Al tiempo que el autor de este libro se encontraba en la ciudad de Milán conversando con Cesare Cavalleri acerca del modelo neoburgués denunciado en un dossier especial de la revista Studi Cattolici, Cristián Pizarro Allard, asiduo colaborador de las páginas de Artes y Letras de El Mercurio, visitaba en Roma a uno de los más destacados participantes en aquel trabajo. Se trata del joven filósofo italiano Rocco Buttiglione, prorrector y catedrático de la Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein, fundador del movimiento “Comunión y Liberación”, miembro consultor de la Pontificia Comisión Justicia y Paz, autor de diversas publicaciones y sobre todo uno de los dirigentes laicos más próximos al Papa Juan Pablo II.
A respecto del tema en cuestión, vale decir, el modelo neoburgués, así transcurrió la conversación de Pizarro con Buttiglione.
Postmodernidad y crisis de la izquierda
-Se ha hecho frecuente en ciertos círculos intelectuales europeos hablar del fin de la modernidad. Seguramente se sepultan ambos conceptos de modernidad: aquel de inspiración cristiana y el otro, llamado por usted “ideología de la modernidad”. Quisiera saber qué validez le otorga al concepto de postmodernidad. ¿Es tan sólo una moda cultural? ¿Estamos ante un verdadero cambio de época? ¿Cuál es la diferencia de esta situación con la modernidad?
-Hemos dicho antes que tenemos dos conceptos de modernidad. Uno –el auténtico- que sale del cristianismo, y otro que se ideologiza. ¿Qué pasa ahora? Esta modernidad ideologizada fracasó y también fracasó la idea ideologizada de revolución. Debemos señalar, sin embargo, que en la ideología de la revolución tenemos un impulso religioso que la mueve: el mundo así como es, no es la verdad; el hombre es hecho para una vida más grande, más bella de la que el mundo así como es le proporciona; hay que destruir el actual mundo para construir el mundo nuevo. Existía en este planteamiento una intención de “trascendencia”. Aunque hay que observar que el sentido religioso es algo extremadamente destructivo cuando se hace sólo inmanente en la historia.
¿Qué ocurre hoy con estos que se autodenominan postmodernos? –se pregunta el propio Buttiglione-. Ellos sostienen que hay que destruir el sentido trascendente para evitar las consecuencias dramáticas del fanatismo religioso y también del fanatismo religioso ateo, porque la de la revolución es una religión atea, pero religión al fin y al cabo. Hay que destruir e ignorar la religión en general, sostienen los postmodernos. Así, tenemos una especie de escepticismo generalizado. El hombre postmoderno es un hombre que mantiene todas las negaciones de los revolucionarios: no hay Dios, no hay tampoco revolución, no hay trascendencia vertical y tampoco trascendencia horizontal. El resultado ha sido el dominio de una mentalidad burguesa total. El mundo, así como es, es el único mundo y no hay salida. No hay trascendencia a este mundo. Aquí empezamos y aquí acabamos.
–¿En qué medida la aparente actitud de indiferencia y escepticismo en sus propias convicciones, que observamos en la izquierda europea, es un signo típicamente postmoderno? ¿Qué le parece la expresión “socialismo liberal” para denominar a esa postura?
-La expresión “socialismo liberal” creo que es originariamente italiana, ya que en los años 1920 se hablaba de un socialismo liberal en mi país, aunque en un sentido un poco diferente del actual.
Yo creo que la izquierda europea se encuentra con un gran problema. Su hipótesis central de superar definitivamente el orden capitalista tiene dos vertientes. En un cierto momento de la historia de la izquierda la motivación ética fue su motor fundamental. Esta ha sido sustituida hoy por una concepción materialista y científica de la historia. Es decir, la idea de justicia, propia del movimiento obrero, que es de algún modo una idea religiosa, ha desaparecido. La concepción histórico-materialista sugiere que hay un interés de la clase proletaria que puede unificar a todos los trabajadores y construir así una sociedad nueva. El movimiento obrero, señalan quienes sostienen esa postura, no necesita fundamentación política.
¿Qué ha sucedido en la realidad? Que la fórmula socialista no constituye un sistema que resulte más productivo que el capitalista, y que la estructura tecnológica de éste no produce una “clase” que pueda mejorar su situación sólo a través de la lucha. Sino más bien el capitalismo crea una pluralidad de grupos en lucha, cada uno de ellos contra todos los otros, y eso fragmenta la unidad de cualquier movimiento obrero. El resultado es que la izquierda no encuentra más una base social clara, como lo fue anteriormente el proletariado.
Para resolver este punto, la izquierda debe tomar una de estas dos vías. Una posibilidad es regresar a la fundamentación ética, lo que implica el volver sobre el gran problema de la religión, lo que a su vez choca con toda la tradición anticlerical que se implantó en la izquierda durante muchos años. La segunda posibilidad es botar toda la tradición del movimiento obrero centrada en la idea de justicia, y mantener una ideología de marxismo sin revolución, es decir, una postura en que sobresalga la primacía del elemento económico por sobre los aspectos morales y culturales. Eso implicaría que la izquierda se hiciera la intérprete de una ideología burguesa de masas. Aquello puede acontecer sustituyendo la revolución de la justicia social por una revolución de las costumbres.
La izquierda está entre las dos alternativas. En realidad es difícil que tome sólo una de las dos vías. Los políticos intentan siempre seguir dos caminos simultáneamente, pero ahora eso es muy difícil ya que son dos opciones muy diferentes entre sí.
Parámetros de una nueva sociedad
-En Europa, y aun en menor medida en Latinoamérica, han surgido con bastante fuerza los “movimientos sociales divergentes”. Esto es, los grupos verdes, humanistas, pacifistas, etc. Todos ellos portadores, de distinta manera, de una actitud contestataria y de protesta frente al actual orden de cosas. ¿Cómo ve usted la conformación y el futuro de estos movimientos?
-Creo que estos grupos postmodernos no son unitarios. Es decir, hay diferentes vertientes en ellos. En un principio, por ejemplo, los verdes, que son tal vez los más importantes de éstos, plantean el redescubrimiento de la naturaleza, una naturaleza que no es hecha por el hombre y que tiene un valor en sí misma, y que tiene el derecho de ser respetada. Esta idea de la naturaleza y su respeto es una idea típicamente religiosa, contraria al prometeísmo izquierdista. Así, es posible ver en los verdes un elemento muy interesante y profundo del que se puede valer la Iglesia Católica para atraerlos. Algo curioso aconteció, por ejemplo, en Italia y también en Alemania con el documento del Cardenal Ratzinger sobre bioética. Este encontró una disponibilidad muy fuerte en algunos verdes.
Tenemos que continuar este diálogo pero con los ojos bien abiertos ya que es muy posible que esta posición de los verdes tenga un desarrollo también en sentido negativo. Es decir, que el regreso de la naturaleza sea un regreso no a la naturaleza en que el hombre tiene este derecho y deber de utilizarla y cuidarla, sino a una situación en que el hombre se hace simplemente un elemento de ella. De este modo, la diferencia cualitativa entre el hombre y los animales se pierde. Ese es el peligro. Hay que cuidar que la especificidad del hombre no se pierda. Mucho depende esto de la capacidad que tenga la Iglesia Católica de tener un diálogo cordial y firme, ambas cosas, con esos nuevos movimientos que vemos surgir.
-De la convergencia, tal vez, sólo en esferas intelectuales y culturales de influencia, por una parte, de una izquierda marxista confundida y huérfana ideológicamente y, por otra, de una serie de movimientos sociales postmodernos, como los verdes, pacifistas, humanistas, etc., ¿a nivel popular qué es lo que en definitiva vence?
-Me parece que en el nivel popular lo que vence es una mentalidad marxista de un marxismo sin revolución. Es decir, el marxismo vence y simultáneamente, como dice Del Noce, se suicida. Por un lado vivimos en un mundo totalmente marxista, pero por otro lado nada es más lejano del marxismo que el mundo en que vivimos. ¿En qué sentido? Primacía total del economicismo y en definitiva del materialismo, sustitución de la idea de bien común por la idea de bienestar en que el problema no es el crecimiento integral del hombre sino el problema es sólo el crecimiento de los instrumentos físicos de la prosperidad humana. No hay más una comunidad humana, cada hombre se preocupa de sí mismo, se da una situación generalizada de egoísmo e individualismo total.
El marxismo sin revolución es la ideología burguesa. Marx mismo lo sabía muy bien. En sus escritos dice que lo específico de su investigación no es el descubrimiento de las clases ni de la lucha de éstas, sino la idea de revolución, de transformación cualitativa de la sociedad en el futuro. Si tomamos el marxismo sin la idea de revolución, tenemos la ideología burguesa más pura que se pueda imaginar. Eso es lo que vence a nivel popular y vence bajo el color de un cierto nuevo humanismo, de una ideología común tanto en círculos católicos como marxistas. ¿Qué es lo común para ellos? El mínimo de los valores éticos que son necesarios para que el sistema funcione. Esto lo ha explicado muy bien mi amigo Cesare Cavalleri, al hablar del “modelo neoburgués”.
En el marxismo original, la Iglesia no tenía lugar en el mundo pero sólo con la función de confirmar, con su bendición, los valores que se han hecho comunes, pero sin posibilidad alguna de contrariarlos. El mundo quiere que la Iglesia bendiga lo que es bueno, lo que en sí está muy bien, pero no quiere que ella diga lo que no está bien en esta Tierra. Esto sería una ruptura de la nueva alianza entre el trono y el altar. Hay una tentativa por parte de esta mentalidad de proponer una ética sin un orden metafísico de la realidad. Y en este caso los valores no están conectados con el valor, que es Dios, y están al servicio del poder.
Metamorfosis neoburguesa
Veamos a continuación algunas de las opiniones vertidas por Rocco Buttiglione en el ya mencionado trabajo sobre modelo neoburgués, cuyo contexto general explicara Cesare Cavalleri páginas más atrás.
Preeminencia de la cultura sobre la política
“El fracaso electoral llevó a la disolución del Partido de Acción. Este continuó, sin embargo, actuando como partido de la cultura. Su éxito en los decenios de 1970 y 1980 parece una demostración categórica de la preeminencia del momento cultural respecto del político (…). Inevitablemente la Democracia Cristiana debe parecerle el adversario esencial. Esta encarna, efectivamente, o debiera encarnar, la hipótesis de un Renacimiento católico alternativo. La incapacidad del catolicismo de renovarse, la imposibilidad de un Renacimiento católico reflejan –para el intelectual ‘accionista’- el distanciamiento de la Iglesia del mundo moderno, y con ello la ilegitimidad sustancial de la conducción del Estado por los católicos. Por lo demás, desde ese punto de vista, resulta bastante natural sostener la continuidad entre fascismo y Democracia Cristiana, específicamente en tanto se ve la esencia verdadera del fascismo en el programa ‘modernizador’ de 1919, sino más bien en el compromiso histórico con la Iglesia y con la Monarquía.
“La batalla contra la Democracia Cristiana se convertirá, así, de manera particular, en una lucha contra Fanfani y el fanfanismo, en cuanto tentativa de crear los instrumentos de una guía política orgánica de la economía por medio de la promoción de un sector de la economía directamente controlado por el Estado (…). La lucha contra el sector público de la economía se libró en nombre de la libertad de la empresa contra el dirigismo, los despilfarros, las ineficiencias (…). El modelo scalfariano será siempre el de un capitalismo controlado y administrado no por el poder político, sino por el financiero; una especie de club oligárquico que se renueva por cooptación.
Un marxismo sin utopía
“El otro punto de referencia del grupo ‘accionista’, al interior del cual Scalfari ha ido asumiendo una posición de enorme relieve ya desde comienzos del decenio de 1970, es el Partido Comunista. Los comunistas, según Scalfari, deben con el tiempo hacerse conscientes del hecho de que no se producirá la crisis del capitalismo prometida por su teoría (…). Mientras más se da cuenta el Partido Comunista de esta realidad, más deberá pasar de posturas de crítica global del sistema a posiciones de cooperación para su racionalización. Como alternativa al proyecto fanfaniano de guía pública de la economía, Scalfari elabora uno de manejo de la economía por medio de la alianza de los productores, esto es, del proletariado industrial hegemonizado por el PCI con el gran capital. Cimiento de esta alianza debe ser el compromiso con la modernización del país. El gran adversario es, en cambio, la Iglesia Católica, enemiga de tal modernización. Cultura marxista y cultura tecnocrática concuerdan en afirmar que los valores no descienden del cielo ni de la consideración filosófica de la naturaleza humana, sino dependen de la base económica. El bien es, en último análisis, aquello que es funcional al desarrollo del sistema económico.
“Un marxismo que renunciara a la utopía revolucionaria sería entonces el instrumento más adecuado para hacer popular a nivel de masas la ideología burguesa. La alianza entre Partido Comunista y gran capital se convertiría en el instrumento para conseguir aquella popularización de la ideología de la modernización que no se ha logrado ni en el Resurgimiento ni en la Resistencia (…). La reforma intelectual y moral es entonces sustituida por la laicización de las costumbres; la revolución sexual toma el lugar de la revolución social. Haber logrado, en el fondo, pilotear el gran movimiento juvenil de 1968 de manera tal de convertirlo en la ocasión (contra las intenciones de quienes lo integraban) del máximo desarrollo de la ideología del capitalismo en Italia, ha sido la obra maestra de la cultura accionista, ayudada ciertamente por las insuficiencias y los errores de sus adversarios.
