de su creación poética, que venía de tiempo, pero no se conocía.

Es claro, se nota a leerle -y el Cardenal mismo se ha encargado de explicarlo, aunque sea con otras palabras- que el trascendental pulchrum, la belleza, es un camino fuerte para él en la intelección de la verdad. El Doctor común, Santo Tomás de Aquino, a quien el Cardenal ciertamente ha estudiado, nos enseñó sobre la interacción y reversibilidad del bonum, el verum y el pulchrum (el bien, la verdad y la belleza). Y ello está latente en la argumentación que desarrolla nuestro autor, incluso sobre las cuestiones de mayor connotación contingente, donde no tiene pudor de elevar la vara, con lenguaje llano y muy entendible, a aquel espacio siempre necesario de tener en vista al razonar. “Llegó la hora en que se integre lo ético y lo estético para darle sentido a una sociedad que no parece muy feliz”, declara meses atrás nuestro arzobispo en entrevista a una importante revista internacional.

Si ello dice de la amenidad y amable claridad de su escritura, he reparado en seguida en el título del libro, que pone en castellano aquel mismo que usó en latín una conocida Exhortación apostólica de San Juan Pablo II, en lo cual creo adivinar dos cosas, además de su razón de ser conceptual:

Una cosa, que la “Ex corde Ecclesia”, proclamada el 15 de agosto de 1990, ocho meses antes de recibir el padre Fernando Chomali su ordenación -a pocos metros de aquí, en la catedral de Santiago, por el recordado Cardenal Carlos Oviedo- es un documento que ha resonado en el corazón de su quehacer sacerdotal y episcopal, esto a lo largo de todos sus ya casi 35 años de vida consagrada, lo que no es un asunto menor, mas en el que me excuso de extenderme, pues corro el riesgo de transformar la presentación de estas páginas en la de una biografía, cosa para la que no fui invitado ni estoy autorizado.

Otra (la segunda de estas cosas), es que en este libro miscelánico -que reúne columnas y cartas escritas para la prensa, entrevistas, meditaciones, documentos y homilías (entre ellas la primera como Cardenal en el tradicional Tedeum de Fiestas Patrias, que invito por su actualidad e importancia a releer) – algo que se descubre desde un primer momento de su lectura, es cuan a fondo ha calado en el pensamiento del autor -en su forma mentis me atrevería con respeto a decir- el excepcionalmente rico magisterio de esos tres grandes Papas bajo cuyo pontificado la Providencia quiso, primero llamarlo, luego encausarlo y por fin pedirle también empuñar el cayado: Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco.

Es muy de destacarse la resonancia, en los escritos del Cardenal Chomali, por ejemplo, de la antropología teológica de Karol Wojtyla, cuyo pensamiento ha asimilado profundamente. Es recurrente asimismo en sus textos, en línea con Benedicto XVI, su magisterio en general y su famoso discurso de Ratisbona en septiembre de 2006, que el autor subraye, con palabras propias, la primacía que enfatizó ese Papa del “Logos” sobre el “ethos”, y su reiteración de que razón y fe no antagonizan, sino que se complementan. Leemos, por su parte, sobre la vital necesidad de subir del fenómeno al fundamento -uno de los títulos de la “Fides et ratio” de Juan Pablo II- como también que el nivel de la “praxis” -la técnica y las ciencias experimentales- no debe sobreponerse ni menos atropellar el pensamiento que fluye de ciencias superiores como la teología y la filosofía, disciplina ésta cuya importancia no deja nunca de ponderar.

Sumando y restando, Fernando Chomalí es un autor original y con definido pensamiento -y sobre todo un pastor- cuyo arte y talento creativo presta un gran servicio en introducir, de cara a los problemas que hace presente el ya avanzado siglo XXI, el magisterio legado al mundo por esos tres gigantescos pontífices que hemos recordado, durante los cuales, como dijimos, siente él el llamado, se encauza y por fin recibe el cayado.

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Antes de hacer un desglose de tan sólo algunas de las numerosas temáticas que aparecen en este libro y de esbozar algún comentario sobre ellas o respecto a la ilación que enseñan, voy a incurrir en la tentación de citar unas líneas del n.105 de la encíclica Laudato si’, del Papa Francisco -que presentó en la Universidad Católica, el expresidente Ricardo Lagos, un estadista laico, que calificó este documento papal como la “Rerum novarum del siglo XXI”- lo que muestra de paso, que no estamos tan lejos unos de otros. Lo hago porque me pareció que dichas palabras destacan muy bien las disyuntivas antropológicas ante las cuales se ve nuestro pastor y respecto a las cuales argumenta en estas páginas.

Dice el Papa Francisco, glosando y citando aquí el famoso libro de Romano Guardini, “El fin del mundo moderno”: [1]

“Existe una tendencia a creer que todo aumento de poder significa “un aumento del ‘progreso’ mismo”, un avance en “seguridad, utilidad, bienestar y vigor; …una asimilación de nuevos valores en la corriente de la cultura”, (R.Guardini: The end of the Modern World) como si la realidad, la bondad y la verdad fluyeran automáticamente del poder tecnológico y económico como tal. El hecho es que “el hombre contemporáneo no ha sido entrenado para usar bien el poder”,(Ibíd) porque nuestro inmenso desarrollo tecnológico no ha sido acompañado por un desarrollo en la responsabilidad, los valores y la conciencia humana. Cada época tiende a tener solo una escasa conciencia de sus propias limitaciones. Es posible que no comprendamos la gravedad de los desafíos que ahora tenemos ante nosotros. “El riesgo crece día a día de que el hombre no use su poder como debería”; en efecto, “el poder nunca se considera en términos de la responsabilidad de la elección que es inherente a la libertad” ya que sus “únicas normas se toman de la supuesta necesidad, ya sea de la utilidad o de la seguridad”. (Ibíd) Pero los seres humanos no son completamente autónomos. Nuestra libertad se desvanece cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo y de la violencia. En este sentido, nos encontramos desnudos y expuestos ante nuestro poder cada vez mayor, sin los medios para controlarlo. Tenemos ciertos mecanismos superficiales, pero no podemos afirmar tener una ética sólida, una cultura y una espiritualidad verdaderamente capaces de establecer límites y enseñar autocontrol con lucidez.”, señala el Papa Francisco.

