Reconocido indiscutidamente como uno de los mayores teólogos de nuestro tiempo, el exarzobispo de la diócesis alemana de Múnich, cardenal Joseph Ratzinger, ocupa –al momento de realizar esta entrevista, en febrero de 1987– desde hace ya más de cinco años el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –fundada hace 450 años–; tiene, en efecto, por misión, según palabras del Papa Paulo VI, «promover la sana doctrina a fin de brindar nuevas energías a los mensajeros del Evangelio», como, asimismo, «corregir los errores y conducir por el recto camino a los equivocados».
Magna tarea la de velar por el depósito de la fe en un tiempo que supone inmensas complejidades en el terreno de lo científico y de lo humano, como es el nuestro. La profunda inteligencia teológica de Juan Pablo II se reconoce, sin duda, en la de este prefecto y asesor suyo tan próximo, que suma a su enorme altura científica la seguridad doctrinal, el acabado conocimiento y la plena sintonía con el magisterio del Concilio Vaticano II.

Es en los hermosos despachos del Palacio del Santo Oficio, ubicado a un costado de la Basílica de San Pedro, que tiene lugar la audiencia con el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Transcurre febrero de 1987 y en todo Chile se aguarda con creciente expectativa la primera visita de un Papa al país, cuyo arribo será el 6 de abril de ese 1987.
Impresiona de entrada la personalidad del cardenal Ratzinger. Se está con él, sin duda, en presencia de un prelado que inconfundiblemente pertenece a la estirpe de los más grandes hombres y cardenales de la milenaria historia de la Iglesia. Menos comentado como trazo de su personalidad, se palpa también de inicio su humildad y su honda religiosidad, cuya finura se hace por ejemplo patente en sus reflexiones expuestas en el retiro que predicara para el Santo Padre y la Curia romana en la Cuaresma de 1983, reunidas ahora en un hermoso libro que lleva por título Il Cammino Pasquale (editado también en Francia como La Resurrection).
Respeto a la vida humana
Inteligencia abierta a penetrar en todos los problemas de la realidad contemporánea, el cardenal Ratzinger se interesa por los más variados aspectos de la cultura, no solo en Europa, sino también en Latinoamérica y concretamente en Chile. La conversación discurre así pausadamente hasta llegar a aquello que el propio cardenal denominará «el núcleo teológico de los problemas actuales».
La presencia noticiosa del aguardado documento sobre bioética dado a conocer por el Vaticano esa semana, dirige de inicio la conversación hacia los criterios éticos y antropológicos que inspiran la Instrucción Donum vitae, promulgada por su dicasterio y con su firma, por mandato del Papa Juan Pablo II, según reza el párrafo final.
–La inspiración de la Instrucción sobre el respeto a la vida humana y su origen viene de una visión del hombre como criatura de Dios, deseado en cada caso individualmente por Él, y de la idea de que el hombre es un ser en relación con Dios y que cada uno se encuentra en dicha relación desde el primer momento de su existencia. Esto implica, asimismo, la unidad de cuerpo y espíritu en esta criatura; el hombre es una persona y un espíritu que se expresa y se realiza en el cuerpo, por lo cual dicho cuerpo es también una realidad personal. De este criterio se deduce que la sexualidad, como autoexpresión del cuerpo humano, es una realidad personal y en ningún caso una realidad puramente biológica. Es una expresión de la persona, dada precisamente esta unicidad del ser humano. Por consiguiente, para que la sexualidad sea digna del hombre tiene que personalizarse, realizándose en el contexto de una verdadera relación personal.
Un segundo criterio, implícito en lo anterior, es la existencia de una libertad profunda en cada hombre, ya que cada uno es deseado por Dios desde su primer momento. De aquí proviene la preocupación especial de la Iglesia por los más débiles. Los más débiles son aquellos que no tienen un poder propio –el embrión, el niño– y necesitan protección. El amor por los pobres, del cual hemos hablado en nuestra Instrucción sobre Libertad y Liberación, se extiende también a estos seres más débiles, ya que se encuentran en un ámbito donde se explota la debilidad de los mismos en oposición con la dignidad humana. Este amor por los débiles supone oponerse ante cualquier dominio donde exista la intención de explotar esta debilidad del nonato, lo que sería contrario a esta visión del hombre como un ser deseado por Dios en todo momento de su vida.
