ENTREVISTAS
André Frossard

En la luz de Ravena

No es nada simple resumir en breves líneas el recorrido amplísimo por el mundo del pensamiento y de las letras de este escritor francés que tiene ahora más de 70 años. Por de pronto, hace cuarenta años que ininterrumpidamente sus compatriotas lo ven figurar a diario en la primera página de uno de sus principales cotidianos –quince en L’Aurore y veinticinco en Le Figaro-, firmando una breve columna que encabeza con el epígrafe Cavalier Seul. Proeza inigualada, no sólo por su continuidad, como, principalmente, por su capacidad de imponerse en tal extensión al agudo sentido crítico que caracteriza a los lectores franceses. No extraña, por tanto, que Cavalier Seul constituya actualmente el objeto de un trabajo editorial que reunirá una antología de esta columna, que comenta hechos de actualidad nacional e internacional, junto a las noticias del momento tal como fueran entregadas por la prensa, proyecto que se materializará en 20 volúmenes. Una verdadera historia universal de la posguerra.

Fuera de Francia –también en Latinoamérica y Chile-, el nombre de André Frossard es más conocido, sin embargo, por otras razones. En primer lugar, por ser de aquellos grandes conversos al catolicismo, ubicable en la línea de Chesterton y Claudel. En su caso, desde el más recalcitrante agnosticismo marxista, vivido en familia durante su niñez, proceso interior que relata en su conmocionante libro “Dios existe, yo me lo encontré”. De la fuerza indiscutible de este escrito, habla el hecho de que ha sido traducido muchas veces a los más variados idiomas, que ha circulado en Rusia en forma de “samisdatz” manuscrito, y que ediciones clandestinas del mismo recorren hasta hoy los territorios del Este. También, dato muy principal, es que de la lectura hecha de este libro cuando era arzobispo de Cracovia, proviene en último término la entrañable y personal amistad que une hoy a Frossard con Juan Pablo II.

En efecto, cuando Karol Wojtyla fue elegido para ocupar la cátedra de Pedro, nos cuenta, quiso conocer al autor de “Dios existe, yo me lo encontré”. De los contactos habituales que a partir de entonces nacieron entre ambos, el Papa decidió que hicieran juntos otro libro –“No tengáis miedo” – André Frossard dialoga con Juan Pablo II-, primera entrevista que se ha hecho en toda la historia a un Sumo Pontífice. “Es él quien decidió que haríamos un libro juntos, no fui yo el que pidió la entrevista, no habría osado hacerlo”, nos precisa Frossard, quien en una entrevista posterior explicará pormenorizadamente el origen y desarrollo de esta iniciativa. Y en seguida, en respuesta a nuestra inquietud por conocer más de su relación de amistad con el Papa, a quien ve muy a menudo, nos cuenta cómo nació la idea de que escribiera el “Vía Crucis”, que fue recitado en el Coliseo Romano, el Viernes Santo de este año, ante el Pontífice y el pueblo romano, y ante una teleaudiencia mundial.

-Eso surgió el año pasado, pero fue originalmente idea de los maestros de ceremonia del Vaticano que yo escribiera ese “Vía Crucis”. Era la primera vez que se le pediría eso a un francés. Siempre lo preparan los sacerdotes de la Curia, y, a menudo, se recurre a textos clásicos. Como yo vería al Papa al día siguiente, me insistieron para que se lo consultara: Escríbalo, me respondió. Entonces, con su aprobación, lo hice y fue recitado frente al Coliseo de Roma. El Papa hizo hacer dos traducciones para asegurarse de que estaba totalmente correcto, se preocupó personalmente de ese “Vía Crucis”, que le emocionó mucho.

Nuestro encuentro con André Frossard, programado desde hace algún tiempo, no tiene lugar en París, donde él vive, sino en las orillas del Adriático en la ciudad de Ravena, famosa por sus luminosos y coloridos mosaicos y porque en esta capital del Imperio en el siglo V se conservan los restos de Dante. No es que allí esté de vacaciones –“no tengo jamás vacaciones” nos confiesa-, lo que es fácil constatar, pues se le ve, incluso en aquel pacífico lugar, colmado de encuentros y trabajos por avanzar, mientras al teléfono lo solicitan seguidamente desde cualquier lugar de Europa. 

Hace veinte años que Frossard descubrió Ravena y viene aquí muy seguido. Su identificación con el lugar es honda, dice relación estrecha con su percepción del mundo, ello a tal punto que después de su libro “L’Evangile selon Ravenne” (“El Evangelio según Ravena”), se ha transformado, sin buscarlo, en el principal intérprete del alma de esta ciudad. “Todos debían leer ‘El Evangelio según Ravena’ de André Frossard”, proclamó el Papa en la plaza principal de la ciudad cuando realizara allí su última visita, y en la cual el propio Frossard fue su guía.

-Un gran honor para usted…

-“Il est charmant ce Pape” (Es encantador este Papa), responde con humildad Frossard a nuestro requerimiento para preguntar luego si acaso a los chilenos les gustaría tener una edición en castellano de su libro.

Allí, pues, a pocos pasos del mausoleo de la emperatriz Galla Placidia, iniciamos una detenida conversación con André Frossard, a partir, precisamente, de su percepción de Ravena.

-“El arte se encuentra en Florencia, el sueño en Venecia, la gloria en Roma. En estas laderas de terracota, el agua pura de la contemplación se encuentra en Ravena”, dice usted en su libro sobre esta ciudad. Para sus lejanos lectores chilenos, en cuyas categorías culturales es, sin embargo, sensible el aprecio por Florencia, Venecia, Roma y Ravena, ¿podría explicar el sentido de esta comparación?

-Es cierto que el arte es lo propio de Florencia, porque aquella es una ciudad donde no hay sino obras maestras. Es la ciudad de la divina proporción. Se puede decir que todo en ella es perfecto. La catedral de Florencia, con su elegante campanil. El Arno que es el más bello de todos los ríos, porque sobre él se han construido puentes de suprema hermosura. Porque, incluso, existe una disposición perfecta de los paseos y del alumbrado, y porque hasta el más mínimo pomo de una puerta es allí una obra de arte. Está el David de Miguel Angel, que es, indudablemente, la estatua más extraordinaria del mundo: se tomó al ser humano en la actitud más difícil para una escultura, es decir, de pie y sin hacer nada. Es un desafío artístico que Miguel Angel enfrentó en forma brillante. Se encuentra el convento de San Marco, que contiene una cantidad de frescos maravillosos de Fra Angélico.

Digo que en Venecia está el sueño y la poesía. Hay algo casi irreal, es una princesa sumida en su espejo de agua donde flotan sus estuches de joyas. Todo eso incita al sueño en forma inmediata. Es difícil entender cómo una ciudad así pueda haber sido construida en Europa a través de los siglos por mercaderes. Han cambiado mucho los mercaderes desde aquel entonces…

Y la gloria le corresponde a Roma, que fue realmente el centro de la civilización durante muchos siglos, muchísimos más siglos que otro imperio. Fue algo extraordinario. Dicen que los romanos inventaron la cúpula y es algo típicamente romano, es una manera circular de abarcar el mundo. Eso se encuentra no sólo en la cúpula que simboliza el Imperio, está también en la cúpula de las iglesias, donde se produce la unión del cielo y de la tierra. Como si el cielo estuviera encerrado dentro de la cúpula. El Imperio Romano trajo también consigo el sentido del honor por la palabra dada, del derecho, de la justicia. Todas las nociones fundamentales de nuestra civilización occidental provienen de tres pequeños pueblos: los judíos, que nos enseñaron el monoteísmo; los griegos, que nos informaron sobre casi todo lo demás: matemáticas, filosofía, lógica, etc.; y Roma, que nos legó el sentido de la justicia, de la palabra empeñada, y también de la familia. Le atribuyo, por fin, la gloria a Roma, porque en ella hay un sentido espectacular del trofeo.

En cuanto a Ravena, es el lugar de la contemplación pura. Lo explico en mi libro sobre esta ciudad. En primer lugar, los cuadros, los paneles y los mosaicos de Ravena no consideran en absoluto el sentido de la historia, es decir, es posible recorrer la historia en una u otra dirección, porque el tiempo carece de flecha y no es unidireccional. Por ejemplo, en San Apolinario el Nuevo se ve un cortejo de santas, mártires que siguen a los Reyes Magos, que murieron mucho antes, y que se precipitan a los pies de la Virgen María, glorificada en el cielo y, sin embargo, con el niño Jesús en sus brazos. No existe el tiempo y éste puede recorrerse en una u otra dirección. Este es el primer aspecto que ayuda a la contemplación, porque ésta consiste en desprenderse de la historia, del sentido de la historia, de la flecha de la historia.

En segundo lugar, estos cuadros se ubican en su mayoría en un solo plano. Esto es muy propio de la contemplación, donde todo ocurre simultáneamente.

No hay perspectiva en la contemplación, porque la perspectiva ubica al ser humano en el centro de la composición, surge en torno al mismo según su modo de ver, mientras que la contemplación surge de la vida y el ser humano no está más él en el centro. El inconveniente de la perspectiva está en la introducción de la noción de distancia, con el cual se introduce el tiempo y en la contemplación no hay tiempo.

-¿Le parece a usted que de alguna manera Dante se encuentra bien aquí en Ravena?

-Dante es de la época en que justamente se dejó de ser contemplativo para ser metafísico, teatral incluso, en que se cambiaron las formas. Antes de Dante, el cristianismo era una nueva, una novedad. Se ve en la entrada de las catedrales de esa época, en Francia, por ejemplo, donde un pórtico, con una cantidad de santos, daba una información que invitaba al transeúnte a entrar para conocer la buena nueva, como una especie de conserje del Evangelio, de algo que en el interior es extraordinario. 

Con posterioridad a Dante y sobre todo durante el Renacimiento, que es casi inmediatamente posterior a Dante, esto cambió. El cristianismo dejó de ser una nueva y se convirtió casi en una pieza de teatro. Los personajes y esculturas del Renacimiento y más aún el Barroco adoptan poses escénicas, llegando, incluso, a actuar en una representación del cristianismo.

Dante no tiene en absoluto el espíritu de Ravena, no es un contemplativo.

-Si fuese posible aplicar esas cuatro categorías a ciudades de Francia –arte, sueño, gloria y contemplación-, ¿cuáles serían ellas o, al menos, cuál sería la ciudad o el lugar francés que representaría de modo más definido la contemplación, que usted aprecia como la categoría superior de Ravena?

-La cultura francesa de la primera época del cristianismo comenzó muy tempranamente y desapareció también muy tempranamente, y no cuenta con muchos edificios u obras maestras, ya que casi nada ha subsistido desde entonces. Los monumentos franceses comienzan mucho después que en Ravena, en el siglo X o XI, con el estilo románico. Y el espíritu contemplativo francés será el estilo cisterciense, el estilo de San Bernardo, es decir, un dibujo muy puro, sin aumento alguno, una especie de geometría de la contemplación sin representación pictórica. 

-¿Usted incluye en ese mismo elemento contemplativo el arte románico de Borgoña, Cluny y toda la familia de Cluny?

-Hay, por supuesto, una época contemplativa en el románico, pero éste evolucionó muy pronto hacia el gótico, que es típicamente francés, con el estilo que nació en Francia y nos traslada de la contemplación a la metafísica. Ya no se trata de la perspectiva de los contemplativos, que implica la abstracción del sujeto que contempla. Se pasó en ese momento al impulso hacia la verticalidad acelerada, una tentativa de elevar las paralelas hacia el infinito… Es muy peculiar el gótico, es una construcción de la inteligencia que quiere provocar una inflexión del cielo hacia él.

Lo propio del arte románico, en cambio, es la paz, con sus arcos de puente hacia lo infinito. El espíritu contemplativo se encuentra en el arte románico. En Ravena, está en las paredes con aquellos mosaicos que vemos, que a su vez mezclan lo románico bárbaro. Pero hablando en sentido estricto, en Francia no podemos encontrar una equivalencia en Italia en esta materia, donde existen tantas ciudades que son un mundo propio y distinto. 

-¿Qué responde  a la objeción tan corriente en sectores cristianos “progresistas” –objeción que se remonta en realidad a Lutero- según la cual la simbiosis del cristianismo con el Imperio y su cultura significó el comienzo de la decadencia para el cristianismo? 

-Ese es un antiguo lugar común de política cristiana que me parece falso, totalmente falso. En primer lugar, la unión entre el cristianismo y el Imperio aportó un elemento nuevo de enorme importancia, que, tal vez, pasa inadvertido para los que formulan esa objeción. A partir del momento en que el Imperio adoptó el cristianismo, en un comienzo en igualdad de condiciones con las demás religiones, y luego más o menos como religión oficial, el emperador dejó de ser un dios. Esto tiene una importancia extraordinaria. El emperador deja de ser un dios; es decir, no es un representante en lugar de Cristo, un sustituto temporal del orden divino; pero no es divinizado y esto es fundamental en la historia de la humanidad. Esta sería la primera respuesta. 

En segundo lugar, la unión entre ambos se produjo en el momento de la decadencia del Imperio romano; es decir, en el siglo IV. Nos encontramos entonces con tres o cuatro emperadores que ya no eran muy poderosos. Y en esa época, en los siglos IV y V en Europa, la Iglesia es la única institución válida, era el único cuerpo que se mantenía firme y la gente se refugiaba bajo su amparo. Esas circunstancias la condujeron a tener que asumir responsabilidades civiles que no le corresponden automáticamente. ¿Qué iba a hacer? ¿Rechazar a la gente, negarle su protección? La Iglesia acogió a las personas, fue su refugio contra las invasiones bárbaras e inevitablemente tuvo que asumir responsabilidades de orden temporal. No se le puede reprochar esto ni decir que es el comienzo de la decadencia del cristianismo, ya que fue una evolución histórica normal. 

Sin embargo, el punto más importante, sobre el cual nunca es suficiente insistir, es el de la desdivinización de la persona del emperador, que deja de ser un dios y esto es sumamente importante, porque al tener carácter divino, es el emperador quien hace la ley, la hace a su antojo, la modifica y ejerce un poder totalmente arbitrario. Si el emperador deja de ser dios, él también está sometido a una ley superior a él mismo. Puede respetarla o no, puede ser honesto en relación con ella o no, puede llegar a ser un asesino o tener todos los defectos del mundo, pero siempre habrá una ley divina por encima de él que podrá reconocer, aun cuando no la respete todos los días de su vida. Esto es esencial para la salvaguardia de las personas, tiene una enorme importancia.

Desgraciadamente los cristianos de los cuales usted habla no ven este aspecto a pesar de su carácter esencial. El mundo actual padece justamente por esa desaparición, por la abolición de una ley suprema, que ha dejado de existir. Ahora puede cambiarse permanentemente el principio del bien y del mal, según la hora y el lugar. Es una catástrofe para la humanidad, una gran catástrofe que ha sucedido y es la causa de todos los totalitarismos, de todos los sistemas totalitarios, que son formas de divinización del poder temporal semejantes a las que hubo en el Imperio.

-Usted establece una diferencia entre lo que es la contemplación pura y esa contemplación metafísica que, como dijo, aparece posteriormente. Si la contemplación se sustenta en un cierto sentido de lo sagrado, ¿en qué medida observa usted, con posterioridad a los siglos V y VI –que son los siglos de Ravena-, un fortalecimiento del sentido de lo sagrado? ¿Cómo ve usted, en grandes líneas, el posterior crecimiento o decadencia de ese sentido de lo sagrado y su correspondiente influjo en la cultura y en la civilización?

-En primer lugar hay que hacer una distinción entre lo sagrado y lo santo. Lo sagrado ha sido creado por el instinto humano para contener la violencia. Lo sagrado debe inspirar cierto terror, conteniendo y manteniendo a distancia. Hay ciertas cosas que no se deben tocar, sin decir el por qué. Si a uno le dieran una explicación, comenzaría una discusión filosófica y lo sagrado desaparecería. Lo sagrado es arbitrario y se impone como elemento destinado a contener la violencia humana. Representa una era histórica que llega a su fin con el cristianismo. En ningún momento el Evangelio se refiere a Dios como lo sagrado; es santo, es lo santo. A partir del momento de su Encarnación, en que Jesucristo se convierte en un hombre y uno puede tocarlo, en que es clavado en una cruz y comido en la Eucaristía, termina lo sagrado y comienza la era de lo santo, que, a diferencia de lo sagrado, atrae. Es la perfección suprema que ejerce una atracción por lo santo; efecto inverso a lo sagrado, que mantiene a distancia.

Una cierta noción bastante fuerte de lo sagrado subsistió aún después de Cristo durante mucho tiempo, pero estaba destinada a desaparecer, no podía perdurar, porque a partir del momento que se puede tocar a Dios, comer de su cuerpo, repartirlo, se elimina lo sagrado, que por principio lo mantiene a uno a gran distancia. Podemos pensar en ese pobre hombre, cuyo nombre no recuerdo, que en el Antiguo Testamento fue fulminado en el acto, porque en un momento en que se trasladaba el Arca de la Alianza, que se encontraba peligrosamente inclinada hacia un foso, él estimó conveniente sujetarla con la mano. Murió ahí mismo por haber tocado el Arca.

En el cristianismo es distinto, porque ya no es lo sagrado sino lo santo lo que prevalece. Hubo así una evolución normal de lo sagrado a lo santo, que no se produjo de sobresalto, y lo sagrado siguió existiendo durante mucho tiempo e incluso actualmente.

Lo sagrado tendría que ser reemplazado por lo santo. Pero es una evolución normal, y si perdemos tanto lo sagrado como lo santo lo hemos perdido todo.

-Pero esta cultura de la cual usted habla, que sobre todo en Francia, por ejemplo, dice usted que se hizo metafísico, ¿retornó entonces a lo sagrado, desde lo santo, en esta evolución que toma el camino de la metafísica?

-No llegó a ser ni lo uno ni lo otro, rompió con este orden divino.

-¿El gótico, por ejemplo?

-Lo santo puede transmitirse bajo la expresión de lo sagrado, pero si se rompe con lo divino no queda ni lo santo ni lo sagrado. No queda nada y se produce esa evolución que presentan prácticamente todas las civilizaciones. Comienzan por la mística, es decir, por la contemplación, por el impulso hacia Dios, que puede ser nombrado o no serlo, que puede en su lugar ser el reconocimiento de un maestro superior incluso. Comienza por lo místico, ya que el ser humano, un poco como los niños, frente a la esencia del misterio de las cosas, que son enigmáticas y atrayentes, trata de descubrir, de discernir la inteligibilidad de las cosas. Este es el período místico. 

Pero obviamente el hombre se cansa de escrutar la transparencia infinita de las cosas y vuelve a la tierra. El pensamiento entonces se hace metafísico y uno cambia, dejando de ser contemplativo y místico, pero contando ya con una acumulación de energía moral, porque la mística es una gran productora de energía moral. De místico uno se convierte en metafísico, es decir, va a tratar de reemplazar lo que en último término nunca ha podido captar completamente mediante la visión contemplativa, va a tratar de reconstruirlo mediante la inteligencia. Se elaborarán sistemas teológicos y filosóficos y profundas doctrinas que se esforzarán por conocer el universo independientemente de toda contemplación mística pura. Esto proviene de la fatiga ocular. La energía moral acumulada    durante el período místico hace en todo caso maravillas en el período metafísico.

Y aquí volvemos al estilo francés: la metafísica sube hacia el cielo a una velocidad increíble, como en la catedral gótica de Amiens, donde se encuentra uno con hilos de piedra que forman una estela, que sube hacia lo alto. Pero veremos que éstas recaen en las iglesias góticas de estilo flamígero. Es la exploración de lo infinito que cae en la atmósfera terrestre, convirtiéndose en un frontón. Se producirá una instalación sobre la tierra; se termina el cielo del cual no se habla más.

En síntesis, en primer lugar está la mística; en segundo lugar, el cansancio contemplativo que genera la metafísica, que es una especie de sustituto de la contemplación, un sustituto intelectual; en tercer lugar, a la metafísica se le abandona, porque también es un poco inasible y no otorga la posesión de las cosas y, en suma, se vuelve a bajar sobre la tierra, y ya no se escruta lo infinito porque cansa. Todas las fuerzas morales e intelectuales, incluso los pensamientos acumulados anteriormente en el período místico, se utilizan en el período metafísico para la ordenación de este mundo. Es el Renacimiento, es el momento donde se crea una civilización, que es magnífica, pero más asentada en el mundo terrenal que en lo divino. Este se mantiene un poco por referencia…

En este período de adaptación definitiva al mundo, de utilización del mundo como tierra, de ordenación del mundo, la civilización muy hermosa que se produce se defiende de toda clase de peligros, quiere ser segura, se provee de arte, se enriquece y se debilita moralmente también, llegando a ser menos resistente intelectual y físicamente. 

Por lo general, en ese momento es que vuelven los bárbaros y se renueva el cielo. Las sociedades occidentales segregan sus propios bárbaros, que las destruyen en el interior, por el terrorismo, por ejemplo, que es la barbarie interna, porque ya no proviene del exterior.

-El terrorismo contemporáneo se entiende en ese ciclo, en su opinión…

-Exactamente, es un retorno de la barbarie. El ciclo luego se reinicia. Después, nuevamente, debería venir un período místico.

-De modo que usted ve la fuerza original del crecimiento de una civilización en el período místico, en la contemplación.

-La contemplación mística es el medio de adquirir una enorme fuerza, porque la contemplación no es una especulación de la inteligencia, sino que es una especie de espejo solar, totalmente cóncavo, vacío de la propia presencia, que al modo como el sol en el espejo solar produce una acumulación de energía, recibe una fuerza increíble de lo divino.

-La crítica respecto de la cultura de la modernidad se ha transformado en un tema bastante reiterado durante el último tiempo, en los más variados sectores intelectuales. Respecto de esta crítica, el filósofo disidente polaco, actualmente profesor de filosofía en Oxford, Leszek Kolakowsky, expresa: “Hay algo alarmante en la desesperación de los intelectuales que no poseen una afiliación, fe o lealtad religiosa propias, y que insisten en el papel educativo y moral de la religión    en nuestro mundo, a la vez que deploran su fragilidad, de la que ellos mismos son elocuentes testigos. No les culpo por ser irreligiosos ni por afirmar el valor crucial de la experiencia religiosa, pero no puedo persuadirme de que su trabajo va a producir los cambios que ellos anhelan, porque para difundir la fe hace falta tener fe, no una afirmación intelectual de la utilidad social de la fe”. ¿Qué juicio hace usted de la opinión de Kolakowsky?

-Siempre hay que partir de cero, es más sencillo. Tanto las civilizaciones como los estados y momentos históricos son producto de la inteligencia humana, de su modo de aprehender el mundo, de concebir el mundo y su propia persona. Por consiguiente, un poco con el afán de provocar, yo respondería, retomando el hilo de lo dicho antes, que para el místico cristiano la inteligencia no existe. Es sencillo. La inteligencia se distingue de todas las demás facultades por el hecho de que no debe existir y debe dejarle la palabra al ser de las cosas, tiene que ser totalmente virgen. La inteligencia es la Inmaculada Concepción, sempiternamente virgen. Debe borrarse completamente ante lo que es y estar totalmente libre de todo impulso categórico ante el ser de las cosas. Eso es la inteligencia, es la capacidad de captar lo que las cosas y el mundo tienen que decir. A partir del momento en que ella existe, es decir, en que se fabrican instrumentos o interviene como tal para examinar el mundo, cae en el error. La inteligencia tiene que ser perfecta, la inteligencia mística tiene que ser perfecta, con una abnegación total de la persona, del ser ante lo real.

Podemos, pues, decir, un poco paradójicamente, que la inteligencia más hermosa es la que no existe, es decir, la que no arroja una sombra sobre el sujeto, la que es pura objetividad. El místico se diferencia de todos los demás en esto: en su creencia en la posibilidad de una objetividad pura, es decir, en la no intervención del ser humano, en su no influencia en el diseño de las cosas. Eso es la inteligencia mística. 

En el mundo moderno ha ocurrido exactamente lo contrario. La filosofía alemana ha hecho de la inteligencia una especie de grúa mecánica para atrapar los objetos. Se ha decidido cuáles eran las categorías en las que se debía almacenar lo real. Se ha fabricado ora un aparato elevador, ora un almacén de conceptos, y esto constituye un error total. Se ha pasado de la objetividad al subjetivismo integral y estamos en un período de total subjetividad, en que somos incapaces de tener objetividad, con excepción de una categoría de ciudadano, el científico, que es el único que se ha mantenido dentro de la objetividad, cuya base está en la humildad. Yo no debo existir ante lo que es, debo abstraerme, negarme momentáneamente para dejar que hable el universo. Para el sabio es lo mismo, él está lleno de humildad ante el microbio porque si no fuera humilde ante el microbio, nunca descubriría nada; pero éste es el último y el único que conserva objetividad. La objetividad ha pasado al lado científico. Los sabios comienzan a no descubrir nada desde el momento en que se vuelven subjetivos, que es el final de sus descubrimientos en la investigación. Los grandes, los que descubren, son los que plantean interrogantes sin tratar de controlar un sistema preestablecido mediante el rescate de elementos de la realidad que puedan darles la razón. Todo esto constituye una reforma absoluta de la concepción del mundo y del ser. Yo creo en la objetividad, pero el mundo moderno ya no cree en ella.

Si se habla de la fe, ésta también es una forma de objetividad ante Dios, ante la posibilidad de su existencia. La fe es una maravilla de objetividad, es decir, la verdad es Dios y no yo. Tengo que aprender a pensar como Dios. En eso consiste la fe, en aprender a pensar como Dios, como El piensa y transmite. Es, pues, una abnegación total de sí mismo.

-A propósito también de Polonia, Czeslaw Milosz –Premio Nobel de Literatura 1980- ha señalado que la masiva participación de los polacos hoy en los ritos religiosos se debe no a razones políticas –como pretende darlo a entender equívocamente la prensa occidental- sino que a motivos más hondos: el pueblo entero –la opinión pública- comparte allí la misma noción del bien y del mal, situación fortalecida por su vívida experiencia histórica en este siglo, afirma Milosz. ¿Tiene, a su juicio, esta situación algún paralelo en Europa o en Occidente?