“A los católicos y a los hombres de buena voluntad les recomiendo que lean el Magisterio de los Pontífices”, recomienda el Cardenal Chomalí al convidar a una buenas vacaciones en este 2025 que termina, y tiene, como vemos en el párrafo anterior, toda la razón. Así hacían muchos hombres que tuvieron grandes responsabilidades de Estado en décadas pasadas, como le consta a algunos de los presentes en la sala. Frente a la contracultura del facilísimo y de la superficialidad -como si muy simplemente “la verdad y la bondad fluyeran del poder tecnológico” (Francisco)- urge abrir el alma para trabajar por la “amplitud del Logos” (Benedicto).

Pues, es inútil, y “no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar”. (LS. n. 123).

Es, digo yo, el gran tema del relativismo ético, que a partir del siglo pasado y del desmoronamiento de los bloque ideológicos -y como si ya no existiese o tuviese valor la conciencia- se pretende subsanar por vía de la judialización, que lo abraza todo.

La banalización y la infantilización del horizonte de la público, muestra el autor, va de la mano no sólo de aquel “relativismo ético”, sino, y más, de un supuesto ontológico, como suele él mismo apuntar. Hans Urs von Balthasar, a quien Joseph Ratzinger calificó como la persona más ilustrada que conoció en su vida, enunció lo propio con estos términos: (Lo que hoy se vive) “es como si al hombre moderno le hubiera sido cortada una amarra, de forma que ya no pudiera correr más hacia la antigua meta, como si le hubieran cortado las alas, como si se hubiera atrofiado en él el órgano espiritual para la trascendencia. ¿Dónde está el origen de todo ésto?” [2], se pregunta. Las muchas reflexiones y aportes del autor buscan, por aquí y por allá, darnos respuesta. No podemos referirnos a todas, sería sobrepasarnos en el tiempo, pero sí detenernos en el enunciado de algunos problemas, además de las ya referidos, que ponen de relieve esta situación.

Veamos pues algo, si bien no de cómo aconseja actuar en cada ocasión, a cristianos y hombres de buena voluntad, en los diferentes ámbitos críticos (para ello deberíamos adquirir el libro) – y que como buen lector de buena poesía resume citando Santa Teresa de Ávila, cuando dice que nos hallamos “hartos de todo y llenos de nada” – sí recordemos cómo y principalmente y en qué sentido duele al pastor de esta grey, que no se haya llegado a comprender que la afinidad ontológica de nuestra naturaleza no está en la dirección de los bienes materiales.

Uno, a propósito del objetivo clima de emergencia que se ha ido creando; dos, ante los magnos problemas de la educación, que son mundiales (vale la pena releer la Carta de Benedicto XVI en 2008 a las familias romanas sobre la “emergencia educativa”); tres, ante la descomposición del tejido social que se advierte en forma creciente; cuatro, ante el problema de la migración, que obliga a actuar con prudencia y caridad, considerando todas sus aristas; cinco, ante el contraste doloroso y preocupante entre la baja natalidad y el envejecimiento de la población; seis, ante la nefasta asimilación de la “cleptocracia” y de la globalizada indiferencia por el otro; siete, ante la grave crisis de la familia, reflejada en la tasa muy superior de nacimientos fuera del matrimonio, en la reluctancia de los jóvenes a casarse, en el crecimiento de los índices de divorcio; ocho, a la equivocada concepción del desarrollo -cuantas veces en años pasados escuchamos ese mantra: “estamos a un tris de alcanzar el desarrollo”- en circunstancias que éste consiste en algo que está mucho más allá del poder y los números…

Cuando visitó Chile en 1988 ese gran amigo de Juan Pablo II que fue el escritor y académico francés André Frossard, dijo en una entrevista con el canal de la PUCV: “ustedes tienen aquí la cordillera y el mar que los protegen, ¡enhorabuena! No miren el “ethos” del mundo desarrollado, pues se hundirán con él”.

Frente a todo ello, el Cardenal arzobispo es porfiado en plantear el horizonte de la ESPERANZA. “La búsqueda de aquello que sacia y se percibe como posible”, dice. Mientras nos recuerda y convoca a no deprimirnos con aquello de que Chile es un país “que se cae a pedazos”. Y ahí están las pruebas para alentar nuestros corazones: la PIEDAD POPULAR, que moviliza a millones de personas a nuestros santuarios; la inmensa a ininterrumpida obra social y educacional de nuestra Iglesia; y last but not least, la resiliencia que muestra nuestra democracia desafiada por avatares mayores y que particularmente se expresa en el orden y regularidad de elecciones como la que acabamos de vivir.

Notas

[1] Romano Guardini escribió su libro “El fin del mundo moderno” (Der Tod des modernen Menschen) a inicios de la década de los cincuenta, aunque se difundió editorialmente sobre todo a partir de 1956. Analiza al “hombre masa” y los desafíos de la fe tras la devastación de la 2a Guerra Mundial.

[2] Communion.20 (1991), 3