“A pesar de éxitos indiscutibles, el proyecto scalfariano del decenio de 1970 no llega a su culminación natural. Los comunistas no pueden aceptar la alianza explícita con el gran capital sin la cobertura de los católicos (esto es, de quien tendría que ser idealmente aniquilado por la operación). De aquí la fórmula ambigua del ‘compromiso histórico’ que debiera producirse oficialmente entre católicos y comunistas, pero en el cual hay siempre presente en la sombra un tercer partner decisivo. En el catolicismo, sin embargo, las corrientes progresistas dispuestas a esta especie de eutanasia espiritual no llegan en último término a prevalecer.
“Por último, hay también un sector del gran capital que no considera madura la operación y la rechaza. El fenómeno terrorista, que habría servido para acelerar y facilitar el compromiso, termina en fin de cuentas por hacerlo fracasar (…). El acercamiento de Scalfari se reveló fatal para el PCI, que comenzó entonces su declinación electoral. Paradójicamente, la línea indicada por Scalfari era la única que permitía al PCI llegar a la dirección política del país, pero era también aquella que el PCI no podía seguir sin traicionar intereses y las esperanzas de su base popular. Sólo un período de reveses podría inducir al PCI a redimensionar sus pretensiones y expectativas de manera de poder acceder a ese proyecto. Sin embargo, el PCI ‘redimensionado’ que puede aceptar aquella política no tiene ya las fuerzas necesarias para poder impulsarla.
Heterogeneidad de los fines
“La cultura laica debe entonces renunciar al proyecto de dominar directamente a las grandes masas populares. Más bien, debe concentrarse en la tarea de conquistar a las élites, que por motivos culturales e históricos, se hallan en una postura de conducción respecto de aquellas masas. El proceso de laicización pasa por la conquista de la clase dirigente, sea comunista o democratacristiana. El partido laico debe ser no un tercer partido, sino una especie de suprapartido, en el que converjan fundamentalmente todas las fuerzas políticas, al tiempo que cada una de ellas conserve la expectativa de conducir a esa síntesis política a los fragmentos de opinión pública que le dan crédito.
“La secularización, en particular este tipo de secularización, no es en absoluto consecuencia inevitable del progreso de la ciencia y de la técnica, sino más bien resultado del modo en que una sociedad vive la crisis y el cuestionamiento de todos los valores originados inevitablemente (y, hasta cierto punto, beneficiosamente) por la revolución tecnológica. Esta conlleva la crisis, pero no predetermina su resolución: una purificación y un resurgimiento de la antigua fe o su extinción. La responsabilidad por esto será de los hombres. El resultado dependerá del modo en que comprendan y vivan la crisis y de la forma en que estructuren la nueva sociedad de masas”.
Bloque histórico
En términos complementarios con los de Buttiglione se expresó en aquel mismo dossier su colega, el historiador de la filosofía y profesor de la Universidad de Venecia, Vittore Possenti. Es oportuno consignar algo de sus palabras aquí:
“La crisis progresiva, más cultural que meramente electoral, del Partido Comunista Italiano es un signo categórico (y quizás también un efecto) de la entrega progresiva de esa colectividad a la cultura neoburguesa, en parte implícita ya en las posiciones de Gramsci, que dio siempre prioridad a la lucha antifascista y al bloque histórico antifascista sobre la lucha anticapitalista: y es de notar que en el marco de esta estrategia sobreviene el choque con Bordiga. El gran bloque de izquierda, el bloque histórico tantas veces vuelto a proponer por los sucesores de Gramsci, y que desembocó por último en la perspectiva de compromiso histórico impulsada por Berlinguer en 1973, es un elemento constante en la estrategia política del PCI. Pero aún éste lo ha conducido gradualmente a una subordinación a la cultura burguesa y liberal, que no permite augurar un buen futuro al PCI. Sin ninguna satisfacción, vale la pena notar que el principio individualista ha prevalecido y prevalece sobre la solidaridad de clase propugnada por el comunismo. La barrera colectivista que opuso en un tiempo el marxismo al individualismo no ha funcionado, y el frente parece convulsionado (…). Un sector conspicuo del comunismo italiano ha cambiado internamente de naturaleza, se ha metamorfoseado, ha perdido en contacto con las propias raíces, pero sin sustituirlas por otras cristianas, sino más bien haciendo propios motivos radicales, neoburgueses, individualistas (…). Por las fuerzas culturales y políticas que apuntan a librarse de la religión, la modernización de Italia debía desembocar en su completa laicización y en la ruptura con su tradición católica, sustituyendo la concepción trascendente de la vida por la inmanentista. Esta perspectiva, ciertamente aún fuerte, está en vías de agotamiento teórico y vital, porque se ha mostrado incapaz de fundar la convivencia social. El interrogante de fondo es: ¿puede superarse la crisis actual del país en el marco de la mera modernización técnica y económica?»
Esta entrevista forma parte del libro:
