ENTREVISTAS
Monseñor Carlo Caffarra

En defensa de la persona humana: desafío a los «cortesanos»

Monseñor Carlo Caffarra es de esa raza de hombres del norte de Italia cuya capacidad de trabajo asombra. Como es su costumbre en los distintos lugares que visita, en Santiago cumplió también, a fines de abril de 1990, una semana de intensa actividad en la cual desarrolló un ciclo público de conferencias en la sede de la entidad que lo invitó a Chile –la Universidad Gabriela Mistral-, lugar en que también se reunió con jóvenes estudiantes, con profesores de educación básica y universitaria, con médicos y psicólogos, con sacerdotes, con directores de medios y buena cantidad de periodistas.

Nacido en 1938 en la ciudad de Parma, representa algo menos de los 52 años que tiene. Después de los estudios seguidos en el seminario de su diócesis, Fidenza, se doctoró en la Universidad Gregoriana y en la Pontificia Academia San Alfonso. La primera de sus tesis versó sobre el tema vinculado a la patrística y a los fines del matrimonio; la segunda, que constituyó una especialización en teología moral, desarrolló en tema histórico-filosófico sobre la relación entre la moral y la religión después de la crisis del pensamiento medieval. Aparte de ello ha escrito un libro de teología moral fundamental, “La Vida de Cristo”, traducido al inglés y al español; “”La Sexualidad Humana”, solamente editado en castellano; “La Teología Moral del Siglo XX” y, próximo a aparecer, “Ética General de la Sexualidad Humana”.

Hablamos primeramente del Instituto que preside en Roma y al cual consagra lo principal de su actividad docente.

-¿El Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia fue fundado cuándo?

-En 1981 y adscrito a la Universidad Lateranense.

-¿Fue una iniciativa del Santo Padre?

-Una iniciativa personal del Santo Padre. Su decisión era dar pública y oficialmente la noticia a toda la Iglesia de la fundación del Instituto en la famosa audiencia del 13 de mayo, cuando fue el atentado contra su vida. Por esta razón, precisamente, el Papa decidió en la constitución apostólica de fundación, consagrar el instituto a la protección de la Virgen de Fátima. Nuestro Instituto está bajo la protección de la Virgen de Fátima. Y hemos recibido luego dos cartas personales de Sor Lucía, una de las videntes de Fátima, carmelita en Coimbra. La primera carta es muy breve, simplemente dice que ella cada día rezará por el Instituto. La segunda es muy, muy larga y yo creo que muy importante, porque me dice que el compromiso de la Iglesia y del Santo Padre sobre el matrimonio y la familia es una verdadera inspiración de Jesucristo a su Iglesia. Y en seguida añade: no te desalientes ante las dificultades, porque el diablo hará todo por destruir lo que la Iglesia va haciendo en favor del matrimonio y de la familia, pero ciertamente la Madre de Dios aplastará la cabeza de Satanás. Y ella repite en la carta dos o tres veces esta cita bíblica: “Ipsa conteret”.

-Encuentro conmovedor lo que está revelando. Ello vincula todo este esfuerzo por revitalizar la familia al culto mariano y de algún modo al misterio de Fátima. Yo no sé si usted quiera decir algo sobre lo que puede significar en el futuro.

-Fátima comparece en Cova de Iria, se produce la Revolución en Rusia; en el mismo momento en que el Santo Padre ha sufrido un atentado, el 13 de mayo de 1981, en la Plaza de San Pedro, en el mismo exacto minuto -17:13 horas- el 13 de mayo de 1917, se daba la primera aparición de la Virgen. ¡Impresionante! En esta audiencia, el Santo Padre tenía la intención de anunciar públicamente la fundación de nuestro Instituto. Yo creo que todos sabemos de la preocupación pastoral del Santo Padre por el matrimonio y la familia. Yo veo aquí una relación en la cual deseo aún meditar.

Monseñor Caffarra nos cuenta en seguida algunos aspectos del funcionamiento y planes futuros del Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia. Su estructura responde a una figura particular en el Derecho Canónico, pues el Presidente del mismo es nombrado personalmente por el Santo Padre, lo cual es normal. No se puede en seguida tomar ninguna decisión importante en la vida del Instituto sin contar con la aprobación de la Secretaría de Estado, que es como decir el Santo Padre mismo. Así, por ejemplo, para el nombramiento de cualquier profesor, siendo insuficiente para ello el placet de la Congregación Vaticana para la Educación. Siguiendo exactamente el mismo esquema canónico, el año pasado fue fundada una sede del mismo Instituto en Washington D.C. Los sueños de su presidente, nuestro entrevistado, son los de llegar a establecer tres sedes en Iberoamérica.

