ENTREVISTAS
Augusto Del Noce y Flavio Capucci

La Hegemonía Cultural, Desafío de Hoy

Augusto Del Noce, (c) la Repubblica

Nacido en Cerdeña en 1891, en una familia de pequeña burguesía, a pesar de haber llevado una vida relativamente opaca, Antonio Gramsci se transformaría con el tiempo en una figura gravitante en la vida política europea y sobre todo determinante en los rumbos de corrientes ideológicas de izquierda en Occidente. 

En 1914 se afilia al Partido Socialista italiano. Luego en 1919 funda con Togliatti, Tasca y Terracini L’Ordine Nuovo, que dos años más tarde se convierte en un diario comunista. Vive en Rusia durante 1922 y 1923, donde asimila la concepción leninista de lo que debe ser un Partido Comunista. De regreso a su patria y en medio de luchas partidarias intestinas, es elegido diputado en 1924. Detenido en 1926, escribirá en prisión los “Quaderni del carcere” (Cuadernos de la cárcel).

A su muerte, ocurrida a los 46 años de edad (1937), Gramsci deja sentadas las bases de lo que sería la vida comunista italiana –imitada luego por otros partidos europeos- por contraste con la ortodoxia marxista-leninista del PC soviético. Tal diferencia consistiría en el carácter democrático y pluralista del comunismo occidental, cuya llegada al poder se daría por el voto popular, es decir, sustituyendo el concepto de revolución por el de consenso. Implicaría, asimismo, el respeto de las instituciones democráticas, llegando sus representantes oficiales al reemplazo de términos claves en el marxismo filosófico y político como “dictadura del proletariado” por “unidad nacional” y hasta “pacificación nacional”.

Dado que los comunistas italianos reconocen en Antonio Gramsci, sin dudarlo, al auténtico fundador y teórico político del partido, al luminoso estratega del éxito de una fuerza política esencialmente atea en un país de antigua tradición religiosa y que, en cierto modo se identifica con el corazón del catolicismo; dada también la resonancia cada vez mayor que el pensamiento de Gramsci ha alcanzado, incluso en partidos actualmente gobernantes como los socialistas español y francés, pareció de interés por la obvia repercusión que este proceso tendría en Latinoamérica, averiguar más al respecto.

A tal efecto nos reunimos en Roma con dos de los principales estudiosos del fenómeno gramsciano: el senador independiente, más perteneciente al grupo político de la democracia cristiana, Augusto Del Noce, y con el joven profesor Flavio Capucci.

Del Noce, antiguo catedrático de historia de la filosofía en la Universidad de Trieste, pasó luego a la Universidad de Roma para enseñar filosofía política y ha escrito varios libros sobre la materia –amén de infinidad de artículos de prensa, a través de su columna en Il Tempo-, entre los cuales: “Il suicidio della rivoluzione”, “L’epoca della secolarizazione”, “Il cattolico comunista”, Il problema dell’ ateísmo. Flavio Capucci, entre tanto, discípulo del gran filósofo tomista Cornelio Fabro, dedicado de lleno al ejercicio de su ministerio sacerdotal en la Ciudad Eterna, es doctor en filosofía y en teología, y autor de un libro editado en España en el cual comenta la obra que resume el pensamiento filosófico de Gramsci, y que se inserta en sus “Quaderno del carcere”: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce.

Entramos directamente en materia con Augusto Del Noce:

Quisiera preguntarle sobre algo que pienso es importante para muchas personas en América latina. Usted ha dicho y escrito en algunos de sus trabajos que para los católicos aceptar el “compromiso histórico” -esto es la alianza política entre democratacristianos y comunistas- significaría desaparecer de la vida pública. ¿Por qué? A su posición no le faltan contradictores entre los mismos católicos y con seguridad en la propia democracia cristiana italiana…

El Partido Comunista, especialmente cuando se planteó la posibilidad del compromiso histórico, tenía su propia fuerza cultural y esta fuerza unificaba a los comunistas. Por el contrario, la democracia cristiana no tenía política cultural alguna. Habríamos tenido, por consiguiente, una alianza entre un partido fuerte, como el comunista, y un partido moralmente débil. Habría sido un acuerdo entre una mano de hierro y una de vidrio.