– Mientras, por una parte, la ciencia se siente en el derecho de investigar, por otro, la mujer estéril se siente en el derecho de hacer todo lo que esté a su alcance para tener el hijo que la naturaleza le niega. Desde el punto de vista de la antropolo- gía cristiana, ¿cuáles serían los límites de la investigación para lo primero y los límites del sentimiento o del sentimentalismo para lo segundo?
–Es evidente que la Iglesia es partidaria del progreso de la ciencia y también de la libertad de investigación, en cuanto estén realmente al servicio del ser humano en su calidad de tal. No pretendemos impedir la investigación, sino solamente aquella tendiente a destruir al ser humano, la que no sería ya humana. Por consiguiente, para el investigador, el único criterio consiste en que su trabajo esté verdaderamente al servicio del progreso del ser humano.
En relación con este problema concreto, ello implica que nosotros deseamos toda investigación que ayude a la curación de la esterilidad en cuanto se trate de una verdadera curación y no una sustitución del hombre mediante la técnica. Tendríamos que agregar que no existe un derecho propiamente tal a tener un niño, porque un niño es un hombre y por lo tanto nunca es poseído por otro; es una persona y no cabe, por consiguiente, una relación de posesión y de derecho sobre él. Se trata siempre de una relación profundamente personal y el niño es siempre un don, un ser con identidad propia que debe ser respetado en este sentido. Ahora bien, es evidente que existe una tendencia natural a tener hijos y todo cuanto favorezca esta realidad deseada por el Creador es también deseado y acogido por la Iglesia.
Con la mansedumbre del pastor acostumbrado a tratar problemas del alma, el cardenal Ratzinger agrega a continuación que debe respetarse naturalmente el deseo dado por el Creador de tener hijos y que si la naturaleza humana no otorga la respuesta aguardada, lo que constituye muchas veces una prueba difícil para la mujer, debe ayudársela con toda la comprensión necesaria para aceptar y sublimar esta capacidad de amor entregándola de otras maneras, como, por ejemplo, mediante la adopción. «Hay muchos niños que desean tener amor y no lo encuentran. Con una fantasía de amor también se descubren respuestas y puede llegar a comprenderse incluso por qué el Creador y Redentor nuestro da origen a estas situaciones, con el fin, tal vez, de que exista una nueva disponibilidad para aquellos que necesitan el amor, que no ha encontrado su primera y naturalísima respuesta», precisa con la delicadeza de quien trasunta un hondo sentido de la caridad.
Del feminismo a la teología de la liberación
Los asuntos tan actuales de la bioética y de la manipulación genética trasladan naturalmente la conversación al tema subyacente a dicho fenómeno, cual es el de las reivindicaciones feministas –muy en boga en el ámbito político de algunos países europeos– y sus repercusiones en la teología:
– Según se puede observar en algunos lugares de Europa, y también de los Estados Unidos, a las feministas actuales no les interesa, como en otro tiempo, la igualdad jurídica y social de la mujer, sino que pretenden la plena homogeneidad de los sexos y, en ciertos casos, el primado de la mujer respecto del varón. En consonancia con lo que se hablaba recién, llegan incluso a repudiar la sexualidad y con ella la maternidad, el matrimonio y la familia. Este rechazo se manifiesta a diario en su reivindicación del aborto sin trabas legales, en la demanda de que la educación de los hijos se transfiera al Estado y como meta más remota, en la supresión del embarazo por medio de la reproducción artificial. El proyecto de las feministas más radicales apunta, por lo que se ve, al cambio del mismo ser humano y al del orden social tradicional, para llegar a un hombre nuevo dentro de un mundo nuevo. ¿Se observan repercusiones del movimiento feminista en el ámbito teológico?