El destacado teólogo que nos visita es, asimismo, miembro consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el más antiguo de los dicasterios romanos, presidido hoy por el Cardenal Joseph Ratzinger. En condición de tal, Monseñor Carlo Caffarra ha debido enfrentar también más de algún gran debate. Pero antes de referirnos a ello le pedimos que relate algo acerca del funcionamiento de esta Institución que mantiene inalterable su procedimiento de trabajo desde cuando se creara, hace poco más de 450 años.

Las facetas son muchas, de manera que se limitará a contar aquí lo que dice relación al trabajo de consultor. Su primera y más regular tarea es la de reunirse todos los lunes bajo la presidencia del Cardenal Prefecto o del Secretario, Monseñor Bovone. Los consultores son alrededor de 20, todos residentes en Roma, y las autorizaciones para ausentarse son escasamente concedidas. En dicha reunión se discuten las temáticas más importantes que la Congregación de abordar en el futuro próximo. En segundo lugar están las comisiones no oficiales en que debe participar: “Yo diría que el trabajo más importante para el consultor de la doctrina de la fe es la participación en la comisión no oficial, en la cual se discute la preparación de los documentos doctrinarios de la Iglesia, o bien la preparación de respuestas a preguntas muy difíciles que llegan a la Congregación de todas partes del mundo, sea de las conferencias episcopales, de universidades, no sólo católicas, o de fieles privados que piden allí una solución para los problemas de la fe y de la moral. Este es nuestro trabajo. En este segundo caso, el trabajo se hace en forma directa con el señor Cardenal, que preside normalmente esta comisión. El Cardenal sigue en forma muy personal todas las materias. El consultor puede ser requerido por el Cardenal, para otro trabajo, por ejemplo, para leer un libro que por varias razones sea muy importante en la Iglesia. El Cardenal pide el juicio doctrinal del consultor sobre este trabajo. En este caso, se prepara brevemente un estudio. El Cardenal quieres que sea siempre muy preciso… Es notable, es un profesor, de un máximo rigor especulativo. Estas son nuestras tres más importantes funciones de los consultores. La más importante es la segunda de estas pequeñas comisiones”, concluye. 

Hace un año y medio, cuando 160 teólogos alemanes interpelaron al Papa en una resonante declaración a propósito del nuevo Arzobispo de Colonia, un gran debate se suscitó en el horizonte teológico y religioso europeo. Pronto se sumaron a estos 160 otros tantos, y ya no sólo alemanes; las reivindicaciones, asimismo, no se restringieron al tema del nombramiento del nuevo Primado alemán, sino que abarcaron otras cuestiones doctrinales. El nombre de Carlo Caffarra salió entonces pronto a relucir entre los cuestionamientos hechos por los teólogos contradictores al Pontífice.

Dejemos que el propio Monseñor Caffarra nos hable de ellos:

-La “Declaración de Colonia” estaba estructurada en tres partes: primera, el caso particular del Arzobispo de Colonia; segunda, el caso del nihil obstat para los profesores de Teología en las universidades; tercera, el problema doctrinal de la Humanae Vitae, y éste era el aspecto más importante. Usted sabe que en Europa el año pasado fue muy discutido este punto de la doctrina católica. Dos palabras a este preciso respecto: En primer lugar, la Teología Moral que representan estos teólogos constituye la bendición clerical de la sociedad consumista y permisiva occidental. Son los sacerdotes de la corte de este imperio de la corrupción. En segundo lugar, los verdaderos teólogos del disenso son hoy los teólogos fieles al Magisterio, porque sólo el Magisterio se opone en este momento a esta organización de la mentira que en gran medida constituye la cultura europea actual. Y en tercer lugar, estas personas en el fondo no se dan cuenta de que están apoyando una civilización que está en contra de la persona humana. Esto es lo que yo pienso claramente.

