ENTREVISTAS
Hans Georg Gadamer

Maestro y testigo de su tiempo

Con 89 años, Gadamer ha hecho el recorrido completo de la sustanciosa vida filosófica alemana de este siglo. Retirado ya de su cátedra, vive sin embargo aún en la medieval y universitaria ciudad de Heidelberg, a orillas del río Neckar, un importante afluente del Rhin. Es en su seminario en la propia Universidad donde le encuentro; son las seis de la tarde de marzo de 1989; llueve con frío y una bruma hace poco clara la vista de los árboles aledaños al legendario y sinuoso río que se divisa en el bajo. Dicha inclemencia no es, empero, impedimento para que Gadamer esté todavía a esa hora metido allí en sus libros…

Conoce en nuestro continente Colombia, Venezuela y Argentina. No obstante habla mucho de Chile y tuvo en su vida muchos discípulos chilenos a los que recuerda con afecto.

La conversación se inicia espontáneamente con una sumaria mirada retrospectiva a la centuria que le tocó vivir:

-Mirando hacia atrás el comienzo de este siglo y mi juventud, observo evidentemente los cambios que han ocurrido. El mundo ya no es sólo Europa.

La Primera Guerra Mundial fue básicamente una guerra europea, con un impacto decisivo de los Estados Unidos, ciertamente, aun cuando no de carácter cultural. Al final de la guerra, cuando comencé mis estudios, empezábamos a percatarnos de que algo estaba cambiando en el mundo. Luego vino esa tremenda depresión y el fenómeno nacionalista en Alemania y también Francia. El nacionalismo en Alemania fue una reacción frente al intento de dominio francés de Europa después de la Primera Guerra Mundial. Luego, vino el triunfo de Hitler y su derrota. Y nos vimos encerrados. Hasta los cincuenta años, mi biografía intelectual fue de corte alemán, sin poder ir más allá de los límites de mi país y mi idioma. Podía hablar francés, porque en algunas escuelas alemanas se aprendía bien, y tenía también, por supuesto, un buen latín, pero nadie hablaba latín o griego, de manera que nunca empleaba estas lenguas.

Luego comencé mis actividades aquí, tras mi primera experiencia en Alemania Oriental, con la administración rusa y en el marco de una reconstrucción apoyada en la unión forzosa de los partidos socialistas, como se decía. Cuando inicié mi experiencia acá, me di cuenta de que estábamos un poco adormecidos, que no nos dábamos cuenta del significado de esta Segunda Guerra Mundial y de los cambios en relación a la supremacía de Alemania en la cultura europea. Empecé aquí en Heidelberg la tarea de reconstrucción. En la universidad, durante los primeros años no había muchas posibilidades, porque todos los esfuerzos iban dirigidos al campo económico. Las universidades ya no eran lo que habían sido antes. Desde el punto de vista intelectual, comencé a darme cuenta de la existencia de un mundo nuevo que buscaba sus propios medios de comunicación, en el cual se requería una cierta habilidad para comprender el horizonte de los demás. Es lo que se llama hermenéutica, el arte de comprender. Esa fue mi especialidad en la filosofía. Estudié la filosofía griega, la filosofía clásica, y parte de mis escritos está enteramente dedicada a la filosofía griega, pero el aspecto más universal de mi pensamiento pasa por la hermenéutica. En esto, mi mayor motivación arranca del hecho de que pienso que el futuro requerirá una nueva forma de comprensión entre las grandes culturas, tales como la asiática, la hindú, la latina y la anglosajona. 

-Es sabido que en un momento dado usted descubre la importancia de la cultura griega. ¿Podría explicarnos cómo fue esa aparición de la cultura griega en su horizonte intelectual?

-Es difícil no haberse entusiasmado por la filosofía griega en Alemania, porque a comienzo de siglo las escuelas eran de corte más bien humanístico, y de niños leíamos a Homero, Platón y la tragedia. Lo que interesa es más bien por qué me especialicé tanto en la filosofía griega. Bueno, yo la aprendí principalmente a raíz de mi encuentro con Heidegger.

-Cómo fue su encuentro con Heidegger?

-Yo era doctor en filosofía cuando lo conocí por primera vez. Sin embargo, el impacto decisivo en mi vida se produjo con la enseñanza de Heidegger, especialmente sobre Aristóteles, al cual no había sido capaz de leer como un contemporáneo antes de recibir las lecciones de Heidegger. La Retórica, la Psicología y la Ética eran tan importantes como la Física y la Metafísica. Y Heidegger me introdujo en ese mundo. Ahora bien, en el trasfondo de ese gran entusiasmo por la filosofía griega había también una sensación de que los tiempos modernos comenzaban a entrar en una época de nivelación y debilitamiento. Y la filosofía griega era un paradigma de la vida política, un verdadero modelo de solidaridad ciudadana y de una visión científica y filosófica del mundo, donde no predominaba el subjetivismo, el individualismo, sino el bien común de la gente.

-¿Tiene usted algo que decir sobre el libro escrito por un chileno, Víctor Farías, donde se acusa a Heidegger de connivencia con el nazismo?

-Es un libro muy mediocre. Escribí algo sobre él en francés. El autor tuvo el privilegio de tener contacto con los archivos de Alemania Oriental, por lo cual indagó en fuentes a las cuales no hay acceso; pero no es muy interesante desde el momento que se trata de materiales posteriores a 1934, después del triunfo de Hitler en Alemania. Todo eso no es decisivo, porque es evidente que Hitler atrajo al conservatismo para su revolución, para luego sofocarlo. Von Papen lo advirtió muy bien.

-De Heidegger –señala, retomando el hilo de la conversación- aprendí que cuando Aristóteles distingue entre los diferentes significados de las palabras, él se refiere al estilo empleado por la gente al hablar en las calles. Y esa influencia de la vida cotidiana era la fenomenología, el nuevo término que conocí con Husserl en Friburgo. 

-¿Trató usted con Husserl?

-Por supuesto. He conocido a todas las personas importantes en filosofía de este siglo.

En otra oportunidad Gadamer ha entregado una viva impresión personal sobre varios de los principales contemporáneos suyos en filosofía, a quienes conociera.

-Usted conoció la cultura griega en su infancia y luego con Heidegger la entendió como algo contemporáneo. En este sentido, ¿cree que el retorno de la cultura clásica en nuestros días sería positivo, y cree usted que llenaría un vacío?

-Yo diría que nada puede repetirse en la historia. Por consiguiente, no se trata de eso, sino de preguntarnos si podemos tal vez aprender a evitar algunos problemas reales de nuestra cultura y del futuro tratando de encontrar un equilibrio entre el progreso y la sabiduría de las instituciones. Para mí, en nuestra época se ha perdido el equilibrio entre los valores humanos y el poder del hombre. Y me parece que el recobrarlo constituye una tarea necesaria para la supervivencia de la humanidad.

Las expresiones de Gadamer son críticas respecto de lo que acontece hoy con el legado cultural de Europa. Es el tema de su libro “Das Erbe Europas”. Se expresa a este preciso respecto de la actual situación de Alemania en forma lapidaria:

-En el caso nuestro, yo diría que ya no tenemos la base cultural sobre la cual Europa hizo su grandeza.

-¿Cuál es en su opinión el rol de una ciencia humanista en una sociedad tecnocrática dominada por el conocimiento científico experimental? ¿Qué sentido tiene hablar del hombre en su contexto predominantemente cuantitativo?

-Ahí está, por supuesto, la idolatría de los tiempos modernos, la plegaria artificial, que es obviamente el último grito; pero nadie toma eso muy en serio, exceptuando muy pocas personas.

Conocemos las ciencias humanas. No es la ciencia lo que se necesita, sino las humanidades. Al hablar de ciencia, no se trata en este caso de la ciencia experimental, sino de las humanidades. 

Se refiere aquí Gadamer a las iniciativas de la Sociedad que él preside en Viena –Institut für die Wissenschaft vom Menschen- y las repercusiones que su apelo humanista recibe en Europa oriental. 

Nuestro entrevistado, al igual que sus pares Leszek Kolakowski y Robert Spaemann, participa en los encuentros que dicha Sociedad organiza en la sede papel de Castelgandolfo bianualmente. Cuando hablamos, preparaba su próxima ponencia para agosto de 1989, ocasión en la que el simposio versaría sobre “Europa y la sociedad civil”.

¿No le parece a usted que una de las tragedias de la vida universitaria moderna es el hecho de que la Filosofía y la Teología han sido seducidas por la fuerza y la eficacia de la ciencia experimental, por lo cual hay una tendencia a plantear los interrogantes y problemas –incluso del hombre- con las mismas fórmulas de la ciencia experimental?

-Bueno, yo diría que es una tragedia de la tendencia del mundo y no sólo de las universidades. Las universidades simplemente nos ilustran un poco sobre esta tendencia. Y la amenaza está en la ilusión de que todo puede medirse y construirse, que todo puede hacerse. Es también, en cierto modo, la tendencia política americana. No debemos olvidar que Danzig fue producto de la política americana, al igual que el Berlín de hoy día (hablamos en abril de 1989). Ellos son sumamente abstractos en su manera de construir y piensan que todo cuando puedan planificar es factible. Esa es, justamente, la tendencia que prevalece en este siglo. Nosotros, entretanto, no luchamos por hacer valer nuestro legado cultural frente a esta tendencia.

-Acabo de leer justamente a un profesor de una prestigiosa universidad norteamericana, Yale, que dice algo en esa dirección: “En la medida que las soluciones materiales involucran en su expansión a la red de la vida interior –elecciones morales, estéticas, políticas y religiosas- ¿no será que la técnica ha dejado de ser un auxiliar en la construcción y vida de los valores, sino que los influencia y hasta los crea”?

-Por supuesto, es una tendencia de nuestra civilización; pero yo no puedo creer que esa tendencia realmente pueda triunfar. Se producirán nuevas tensiones, no sólo con el Islam, que es tal vez la forma más evidente de demostrarnos que en esa tendencia utilitaria no está el futuro de la humanidad. Además de los musulmanes, también el eje hindú y el chino comenzarán a reavivar sus propias tradiciones. He conocido a muchas personas que vienen de China con esa preocupación.

-¿De las dos Chinas?

-Sí, de las dos Chinas, pero especialmente de la antigua China. Hay plena conciencia de que debemos enfrentar nuestra civilización con nuestra cultura, con nuestra cultura religiosa y estética, con la habilidad para escribir.

-¿Y cuál sería el camino que usted sugeriría para que recuperemos estos valores humanos, que en último término son los que están en peligro?

Creo que toda esa actividad propia de la industrialización y el progreso técnico producirá una reacción contraria, y ya se está tratando de llegar a un nuevo equilibrio. Creo que el futuro de la democracia será una oligarquía cultural. 

El profesor Gadamer me advierte que está cansado, que consagra todo el resto de sus energías a la conclusión de ciertos aspectos de su obra, y que la clarificación de estas intuiciones podría llevarle lejos. No obstante, se extiende algo en ello. Me habla de los Estados Unidos, donde a pesar del avanzado tecnologismo hay un impresionante rebrote de la vida cultural, que se expresa en grandes inversiones en universidades y museos, por ejemplo. Asimismo, de la situación actual de Rusia: cree que lo que acontece con Gorbachov es que éste se encuentra condicionado por la juventud de su país, que no puede aceptar el centralismo burocrático y trata de encontrar nuevos valores para la vida. Hace una apología de la cultura y raza latinas, en la que advierte virtudes de equilibrio y sentido común que echa de menos en su contexto. Me dice que en esto al filósofo y profesor no le corresponde sugerir sino describir las tendencias en curso y la configuración de las mismas. Y concluye reiterando:

-Tengo bastante certeza de que el porvenir va a depender del antagonismo entre estas dos tendencias, el progreso y la reacción cultural y, tal vez, también religiosa. Nadie puede saberlo.

Su aseveración me trae al recuerdo la observación hecha a mí tiempo atrás por el filósofo español Rafael Alvira y registrada en mi libro anterior correspondiente a la primera serie de Crónica de las Ideas: “Ahora viene la tercera gran época de la modernidad, que es la época, yo diría, postcatólica y postprotestante, si se puede hablar así, y que ha hecho que hoy día los mismo pensadores protestantes más señalados, como Gadamer, se hayan acercado al catolicismo, no especulativamente, sino en la línea práctica. Gadamer, por ejemplo, ha dicho que tiene razón Juan Pablo II, con el que se ha encontrado varias veces, cuando señala que el gran problema que tenemos ahora todos es el ateísmo. Es decir, la tercera época de la modernidad es cuando el proyecto protestante en la filosofía de la conciencia produce una filosofía del ateísmo. A partir del siglo XVIII lo produjo muy rápidamente, y sobre todo en el XIX y en el XX, como consecuencia”.

La conversación, entre varios otros comentarios esbozados ya desordenadamente, se extingue con los recuerdos traumáticos de la preguerra y de la colisión mundial. Gadamer me habla de la debilidad de la República de Weimar, de su incapacidad de resistir a Hitler y del no apoyo que ésta recibió de los intelectuales: “Nos educamos habituados a una vida ajena a la política, y la inteligencia y la cultura alemana se dio sin política, que se consideraba algo feo”, afirma. Pasa revista a los contrastes entre la Primera y la Segunda Guerra en la propia Alemania. Recuerda con dolor el entusiasmo de la juventud germana ante los primeros éxitos militares del Tercer Reich y la posterior abrumadora sensación de que todo no era más que una aventura terrible. 

Oscurece ya y nos retiramos por las mojadas calles de Heidelberg rumbo a la estación, un amigo y yo, con la impresión de habernos sumergido por dos intensas horas en las más vitales experiencias del siglo.