Y seguidamente acota cuál era la opinión que el propio Gramsci tenía respecto del Partido Popular, que se convirtió luego en el Partido Demócrata Cristiano italiano:

-Para Gramsci, con el Partido Popular los católicos perecerían en el campo político. El Partido Popular, según él, debería representar el suicidio del catolicismo en favor del comunismo. Por consiguiente su posición era de relativa simpatía por el Partido Popular y decía que no había necesidad de violencia con él, porque caería solo. Por sí mismo desembocaría en el Partido Comunista.

Por su parte, Flavio Capucci agrega al respecto:

-El Compromiso histórico se expresaba como tesis en cuanto posibilidad de que los católicos –así lo presentaba el PCI- tradujesen al campo político sus propios ideales.

Llegó, sin embargo, el momento en que esta fórmula política dejó de interesarles. Y, entonces, cambiaron de discurso, pero dando por hecho que ya habían ganado la batalla en la esfera cultural. Pues, en efecto, en el campo mismo de los católicos podían constatar la existencia de diversos movimientos de contestación al Magisterio de la Iglesia, movimientos del “cristianismo popular” bastante extendidos, colaboradores no sólo con los marxistas, sino que con los mismos partidos burgueses en campaña como las del divorcio y el aborto.

Cuando ganaron esas batallas, pensaron que el catolicismo podía darse por vencido. Y, entonces, pasaron a otra fórmula política que es la que ahora mismo están persiguiendo y que es la alianza entre comunistas y socialistas, dando lo anterior por superado. 

-Todo esto representa, en cierto modo, la realización del suicidio del catolicismo del cual habló Gramsci en 1919, señala Augusto Del Noce.

Flavio Capucci agrega, eso sí, que un motivo de perplejidad para quienes dieron por hecho esto último serán hoy las inesperadas y muy favorables reacciones que despiertan por todas partes los planteamientos del Papa Wojtyla, “un Pontífice que ha dado ideales muy grandes a los católicos”, señala. Tesis que también comparte el senador Del Noce.

¿Cómo surge el programa de “hegemonía cultural” y la transformación del “sentido común” de la sociedad, que tan importante papel ocupa en el esquema de acción propuesto por Gramsci? 

Según Flavio Capucci, hay que tener presente para explicarse esto, el punto de partida, “el objetivo real histórico en que nace el pensamiento de Gramsci”:

-El problema que Gramsci se plantea es el siguiente. Cómo implantar el comunismo en un país desarrollado, donde la clase media es muy amplia, donde no hay una oposición frontal de proletarios y capitalistas, donde existe homogeneidad no sólo en lo social y en lo económico, sino que prevalece también un patrimonio de creencias comunes que atraviesa todas las clases sociales. El ve que en esta situación no hay la posibilidad de establecer el marxismo por la vía violenta –la revolución en la estructura, como decía Marx- y busca, entonces, una estrategia a largo plazo para llegar a implantar democráticamente el comunismo. Para ello, es necesario modificar la mentalidad, cambiando la cultura de la gente, desde luego suprimiendo toda creencia en un orden trascendente. Alcanzado el dominio ideológico por el marxismo, entonces será posible que se instaure el poder revolucionario.

En esta inversión de la relación entre estructura y superestructura se encuentra la originalidad de Gramsci respecto al marxismo-leninismo. Para Lenin, dado el primado de la estructura, el comunismo llega al poder mediante la conquista violenta del Estado; a esta acción seguirá el abatimiento de las superestructuras burguesas y su sustitución por el pensamiento marxista. Para Gramsci, en cambio, en los países que se distinguen por las características antes señaladas –como es el caso de Italia- la revolución triunfará sólo si se conquista primero la sociedad civil y, como consecuencia, el Estado. Hace falta, por tanto, sustituir la cultura vigente por una nueva cultura integralmente marxista y hacer que se extienda hasta dar origen a un nuevo sentido común: una forma de razonar, una concepción marxista del mundo.

A esto añade el senador Augusto Del Noce:

-Gramsci quería ser, quería representar la posición revolucionaria pura, posición revolucionaria que de hecho implicaba que el Partido Comunista para él no era un partido, sino una concepción de la vida que debía sustituir las concepciones anteriores y, sobre todo, el socialismo es la religión que debe dar muerte al cristianismo, darle muerte en el sentido de ponerse en su lugar.

-¿De manera que no tendría fundamento el parecer, bastante divulgado en algunos sectores, de que el comunismo gramsciano es una revisión socialdemócrata del comunismo clásico? Si se ha renunciado a la violencia, ¿no estamos en efecto ante la acepción del método socialdemócrata?

Flavio Capucci tiene la palabra:

-En absoluto. Y es precisamente al revés: el gramscismo aprovecha la expansión de la socialdemocracia en la sociedad y en la cultura burguesa para ajustarla después a los designios del inmanentismo revolucionario comunista. En concreto, es impensable un comunismo democrático, incluso en los países occidentales, si sus presupuestos son y los son los establecidos por Gramsci.

Aunque haya modificado el método renunciando a la violencia, Gramsci no ha hecho languidecer sino que ha potenciado la filosofía del marxismo. Más dúctil en los sistemas, es tanto más rígido y totalitario en esencia.

No es así que el comunismo derive hacia la socialdemocracia, sino que el comunismo se sirve ideológicamente de la ideología socialdemócrata para después superarla con la inflexible fuerza de su filosofía. El socialismo hoy no es otra cosa sino ideología: va dirigido a obtener las libertades burguesas –divorcio, aborto, control de natalidad, eutanasia- presentándose como el heredero del viejo liberalismo, puesto al día gracias al encuentro con el progresismo radicalizante. Es una forma de marxismo revisionista, un intento de asimilar el marxismo a la cultura burguesa. Y el marxismo gramsciano es, en cambio, auténticamente filosófico, fundándose precisamente en la conciencia de sustituir una nueva cultura total y totalitaria, como Gramsci repite continuamente.

A mi juicio, la socialdemocracia y el radical-socialismo preparan en la superestructura –con sus reivindicaciones liberticidas, que intentan disolver los fundamentos metafísicos de la religión, de la moral, del derecho- el camino para una victoria plena del comunismo.

Puede, entre tanto, suceder que algunos crean sinceramente en la posibilidad de dulcificar el comunismo, de bautizarlo, de democratizarlo o de flexionarlo en sentido humano o moralístico, pero del cedazo de la historia cae, en seguida, lo que no es esencial, mientras permanece el rigor de los principios. Las realizaciones parciales de esos principios son, por eso, realizaciones provisionales.

Y continúa el mismo Capucci:

-Estoy convencido de que el gramscismo es, sobre todo, la última etapa de un proceso secularista en que se muestra el marxismo como un inmanentismo, cuya revolución no mira principalmente a cambiar las relaciones sociales o económicas dentro de la sociedad, sino que mira a establecer un nuevo tipo de hombre que es el hombre que ha afirmado su libertad definitiva.

Entonces, el eurocomunismo como se ha dado en llamar esta vía –el término fue acuñado por el profesor Augusto Del Noce como un sistema comunista en que el poder, más que en la economía o en la racionalización de la sociedad, se ejerce en el ámbito de la consolidación de una cultura. En esa cultura el elemento antimetafísico y ateo se une con la promesa de la liberación total. Y como en esta promesa concurren también aquellos gérmenes de la cultura radical-burguesa que el gramscismo ha aprovechado para la creación de la propia hegemonía, se sigue de esto que en el gramscismo se encuentra, por un lado, el aspecto más deletéreo de la cultura occidental, lo que ha producido su disolución; por otro, lo peor de la cultura marxista. Y las dos cosas confluirán.

-¿Y a su juicio existe una contraofensiva por parte de los sectores antimarxistas a la altura de este desafío que usted describe?

-Los políticos de Occidente no se han dado cuenta de la verdadera naturaleza del comunismo que tenían delante. Creyendo que se encontraban ante el clásico modelo marxista-leninista, han respondido allí donde luchaba el leninismo, es decir, en la estructura económica; han confiado en la filosofía del bienestar como alternativa al comunismo. A la vez, ignorando la inversión gramsciana de la relación estructura-superestructura, han renunciado a elaborar una ideología política propia. Se han dedicado a la economía, dejando a los marxistas campo libre en todos los lugares de elaboración y difusión de la cultura: desde la escuelas hasta la universidad –donde se forman los cuadros intelectuales-, gradualmente, todos los mass-media, plasmadores de la cultura popular. Los marxistas, por tanto, no sólo han tenido a su disposición todos los medios necesarios para la propia penetración cultural, sino que se han encontrado con que podían actuar en un terreno que el adversario había dejado vacío, al retirarse a las cómodas playas de la promoción del progreso material.

Si los países con cierto nivel de desarrollo económico y cultural desean verdaderamente poner freno al comunismo, no les queda otro camino sino el de afrontarlo en su versión gramsciana y el de combatirlo, sobre todo, a nivel cultural, filosófico e ideológico. Por desgracia, se observa en cambio cómo, en el terreno de la filosofía, no se abandona el enfoque inmanentista y no se hace –por temor a ser acusados de retrógrados o de fascistas- ningún esfuerzo por construir un pensamiento metafísico trascendente.

Ahora mismo, por ejemplo en Italia –creo que también en otros países- estamos viendo una fase negativa de disolución de la verdad objetiva en la metafísica y parece no haber fuerzas para construir nada positivo. De todo ello puede concluirse en definitiva, y sin exagerar, que lo que hoy históricamente se vive es una revolución contra Dios.

En cuanto a las raíces de la crisis de la cultura cristiana que se viene observando en Europa en las últimas décadas, Augusto Del Noce afirma que su análisis requeriría pormenorizar lo que la sucedido al interior de la propia Iglesia después del Concilio, sobre todo el fenómeno de asunción por parte de muchos teólogos de la interpretación marxista de la historia, dando por hecho que la revolución tiene que llegar hasta la Iglesia. Y agrega:

-Pero la obra de Gramsci ha contribuido sin duda de manera decisiva a esta crisis, en otro nivel, atacando el sentido común, denominación que él tanto usa. La obra de Gramsci golpea gravemente y transforma ese sentido común que había permanecido católico a través de las generaciones, y, en manera importante, destruye la cultura cristiana.

Es importante, eso sí, precisar que esta acción del gramscismo que contribuyó tanto a la caída del sentimiento religioso en Italia no golpeó, sin embargo, en absoluto a la burguesía y al capitalismo. Atacó mucho al catolicismo, pero no afectó al capitalismo.

Por su parte, Flavio Capucci explica así el papel que ha desempeñado el comunismo gramsciano frente a la religión, papel que en casos como el de Italia, ha redundado en buena medida en el vaciamiento del sentido común cristiano:

El comunismo entra inevitablemente en pugna con el catolicismo, en cuanto a que éste es el elemento constitutivo de la actual hegemonía cultural. En un país de tradición católica, esa pugna se desarrollará gradualmente, según un proceso que empezará en la fe para acabar abandonando esa fe. 

Los comunistas, por ejemplo, colaborarán de buena gana en el proceso de popularización de la religión y mirarán con simpatía todos los movimientos antiinstitucionales. Apuntan a que una vez que haya quedado vaciada la conciencia religiosa de sus elementos propios, sea asumida íntegramente por la conciencia política. Esta prevalecerá sobre aquella y la derrocará.

Vaciando así a la religión de todos sus contenidos trascendentes –los nuevos heresiarcas no hablarán de culto, de fe, de sacramentos, de oración, sino que predicarán la solidaridad humana, la esperanza intramundana, denunciarán las injusticias sociales, invocarán una genérica liberación de una igualmente genérica opresión- se convertirá a ésta, la religión, en un punto de apoyo para la lucha de clases. En una fase posterior, las masas abandonarán cualquier residuo religioso, al encontrar en el mismo marxismo un medio bastante más eficaz para llevar a cabo la lucha. Primero, los fieles se reúnen alrededor del cura, en alguna comunidad de base; después se emigra a la célula, abandonando al cura, o “convirtiéndolo” también a él a la nueva causa; cuando no sucede que es el propio cura el que guía ese movimiento migratorio. 

¿Qué papel reserva Gramsci a los “intelectuales orgánicos”? ¿Es esto lo mismo que la antigua jerarquía del partido?

Es para él propiamente el Partido. Hay que tener en cuenta que Gramsci se mueve en un país donde existe la influencia del idealismo de Croce y Gentile –este último un teórico del fascismo- y él piensa entonces en rescatar algo de esto como medio necesario para creaR una cultura hegemónica. Por este camino pretende liberar al marxismo del mecanicismo, de la idea del desarrollo necesario de la historia y, por tanto, de su pasividad. Defiende, en consecuencia, el papel educativo de los intelectuales ante las masas, la actuación de las minorías iluminadas, como lo preconizaba también Lenin.

Esa batalla que da en contra de la interpretación mecanicista es por una parte filosófica –porque en ello ve un resto de metafísica y la trascendencia en el análisis de la historia, una suerte de hado o destino ciego en el que no cree- y por otra política, porque rechaza el esquema de un Partido fideísta, con una estructura fixista, donde no existe la fuerza para actuar e implantar la nueva mentalidad que él pregona. Y en esto es mucho más político que Marx y tiene más éxito; la prueba es que el PCI es el segundo partido de Italia y un tercio de los italianos votan por él.

Rechazando, pues, que el solo cambio en las relaciones económicas transforme la convicción de la gente -aun cuando la predisponga-, Gramsci concede al intelectual orgánico, que es en buenas cuentas el Partido, un rol direccional absoluto e inapelable.

“Otra idea de Gramsci consistía en llegar al comunismo a través del antifascismo y de ahí la noción de la unidad del bloque histórico”, afirma el senador Del Noce.

  -Bloque histórico, en la significación que le da Gramsci, es la unión de la estructura con la superestructura, ¿verdad?

Exactamente. El bloque histórico es la unión entre estructura y superestructura, dada la importancia que atribuye a esto, esto es la importancia que otorga a la cultura y al factor cultural, más que al económico.

¿Quiere decir, entonces, que la lucha antifascista reemplaza en ese esquema a la lucha proletaria?

Flavio Capucci es quien toma la palabra:

-Gramsci ya no ve la revolución con la fuerza militar dentro de la sociedad, o del Estado. La revolución, como decíamos, ha de realizarse ahora en la cultura. Para sustituir una visión del hombre y del mundo, gradualmente, por otra visión del hombre y del mundo. En otras palabras, el Partido Comunista debe ahora antes que nada preocuparse de conquistar la sociedad civil, y esa conquista o es ideológica o no es nada. Dominada la sociedad civil, será fácil apoderarse del Estado.

Para hacer esta revolución, la acción debe concentrarse en lo que el marxismo llama la superestructura, donde introducirá, entonces, el enfrentamiento y la lucha de clases. El predominio será el cultural: el ámbito de la revolución no es ya la fábrica como organización de la producción capitalista, sino como una zona política para la formación de la conciencia de clase. Con la fábrica, el ámbito de la revolución será también las instituciones escolares, la prensa, los medios de comunicación social, la calle. Con la sustitución de la antítesis burguesía-proletariado por la de fascismo-antifascismo, el horizonte de la lucha política se fija en la superestructura. El adversario no es ya el patrón, sino el fascista.

Este antifascismo representa la reacción contra la tragedia moral que ha alcanzado a toda Europa en la última guerra. El fascismo, por su parte, se convierte en la síntesis histórica del mal, como lo era el capitalismo en el marxismo clásico. Es fascista el que desea defender los valores de la tradición –no importa si estos son históricos o metahistóricos- porque según acusa el dedo del marxista, son esos valores los responsables del nacimiento del monstruo fascista. De más está decir que quien otorgará el certificado de antifascismo será el Partido, con lo cual la hegemonía ya está en parte conquistada: si se desea exorcizar el mal, vencer al fascismo como categoría y tentación perennes, hace falta aproximarse al marxismo.

Fascismo es, pues, en este léxico el mal en cuanto tal, la concreción histórica de ese sentido común que el marxismo desea abatir y que desea disolver. Fascista es el principio de autoridad, la tradición, toda la cultura metafísica y religiosa que se apoya en valores objetivos. Fascismo es el antiguo sentido común que, con tintas tenebrosas, es presentado como enemigo. En la polémica antieclesiástica o antiteológica, la pugna fascismo vs. antifascismo será traducida en términos de progreso vs. conservación, libertad vs. autoridad, carisma vs. institución.

En este contexto de politización de la cultura, donde la emotividad ocupa el lugar de la razón, cualquiera que defienda los valores tradicionales pierde, por eso mismo, el derecho a la palabra. Será un enemigo que hay que suprimir.

Es el propio Flavio Capucci quien advierte a continuación sobre el uso equívoco de las palabras –o uso analógico de los conceptos- que practica habitualmente el marxismo:

-Es importante revelar la utilización equívoca de las palabras. Cuando un marxista habla de democracia entiende otra cosa; cuando habla de justicia entiende otra cosa; cuando habla de libertad o de autoridad entiende otra cosa. Y en esto es fácil dejarse convencer si uno no ha comprendido bien la esencia del pensamiento marxista, concretamente en su versión gramsciana, y, sobre todo, un aspecto que es la imposibilidad para el marxismo de fundar una ética. Para el marxismo, en efecto, sigue siendo válido aquello de Lenin: “Afirmamos que nuestra moral está totalmente subordinada a los intereses de la lucha de clases”.

-Para mí, la democracia no puede mantenerse sin una moral cristiana –afirma el senador Del Noce-, pero de hecho esta moral cristiana se encuentra venida a menos en Occidente y de ahí todo este desorden. 

  -Un debate que me parece de enorme actualidad, vigente en muchas partes del mundo, dice relación con la capacidad de la democracia formal para resistir a este embate –un embate tan contemporáneo- no faltando muchos que piensan que la democracia por su propia “formalidad”, ajena a la preocupación por los principios, estaría todavía en condiciones de navegar en estas aguas y defenderse.

Es Flavio Capucci quien toma la palabra:

-Es más o menos lo que decíamos antes. El espíritu burgués y la estrategia gramsciana coinciden en una cosa que es la lucha contra la trascendencia, contra la objetividad, según se enuncie en términos de religión o de metafísica. Y, entonces, son aliados que proceden a la vez en la fase de crítica y de sustitución de esta visión ética y religiosa sin valores objetivos.

Aquí, naturalmente, habría que hacer una distinción entre diferentes experiencias históricas que se van viendo, para encontrar una respuesta. Pero me parece que en Occidente, en algunos países europeos, la fase negativa está en su punto extremo.

¿Qué significa eso? Ya no hay ideales, y sólo hay un materialismo práctico de búsqueda del bienestar que lleva a un individualismo absoluto, donde ya no hay conciencia de la finalidad de toda la sociedad. Parecería más fuerte, en este contexto, el espíritu burgués con formas democráticas, pero allí donde no hay ideales ni capacidad de actuar en vista del bien del hombre, sólo se encuentra soledad y negación de la personalidad humana.

Flavio Capucci hace referencia a un discurso dirigido el año pasado por Juan Pablo II a los presidentes de las Conferencias Episcopales europeas. En él se advierte acerca el materialismo teórico que domina en el Este y del práctico que domina en Occidente, y se concluye que convergen en la destrucción del hombre por haber cortado su relación con Dios.

Y continúa:

-La democracia formal puede quizás, entonces, defenderse a sí misma, pero no defiende al hombre. Yo no creo que en realidad un hombre totalmente vaciado de valores y de ideales tenga fuerzas para luchar contra el comunismo. Que la democracia tenga fuerzas para hacerlo…, puede ser que sí, pero intrínsecamente pienso que no, que es manipulable, y que no aparece ya ni a sus propios ojos como un ideal que valga la pena defender contra este desafío. 

Cuando se separan el pluralismo y la coherencia con los principios, la democracia se convierte en principio absoluto y absolutamente formal. El indiferentismo de los principios lleva a depositar el fundamento de la unidad en la mayoría numérica o en la razón del más fuerte. Así sólo aparecerá la tiranía de los hechos y el relativismo de las ideas.

Ante esto me parece que la respuesta la debe dictar la circunstancia de cada país. Yo no veo tampoco una coincidencia universal en ese negativismo absoluto. Dependerá en definitiva de que la política siga ofreciendo espacio a quienes están dispuestos a pelear por valores más altos.

Hay un punto que es fundamental para quien quiera trabajar por el bien de un país, y es el de darse cuenta que hay una inclusión de la política en la ética. La democracia en sí no es un fin. Ahora, el espíritu burgués de democracia formal, como decíamos, y el marxismo, tienen en común también la absorción de la ética en la política, como si la política fuera la forma más alta y el interés último.

-Coincide esto con el axioma “todo es política” de Gramsci…

-Exactamente. Pero mientras en el comunista esto tiene más fuerza, en el burgués es por impotencia que se llega allí. Es decir, la impotencia que nace de no tener ningún valor alto que defender, sino la tranquilidad social, personal, casi epidérmica, a través de la democracia.

Así, Gramsci por la potencia de la visión naturalista que tiene, y los otros por la impotencia ética que les caracteriza, los dos llegan a la misma realidad.

Resulta importante observar a dónde se encamina el resultado de esta pugna, es decir, si vencerá la potencia política del marxismo o el vacío que el espíritu burgués crea. 

-Bueno, lo que es de preocupar es que el vacío difícilmente puede imponerse. Todos los vacíos son llenados y si en la sociedad actual se produce uno de esta naturaleza y no hay la contraposición adecuada a la fuerza que pretende llenarlo, el resultado puede preverse. 

-Lo que hay que tener en cuenta es el fenómeno concomitante a esta destrucción, que implica una especie de muerte de las ideologías. No sé cómo sea en Latinoamérica, pero aquí las manifestaciones de protesta, que, por ejemplo, eran una cosa diaria en las calles hace 10 años, hoy son algo raro de ver. 

Por su parte, el senador Augusto Del Noce tiene algo que decir a este respecto:

-El comunismo gramsciano, inspirado en el idealismo de Gentile –como se dijo, un teórico del fascismo- ha sufrido también las consecuencias del eclipse de la cultura idealista. No se ha cumplido así aquello que presagiaba Gramsci en el sentido de que la revolución comunista llegaría a ser mundial luego de ser revisada en Italia. Lo que él logró en buena medida fue destruir lo que había, pero no ha logrado igualmente conquistar, en la medida en que esperaba, el mundo cultural.

Eso hace que hoy el comunismo, aun cuando tenga todavía una gran fuerza política en Italia, culturalmente no posea la misma importancia. Pero, al mismo tiempo, por razones que derivan del mismo fenómeno, los que votan por el comunismo siguen todavía apoyándolo en las elecciones, pues no tienen mayores motivos para pasarse a otro partido. Como consecuencia de esa destrucción del sentido común que se operó generalizadamente, a la democracia cristiana, por ejemplo, le falta una base popular suficiente, porque ha hecho abandono de los enfoques que tuvo al nacer y no se ve que quiera una recuperación en el sentido de lo descrito.  

Por otra parte, este mismo proceso explica, también, que los actuales dirigentes comunistas italianos no tengan igual fe revolucionaria que la que animaba a los antiguos, incluyendo a los de Gramsci. Más que soñar con una humanidad nueva, lo que quieren a toda costa es el poder. Mas no hay que engañarse con ello, pues este comunismo pragmático, sin tanta fe revolucionaria, es, a mi juicio, más peligroso todavía. Primero porque es el único que aquí podría triunfar, pues si en Italia despliega un ánimo revolucionario, pierde. Segundo, porque revestido de esas características, hay partidos del sector laicista que creen que lo pueden usar y están dispuestos así a ser sus aliados. Tercero, porque básicamente no podría dejar de actuar contra todo lo que representa la tradición espiritual y nacional de Italia.

Sintetizando este fenómeno en el plano político italiano, vale la pena quizá terminar con este diagnóstico que nos da Augusto Del Noce:

-¿Cuál es el aspecto singular, totalmente nuevo, totalmente desconcertante, de este período histórico? El partido de la DC ha estado durante treinta años en el gobierno de la nación italiana; es decir, durante un período excepcionalmente largo, ha estado en el Gobierno el partido que tiene su origen en el designio ideal de León XIII de reconquista cultural católica y política del mundo, cosa que, de no hacerse, traería consigo el suicidio civil, el ocaso de Occidente. Ahora bien: en este período, con un ritmo cada vez más acentuado, ha sucedido también la mayor persecución cultural que el catolicismo haya jamás sufrido en Italia (…). Quiero decir, la mayor obra de descristianización (…). Todo ha ocurrido como si obedeciese a un plan preestablecido: el de humillar de tal modo al laicado católico que fuese inducido  -en nombre de la democracia- a convertirse en custodio de esa obra de descristianización, en instrumento apto para asegurar la máxima legalidad, de modo que esa obra pudiera realizarse. Una obra que parte desde abajo, que se insinúa a través de valoraciones que pueden ser oídas por la gente común sin sospechar nada, porque son propuestas independientemente de las primeras premisas en que se fundan. No es el caso de hablar de operaciones secretas. Hay que reconocer que los adversarios del catolicismo han jugado con cartas descubiertas; han revelado su finalidad de secularización total de Italia y el plan para llevar eso a cabo, y esto desde los primerísimos años de la postguerra. Con una precisión milimétrica han hecho pública esa tesis: tanto los marxistas como los radicales. Digamos que la culpa es de los católicos por no haber escuchado con la debida atención sus palabras.