Jaime Antúnez Aldunate

Introducción Crónica de las ideas: Para comprender un fin de siglo

Más que de un proyecto previamente delineado, el presente libro nace de un acaso.

En efecto, dada la instante solicitud de muchos lectores del suplemento cultural de El Mercurio –Artes y Letras- en el sentido de que se reeditasen en forma de cuaderno o libro diversas materias que han aparecido en esas páginas dominicales, y dadas las complicaciones que en esa dirección surgen de los acuerdos sobre derechos estipulados con distintos autores o con sus representantes, hubo quien pensara, como procedimiento inicial, en algo más simple. Así, por ejemplo, en publicar aquellas entrevistas sostenidas por el editor de dichas páginas con algunas grandes figuras de la cultura contemporánea que, en forma regular u ocasional, vienen comunicándose a través de ese medio –Artes y Letras- con los lectores chilenos.

El material reunido en estos últimos siete años resultaba abundante. Puestos a seleccionar lo más significativo –esto es aquello que dice referencia a los hechos e ideas del tiempo más que a lo anecdótico personal- quedó reducido a cuarenta y dos coloquios, entrevistas o mesas redondas, en las cuales toman parte cuarenta y tres representativas figuras de la cultura de nuestros días, en Chile y sobre todo en el extranjero.

Faltaba, sin embargo, saber qué orden darles para tornar el todo y las partes lo más explicables posible al lector. Espontáneamente surgía de la relectura el que se tiene ahora ante la vista. Su natural y no buscada unidad nos sugería entonces el título: Crónica de las ideas, al cual Vintila Horia, dándole al prólogo el título que a él le sugería esta compilación, añadía, sin quererlo el epígrafe: Para comprender un fin de siglo.

“Crónica de las ideas” ofrece, por tanto, a sus interesados una doble lectura. Primero la de cada entrevista individualizada o la de partes de ellas que pueden ser de alguna utilidad específica, tarea para la cual servirá de ayuda un Índice de Materias cuidadosamente elaborado. Segundo, la de su arquitectura, en cuyo recorrido, guiado por inteligencias de primera línea en cada una de las materias que se abordan, el lector podrá detectar el verdadero flujo que llevan las ideas en este fin de siglo, entre oscuridades y sobresaltos naturalmente, cuando aún no exhala su último suspiro la así llamada cultura de los sesenta.

A pesar de encontrarnos lejos de un tratado escolástico fundado en demostraciones apodícticas, creo con todo que se está en condiciones de afirmar que del presente libro se desprenden, siempre en claroscuros, conclusiones positivas y que autorizan un sano optimismo. Vargas Llosa y Octavio Paz –las más altas expresiones de la cultura literaria latinoamericana en condiciones de expresarse con independencia acerca de la realidad contemporánea- calan hondo en las ataduras de su pasado “sesentista”, pero desprenden de allí una crítica esperanzadora. Pierre Chaunu y Paul Johnson, dos cumbres de la historiografía europea actual en dos países en que acostumbra darse buen pensamiento histórico, Francia e Inglaterra, describen con nitidez el proceso de vaciamiento de los valores en que cae la modernidad, pero atisban el camino por donde se recuperan, como el de esa libertad, por ejemplo, que “se aprende como la ley, sobre las rodillas de una madre, en el seno del hogar, en la plaza de un municipio”, según el primero. Asimismo René Huyghe, máxima figura en la historia e interpretación del arte, quien concluye con fundamento que no existe en nuestros días ni un Manet ni un Goya, pero que desde la noche que refleja la creación artística contemporánea, vislumbra la aurora. Lo cual empalma con lo que nos propone a través de la logoterapia su creador, Viktor Frankl, cuya estatura científica no desmerece en absoluto la fama que dieran a Viena como centro de estudio psiquiátrico Freud y Adler, sólo que esta vez más que con la fama… Y Frossard, el amigo de Juan Pablo II –como antes Maritain y Guitton de Juan XXIII y Paulo VI- quien, después de dibujarnos los eclipses de las civilizaciones más altas, nos muestra el molde de sus reintegraciones, y con el afecto que despertara Chile en la visita que nos hiciera, sugiere la originalidad de nuestras vías. Y los cardenales Ratzinger y López Trujillo junto a teólogos del nivel de Cottier, Cafarra y Ocariz… Y los filósofos, Fabro –más insustituible en el tomismo moderno que Gilson y Maritain-, Pieper y el joven Alvira… Y Alexandre Zinoviev, de parte de las sufridas inteligencias del Este… Y algo de lo que dicen los chilenos Mario Góngora, Rafael Gandolfo y otros…

La presente secuencia de ideas de nuestro tiempo nos induce, por fin, a pensar en su relación con otros diversos ámbitos de la existencia. Viene, pues, a cuento repasar aquí lo que también durante su visita a Chile se interesó en recordarnos André Frossard a propósito de la interdependencia en que están la espiritualidad, la cultura y la política. Es la espiritualidad la que comanda a la cultura, que inconscientemente busca siempre atrapar sus logros y categorías; mientras que es la cultura la que ejerce su imperio sobre la política aun cuando ésta pretenda desconocerlo, y ello a tal punto que las guerras civiles no tienen otra explicación que el alejamiento que puede sufrir el orbe político del sentir común afincado en cierto orden de ideas. Los ejemplos históricos son muchos y hasta, a veces, muy cercanos.

Así pues, in vanum laboraverunt podría repetirse con el salmista si acaso los políticos no atienden a las ideas dominantes en las mejores inteligencias de su tiempo. Los posibles éxitos de un momento se transformarán a medio o largo plazo en la ruina de sus tiendas. Otro tanto sucederá con el consenso y el diálogo, dos categorías tan necesarias en la vida política, en el más amplio sentido de la expresión. En vano se reclamará su ausencia si acaso quienes actúan en el foro pretenden buscarla en la esfera de la “política-política”, con presidencia de lo que discurre en la cultura de su tiempo.