ENTREVISTAS
Cardenal Paul Poupard

La Política del Evangelio

Al igual que el Pontificio Consejo para la Familia, es en el hermoso palacio de San Calisto, construido después del Tratado de Letrán por Pío XI para alojar a la Curia Romana, que se ubica el Pontificio Consejo para la Cultura y el Secretariado para los No Creyentes. Las reparticiones ocupan un ala completa de este importante edificio que cubre toda una gran manzana del barrio conocido como Trastevere. En ella, provista de amplias y modernas oficinas, aulas de reuniones, archivos de documentación, atiende el cardenal Paul Poupard, bajo cuya tutela directa se encuentran las dos citadas dependencias vaticanas.

Francés de nacionalidad –originario de Anjou-, historiador y doctor en teología, rector del Instituto Católico de París hasta 1981, cuando fue trasladado a Roma, el cardenal Poupard es un hombre de cultura.

Su sintonía con la cultura francesa, como es natural, se hace notar apenas se ingresa a su despacho, decorado con hermosas acuarelas que le ha regalado su amigo, el escritor francés Jean Guitton, atributo artístico que desde luego desconocíamos en dicho autor.

El Cardenal comienza por contarnos cuáles fueron los objetivos del Santo Padre al fundar el Pontificio Consejo para la Cultura, en mayo de 1982. Ellos se expresan en carta del Papa al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Agostino Casaroli, donde formula algo que venía pensando desde el comienzo de su Pontificado: “El diálogo de la Iglesia con las culturas de nuestro tiempo, como campo vital donde se juega el destino del mundo en este ocaso del siglo XX” (cf. Boletín del C.P.C., Iglesia y Culturas, n. 1.).

-Hace tiempo, el escritor francés André Frossard nos señalaba que la verdad se encuentra hoy oscurecida por un general dominio del subjetivismo. Quizá si la única especie de seres consagrados a la objetividad, agregaba Frossard, sean los científicos. ¿En qué medida coincide V.E. con este diagnóstico, y en qué medida ese eventual apaciguamiento del amor por la verdad condiciona la vida cultural contemporánea?

-Creo que puede afirmarse que uno de los fenómenos más palpables hoy en día es este apagamiento del amor por la verdad. Pero no diría que los únicos seres consagrados al objetivismo son los científicos, ya que lo objetivo de su ciencia no escapa tampoco a lo subjetivo de sus aplicaciones. Baste con aludir al verdadero terror que algunos científicos, sobre todo en el campo tan actual de la biogénesis, aplican en sus descubrimientos científicos. Es el hombre como tal el que está hecho para la verdad según su misma contextura psico-anímica. Lo que sucede es que hoy más que nunca se ve solicitado por múltiples reclamos exteriores que lo llevan a confundir lo deseable con lo verdadero. Asistimos a una inversión de valores que oscurecen el universo de la objetividad. Y si se apaga el amor por la verdad, no puede menos que tambalear la cultura misma, que es el “humus” donde se hace el hombre.

-Desde el período de la Ilustración en adelante, llegando incluso hasta lo que se ha llamado “progresismo” católico, la cultura ha tendido a ser mostrada como patrimonio de espíritus “adultos”, capaces de algún modo de ponerse por encima de la moral. Las palabras pronunciadas por Su Santidad Juan Pablo II ante la Asamblea de la UNESCO: “No hay duda que la dimensión primaria y fundamental de la cultura es la sana moralidad: la cultura moral”, ¿deben ser entendidas en el contexto de una acción global desplegada por su pontificado en aras de recuperar al mundo cristiano del secularismo?

-Es éste uno de los equívocos más peligrosos de hoy. Acabo de aludir a la cultura en lo que tiene de más profundo y creador. La cultura en este sentido es el hombre mismo y no cabe duda que una de sus dimensiones innatas es la moralidad. El hombre es un ser llamado a la moralidad por su misma naturaleza, pero esta moralidad surge y crece en el contexto de una cultura determinada. La cultura no es privativa de gentes adultas ni especialmente dotadas. La cultura, en su sentido más profundo. Así como tampoco la sana moralidad es patrimonio de una elite especialmente desarrollada. De ahí que la moralidad se forme en la entraña misma de la cultura porque es una manera de ser, de expresar y de presentarse el hombre ante sí mismo y ante los demás.

-Entre los “imperativos” falsos de la cultura contemporánea, ¿cuáles apuntaría V.E. como los más dañinos? -Yo señalaría de entrada la desenfrenada carrera consumista, el hedonismo, la falsa y exacerbada secularización.

-Si como el Santo Padre ha señalado, “la dimensión primera y fundamental de la cultura es la sana moralidad”, ¿puede decirse que es la familia el primer agente de la cultura, y que es en el sentido de esta célula social que se apoya incluso la identidad de la nación, en cuanto el ser nación es también un vínculo de cultura?

-Uno de los fenómenos más típicos y deletéreos de nuestro tiempo es la desintegración de la familia. Y no cabe duda que la familia es el baluarte de la moralidad y de la cultura en lo que éstas tienen de innato y primigenio. La dispersión de que acabo de hablar, en la pregunta anterior, los conflictos generacionales y las múltiples y cada vez más variadas y desconexas solicitaciones del mundo externo son otros tantos factores que oscurecen el papel secular e imprescindible que la Iglesia atribuyó siempre a la familia. La familia es, en efecto, el “humus” de la cultura, no es algo yuxtapuesto a la persona sino fragua de personalidad y cultura. Una sociedad sin vínculos familiares bien trabados está llamada a la dispersión, y nada hay más contrario a esta dispersión que la cultura, que unifica y da identidad propia. Y hablo de dispersión como contrapuesto a diversidad. Las verdaderas culturas unifican y diversifican al mismo tiempo, pero no dispersan: dan un rostro definido, una identidad irrenunciable. Aparece cada vez más claramente que una sociedad fuerte no puede concebirse sin el núcleo fundamental de la misma, que es la familia, con lo que ésta implica de fondo cultural y de moralidad.

-Qué debe afirmarse frente a los que sostienen, incluso en sectores eclesiásticos, que la cultura es sobre todo una resultante de las relaciones de producción que prevalecen en una época determinada?

-Decir que la cultura depende de las “relaciones de producción”, expresión de cuño marxista como es sabido, no me parece feliz ni creo que pueda aplicarse al hecho cultural en su acepción más profunda. Y mucho menos a la Iglesia, en cuanto vivificadora de las diversas culturas. Ya sé que en ciertos sectores eclesiásticos se intenta aplicar las relaciones de producción incluso al dominio eclesial. Pero repito que no me parece exacto ni objetivo porque el mensaje de la Iglesia proviene de Cristo y no de la sociedad económica. El hombre, y por tanto su cultura, es mucho más que un mero resultado de relaciones de producción. Los mismos marxistas se dan cuenta hoy de que este encuadre es inoperante e inadecuado.

-¿Asigna V.E. un rol importante a la devoción mariana en el ser cultural de los pueblos latinoamericanos?

-Sin duda alguna. Es bien sabido que la devoción mariana forma parte de la idiosincrasia del pueblo latinoamericano. Yo diría que está tan entrañablemente unida a la vida de este pueblo que le da una fisonomía muy particular y la convierte en elemento inseparable de su contexto cultural. Evidentemente hablo de la devoción mariana bien entendida y purificada de imperfecciones y desviaciones así como de caricaturas. Aludamos de pasada a los intentos de evangelización de la religiosidad popular que se están haciendo en Latinoamérica. Aludamos a los numerosos santuarios marianos esparcidos por todo el suelo latinoamericano. Esta devoción mariana está profundamente enraizada en el cristianismo, más concretamente en el catolicismo. Pero este hecho no bastaría. Devoción mariana quiere decir fe profunda en la Encarnación del Verbo y en íntima conexión con la obra redentora de Cristo. Son todas las vivencias cristianas las que deberían vivificar la identidad latinoamericana para que su cultura no se tambalee ante solicitaciones externas de otros signos. Para ir a Jesús, vamos por María.

-A la luz de lo anteriormente hablado, ¿qué significado particularmente innovador podría señalarnos el festejo del V Centenario del descubrimiento de América?

-Es la ocasión más propicia para reavivar las raíces cristianas del pueblo latinoamericano. Una adecuada renovación y profundización en la fe harían sin duda alguna revigorizar la identidad cultural del pueblo latinoamericano, volver a sus orígenes integrando los elementos nuevos y positivos de la civilización actual en el acervo de la cultura latinoamericana. Los preparativos de tal celebración son prometedores, tanto por parte de los diversos estamentos civiles y religiosos como por parte del CELAM.

-¿Qué papel corresponde a los medios de comunicación como agentes de cultura? ¿Pueden éstos contentarse con vender información sin discernir una misión en cuanto formadores de aquellos valores que dan vida a la cultura?

-No cabe la menor duda que los medios de comunicación social son uno de los poderes fácticos más relevantes del mundo actual. Las numerosas respuestas que el Secretariado para los No Creyentes está recibiendo al cuestionario enviado a diversas entidades a nivel mundial sobre “Ideologías, mentalidades y fe cristiana”, nos lo confirma. Los medios de comunicación social tienen una función irremplazable en la sociedad, con la correspondiente e irrenunciable responsabilidad en el ámbito de la formación de la cultura. Los mass media forman cultura. Y digo que forman cultura por su papel no ya de “vendedores de noticias” sino de “inculturizadores” de las noticias ofrecidas. Espada de doble filo, de ahí su responsabilidad social y personal. En las manos de los mass media está hoy en día en gran parte el futuro cultural de los pueblos, por ser dichos mass media los que forman opinión, crean mentalidad y propagan ideologías más que cualquier otra instancia social y pública. Yo diría que es deber sagrado el que tienen de ser objetivos y conscientes de su cometido de creadores de cultura y por tanto modeladores de identidades y de personalidades.