ENTREVISTAS
Pedro Morandé

Redescubrir la sintonía con la Fe

En el Palacio de San Calixto, cercano a la Iglesia Santa María en el Trastevere, se reunieron en enero de 1990, sesenta laicos relacionados al mundo de la cultura. Entre ellos, un chileno, Pedro Morandé, sociólogo, recién nombrado prorrector de la Pontificia Universidad Católica. Anteriormente había participado en algunas reuniones “camino a Puebla” y en el Sínodo que en 1987 trató el rol de los laicos en el mundo actual. A su regreso de Roma, pocas semanas después de haber asumido su nuevo cargo en la Universidad Católica, Artes y Letras de El Mercurio se acercó a Pedro Morandé, un hombre que intenta conciliar sus responsabilidades profesionales con su experiencia cristiana. Su inquietud en torno a la relación entre ciencia y fe lo llevó a estudiar la religiosidad popular, tema recogido posteriormente por la reunión de Puebla, donde por primera vez, casi desde la Independencia, se reivindica expresamente el valor de estas manifestaciones. La evangelización de la cultura ha sido también objeto de sus preocupaciones, asunto central en el magisterio de Juan Pablo II y del cual la sociología no puede ser indiferente. 

Sobre estas y otras perspectivas conversó con Christiane Raczyinski en términos previamente estudiados en conjunto con el autor de este libro.

La sociología es un saber en torno al cual se han desarrollado en Chile, y no sólo aquí, hondas discusiones. ¿Cuál es el origen de estas discusiones? ¿Hay alguna confusión en cuanto al rol del diálogo?

-Pienso que fue una orientación de la sociología misma. Ella tuvo un enfoque preferentemente positivista, como disciplina que apoyaba al proceso de modernización. Y ahí entró naturalmente en un cierto conflicto con la tradición religiosa y especialmente la de los pueblos latinoamericanos y también de Europa Oriental. Se pensaba durante la década de los 50 y comienzos del 60 que las creencias religiosas eran un obstáculo para el desarrollo. Todavía estaba muy divulgada la tesis del sociólogo Max Weber sobre la influencia del calvinismo y de la ética protestante en el desarrollo. Se ha interpretado esto “contrario sensu”, cosa que Weber no dijo jamás, que los países con tradición católica serían mucho más atrasados y tendrían una especie de obstáculo estructural para desarrollarse y modernizarse.

Así, la sociología entró en conflicto con las tradiciones culturales nacionales y católicas. Creo que todavía se mantiene esa tendencia secularizante, pero hay otro sector de la sociología que, a partir de esta discusión, abrió los ojos hacia las realidades culturales de cada uno de los pueblos. Yo claramente pertenezco a esta segunda corriente.

Pedro Morandé fue director de la Escuela de Sociología de la Universidad Católica, entidad que reabrió este año 1990 su pregrado y en donde, revisando lineamientos, se fortalecerá toda la formación básica y se pondrá claridad sobre cuál es la tradición de la Iglesia en la antropología. Por otra parte, se intentará inculcar un gran amor a la tradición cultural de nuestra propia sociedad. “Espero que no tengamos como egresados sociólogos militantes del modernismo o antirreligiosos, sino profesionales que sepan ser respetuosos. Nadie les exige que como científicos tengan fe, pero que sepan respetar la presencia cristiana, la tradición cristiana de nuestro pueblo”, confiesa el académico.

-Usted integra desde este año el Comité Internacional de Científicos y Hombres de Cultura. ¿Cómo funciona este grupo, qué influencia tiene y cómo es su conexión con el Pontificio Consejo para la Cultura, que preside en cardenal Poupard?

-El Pontificio Consejo de la Cultura fue creado por el Papa actual, Juan Pablo II, después de su discurso ante la Unesco. En la presidencia del Pontificio Consejo está el cardenal Poupard, asesorado por otros dos cardenales. El secretario es el padre Hervé Carrière. Y al lado de este praesidium hay un consejo internacional formado por laicos de todas partes. Yo pertenezco a ese consejo. Su objetivo es mantener al Santo Padre y a la Santa Sede informados de lo que ocurre en los distintos ámbitos geográficos respecto de la cultura.

-Uno de los temas centrales de la reunión efectuada en enero de este año fueron los cambios en Europa Central y del Este y sus consecuencias para la cultura católica. Sobre este tema, ¿cuáles son los temores y las esperanzas que se manifestaron?

-Primero, las esperanzas. Son inmensas. En primer lugar porque se ha confirmado la posición de la Santa Sede, y especialmente la permanente insistencia del Santo Padre en exigir la libertad religiosa como la base de todas las demás libertades. Los hechos han ido confirmando la enorme trascendencia que tiene la libertad religiosa. En segundo lugar, también se ve con mucha esperanza el que toda la vida de la Iglesia en Europa Oriental sea conocida por Occidente. Indirectamente nosotros sabemos a través del Santo Padre lo que es Polonia: una Iglesia con una vida muy intensa, en algunos casos; en la mayor parte de los casos, perseguida. Normalmente en las iglesias perseguidas surge una vitalidad mucho más grande. Todo eso ahora está en el primer plano y podemos aprender mucho de las iglesias de Europa Oriental.

Del lado de los temores, pienso que hay algunos concretos. En muchos de esos países por razones de persecución no hubo suficiente formación en los seminarios de sacerdotes y religiosas. Polonia fue el único país en que prácticamente se siguió formando sacerdotes plenamente. Esas tierras, desde el punto de vista de los sacerdotes, son tierras de misioneros. Me he alegrado de saber que hay latinoamericanos, entre ellos incluso un chileno, me dijeron –pero no lo he podido comprobar- que ya habían partido a Rumania a hacer misiones.

El peligro más general es, sin embargo, el de la secularización de Occidente. Antes, la Cortina de Hierro de alguna manera hizo que rebotaran las tendencias secularistas de Europa Occidental. Ahora éstas tienen, en cierto sentido, el campo abierto. La Iglesia debe estar preparada para otra cosa, no para esto. A mí me lo dijo un polaco que me tocó conocer en el Sínodo sobre los laicos. Refiriéndose a los posibles efectos de la perestroika el año 87, afirmó: “En 35 años hemos aprendido a convivir con los comunistas y sabemos cuáles son los espacios que ellos ocupan y cuáles son los espacios que nosotros ocupamos. En cambio, para la televisión de Occidente, para la sociedad de consumo, no tenemos defensa ninguna. No estamos inmunizados contra eso”. Pienso que ése es el temor más grande para la Iglesia: que todo el fuete secularismo de Europa Occidental se traslade bajo la idea de libertad –de consumo, de elección, etc.- hacia Europa Central  y del Este.

-Este “caer de los muros” implica sin duda un renacer espiritual que en palabras de Juan Pablo II “ha formado un verdadero camino de luces hacia la libertad”. ¿Qué peligros engendra esto si no descubrimos el auténtico sentido de libertad?

-Exactamente. Puede ocasionar un peligro muy grande el que se identifique la libertad con la elección del consumo o con la pura libertad política y se pierda la noción de libertad como una experiencia del hombre integral, que es una experiencia exterior pero también interior. La libertad que nace de la verdad. Por eso me parece que la insistencia del Papa en la libertad de conciencia, en la libertad religiosa, como la base de todas las libertades, eso es lo que la Iglesia no debiera olvidar. La libertad de mercado, de movimiento, política, de organización, de presión, etc., es bien recibida. Pero en tanto no pierda su eje, que es la libertad religiosa. Pienso que en este sentido este Papa ha puesto unas señales muy claras, también para la Iglesia del futuro, en el sentido de definir la presencia de la Iglesia como una presencia pública, como una presencia objetiva para el mundo.

Dos grandes instituciones se han peleado la presencia pública desde el siglo XVIII. La gran insuficiencia de las ideologías es creer que el espacio público sólo lo ocupa el Estado o el mercado. Y si usted analiza los debates ideológicos nuestros de esta época, más o menos simplificado, por cierto, se reducen a esto: más Estado y menos mercado o más mercado y menos Estado.

El Papa no aceptó jamás quedar incluido en esta antinomia y por eso ha tenido problemas también con aquellos que piensan que la Iglesia se hace pública sólo por la vía de ocupar aparatos públicos o del Estado, o sólo por la vía del mercado. Pienso que la novedad de este pontificado es precisamente afirmar la presencia pública de la Iglesia independiente del Estado y del mercado, y eso es lo que llamamos la cultura. Por eso es importante la insistencia del Papa en la idea de la evangelización de la cultura. Muchas veces se entiende la cultura como una suerte de refinamiento de algunos grupos. La cultura no es sólo un deseo de reconciliarse con los artistas y con los literatos, sino que tiene unas dimensiones políticas y económicas muy importantes, porque en el fondo es ocupar el espacio público que corresponde a la libertad religiosa, a la libertad de conciencia, o sea, la libertad que se enfrenta o que se interroga desde la verdad.

-Cuando en Papa habla de la recuperación espiritual de Europa, y se refiere a Europa Occidental, concretamente, ¿está refiriéndose a la recuperación o al abandono de qué criterios antropológicos?

-El Papa ve con preocupación el abandono del espacio de libertad que surge de la verdad. Occidente es un ejemplo en cuanto a la libertad económica, de precio, sindical, de prensa, etc., pero hay cierta zona de la comprensión humana que no se transa en el mercado ni en los parlamentos. El Papa ha insistido siempre en eso, porque cuando no se respetan esas zonas vienen las tendencias proabortistas o proeutanasia, aunque vayan teniendo nombres más sofisticados. O sea, no se respeta la dignidad última del hombre, sino que sólo su comportamiento en el mercado y en el Estado.

-¿Dónde tienen su origen estas ideas?

-Desde el momento que el hombre pensó que podía autodeterminarse plenamente, de que él podía legislar no sólo sobre la convivencia social, sino que incluso hasta sobre la propia naturaleza, sobre su naturaleza. Eso llevó a que poco a poco las instituciones en que podía realizarse esa voluntad legislativa, que eran los parlamentos y las democracias estatales o de otro lado, en el ámbito privado la legislación económica, fueran ahogando las otras expresiones de la vida humana, que eran la familia, la comunidad, las organizaciones intermedias, etc. y, en última instancia, la persona misma. Se confunden individuo y persona, y eso en la tradición cristiana nunca ha sido así.

-El discurrir de algunos conocidos escritores y pensadores –Octavio Paz y Vargas Llosa, por nombrar dos latinoamericanos- que comulgaron en sus años iniciales de una visión socialista revolucionaria, sufrió en la última década una ruptura y una evolución. Sin embargo pareciera que a la hora de las propuestas no fueron más allá de situarse de nuevo en los orígenes de ese ciclo de pensamiento, esto es, en un racionalismo ilustrado.

-Comparto plenamente su visión. Tanto Octavio Paz como Vargas Llosa, aunque conozco más el pensamiento del primero, son muy agudos en el momento de la crítica. Destapan muchos fantasmas, desatan muchos mitos. Pero no basta el momento de la crítica. Cuando llega la hora de la propuesta, reeditan las mismas cosas que ellos critican. En ese sentido pienso que la postura de la Iglesia actual, y digo actual desde el Vaticano II en adelante, y especialmente apoyada por este Papa, de descubrir la dignidad suprema del hombre y no transarla con las discusiones ideológico-políticas, sino que ponerla como núcleo, como centro, me parece que es una novedad para la discusión de la época. No es novedad en el sentido de que la Iglesia siempre lo ha planteado, pero es una propuesta nueva o renovada actualmente. En el ámbito de las ideologías no hay alternativas, y eso es un poco el drama, me parece a mí, cultural de esta época. Vivimos el derrumbe de las ideologías, el escepticismo frente a las ideologías. Se destruyó el mito de la revolución, y la pregunta es: bueno, ¿y qué queda a cambio? Porque los vacíos culturales se llenan, siempre se llenan con algo; los vacíos de poder también; no pueden existir. ¿Y quién va a ocupar este vacío dejado por el mito de la revolución? Es la pregunta central de esta época.

¿Hasta qué punto la democracia también se puede convertir en un nuevo mito, si es que no parte de una visión antropológica correcta?  

-Yo pienso que en los países en que se han discutido las leyes del aborto, por ejemplo, ha quedado en evidencia claramente lo que usted señala, o sea, cómo la democracia puede, a nombre de la mayoría y a nombre de la legitimidad de la voluntad popular, aprobar leyes que objetivamente promueven el asesinato o la muerte. Cuando se pierden las bases antropológicas de la dignidad humana, la democracia puede transformarse también en un fetiche para el poder, sin otra orientación que el poder mismo.

El desafío cultural es cómo llenar este vacío dejado por los mitos de la revolución, cuando no se tiene una base antropológica suficiente. Algunos han querido llenar este mito simplemente con la palabra modernización y entonces la modernización se transforma en el fetiche. Pero sabemos que la modernización cuando no tiene una base antropológica también conduce al nihilismo, a la autodestrucción, a la evasión. Pienso que de modo providencial el Concilio fue convocado en una época en que ya se vislumbraban todos estos cambios que ahora estamos viviendo, con más claridad. Dio una orientación fundamental. No es casualidad que la primera encíclica de este Papa sea “Redentor del hombre”, Cristo redentor del hombre. Es su encíclica programa. 

-¿Las malinterpretaciones del Concilio se deben también a que usamos categorías falsas en relación a éste, y no entendemos lo que fue?

-Sí. Categorías preconciliares para juzgar el Concilio. Pienso que la mayor parte de las interpretaciones falsas son ideológicas, o sea, juzgar el Concilio como progresista o tradicionalista. Así tampoco se entiende a este Papa. En materia de doctrina social se lo encuentra progresista y en materia de derecho a la vida y de la regulación de los nacimientos, se lo encuentra tradicionalista. En gran parte la prensa ha tenido la culpa al reflejar la imagen de un falso conflicto. El verdadero conflicto que el Papa nos muestra es la libertad que nace de la verdad frente a la libertad que nace de la conveniencia, del éxito o del poder.

Otro de los temas tratados en Roma fue el V Centenario del Descubrimiento de América, a celebrarse en 1992. El Santo Padre ya anunció que convocará la Cuarta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano para 1992, en Santo Domingo. La organización estará a cargo de la CAL (Comisión Episcopal para América Latina), que preside el cardenal Gantin, y monseñor Cipriano Calderón, como secretario ejecutivo. Tanto monseñor Gantin como monseñor Calderón fueron a Roma a Exponer ante el Consejo los temas centrales de esta conferencia: la nueva evangelización y la cultura de América Latina.

-El año pasado, en entrevista con Artes y Letras de El Mercurio, el profesor Luciano Pereña, de la cátedra del Quinto Centenario de la Universidad de Salamanca, España planteó que existía un cierto “secuestro” del Quinto Centenario, y afirmó que la leyenda negra en su edición 1990, siglo XX, tenía como fondo un ataque a la Iglesia, ya sea a través del ataque a España, ya a través del ataque al sistema económico. Usted planteó una cosa bastante semejante en cuanto al olvido del Barroco o del mestizaje a principios del siglo.

-Así es. Comparto plenamente la afirmación del profesor Pereña, porque la Iglesia ha hecho un gran descubrimiento. En Puebla, la Iglesia latinoamericana por primera vez habló de que América Latina era una cultura de sustrato católico. Por efecto de la ideología ilustrada creíamos que fueron los estados nacionales los que habían formado nuestros pueblos. El Estado chileno o la chilenidad, el Estado argentino o la argentinidad, y así. Como consecuencia, nuestra “historia patria” llega hacia a atrás, hasta la constitución del Estado nacional, ahí están nuestros padres de la patria. Con esta visión se olvidan casi tres siglos de la formación de nuestros pueblos, los siglos anteriores al Estado nacional. La Conferencia de Puebla al hablar del sustrato católico recordó a nuestros pueblos que su historia no comienza con los Estados nacionales y que, por lo tanto, hay un criterio de interpretación de la memoria histórica, de la conciencia nacional, que no está vinculada al Estado. Y eso es lo que permite realmente que podamos hablar de la sociedad y del Estado como dos cosas independientes. La confusión puede derivar en una visión totalitaria: la idea de que la sociedad la hace el Estado. Por lo tanto, lo que está en juego aquí no es sólo una cuestión de la Iglesia. Ella nunca ha pedido un protagonismo especial y sabe también que el sufrimiento la hace crecer y no la aniquila. La Iglesia está luchando por descubrir a través de su propia historicidad en América Latina la existencia de los pueblos latinoamericanos, de las tradiciones culturales que no se forman con el período liberal de los Estados nacionales, sino que son anteriores.

Eso es lo que yo, para darle un nombre aunque sé que a veces es muy objetado, llamo Barroco, porque corresponde a ese período de síntesis entre el sacramento y la Palabra, entre el ritual y la Palabra, entre las tradiciones de la doctrina y las tradiciones mayoritarias del culto, que logró integrar tradiciones indígenas, tradiciones africanas, en América, y una enorme religiosidad popular europea. El olvido del Barroco en el fondo no es algo que dañe sólo a la Iglesia, sino que a nuestros propios pueblos latinoamericanos. Lo he formulado de una manera provocativa con la siguiente frase: “La Iglesia es la única institución que puede reconstruir la historia de América Latina reconstruyendo su propia historia”. No existe otra institución en América Latina que sea capaz de tener una visión sobre toda la historia desde su propia presencia. El Estado no la tiene aunque hemos vivido en el equívoco de que nuestra historia comienza con el Estado Nacional. La Iglesia es parte de su memoria histórica y eso es lo que se ve en la religiosidad popular, despreciada por muchos, descalificada como superstición. A pesar de todo, la religiosidad popular se mantiene ininterrumpidamente desde los albores de la vida de nuestra sociedad. Toda la influencia de los Estados nacionales por controlar la religiosidad popular, o por usarla, ha sido un fracaso.

-Como en el caso de México, donde durante décadas en que la Iglesia no ha sido reconocida, la religiosidad popular ha mantenido la fe viva.

-Ahí tiene usted un caso extremo. El noventa y tanto por ciento de la población es católica, sin embargo viven en una estructura y un aparato estatal que niega la presencia del catolicismo.

El Quinto Centenario yo creo que es capaz de mostrar cómo este hilo de la catolicidad es mucho más profundo que las definiciones institucionales. Por eso es que le tienen miedo algunas instituciones como el Partido Revolucionario Institucional (PRI), por ejemplo. El miedo no es miedo a un asunto de mayorías o minorías, sino que a descubrir que existe una historia distinta a la que cuenta él. El mismo Octavio Paz lo ha reconocido en su crítica al Museo Antropológico, al afirmar que es una historia contada para legitimar el poder del partido gobernante. Yo pienso que en América Latina, con Puebla o desde Puebla y hacia el Quinto Aniversario, está dada esa independencia radical de la Iglesia frente al poder de turno de cualquier signo que sea y, por lo tanto, es una compañía cierta para la marcha de los pueblos latinoamericanos. Por eso es que se la combate. La leyenda negra es una lucha contemporánea sobre la significación del pasado.

-¿Se han adoptado algunos pasos concretos en ese sentido para preparar el Quinto Centenario?

-Pienso que se están haciendo varias cosas muy valiosas. La mayor parte de ellas controvertidas porque la discusión no ha terminado. Algunas abiertamente hablan de no celebrar en Quinto Centenario, de que es una desgracia, que habría que celebrar el once y no el doce de octubre, porque es el último día de la libertad de los pueblos indígenas. Por otra parte hay una discusión a nivel de los intelectuales católicos y no católicos, clarificando el sentido de una interpretación histórica sobre la presencia de la Iglesia. Hay esfuerzos en ese sentido. Aquí mismo en la Universidad Católica me encargaron preparar una meditación sobre el Quinto Centenario para fijar algunos puntos de orientación. Pero también se comienzan a preparar en todos los ámbitos de la Iglesia, o sea, a nivel de la catequesis, a nivel de los movimientos, a nivel de la pastoral familiar, de la pastoral de los laicos, es decir, de todas las áreas más especializadas se está tomando conciencia de la significación de esa fecha y haciendo los análisis que corresponden y teniendo como marco el discurso del Papa en octubre del 84, cuando vino a Santo Domingo y dio inicio al novenario del descubrimiento.

Los problemas de la Iglesia africana también estuvieron presentes en Roma. Ahí el tema de evangelización de la cultura es de particular importancia. Pedro Morandé pudo comprobar que para la jerarquía de ese continente el ejemplo de Puebla es muy importante, ya que la evangelización de la cultura allá presenta dos aspectos. Primero, la convivencia en situación de minoría cristiana con grandes tradiciones culturales, y especialmente con el Islam e innumerables grupos étnicos, algunos en estado todavía tribal o semitribal, en vías de formar Estados nacionales. En los momentos en que están en un proceso de superación de las influenciaS ancestrales surge ahí el interrogante que también se plantea en América Latina, pero allá de una manera más dramática, sobre lo que significa inculturar la fe. ¿Hasta qué punto la fe se puede adaptar a una cultura, porque si bien llega a todas las culturas es un criterio de juicio frente a las culturas? No puede haber una adaptación pasiva de la fe a las culturas existentes. La pregunta es cómo discernir en qué momento la fe implica un juicio incluso contra la tradición, y en qué punto la fe, en cambio, asume la tradición y la proyecta.

La situación de la Iglesia africana es muy compleja tanto frente a sus tradiciones ancestrales como frente al problema social y de desarrollo de sus países. Así lo explica Pedro Morandé:

-En esto hay que tener muy en cuenta el peso relativo de la población católica africana en el conjunto. En algunos casos son el tres por ciento, o sea, la presencia de la Iglesia no tiene un impacto como lo tiene en Europa o en América. Es una presencia modesta, pero que a la vez puede ir multiplicándose. Hay preocupación por los seminarios, por la vida religiosa, por la adaptación de la vida religiosa a estas situaciones y, también, yo creo que habría que decirlo, el temor de que el problema del desarrollo, de la miseria, de la pobreza, genere una politización o ideologización de la presencia de la Iglesia. Sería desastroso porque echaría por tierra todos los esfuerzos de implantación del cristianismo en una Iglesia que es joven, pero que es pujante y en una sociedad con mucha riqueza cultural. La tentación de ir a las ideologías es muy cierta; el vanguardismo es un camino aparentemente más corto, pero en lugar de profundizar el enraizamiento, termina por enajenar.   

-En cuanto a la Universidad Católica, al asumir el cargo de prorrector, ¿cuál es el desafío concreto que se ha planteado usted? ¿Se ha fijado metas que la diferenciarían de otras instituciones similares, ya sea estatales o privadas?

-Pienso justamente que la Universidad Católica, por eso acepté con gusto este encargo, puede comenzar a vivir una etapa de profundización cada vez más grande de su identidad católica. Eso es algo que quedó muy claro durante la celebración de los cien años de esta casa de estudios. El año 88 tuvimos esa celebración y cuando uno celebra cien años descubre el peso de quienes lo han antecedido. Pienso que creó una atmósfera, una situación tal, que hace factibles esfuerzos tendientes a recuperar la identidad católica de la Universidad como un servicio no sólo a la comunidad universitaria misma y a sus estudiantes, sino también como un servicio o una inserción en todo este panorama de la Iglesia en América Latina y del Quinto Aniversario. La Iglesia latinoamericana en general está pensando en recuperar sus instituciones católicas. Durante un tiempo le pareció mejor dejarlas a su propia suerte, de que no fueran confesionales, influida tal vez por la tesis del cristianismo “anónimo”; esa idea de que hay que ser cristiano sin que se note. Pienso que aquí hay un punto clave que va a definir el rumbo futuro. Muchos creen que la universidad pertenece a la comunidad académica. En el caso de las universidades católicas eso es parcialmente así, porque la universidad por el hecho de ser católica, y ésta con mayor razón, pontificia, no sólo se pertenece a sí misma, digamos a sus académicos, sino que ha recibido un encargo y, por lo tanto, le pertenece a la Iglesia. Formamos parte de una misión que no la damos nosotros mismos, sino que nos viene dada por la Iglesia. Cumplir la voluntad de la Iglesia para nosotros es algo esencial. La vinculación con la Iglesia es fundamental para nosotros, porque recibimos la misión de educar, de formar personas de la Iglesia. Eso tiene que traducirse concretamente en los temas que tratamos, en el estilo de nuestra presencia pública, de nuestros debates, de nuestra extensión y educación. Si puedo colaborar con esa línea, la de pasar del simple argumento de calidad al de identidad, me sentiría satisfecho.

-¿O sea que quedó superado el dilema de si educar es evangelizar?

-Claro. El problema es el siguiente: la educación es un proceso de encuentro de personas, estudiantes que se relacionan con maestros. Si uno definiera el educar simplemente como el transmitir información, aparentemente fuera de enseñar la Doctrina Cristiana no habría otra cosa que hacer. Pero, tratándose de un encuentro de personas, de un encuentro que suscita en el estudiante la pregunta por la verdad, por su libertad, no por la libertad jurídica o económica, sino que por esta libertad de conciencia, hay ahí claramente la posibilidad de darle el sello de la Iglesia. El última instancia, lo que la Iglesia hace cuando dice que evangelizar es suscitar en cada hombre su propia libertad, su propio descubrimiento de la verdad.

-Hace años, en una entrevista al rector Juan de Dios Vial Correa, él habló de una demanda ética tanto de parte de los profesores como de los alumnos. ¿Significa esto que se agotaron las éticas del éxito y del consenso?

-Creo que agotamiento no. 

Pienso que a través de esta ética del consenso o de los valores consensuales, o compartidos, en el fondo los cristianos comenzaron a darse cuenta de que se les estaba escapando algo esencial de la experiencia cristiana. Ojalá pudiera decir que la ética del consenso se agotó. Creo que no y de hecho varias de estas discusiones que han dado en Europa sobre el aborto, sobre el feminismo, pronto los vamos a tener reeditadas entre nosotros. La inquietud en torno a la ética surge más que por un agotamiento, por una percepción del peligro más grande a nivel mundial, de olvidar el sujeto, de pensar que bastan ciertas reglas del juego. Nosotros como educadores cristianos ponemos el acento más bien en el valor absoluto de cada persona concreta, de lo particular y, por tanto, no es el consenso lo que nos deja tranquilos. Lo único que nos puede dejar tranquilos es que cada persona descubra o se enfrente a la verdad y que en ese enfrentamiento descubra su propia libertad. Creo que esa es la exigencia ética en este momento.

Yo le decía que en el mundo moderno se han disputado el espacio público el Estado y el mercado, y que ahora aparecía otra vez en el horizonte la Iglesia, a través de la idea de la cultura, ocupando un espacio distinto del Estado y del mercado. Creo que esto tiene su contraparte en la exigencia ética. En la época del dominio del Estado tuvimos una ética del deber; la ética kantiana del imperativo categórico es una típica ética del Estado. Después, en las sociedades donde triunfa el mercado, tenemos una ética de los valores. Y entonces aparece siendo bueno o positivo el consumo de los valores. Pienso que a la propuesta de evangelización de la cultura corresponde una ética de la gratuidad de la entrega, del sacrificio, del abandono. Es decir, ya no de los valores sino de la propia persona que se entrega al servicio de otro. Esto está detrás de la experiencia polaca, de la palabra “Solidaridad”. No es una ética de los valores de la solidaridad sino una entrega de uno mismo y, por lo tanto, es un nuevo paso en la formulación de la ética cristiana. No hay que revivir una ética de los valores, sino que una ética de la responsabilidad humana y de compartir un destino común. Creo que ésa es la línea que se da ahora.

-En todos estos procesos de cambio aquí mencionados la figura del Papa ha sido clave. ¿Cuál es su experiencia personal con Juan Pablo II?

-Yo he tenido la oportunidad de conversar con él, pero tal vez más importante que eso, he leído muchos de sus escritos aun antes de ser Papa, cuando participaba en la escuela filosófica de Lublin. Hay en él una propuesta filosófica e intelectual nueva, claramente posconciliar en el sentido cronológico. La propuesta de una antropología especialmente en el tema de la libertad humana que recoge la tradición de la Iglesia, la tradición tomista; pero la presenta o la expone ante los desafíos de la filosofía actual. En ese sentido el Papa no sólo me parece una persona santa, inspirada en su magisterio pontificio, sino que además un gran intelectual. Un pensador que logró sintetizar de una manera muy particular el valor de la tradición con la novedad de los desafíos actuales.

Para finalizar, el prorrector de la Pontificia Universidad Católica de Chile recalca que es importante entender que no se puede comprender a este Papa y a la Iglesia de hoy con criterios puramente ideológicos, de progresismo o modernismo versus tradicionalismo.

-Deberían estudiar lo que está pasando ahora en Europa a la luz del magisterio de este Papa. Se darían cuenta de que muchas de las categorizaciones que hizo la ideología caen ahora por su propio peso. Y en ese sentido yo recomiendo vivamente la relectura o lectura de la encíclica “Apóstoles eslavos” sobre Cirilo y Metodio, que toca la base de lo que está ocurriendo en Europa Central. Ellos lograron poner en conexión la fe de la Iglesia con la tradición de los pueblos eslavos. Yo creo que en América Latina, guardando las proporciones y distancia, el problema del Quinto Centenario es el mismo: redescubrir la sintonía que hay entre la fe de la Iglesia y la tradición de nuestros pueblos. Una fe contra la tradición o contra lo que el pueblo ha creído no tiene sentido. Pienso que haríamos bien en realizar un esfuerzo de redescubrir nuestros propios testigos de la historia de estos cinco siglos. Cada comunidad debiera ponerse como tarea buscar la memoria de sí misma, en el fondo, de quienes la llamaron a la vida a través de distintas mediaciones. La Iglesia no ha sido jamás triunfalista –salvo que tiene la esperanza de la victoria final de Cristo- sino que intenta vincular la fe con la sabiduría popular. En ese sentido, todas estas visiones que dicen no miremos el pasado, hay que mirar el futuro, demos vuelta la página, hagamos borrón y cuenta nueva, son visiones voluntaristas, que están lejos de descubrir la huella de Dios, descubren la propia huella. Y la Iglesia está atenta a la huella de Dios y no a la huella propia.

Como decía el fundador de un movimiento apostólico que hay en Chile: “El cristiano debe estar con el oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo”. Creo que esa combinación de la fe y de la memoria de la tradición es lo básico. Gran parte de lo que está viviendo Europa Central se debe a esa actitud que nació de la Iglesia polaca y que el Papa en un momento dado de la historia, cuando llega a Roma, lo universaliza y, sobre todo, da testimonio personal de ello.