-Sobre eso hay mucho que decir. Yo siempre he tratado de darles la razón a los polacos, empezando por Juan Pablo II, y es cierto en este caso que la noción del bien y del mal tiene crucial importancia.

El mundo está dividido en dos: las personas son una noción objetiva, vuelvo siempre al punto de la objetividad, del bien y del mal en sí mismos, que se les impone, y los que carecen de esta noción, para quienes del bien y el mal están sometidos a una especie de autodeterminación o, a su vez, a la determinación de un partido. Por ejemplo, la diferencia entre los socialistas occidentales y los comunistas está justamente en esta noción del bien y del mal, que subsiste entre los socialistas y está completamente ausente entre los comunistas, para los cuales el bien es el bien del Partido y el mal todo aquello que se opone al Partido. Es una noción de una subjetividad total. Se trata de una realidad bien libre, porque de esta idea de que el bien y el mal están en función de la situación del partido político que permanece en el poder se desprende de inmediato que el bien es la permanencia del Partido en el poder: la conservación del poder por el Partido o la luz suprema de la humanidad. Esto es trágico, es terrible. Y el mal vendría a ser todo cuanto podría oponerse a esta conservación del poder. El comunismo es una forma de totalitarismo que sólo consiste actualmente en una técnica para conservar el poder establecido y el mal es todo aquello que se le opone, todo lo que es disidente, todo lo que puede discutir u objetar.

Retomando enseguida el tema de la objetividad, Frossard añade: 

-¿Existen o no existen un bien y un mal objetivos? Y se responde: La única objetividad es Dios. El es el objeto puro de toda contemplación. 

La manipulación que sufre la humanidad es en primer lugar obra del diablo, enemigo de la Iglesia. Es obra del diablo, de la misma serpiente que, para engañar a Adán y Eva, les prometió el fruto del árbol, diciéndoles: serán como dioses, conocerán el bien y el mal. Cuando dice “conocer” lo que dice es “determinar”. Serán como dioses, podrán determinar ustedes mismos el bien y el mal, no recibirán más órdenes de Dios, estará pues a disposición de ustedes elegir y podrán decidir sobre el bien y el mal ustedes mismos. Ahora bien, toda la sociedad moderna está controlando, está poniendo en acción el pronóstico, la profecía y la promesa de la primera serpiente. 

-Siempre a propósito de Polonia, cuando el Papa habla de la historia y de la tradición religiosa de su patria natal, no sólo refiriéndose a una época del pasado, usa muchas veces la expresión “Antemurale Christianitatis”: Baluarte de la Cristiandad. ¿Cuál cree usted que es el rol de la Iglesia Católica Polaca y, desde un punto de vista más amplio, también el de la Iglesia del silencio en el Este, en este período del cual hemos hablado?

-No es posible agrupar a todas las iglesias del silencio. Para empezar, la Iglesia de Polonia no es silenciosa y tiene un rol especial. Ocurre que Polonia es un país regularmente desprovisto de sus bases geográficas por la invasión, por la ocupación, por el reparto. Es un país que desaparece periódicamente del mapa. Los polacos siguen existiendo, pero cada cierto tiempo Polonia desaparece. Entonces el espíritu de identidad polaca se mantiene como en suspensión en la fe, en la religión, en la Iglesia. La Iglesia es depositaria tanto de la fe como de la identidad de los polacos. Fe e identidad son la misma cosa en la Iglesia polaca, lo que la hace sumamente fuerte. Por este motivo, por la desgracia de Polonia, los polacos están acostumbrados a vivir periódicamente, no digamos en ausencia, porque no se trata de eso en ningún caso, pero en la fe, porque sólo pueden vivir en la tierra y en el cielo de la Iglesia esperando que la historia les devuelva su patria, hoy repartida, mutilada, destruida.

-Y desde la perspectiva de la mística, que usted indicó como siendo la raíz de la fuerza moral y cultural de una civilización, ¿cómo ve usted el rol de la Iglesia del silencio en la Iglesia contemporánea?

-A ella le ha tocado una mala parte desde el punto de vista humano. Es más desgraciada, es evidente. Está totalmente despojada y vive en el silencio. Es muy difícil mantener la fe en total soledad, sin cooperación, sin convivencia con los demás. Se necesita apoyo y los que conservan la fe en los países del silencio están muy aislados. Es, pues, muy penoso para ellos, pero se observa que esa situación les da, por otra parte, fuerza interior, fuerza espiritual. 

No sabemos, entonces, si esta acumulación de potencial cristiano de las almas aisladas, pero ciertamente muy numerosas de los países del silencio, algún día, no digo que vaya a hacer estallar el sistema, porque el sistema que los oprime es muy poderoso, es una cubierta de acero; pero hay Chernobyles donde también había una cubierta de acero y se dieron fugas de radiación… Puede también haber una especie de Chernobyl cristiano, cuya fuerza está bajo el sistema, que de golpe produzca fugas espirituales que lleguen a envenenar el sistema. Es posible.

Es ahí donde se ubica la mayor capacidad de fuerza, de energía espiritual. Pero no se puede medir, no se sabe exactamente lo que representa. Mientras tanto, al otro lado, en Occidente, ocurre lo contrario, hay cierto desvanecimiento del impulso místico, de la ilusión, de la fe y de la creencia.

-Dice usted en su libro “Dios existe, yo me lo encontré” que el socialismo es una verdadera creencia que aprovecha la tendencia natural del hombre hacia lo religioso. “Por lo demás –escribe usted- hay que comprender bien que el colectivismo no es sólo una doctrina económica, sino una verdadera mística que ofrece a sus adheridos una cierta forma impersonal de inmortalidad”. Y añade: “El místico colectivista se pierde en la colectividad como el místico cristiano se pierde en Dios. La diferencia es que aquél no se encuentra”.

Estas energías religiosas que despierta o en que se apoya el socialismo, pero que no logra sin embargo satisfacer, ¿en qué medida cree usted que se disputan con el renacer clandestino de la fe religiosa en los países comunistas?

-En ese libro yo hablo de una época del socialismo y no de lo que ocurrió después. El socialismo ya abandonó la etapa mística para entrar en la etapa metafísica y en la fase totalitaria. Ya no está en lo que yo hablo en el libro “Dios existe”. La época a la cual me refiero allí es la de las catedrales socialistas, es decir, del gran élan, de origen ciertamente religioso, que animaba a los socialistas militantes, que abandonaban el cristianismo y no conocían otra cosa. Habían encontrado en eso una especie de religión de tipo un poco científico. Era el ideal, la religión, la fe por la cual el hombre, el ser humano era autorredentor y se salvaba por sí mismo sin intervención de Dios. Por consiguiente acudían allí a la búsqueda de energías que los hombres encuentran en cualquier otra forma de misticismo. Era un misticismo de base política, pero de todas maneras era un misticismo. Pero eso terminó, terminó hace mucho tiempo. Y ahora –repito- el socialismo totalitario del Este no es sino un medio de perpetuar el orden establecido y no tiene referencia religiosa. Eso terminó y ya no se cree en ello.

-¿Esa carencia de misticismo también se encuentra en el socialismo europeo?

-Absolutamente. El socialismo europeo no es hoy sino una forma de administrar la sociedad capitalista, de manera si se quiere progresista. Pero ya no representa fe alguna, no tiene nada de místico.

-En ese mismo libro, reportándose a su experiencia de antaño, usted señala que en el socialismo, el ateísmo es una premisa básica que no se discute. “La existencia de Dios no sólo es inverosímil sino también inadmisible”, dice usted textualmente.

-Ni siquiera es deseable.

-Y agrega usted que para el socialismo la existencia de Dios “hubiera puesto, en el origen de todo, una desigualdad capaz de hacer la oposición ociosa y el diálogo imposible”. ¿Es el marxismo un camino que parte por la negación de Dios? ¿O, por el contrario, llevan las premisas que fundamentan la doctrina socialista a negar la existencia de Dios por exigirlo la coherencia, aunque al comienzo de este camino no se haya querido negar a Dios?

-No, realmente es el principio básico. Es antiteísta, no sólo ateo, sino contrario a la existencia de Dios. Y si Dios incluso existiera, para el marxista, se le rogaría dimitir de todo su poder, se le rogaría presentar de inmediato su dimisión porque Dios es inadmisible. Eso es lo esencial del sistema socialista tal como se practica en los países del Este, ¿verdad? Es contra Dios, contra la idea misma de Dios, ya que ésta impone una noción del bien y del mal que no es discutible. La existencia de Dios implica un bien y un mal objetivos y esto es lo que no quiere el materialismo histórico y mucho menos el materialismo dialéctico. Por consiguiente, sin Dios y contra Dios. Es esto lo que determina la persecución religiosa en Rusia, en Checoslovaquia y en otros lugares. En Polonia están más tranquilos, porque allí se puede producir una rebelión generalizada, no lo consideran por el momento, pero cada vez que tienen la oportunidad, la posibilidad, persiguen a los sacerdotes, a los cristianos y no quieren oír hablar de lo divino. Eso no es posible, están en contra de eso.

El Partido, el socialismo, es un sistema cerrado en sí mismo, sistema que se considera como concluido y perfecto. Dios produciría una brecha en el sistema, impediría la circulación, el sentido giratorio en el cual se mantiene a toda una población. Dios se convertiría en posibilidad de evasión para los espíritus, para las inteligencias, para los corazones y las almas. Eso no es aceptable. Nada de Dios, por lo tanto. Entonces, el ateísmo no es una consecuencia del sistema, es un requerimiento inmediato del sistema, es su primer principio. No hay Dios y no tiene que haberlo, con excepción del Partido, que en sí mismo cumple funciones de ídolo, de ídolosistema. 

¿No es posible entonces que convivan en una persona –y en una sociedad- el credo socialista y la fe en un Dios creador?

-No es posible si uno observa la realidad de las cosas. Si se enmascaran algunos aspectos de la realidad, claro, uno puede decirse creyente y socialista. Pero en ese caso se estará en un socialismo moderado, un socialismo no sistemático, un socialismo al estilo occidental, que equivale casi a una caridad social, pero ya no es un socialismo ideológico, que queda completamente excluido, porque en él una creencia es totalmente imposible. El creyente no puede admitir los objetivos del socialismo, que es una idolatría, una idolatría del Partido, que representa y conduce la historia y todo se resume en el Partido, sin admitir que la creencia en Dios sea posible.

No deberíamos decir ideología sino “idología”, sistema idólatra del Estado, del Estado representado por el Partido y que se supone ha de cubrir todas las necesidades del ser humano, cualesquiera sean éstas. Las necesidades religiosas que subsisten se prohíben, deben desaparecer. Todas las necesidades que el Estado no puede satisfacer son prohibidas por la ley.

Uno no puede ser creyente y aceptar, eso no es posible, es antitético, antinómico. Un cristiano que dice ser a la vez cristiano y socialista se engaña a la vez sobre su cristianismo y su socialismo y en esas condiciones claro que es fácil establecer un lazo de unión entre ambos.

-Entre sus recuerdos usted hace presente que en los ambientes socialistas se rechaza todo lo que provenga del catolicismo, no así en términos más bien poéticos- la figura humana de Jesucristo.

-Se admite a Cristo sólo en cuanto hombre, porque esta imagen cuenta con cierta indulgencia   por parte de los socialistas doctrinarios, por ser un hombre que fuera víctima de los sacerdotes de todo tipo, del Sanedrín, y que fuera condenado por los sacerdotes, con lo cual casi acompaña un rol del socialismo. Pero no reconocen su divinidad, no pueden admitirla, eso no es posible.

Lo visualizan como un profeta o prefiguración de Karl Marx, un primer impulsor de su propia doctrina socialista, excluyendo definitivamente la divinidad.

-Con lo cual de ningún modo esta figura puede aproximar a Jesucristo-Dios, entonces.

-De ningún modo. No, porque si fuera Dios sería entonces totalmente incomprensible para ellos. Teniendo el poder de reformar el mundo, de revolucionar la tierra, de hacer promover sus ideas instantáneamente en cuanto Dios, ¿por qué no lo habría hecho? Con lo cual su simpatía comienza por transformarse en vacilación para luego convertirse en antipatía, porque pensarían que debería haber empleado otros medios para salvar a la humanidad y no hacerse crucificar. Por lo tanto, queda excluida la divinidad.

Distinguiendo el plano ideológico del práctico, Frossard formula además otra explicación:

-De todos modos ambas tesis, cristianismo y socialismo, son contradictorias, son opuestas, no hay conciliación posible entre ellas. Otra cosa distinta puede ser, sin embargo, el terreno de lo práctico, hablando de los socialistas occidentales, del socialismo como política de izquierda. Es muy posible que en ciertas circunstancias éste administre mejor la sociedad que la gente de derecha, es posible esto en el dominio práctico de la administración de la ciudad. Uno puede entenderse bien en una situación así con los socialistas, pero no es posible entenderse con el socialismo en el plano metafísico o religioso, eso no es posible, es contradictorio para un cristiano.

-La dificultad está en que siempre la vida pública, la vida política, tiene relación con la metafísica, con la ética, ¿no es así?

-Por supuesto.

-Es un deslinde delicado, cuya separación puede derivar hacia otro camino.

-Es difícil. Y en esto entra el aspecto moral. Es verdad que el socialista europeo es moderado, liberado de la ideología, que son personas con las cuales es muy posible convivir. Pero su concepción del bien y del mal, que de algún modo ha permanecido objetiva –que en ellos, en último término, es un legado del cristianismo- la dejan de lado con más facilidad que los cristianos propiamente tales. Es decir, su noción del bien y del mal es susceptible de modificarse no en forma radical como en el sistema totalitario comunista, pero sí en cuestiones básicas como el aborto, el divorcio y otras. Son menos sensibles en ello que los cristianos.

Es posible, entonces, que la discusión se reinicie con ellos. El bien y el mal no les resultan apremiantes. Hay cosas que, en definitiva, se hacen y otras que no se hacen, según los socialistas y los cristianos, pero no siempre son las mismas cosas.

-Uno de los temas más habituales en el debate contemporáneo es el de la libertad. A él se dedica un largo capítulo en el libro que registra su diálogo con el Papa. Mi pregunta apunta a saber cuál es su concepto de la libertad, qué alcance civilizador usted le atribuye, y si acaso la noción cristiana de la libertad, a su juicio, se ha modificado.

-La mejor definición de la libertad que conozco es la de Santo Tomás de Aquino, sí, que era un gran genio después de todo. Para él la libertad consiste en permitirle al hombre no ser determinado sino por Dios si él así lo desea, es decir, significa que el hombre escapa al determinismo de la naturaleza. Si Dios no existiera, todos nosotros seríamos enteramente determinados y no tendríamos un átomo de libertad, seríamos función de nuestros genes y cromosomas, del medio ambiente, de la educación, de la herencia y de las demás circunstancias, que nos arrastrarían por la punta de la nariz. Aun cuando creyéramos ser libres, seríamos, en cierto modo, mecanos insertos en la mecánica universal, y no existiría ni la sombra de la libertad.

Dios es el que le da la libertad al ser humano, es Él el que nos permite escapar al determinismo. Con Él, gracias a Él, no estamos reducidos al estado de moléculas de los cuerpos universales. Por consiguiente, en eso consiste la libertad humana para un cristiano, está vinculada a Dios, el hombre la recibe de Dios y no subsiste sino por Él y justamente se es libre en la medida que uno se refiere a Dios. Nunca podrá encontrarse la libertad en la propia persona o en la expresión de la propia personalidad. Ese es un error dramático, es una vez más producto del subjetivismo, de ese subjetivismo maldito y diabólico que sume al ser humano en una búsqueda sin fin de algo que no existe. Si el hombre concibe así su libertad, ésta se tratará o del derecho de hacer cualquier cosa, lo que es absurdo como formulación de la libertad, o de un medio de expresión permanentemente impregnado de su propia persona. Pero eso tampoco es posible, porque para empezar es muy invasor, molesta a todos los demás y por último conduce a sucesivos y repetidos fracasos. También la búsqueda puede tener una definición puramente política y se hablará entonces de los derechos del individuo, de los derechos humanos y del ciudadano y de todo eso, pero son meras convenciones, convenciones políticas, que se pueden revisar, mejorar o, por el contrario, destruir. Eso no está dentro del orden espiritual. En el orden espiritual la libertad tiene nombre, se llama Dios.

Cuando me convertí fue por la evidencia de Dios, fui convertido por la evidencia luminosa de Dios. Hubo gente que dijo en alguna ocasión después: “¡Pero su libre arbitrio! Usted debió aceptar a Dios”. Yo respondo que ni siquiera lo sometí a deliberación. So no es posible porque Él era mi libertad, fue Él el que me tomó, me liberó de mí mismo para darme el propósito de su propia vida. En eso consiste la libertad para el cristiano. Es de origen divino y de destinación divina y se ejerce en el orden de la espiritualidad. Es Dios el que puede determinarme contrariamente a las fuerzas del universo entero, que Él puede no considerar. Por consiguiente, se escapa así al viejo determinismo, si bien en el orden moral puede dejarme cierta libertad, puede darme libertad de escoger, con el fin de afirmar mi persona, porque así lo quiere, porque no le interesa estar en relación con personas que parezcan robots que ejecutan sistemáticamente su voluntad. Quiere seres vivos que pueden decir “sí” o “no”. En eso consiste el libre arbitrio, que está estrechamente vinculado con la moral cristiana.

Es Él quien creó la causa del primer pecado, del pecado original, después del cual Adán y Eva se transformaron en interlocutores, porque en el Paraíso terrenal eran meros receptores. Cuando ellos paseaban por el jardín, Dios no veía sino su propia imagen en Adán y Eva, puesto que eran hechos a su imagen y no habían realizado afirmación personal alguna. Después del pecado se convirtieron en personas y personas en pecado, personas por salvar.   Es así que la economía de la salvación comienza a la salida del jardín. En eso consiste el plan divino con las criaturas. Él tuvo que relacionarse con personas, es decir, seres con los cuales podía comunicarse y que no podían encontrar su verdadera identidad fuera de Él, puesto que eran creados a su imagen, pero que terminarían por encontrarse en Dios cuando Él, a su vez, adoptara su identidad de persona. Habrá un intercambio de identidad entre Dios y su criatura.

Desgraciadamente, hay gentes que hablan mucho de libertad y que son incapaces de definirla en su ámbito propio. Usted les pregunta, ¿y en qué consiste? No dan definición metafísica alguna de la libertad. La libertad metafísica, la libertad absoluta es Dios. No existe otra libertad para la criatura fuera de Dios mismo, que es donde se encuentra su verdadera persona. Ese es el fin de la vida cristiana. Encontraremos nuestra identidad en Él, puesto que somos efigies. Cuando Dios, cuando Cristo dice “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, se hace traer una moneda y pregunta: “¿De quién es la efigie de la moneda?” Le contestan: “Del César”. “Entonces dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, responde. Es la efigie del César lo que le hace pronunciar estas palabras. Sin embargo, nosotros somos la efigie de Dios, somos copias y nuestro original está en Dios, lo encontraremos en Él, quien por su humildad increíble adoptará nuestra identidad. Habrá un intercambio de identidad entre Dios y su criatura. Ese es el fin de la vida cristiana, algo demasiado hermoso para el mundo moderno.

Independientemente de todo lo que acabo de decir, en eso también consiste la metafísica de la libertad práctica: es como la perilla de una puerta. Uno tiene o no tiene derecho a abrir la puerta para salir. Todos los prisioneros nos dirán que lo más penoso de la cárcel es que la puerta no tiene perilla. La libertad es la perilla de la puerta, pero se la confunde a menudo con ideas puramente políticas.

-A propósito de la libertad, ¿cómo ve usted esa contraposición que se plantea a menudo, en medios teológicos o eclesiásticos y en otros, entre espíritu e institución, entre carisma y poder, que se proponen como dos cosas contrarias? Esto tiene cierta relación con el problema de la libertad, parece. También voces autorizadas han visto en ellos algo así como una reedición contemporánea de lo que se diera en la época medieval con los llamados “fraticelli”.

-Para resumir en una palabra, habría que decir que en el judeo-cristianismo y en el cristianismo, para hablar en términos esenciales, todo es caridad, todo ha sido creado por la caridad divina y todo se basa en el modelo de la caridad divina. Es decir, que el ideal, que el fin último no es uno mismo sino el otro, siempre es el otro. Dios se da. Él es permanente efusión de su propia persona, es efusión de su propia persona, es efusión y difusión totales, por lo cual la expansión es el modelo. En todo caso uno está llamado al mismo género de vida, a darse totalmente al otro, a Dios y al prójimo por amor a Dios. El bien Mayor es el don de sí.

Se repite siempre que Dios es amor, pero no se sacan las consecuencias. Eso significa que uno renuncia permanentemente a su propia persona y no se deja nada de sí, para la propia conservación personal, o se deja lo menos posible. La mitad de los sufrimientos de la humanidad son inevitables y ésta no es inmediatamente responsable por ellos. Son las enfermedades, los terremotos, la pérdida de seres queridos, son sufrimientos que vienen de lo extremo, es la parte impuesta por el sufrimiento. Hay otra parte del sufrimiento igualmente considerable en el ser humano que proviene de todo lo que éste rehúsa a los demás y que constituye lo que en medicina se llama “cálculos”, del mismo modo como se forman cálculos    que en la vesícula arrancan la uretra. Son concreciones de la negativa de uno mismo. Uno rehúsa darse y este rechazo puede producir gran sufrimiento. Gran parte de los sufrimientos morales, excluyendo los que le indicaba, proviene del rechazo de darse y de todo lo que uno reserva para sí.

El cristiano debe ser objetivo, es decir, el ser creado por Dios tiene prioridad sobre su inteligencia. Su inteligencia debe ser pura adecuación al ser de las cosas, sin intervención para modificarlo y transmitirlo. La objetividad es, pues, el don de sí mismo.

-Usted dice al comenzar su libro “No tengáis miedo” que Juan Pablo II parece venido directamente de la Galilea de los tiempos de Jesús –como San Pedro y los Apóstoles- para dirigir la Iglesia en una nueva época. ¿Cuáles son, cree usted, las características principales de este nuevo período de su historia cuyo umbral está atravesando la Iglesia Católica? ¿Qué relación tiene con las repetidas referencias del Papa al tercer milenio?

Estamos viviendo una época en que se dan toda clase de composiciones intelectuales y morales junto de un gran número de amenazas al ser humano. No solamente amenazas atómicas o biológicas, de manipulación genética, sino también de manipulación política, que a la larga, pueden ejercer una influencia nefasta sobre el ser humano. Por consiguiente, o bien en el tercer milenio se dará un reencuentro con la mística que puede salvar a la persona, o ésta desaparecerá como tal.

La persona es el enemigo íntimo de todo sistema político que no soporta a los individuos. Es ella que puede decir “no”, y a los sistemas políticos no les gusta que les digan “no”. Es por eso que la persona es el enemigo. Al mismo tiempo, la persona es atacada hoy por la irreligiosidad, por el ateísmo, lo cual le produce un daño inmenso, ya que sólo somos personas por nuestra filiación divina, eso es lo que nos hace ser personas. Sin Dios no quedan personas. Otras veces son libres, pero entonces son atacadas por la biología, por todas estas manipulaciones actuales como los bebés que se fabrican, que se transportan dentro de una mujer que no los ha concebido con el mismo hombre, y así. Es terrible, es espantoso todo lo que se hace también con ese asesinato permanente que es el aborto, en que se matan niños so pretexto de que aún no han nacido. Después de ello resulta imposible condenar a un asesino, resulta imposible aplicar una ley. Si está permitido matar a los inocentes, ¿cuál va a ser nuestra justicia?

La persona es atacada por todos esos medios, además de la presión y opresión de nuestro sistema de vida en Occidente, teniendo que vivir en el mundo volatilizada por tantas necesidades, imágenes y cosas que le impiden el recogimiento, el re-cogimiento, el volverse a coger. No siendo ello posible, está totalmente dispersa, se la volatiliza, se la manipula, se la oprime, se la somete a un régimen o se la disuelve, a la persona. Por consiguiente –y creo que esto es lo que el Papa ha querido decir en relación con el tercer milenio- o se producirá una reacción instintiva del ser humano en un intento de salvar su persona  de todos esos peligros, más la bomba atómica y todo el resto, en que los hombres volverán a ser místicos y en que habrá una nueva era mística en el mundo –y lo místico no es un estado de vida extravagante, no es el dominio de la alucinación permanente, no es nada de eso en absoluto; es el sentimiento profundo de que Dios es necesario y de que todo proviene de Él; ése es, de algún modo, el origen del sentido místico- o dejará de haber hombres y habrá seres extraños, descabellados, prefabricados. Será “el mundo feliz” de Aldous Huxley, en que se fabricarán mujeres que no tendrán más hijos, se podrá fabricar de un cuanto hay, policías, todo según los requerimientos de los planes de la sociedad. Por consiguiente, o se destruirá la humanidad o se producirá una reacción mística y eso es lo que el Papa quiso decir. Y hay ciertos indicadores que permiten esperar una reacción mística de este tipo para la salvación del ser humano, de la persona.

Lo que está más avanzado hoy en día es la persona, por la torre de Babel moderna que la oprime, torres que no están vueltas hacia arriba y hacia abajo, sino que aplastan a la humanidad. La torre de Babel vuelve a empezar todo el tiempo para que los hombres todo el tiempo vuelvan a recomenzar. Ahí está el hormiguero, el hormiguero humano, ésa es la realidad. Si Dios destruyó la torre de Babel no fue porque le hacía cosquillas en la barba, sino porque esas torres aplastan al ser humano. Por consiguiente, la rebelión salvadora del hombre tomará la forma mística; es decir, la necesidad, el deseo de absoluto y de infinito. Con el Papa hablamos mucho de eso. El ser humano tiene una superioridad sobre los animales y es el hecho de que no es perfecto. Los animales son perfectos en su especie, no se le puede agregar un pelo al bigote de un gato porque es perfecto, como lo es el perro y todos los animales en su especie. El ser humano no lo es, no está terminado, hay en él algo así como una abertura, una brecha que él abre hacia lo infinito. Por consiguiente, o se cierra esa brecha y ya no se podrá hablar de alma humana o, por el contrario, los seres humanos mirarán a través de esa abertura hacia algo más.