–Sí. Para comenzar, me gustaría decir que en mi opinión usted ha caracterizado muy bien la esencia de este feminismo. Ya no se trata de los derechos de la mujer –estamos, naturalmente, a favor de los derechos que son verdaderos–, sino de una verdadera rebelión contra el ser humano en cuanto a cómo este ha sido hecho por su Creador, a cómo existe naturalmente. Se observa aquí, una vez más, tal cual señalaba antes, una tendencia a independizarse del cuerpo, de lo corporal, eliminando prácticamente el aspecto corporal y sexual del ser personal, para dar origen a una identidad artificial del ser humano, independiente de esta realidad corporal. En el fondo, hay un falso concepto de la libertad; es decir, se interpreta la libertad como total independencia. El ser humano, sin embargo, es un ser creado en relación y la verdadera relación es comunión y de este modo una condición de la libertad. Por consiguiente, aquí lo que hay es una oposición entre dos conceptos fundamentales de libertad. Por una parte, un concepto que ve solamente en la autonomía total la verdadera libertad, condenando, como dependencia, toda necesidad de entrar en relación; por otra parte, el concepto cristiano, según el cual la libertad solo puede provenir del ser en relación y en relaciones justas.
Es verdad que está empezando a introducirse, incluso en la teología, este concepto de un feminismo radical y se introduce no solo a través de este concepto erróneo de la libertad y de esta separación ya aludida entre lo corporal y lo personal del ser humano, sino también en la forma de una profunda rebeldía ante el concepto de Dios, porque el Dios trinitario, que es Dios en relación y se expresa en el amor de la encarnación, está en total oposición con estos conceptos. Es por eso que buscan, incluso, un nuevo concepto de divinidad. Llegan así a afirmar que no puede llamarse Padre a Dios, debiendo eliminarse en consecuencia la cristología, porque Cristo es hombre: se busca la deidad tierra y hay ya nuevas liturgias, acompañadas de nuevas tentativas de interpretación de las escrituras, como si la interpretación de Jesús, tal como nos la da la Biblia, fuera una falsificación, producto de una androcracia, y como si fuese necesario ahora volver a un Jesús, que habría que reconstruir, acorde con una idea feminista de la humanidad.
Es verdad, pues, que existen estas tendencias teológicas –gracias a Dios marginales, ya que se trata de un feminismo radical–, cuya visión comienza, entre tanto, a introducirse un poco más en la labor cotidiana de la teología. Por lo tanto, debe quedar muy claro que el feminismo, en el sentido mismo de la palabra, es una religión opuesta a la cristiana, y creo, efectivamente, que es indispensable y muy actual un debate teológico sobre estos problemas.
–A partir de lo señalado por Marcuse –«el feminismo es uno de los movimientos quizás más importantes y potencialmente más radicales que tenemos» –, ¿advierte V.E. una relación más profunda entre el feminismo y la filosofía marxista?
–Creo que sí. Naturalmente que en Marx no aparece todavía el feminismo, aun cuando algunas tendencias en esta dirección se pueden encontrar. Pero me parece que el concepto de libertad, la idea de la autonomía del ser humano, de autocrearse como ser nuevo, se encuentra básicamente presente también en el pensamiento de Marx y –como vemos– en Marcuse se ha desarrollado esta filosofía en el sentido de una ontología de la rebelión y de una tentativa de oposición radical al ser actual, que alcanza hasta los mismos fundamentos de nuestro ser humano. En tal sentido, yo diría que el feminismo, con su idea de liberarse de la «condition humaine», de liberarse de la relación humana natural, comparte las mismas raíces filosóficas del marxismo.
–¿Y ve alguna relación del feminismo con cierta teología de la liberación?
–Yo diría que está empezando a aparecer. Tal vez en los mismos escritos de la teología de la liberación no está aún muy presente, por lo que conozco. Solamente he leído que el padre Leonardo Boff habría dicho en una entrevista –no sé si es verdad– que él se siente muy próximo a este movimiento. En todo caso, en cuanto cierta teología de la liberación comparte de alguna manera el concepto anteriormente descrito de libertad, se encuentra también expuesta en sus raíces a la tentación del feminismo.
Núcleo teológico de los problemas actuales
–En muchos de los debates teológicos contemporáneos parece que subyacen cuestiones eclesiológicas. A veces pareciera como que se vuelve a oír la voz de alguno de aquellos «modernistas» que hiciera fama a inicios de siglo con afirmaciones tales como: «Jesucristo fundó el Reino y en su lugar surgió la Iglesia». ¿Puede, en tal sentido, hablarse de que existe hoy una suerte de neomodernismo?
–Yo creo que sí. Estas palabras de Loizy se citaban mucho después del Concilio y han abierto un poco el camino para nuevos conceptos eclesiológicos. Pienso que en realidad la nueva forma de interpretar las Escrituras, no solo sin la Iglesia, sino contra ella; de vivir las Escrituras y el seguimiento de Jesús contra la Iglesia, implica en todo momento una eclesiología errónea. Sin embargo, esto es efectivamente una alteración de la cristología que viene de antes, que arranca de cómo se veía a Jesucristo en Loizy, con una idea equivocada del futuro, en la espera de un Reino que sustituía a la propia Iglesia. Este ya no es el Jesucristo de nuestra fe, y me parece que actualmente existe al menos una tentación por alterar profundamente la cristología, en el sentido de que la divinidad de Jesús, sin tal vez ser negada explícitamente, es reemplazada por un Jesús visto como el gran modelo humano, como un programa de revolución integral. Y este Jesús, naturalmente, no se expresa en un misterio de la Iglesia, sino como un programa, y en la búsqueda de combatientes.
Así, con la alteración de la cristología, si ya no tenemos un Hijo de Dios encarnado que da cuerpo a un nuevo pueblo de Dios, se disuelve automáticamente la eclesiología y en vez de una comunión basada en el misterio del amor de Dios, se encuentra una lucha por un futuro mejor de la humanidad. Aquí, pues, vemos cómo cristología y eclesiología son inseparables y lo que afecta a una de ellas afecta a la otra.
A mí me parece que este es el núcleo teológico de los problemas actuales: una alteración, ya sea de la cristología o de la eclesiología, trae consigo una forma diferente de leer las Escrituras y, por consiguiente, también una idea distinta del seguimiento de Jesús y de la vivencia de su mensaje.
Actualidad de la Divini Redemptoris y noción de libertad
El 19 de marzo de este año 1987, en la fiesta de San José, se cumple medio siglo desde que el Papa Pío XI diera a conocer al mundo en 1937 su importante encíclica Divini Redemptoris condenando al comunismo ateo. El Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe se refiere así a la actualidad de dicho documento:
–Creo que es un documento de gran actualidad, que tiene una evidente continuidad tanto en la Encíclica Laborem exercens de Juan Pablo II como en nuestras dos Instrucciones sobre la Teología de la Liberación y sobre Libertad y Liberación. En ella el Papa Pío XI pone de relieve la personalidad del hombre, la libertad de la persona, que no representa solo un momento de una historia, de una colectividad, sino que es algo deseado como tal por Dios.
El cardenal Ratzinger recuerda, acto continuo, que también Pío XI alzó su voz contra un liberalismo individualista que interprete erróneamente el carácter social del ser humano, consideración que coloca de lleno la conversación en el tema de la libertad y en la continuidad que a este respecto también muestran las enseñanzas del magisterio pontificio por más de un siglo.
–Otra de las controversias que atraviesan el siglo XX, inclusive el pasado siglo XIX, es la cuestión de la libertad. Toda la primera parte de la Instrucción «Libertad Cristiana y Liberación», mucho menos comentada por la prensa que la segunda parte, aparece como una contundente reafirmación de lo que la Iglesia siempre ha enseñado al respecto. Ello se ve así particularmente en el párrafo donde la Instrucción señala que «hay peligros para la libertad, que la Iglesia nunca ha dejado de denunciar, en la pretensión de la edad moderna de liberar de Dios y de la moral al hombre». Al contrario de lo que pretende cierta modernidad, Dios y la moral aparecen, pues, como realidades indisolubles.
¿Debe esto entenderse en continuidad y como una reafirmación de las enseñanzas que en esta materia se iniciaran con los primeros papas en los tiempos contemporáneos, vale decir, el Beato Pío IX y León XIII?
–Es natural que la prensa haya fijado más su atención en la segunda y no en la primera parte de la Instrucción, ya que esta se encuentra más próxima a la mentalidad media. Sin embargo, esto me parece peligroso, porque la segunda parte solo puede comprenderse bien a la luz de la primera, ya que las aplicaciones sobre el comportamiento político-social concreto provienen del concepto básico de libertad, y si bien es posible pensar que muchas de las cosas dichas en la segunda parte son muy próximas a programas incluso de una teología marxista liberacionista, cuando se observa la totalidad del documento se capta el abismo existente entre estos dos programas y realizaciones. Resulta, pues, sumamente importante observar este concepto profundo que conlleva la totalidad de la doctrina.
Ya he indicado anteriormente los puntos esenciales de esta cuestión, es decir, que se plantea en este momento la elección entre una noción cristiana de la libertad y una libertad que llamaríamos anarquista, en rebelión contra el ser humano tal como es, con el fin de crear uno nuevo. Este concepto anarquista ve en cualquier relación una amenaza para la libertad; ya hemos dicho que solo la construcción de relaciones justas constituye el vehículo de una verdadera libertad. Por consiguiente, esta primera parte de la Instrucción «Libertad Cristiana y Liberación» es realmente decisiva y, contestando a su pregunta, puedo decir que estamos en plena continuidad con toda la tradición cristiana, desarrollándola, por supuesto, de acuerdo con las nuevas experiencias de nuestra época, que son diferentes a las del siglo pasado. Pero, en realidad, aun cuando la doctrina es profundizada y desarrollada a la luz de una experiencia nueva, está en plena continuidad y muestra también la riqueza de esta tradición cristiana.
Reconciliación
–Tiempo atrás se reunió en la ciudad de Tacna, Perú, un grupo de teólogos, religiosos y laicos, en algo que podría ser considerado una continuación del Congreso realizado en Los Andes, Chile, en agosto de 1985. Se ha hablado en Tacna de una teología de la reconciliación. ¿Podría V.E. señalar resumidamente cuáles serían los fundamentos de esta teología?
–Yo veo su fundamento en ese texto tan importante de la Segunda Epístola a los Corintios, de San Pablo, en el capítulo quinto, en el que existe un resumen del mensaje cristiano, de acuerdo al cual nosotros, los apóstoles, somos mensajeros de Dios y en nombre de Dios pedimos reconciliarnos con Dios, en Cristo.
Por consiguiente, la Redención, el Evangelio, es reconciliación con Dios y tenemos que decir que la enajenación del hombre consiste en el hecho de su carencia de conciliación consigo mismo, de estar dividido internamente, y es imposible su conciliación consigo mismo si no está en paz con Dios, ya que Dios es más íntimo para el hombre que él mismo para sí. Es por eso que solo el ser reconciliado consigo mismo puede estar en paz con los demás. Esto depende en todo momento de una paz fundamental, proveniente de estar reconciliado con Dios, y solo quien está en conciliación consigo mismo supera la enajenación y como consecuencia alcanza la liberación.
En tal sentido, esta reconciliación profunda con el ser y, por consiguiente, con Dios y con uno mismo es el fundamento de toda libertad y de toda capacidad de reconciliación, de vivir en paz y de encontrar un justo orden de relaciones, que produzcan un plano de libertad. Pienso en realidad que las ideas equivocadas de libertad y toda esta tendencia a autogenerar un nuevo tipo de ser, de lo cual hablamos, es producto de una profunda falta de conciliación con uno mismo, con el ser en sí mismo, y supone, por lo tanto, la identificación con un ser contrario a la realidad de Dios, quien es negado porque no se encuentra la paz con Él.
Me parece que, por otra parte, aquí se toma contacto con el fundamento mismo de un nuevo concepto positivo de libertad y de paz, a partir de cuya visión podría elaborarse toda una teología de la libertad y de la paz, embebida con toda la riqueza de la cristología, de la auténtica eclesiología.
Nuevo catecismo y abusos litúrgicos
–¿Podría adelantarnos algo respecto del trabajo que está siendo realizado para elaborar un nuevo Catecismo de la Iglesia Católica? ¿Qué es lo que el Santo Padre, Juan Pablo II, espera de ese trabajo? 1
–Tenemos una comisión formada por el Santo Padre, integrada por un grupo de unos veinte obispos de todo el mundo, quienes deben vigilar este trabajo. Ya hemos tenido una reunión inaugural y hemos determinado los alcances de la tarea. La comisión ha establecido un grupo de redacción, integrado también por obispos, ya que pensamos que lo que debe realizarse no es un Catecismo de los profesores, sino de los pastores, para llegar realmente al pueblo cristiano.
Naturalmente, no es posible resolver todos los problemas doctrinarios de la Iglesia con un solo libro, pero me parece que mediante este modelo adaptado a las necesidades de hoy, podrá darse un gran apoyo a todos aquellos que se empeñan en transmitir el mensaje del Evangelio. Este es el objetivo fundamental, toda vez que en tantos aspectos importantísimos de la fe –partiendo por la Creación, el Pecado original, la Redención, la Eucaristía, la Escatología– no existe en este momento acuerdo sobre cómo presentar los elementos irrenunciables que deben orientar la visión de la fe, distinguiéndolos de los elementos discutibles. Hay que entregar un cuadro común para lograr una nueva unanimidad en la predicación de la fe, que es también condición de una sana y válida pluralidad.
Este es el objetivo deseado por los obispos y es sorprendente como ya en el Sínodo, sin que se hubiera hablado antes el asunto, se produjo unanimidad sobre este punto, en el sentido de que necesitamos este modelo común, esta orientación común sobre los puntos esenciales para la transmisión actual de la fe.
–En el libro Informe sobre la Fe (entrevista con Vittorio Messori), V.E. dice, a propósito de la vida litúrgica, lo siguiente: «Se ha llegado a creer que solo se da participación activa allí donde tenía lugar una actividad exterior verificable: discursos, palabras, cánticos, homilías, lecturas, estrechamientos de mano. Pero se ha olvidado que el Concilio, por “actuosa participatio”, entiende también el silencio, que permite una participación verdaderamente profunda y personal, abriéndonos a la escucha personal de la palabra del Señor. Ahora bien, en ciertos ritos, no ha quedado ni rastro de ese silencio». Hasta aquí sus palabras.
¿Cómo pueden los fieles reivindicar su derecho a una participación verdaderamente profunda y personal frente a ciertos abusos en la celebración litúrgica? ¿Cree que sea posible el renacer de una piedad silenciosa y contemplativa que fundamente una participación profunda y personal en el pueblo fiel, en las circunstancias presentes de una cultura que favorece a la imagen sobre la idea y a la información sobre la contemplación?
–Yo creo que sí, no solo porque la Iglesia cuenta con la promesa del Señor de que volverá siempre a su centro, sino también porque humanamente ya estoy viendo cómo la nueva generación reencuentra el sentido del silencio, así como el sentido del esplendor de los símbolos, de la objetividad de una gran liturgia en la cual uno no se representa a sí mismo, no es animador, sino que representa el misterio más grande que puede haber para todo ser humano, cual es la presencia del Señor.
Veo –y esto es muy natural– que el hombre y el alma cristiana no pueden perder completamente el sentido de esta riqueza, que quizás puede con todo ensombrecerse momentáneamente. Pero en la juventud, que ha vivido suficientemente estos nuevos descubrimientos de la información y la imagen que usted ha mencionado, retorna ya el sentido de la gran liturgia auténtica y su dimensión contemplativa. Por otra parte, el clamor del espíritu cristiano, del pueblo cristiano, es tan fuerte que no puede quedar sin respuesta. En este sentido, espero que con una nueva generación tendremos también un regreso auténtico de estos elementos tan importantes en la liturgia cristiana.
*Entrevista publicada en diario «El Mercurio» – Domingo 15 de marzo de 1987
Esta entrevista forma parte del libro:
