Job, aquel personaje del Antiguo Testamento, sometido por Dios a grandes pruebas, ¿protagonista de un congreso de psiquiatría? Resulta tal vez difícil imaginarse esta situación en los tiempos que corren. Ella, sin embargo, se dio durante el II Simposio Internacional de Psiquiatría Antropológica que se efectuó en diciembre de 1986 en Santiago.
El centro de este evento académico fue el doctor en medicina y filosofía Hubertus Tellenbach, quien en la conferencia inaugural se refirió al tema “Job, Melancolía o Genialidad del Trascender”. Sostuvo Tellenbach en su exposición que Job fue un genio del trascender y que esta capacidad es fecunda porque acerca al hombre a lo absoluto, eliminando con ello toda forma de estagnación. “En ello consiste desde el punto de vista antropológico –afirmó- el valioso legado que Job dejó a todos aquellos cuya existencia está en peligro de caer en la melancolía, pero también a los médicos y psicoterapeutas que quieren ayudarlos a evitar ese camino hacia el abismo”.
¿Quién es este hombre que a los 72 años es invitado a dar conferencias en todo el mundo, sobre todo acerca de la melancolía, tema de una de sus obras de mayor divulgación?
Hubertus Tellenbach, profesor emérito de psiquiatría de la centenaria Universidad de Heidelberg, realizó sus estudios de medicina y filosofía en Alemania. La segunda guerra mundial lo llevó al frente oriental, y en 1944 es tomado preso por los norteamericanos. Estudioso y lector incansable, creó junto a otros prisioneros una universidad dentro del campo de detención, sin disponer de otro material didáctico que la memoria. Durante años estudió al poeta Stefan George, cuyas poesías aún recita hoy con sentimiento y cariño, y que en esta entrevista se traducen en forma libre.
De sus trabajos anteriores conviene destacar la investigación interdisciplinaria sobre la imagen del padre a través de la historia, que organizó en la clínica psiquiátrica de la Universidad de Heidelberg, justamente al momento en que arreciaban las manifestaciones estudiantiles que paralizaron dicha universidad –como tantas otras- a fines de la década de los sesenta. En ella participaron destacados filósofos, historiadores y teólogos, y los resultados fueron publicados en 1976.
En sus trabajos, que han sobrepasado el campo de la medicina hacia la filosofía y la historia, insiste en que es la capacidad de trascender , de salirse de sí mismo, la que evita al ser humano caer en la melancolía, uno de los males más frecuentes de nuestra época.
-El II Simposio Internacional de Psiquiatría “Alfred Prinz Auersberg”, se realiza en su honor y en reconocimiento de su obra. Usted integra una corriente de pensamiento, cada vez más importante, que revaloriza el aspecto espiritual del hombre, ángulo tan olvidado por los grandes psiquiatras del siglo pasado y principios de éste. ¿Cuál juzga usted es su principal aporte a esta corriente recuperadora de los valores espirituales del hombre?
-Creo que tiene razón al afirmar que los grandes pensadores del siglo pasado y principios de éste olvidaron esta dimensión. Una de las opiniones fundamentales que le debemos al gran filósofo Sören Kierkegaard es que el hombre no sólo depende de lo corporal sino también de lo espiritual. Reconocer esto implica un cambio decisivo en la relación del hombre consigo mismo, con el mundo y con su trascendencia. El psiquiatra debe tener presente esto en el análisis de los trastornos mentales, porque de esto se desprende que no es importante no sólo lo que sucede en el hombre -sobre todo en su cuerpo-, sino también lo que sucede en la relación consigo mismo, con el prójimo y con la trascendencia. La psiquiatría actual tiende a englobar estos aspectos y de acuerdo a ellos determina el tipo de personalidad y las situaciones patógenas que producen, por ejemplo, una melancolía en un determinado tipo humano. Este ha sido el centro de mis investigaciones. Ello significa, en síntesis, que la antigua psiquiatría pregunta: ¿Qué es el hombre? Yo pregunto: ¿Quién es el hombre? El énfasis en el quién revela el interés por la persona, el qué acentúa las características más materiales. Partiendo de esta pregunta –que corresponde a un auténtico personalismo cristiano- se desprende de un nuevo concepto de la enfermedad depresiva o melancolía, la que puede tener tres diferentes formas de expresión: depresiones de origen diverso que no tienen carácter psicótico, una melancolía o manía como incapacidad de trascender en el sentido heideggeriano y una melancolía que en alemán llamamos “schwermut”, es la depresión de los genios. No es muy fácil encontrar para este concepto un término español: se puede hablar de melancolía aristotélica, pero quizás es más claro distinguir, como los ingleses, entre “melancoly”, que equivale a “schwermut” y “melancholia” para la melancolía psiquiátrica, llamada también depresión mayor.
-Al referirse a los sentidos, usted sostiene que ellos constituyen una materia prima que requiere educación. Incluso afirmó que la existencia humana sólo es lograda cuando hay un diálogo entre lo mundano y lo espiritual, interacción que debe darse a través de los sentidos. ¿Considera usted que la así llamada “civilización de la imagen” constituye una amenaza para esa adecuada educación de los sentidos? ¿Cómo podría la adecuada educación de ellos sobreponerse al abundante bombardeo de imágenes? ¿Considera que habría una forma de aprovechar la fuerza de la imagen para educar los sentidos? ¿Cómo?
-Tal como usted lo dedujo de mi exposición, la existencia humana sólo se realiza plenamente en la unión de lo espiritual con lo mundano. El desarrollo del idioma ofrece un ejemplo que me parece revelador. Como se sabe, las estructuras corporales que el hombre necesita para hablar son preparadas con todo esmero y hasta el último detalle por la naturaleza. Sin embargo, si estos órganos y sus aptitudes no son despertados por la madre o un tercero, no aflorará la capacidad de hablar. Es muy conocido el caso del niño Kaspar Hauser que mientras se crió con animales no dió a hablar.
Respecto a la “cultura de la imagen”, término con el cual supongo que se refiere sobre todo a la televisión, creo que no es una cultura sino una incultura que, en vez de desarrollar y educar los sentidos, los está amenazando seriamente. La televisión transmite una ola de imágenes, la radio inunda el oído pero ambos medios llevan a la paralización de los sentidos y la propia iniciativa. Creo que las amplias, variadas y extensas exposiciones de arte que se realizan en el mundo son una forma de aprovechar la fuerza de la imagen para educar los sentidos. Existe verdadera hambre por este tipo de eventos; sus numerosos visitantes y el hecho de que siempre tengan que ser prolongadas, son signos del ansia del hombre por educar su vista con formas superiores. Algo semejante ocurre con la literatura. En las grandes ciudades no se consiguen boletos para el teatro y la ópera. Existe también una gran demanda, mayor que nunca, por los libros. Y sobre todo por la lírica.
Recuerdo una escena de educación de los sentidos en Chicago, en el hermoso Hall of Arts, que tiene buenos cuadros impresionistas y enormes pinturas medievales. Allí vi a un grupo de escolares con su profesora, sentados frente a una de estas pinturas medievales; permanecieron allí, en silencio, por más de una hora. También en Japón, en Kioto o Lara, los niños relativamente pequeños son llevados a los templos y centros culturales. Aunque no reciben mayores explicaciones se familiarizan así con el ambiente, lo que sin duda alguna educa intensamente los sentidos.
-Durante la sesión inaugural del simposio usted leyó un trabajo titulado “Job: ¿melancolía o genialidad en el trascender?”. Afirmó allí que ese personaje bíblico, acosado por infinitas pruebas, no es víctima, como muchos seres hoy, de la melancolía porque fue capaz de dialogar con Dios, de discutir con él y de pedir ayuda a Dios contra Dios. En definitiva, fue capaz de mantenerse orientado hacia lo espiritual. ¿Es el fortalecimiento de la propia identidad una condición indispensable para trascender espiritualmente? El debilitamiento de la identidad en el hombre masificado ¿no es precisamente algo que le impide ser como Job?
-Yo diría que es al revés. La capacidad de trascender es la que logra el fortalecimiento del ser. Eso se da claramente en los actos religiosos. De esta esfera el hombre regresa al mundo fortalecido. Los místicos –como Hildegard von Bingen, por ejemplo- se orientan en forma muy especial hacia lo trascendente pero, a través de ello, regresan al mundo con una actividad e influencia que sólo se puede comprender si se piensa en un alternar o sumirse en lo trascendente, adquiriendo una comprensión viva de ello. En cuanto a si el debilitamiento del yo es lo que impide al hombre ser como Job, decididamente mi respuesta es afirmativa. El hombre masa tiene un yo reducido, un yo que es exponente de la masa y no del auténtico yo. No hay que confundir, sin embargo, al hombre del pueblo con la masa. Son totalmente diferentes. En el pueblo el yo del hombre es fuerte porque conoce y respeta sus límites y actuando dentro de ellos logra un fortalecimiento natural y radical de su ser. Hay que distinguir también entre la persona y el individuo. La meta del fortalecimiento del yo no es el individuo sino la persona, que es la realización más perfecta del yo. Esta diferenciación ha sido claramente expuesta por el filósofo Max Scheler.
-El utopismo político del siglo pasado y éste, ¿está en cierta dependencia con la pérdida de la capacidad del hombre de trascender?
-Categóricamente, sí. Trascender es superarse personalmente de acuerdo a una realidad espiritual, a un eón espiritual, que siempre tiene un sentido religioso.
El dueño de un sentir religioso no puede actuar más que en el marco y en concordancia con él. Creo que el Monasterio Benedictino de Las Condes es un buen ejemplo. Es una creación espiritual enorme e impresionante, hecha con materia prima moderna –el concreto-, pero que en este caso y en forma grandiosa, se convierte en símbolo o testimonio de un sentir cristiano. Las utopías, en cambio, son construcciones humanas que sólo abarcan aspectos parciales: consideran, por ejemplo, al hombre como ser de igualdad, recalcan sólo sus aspectos sociales o intentan transformarlo a través de cambios en las estructuras sociales. Son siempre lucubraciones que al no tomar el hombre en su totalidad se vuelven, por eso mismo, intolerantes.
-Usted participó activamente en un estudio multidisciplinario sobre la imagen del padre. ¿En qué medida es esta imagen un punto de apoyo psicológico para esa capacidad de trascender? ¿Considera que el deterioro del principio de autoridad ha dañado la imagen del padre y con ella ha influido en desmedro de la capacidad de trascender?
-Me conmueve que se refiera a ese seminario, cuyo texto completo -cuatro tomos- fue publicado por ediciones Kohlhammer, en Stuttgart. El primer tomo también fue traducido al francés. Este seminario se realizó durante el último tiempo de mi docencia en Heidelberg y me demostró toda la riqueza de aquella universidad. En esa época la situación política y académica en Alemania, como en otros países, era muy difícil. Era imposible hacer un “studium generale” y para subsanar ello organizamos este seminario en la Clínica Psiquiátrica de la Universidad.
Efectivamente, la imagen del padre es un importante apoyo psicológico para el niño en su capacidad de trascender. Es decisivo: el padre abre al niño el mundo. Tenemos abundantes pruebas de las consecuencias destructivas sobre los hijos cuando los padres fallan. En cierto modo fueron aquellos padres que no asumieron su rol, el punto de partida de ese seminario, ya que en el fondo, los estudiantes de aquella década no eran más que documentos vivos de este fenómeno. La hebefrenia o locura juvenil es otra de las consecuencias nefastas de la ausencia de una auténtica imagen del padre. En nuestra clínica hemos observado que los hijos de padres que han eludido su rol inventan grotescos sustitutos. Mi colaborador, Hermann Lang, ha desarrollado ampliamente ese tema. La literatura nos proporciona ejemplos clásicos. En Hamlet, Ofelia es la consecuencia típica de un padre que no asumió su rol y es por ello que desarrolla una psicosis. Su padre, Polonio, corrupto en todo sentido, la priva de un amor auténtico y de su entrega haciéndola sospechar de Hamlet. La frágil hija desarrolla una hebefrenia.
En cierto modo, de este ejemplo se desprende también la respuesta a la segunda parte de esta pregunta: si una disminución de la autoridad destruye la imagen del padre y afecta por lo tanto la capacidad de trascender. Hay que distinguir entre autoridad y autoritarismo. Este último es un ansia de dominio y poder que un joven sano no puede reconocer. La autoridad, en cambio, es natural, fruto de una educación y maduración espiritual de quien la ejerce, que está íntimamente asentada en su personalidad.
-Entre sus planteamientos figura la importancia del silencio. Habitualmente se confunde este concepto con una situación física en que los ruidos tienen pocos decibeles. Sin embargo, parece haber más. ¿Podría hablarnos de la dimensión espiritual del silencio, de su necesidad y valor, incluso para el hombre de hoy, tan rodeado de ruidos?
-El silencio es un punto central en las corrientes del budismo; a través de él, el oriental, sobre todo el japonés, se entiende en forma casi perfecta con su interlocutor. El silencio es así una expresión de completa conformidad. En forma algo diferente, quizás más activa, existe lo mismo en nuestra cultura. En los grandes movimientos espirituales el silencio tiene su valor y lugar especial. Cuando el hombre que ama calla, hablan sus ojos; se efectúa un cambio de los sentidos. En el reino de la religión existe una cultura del silencio. Pienso en los trapenses, por ejemplo, que no practican un ascetismo forzado o extraño. Frente a un mundo determinado en gran parte por el hablar, ellos representan la responsabilidad de devolver la palabra, don de Dios, a la divinidad a través de la oración. Cada vez se desarrollan o vitalizan en Occidente movimientos místicos o de meditación. Ellos alcanzan su punto culminante en la consagración, durante la misa. En ella se consuma el fenómeno de contemporaneidad; el tiempo desaparece, nosotros nos convertimos en contemporáneos de Cristo. Este salirse del tiempo –en el silencio de la consagración- tiene como consecuencia una orientación activa hacia la vida y por lo tanto, no es mistificación sino participación.
-Actualmente, no sólo en la vida pública moderna, sino particularmente en la educación, se privilegia la noción de libertad, ¿En qué medida esta noción de libertad, tal cual es entendida hoy, favorece el progreso de nuestra civilización? ¿Con qué otros ingredientes equilibraría usted esta noción de libertad para que ella sirva efectivamente al progreso?
-El concepto de libertad se ha interpretado en forma diferente en diversas épocas. Si me pregunta por su relación con el progreso de la civilización, deduzco que usted se refiere a la libertad en lo económico, como la entiende el liberalismo. Creo que el mercado libre ha demostrado ser muy eficiente y que es la forma económica más exitosa del siglo XX. La segunda parte de su pregunta se sumerge en otras profundidades, que pertenecen ya no a la esfera de la civilización sino de la cultura. Concuerdo con usted en que a este concepto hay que agregarle otros ingredientes. ¿Cómo lo veo? Aunque suene radical, me parece que sólo se comprende la libertad junto a la obligación. La libertad sólo es verdadera cuando está en íntima relación con la obligación, con el deber. No me refiero a la obligación como fenómeno patológico en el sentido de la obsesión, sino a aquella sólo concebible en un marco de libertad, y relacionada a un principio formador. El dar forma es siempre limitar la libertad. Esto se comprende claramente en relación a las costumbres, al actuar en conciencia, al respeto al prójimo. Existe una obligación de la conciencia, una responsabilidad producto de las costumbres y una correcta postura interior que son fruto de la propia forma de ser. Para esta relación existen numerosos ejemplos históricos adecuados. Piense en Tomás Moro, que se niega a disolver en matrimonio de Enrique VIII fundamentando su negativa en el respeto a su conciencia y sufre por ello el martirio. Si retrocedemos algunos siglos, llegamos a Sócrates, quien en defensa de la veracidad intelectual de su pensar filosófico, bebió del vaso con cicuta. Estos son algunos ejemplos en que la libertad está limitada en aras de un principio, que con razón se puede llamar obligación, deber o responsabilidad. A modo de resumen, me gustaría recordar la fórmula de Nietzsche, quien abordó el problema con las preguntas: ¿libertad de qué? Y ¿libertad para qué? En este contexto me gustaría hablar también de la libertad en relación a la investigación científica. Aunque en forma abstracta es bueno no coartar esta libertad, la investigación –que es fruto de la libertad espiritual- debe medir sus consecuencias. La investigación puede reducir la libertad del hombre y la medicina moderna nos proporciona innumerables ejemplos de ello. Hemos controlado las principales enfermedades concretas, pero aún somos incapaces de controlar las enfermedades crónicas como el reumatismo, el cáncer o las enfermedades virales que últimamente amenazan al mundo –como la espada de Damocles- y para las cuales no tenemos ningún tratamiento. El progreso es de una grandeza muy compleja y, tal como se desprende de estos ejemplos, en muchos casos se compra con grandes retrocesos. En general considero que no se puede entender al progreso como un avanzar dejando algo atrás; pienso que debemos pagar penitencia por cada progreso.
-A su juicio, ¿el arte refleja las inquietudes subyacentes de un momento histórico y puede ser premonitorio de lo que vendrá?
-No es fácil generalizar y encontrar en el arte ejemplos que documentan con toda evidencia intranquilidades históricas subterráneas. Stefan George, en la última parte del “Séptimo Círculo”, en los llamados dichos, escribe en aquella poesía titulada El padre:
“Regresad padres inteligentes y hábiles,
Vuestros venenos y vuestras espadas
Eran mejor que las traiciones
De los que alaban la igualdad.”
Estos versos escritos en 1907, anuncian las fuerzas ardientes y aún subterráneas de las ideologías de la igualdad, que después produjeron tantas calamidades en el mundo. El poeta percibe estas cosas como un visionario. Hay otros ejemplos. Piense en “Los Demonios” de Dostoievski donde el autor representa la esclavitud demoníaca que el comunismo ejerce sobre el hombre desde el punto de vista de los principios espirituales. Es muy decidor que el ingeniero Kirilov crea haber adquirido una definitiva superioridad sobre los designios divinos, si se considera que el bolchevismo intenta inmovilizar a Dios o desplazarlo como creador del mundo y guía de los destinos humanos. Este novelista también previó el futuro. Pero quisiera responder a esta pregunta con otro verso del poeta Stefan George, del libro mencionado anteriormente:
“Oigan desde lejos el ruido de una batalla,
Luego llegará a nuestras llanuras.
Yo vi al pequeño grupo, alrededor de la bandera.
Pero nadie más vio nada.”
Con estas palabras Stefan George, en un tiempo de absoluta paz y seguridad, predijo la Primera Guerra Mundial.
Esta entrevista forma parte del libro:
