*Con ocasión del relanzamiento del libro “El Comienzo de la Historia – Impresiones y Reflexiones sobre Rusia y Europa Central”, tuvo lugar en el Instituto Cultural de Providencia un animado y sustancioso debate.
*Se transcriben aquí, de su versión magnetofónica, las palabras que pronunció en la ocasión Don Bernardino Piñera Carvallo. Ocuparon la mesa, además de Don Bernardino, los profesores Olga Ulianova, Francisco Orrego Vicuña y Jaime Antúnez, editor de Artes y Letras y autor del libro en cuestión.
Intervención de don Bernardino Piñera:
[Monseñor Bernardino Piñera Carvallo (1915 – 2020), obispo de La Serena, Secretario de la Conferencia Episcopal, miembro de número de la Academia de Medicina del Instituto de Chile.]
“Yo he leído casi paralelamente con el libro de Jaime Antúnez, que tengo aquí, el de Luis Corvalán, titulado “El derrumbe del poder soviético”. Ambos autores son chilenos y ambos tratan más o menos el mismo tema. Sin embargo, los dos libros son muy diferentes y en cierta manera se iluminan mutuamente, se complementan y se justifican el uno por el otro. El libro de Corvalán lo he leído con interés. El autor ha pertenecido al Partido Comunista chileno durante más de sesenta años y ha sido Secretario General, o sea, la máxima autoridad de su partido durante más de treinta años. Además, viajó muchas veces a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y ha permanecido en ella durante varios años, precisamente los que precedieron el derrumbe que analiza en su libro. Su testimonio es el de un autor lejano, pero muy comprometido en el drama que él expone. El libro lo he leído, además, con simpatía, porque no hay en él una sola palabra de odio o rencor, ni siquiera de frustración. Se advierte dolor, sí, pero un dolor sereno. Corvalán no culpa a nadie, trata de entender lo que pasó y de exponerlo y explicarlo en forma desapasionada, casi fría, y él no pierde la fe en la causa abrazada en su adolescencia y tampoco las esperanzas en el futuro.
“Pero hay en su libro un gran ausente y es el hombre. Hay discursos de jerarcas soviéticos, acuerdos tomados en congresos, análisis, discusiones, decisiones; pero todo parece abstracto, académico, exangüe, diría yo. No se ve al hombre, no se ve al jerarca ni al militante ni al ciudadano común y corriente. Hay ideas, pero no se oye el latido de ningún corazón humano. Pareciera que los cientos de millones de hombres que formaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, los que habitaban los países de Europa Oriental y Central o los que militaban en los partidos comunistas del mundo entero fueran seres abstractos, manejados por circulares o por consignas, no hombres y mujeres de carne, sangre y alma, con anhelos, con pasiones, con esperanzas, con inquietudes. Y es allí donde uno aprecia el valor del libro de Jaime Antúnez.
“Él es ajeno al mundo marxista, y crítico de la ideología marxista, y sin embargo, o tal vez por eso mismo, en una corta estada en el lugar de los sucesos que él narra, descubre al hombre, conversa con universitarios, con funcionarios, con Popes y monjes, con científicos, literatos y artistas; nos transmite estados de ánimo, esperanzados o depresivos; nos hace sentir el rumor de las muchedumbres y escuchar testimonios íntimos, que nos revelan un pueblo semejante a nosotros, el ser humano que persiste tras un implacable experimento de ingeniería social, que duró 70 años y que aflora hoy día confuso, inseguro, pero vivo, compartiendo nuestras mismas ansias y temores, nuestras esperanzas y nuestros desalientos.
“Esto es a mi juicio, el primer mérito del libro de Jaime Antúnez. No nos habla, como lo hace Corvalán, de ideologías abstractas o de políticas en el papel; nos habla del hombre y de la mujer rusos, polacos, checos o húngaros de hoy, y reconocemos en ellos, vivos y concretos, a hombres y mujeres como nosotros, a hermanos.
“Un segundo mérito del libro de Jaime Antúnez es el punto de vista en que se ubica para juzgar lo que él ve. No es la actitud habitual del Occidente frente al Oriente o del primer mundo frente al segundo o del mundo capitalista frente al mundo socialista. Casi diría que el Occidente sale tan mal parado como el Oriente. Jaime Antúnez asume un punto de vista independiente y crítico frente ambos mundos culturales, el punto de vista del cristiano, que pocas veces se expresa con la claridad y con la intensidad con que lo hace el autor. Y esto le permite constatar las reservas espirituales y éticas del mundo que comienza su historia y contrastarlas con la decadencia espiritual y moral de la cultura, que aún a veces se llama cultura cristiana occidental; le permite constatar también los destrozos producidos por una cultura atea en la conciencia de los pueblos de Oriente y de Occidente.
“El libro, en definitiva, es esperanzador, y es su tercer mérito: muestra la impotencia de las filosofías políticas para transformar al ser humano en sus capas profundas; muestra la fuerza persistente de la fe religiosa, pese a todas las dificultades, porque el hombre la necesita y la desea, porque lleva en sí la huella del Dios que lo creó, y expresa un gran anhelo, que el Occidente no contamine a un Oriente que se abre hacia él, que lo deje buscar su propio camino en la fidelidad a sus tradiciones ancestrales y a su índole religiosa y mística.”