Recordamos con nuestro entrevistado una conversación tenida en Roma en marzo de 1987, poco antes de la visita del Santo Padre a Chile, y algunos días antes de que se conociera la Instrucción “Donum Vitae” sobre temas bioéticos. En dicha ocasión, para desarrollar su pensamiento acerca de la sobrecarga de cuantificación, cálculo y medición que domina la cultura contemporánea, él me había citado un famoso discurso de Pío XII: “Avanzamos hacia una forma de civilización que ha cultivado la tecnología hasta convertirla en el único valor”.

Recurrimos ahora al inicio de esta otra conversación a una cita de Maritain que permite ahondar en los problemas contemporáneos de la familia. Dice así: “El hombre moderno cifraba sus esperanzas en el maquinismo, en la técnica y en una civilización mecánica e industrial… sin tener ciencia para dominarlos y ponerlos al servicio del bien humano y de la libertad humana, pues el hombre moderno esperaba la libertad del desarrollo de las técnicas exteriores mismas, no de un esfuerzo ascético tendiente a lograr la posesión interior del yo. Y el que no posee las normas de la vida humana, que son metafísicas, ¿cómo podría aplicarlas al uso que le damos a las máquinas? La ley de la máquina, que es la ley de la materia, se aplicará por sí misma al hombre y lo reducirá a la esclavitud”.

Monseñor Caffarra confiesa su acuerdo con este diagnóstico:

-En particular, yo veo la relación inmediata entre este diagnóstico y el problema de la procreación responsable. Al final, el discurso de la Iglesia sobre este punto es un discurso de profundo respeto, de estimación de la persona humana. El problema de la procreación no se decide con las técnicas, se decide con un más profundo esfuerzo ascético, tendiente a lograr la posesión interior de Dios. Se resuelve con una más profunda liberación de la libertad humana; es el punto inmediato. Es la relación que yo veo entre el diagnóstico de Maritain y el problema de la familia. En la educación de la persona humana nada puede sustituir el momento familiar, porque precisamente la educación no es una simple información, mas es sobre todo una ayuda que nos es donada para que ésta, la persona, se vuelva más y más persona humana.

-Una de las virtualidades de esta situación –descrita por Maritain- es la creación del hombre masificado. ¿Cómo afecta ese fenómeno a la familia moderna, en términos de diluir el rol que a cada uno le cabe en dicha sociedad?

-Hay algo muy importante en esto, porque aquí estamos tocando, me parece, uno de los puntos centrales del humanismo cristiano. Es decir, con cualquier cosa se puede sustituir otra cosa, pero nada puede sustituir a nadie, vale decir, la persona humana, toda persona humana es insustituible, ya que cada persona humana tomada individualmente es un valor en sí misma, no forma parte de serie alguna, es fuera de serie. Si pierdo de vista y dejo de percibir claramente esta verdad sobre la persona humana, todo se vuelve sustituible. De ese modo, la misión educativa de la madre y del padre deja de ser insustituible y puede ser reemplazada por la sociedad civil, por ejemplo. El acto de la procreación también deja de ser insustituible y puede reemplazarse con un procedimiento técnico, como es la fecundación “in vitro”. La esposa deja de ser insustituible para el marido y viceversa, pudiendo su lugar ser ocupado por otro, y así tenemos el divorcio.

¿Qué estamos presenciando? Un oscurecimiento en la conciencia moral de esa luz que nos permite ver en cada persona humana un ser tan grande y tan precioso en el universo que nadie puede ocupar su lugar. Para mí, esto es lo más conmovedor que nos ha enseñado el cristianismo. Nada hay para mí más conmovedor que esto, cuando San Pablo dice: “Me amó a mí y se dio a sí mismo por mí”. Así, todo el peso de la gloria de Dios, que se manifiesta en la sumida inmolación de Cristo en la Cruz, todo ese peso recae sobre mí, considerado individualmente. Creo que nunca, en la historia del mundo, alguien más le ha dicho esto al hombre. Es por eso que el cristianismo vivido integralmente se convierte en fermento de una transformación radical de la vida social, ya que le otorga al hombre la conciencia máxima de su dignidad. El Santo Padre, en el Ángelus del Domingo de Ramos, cuando invitó a los jóvenes al encuentro mundial de la juventud en Czestochowa, que tendrá lugar el próximo año, anunció que el tema sería: “El hombre es hijo de Dios”, agregando que “la conciencia de la filiación divina es la fuerza más poderosa creada por la historia”. Esto es absolutamente verdadero.

Aquí, en zonas de Latinoamérica donde vemos pobreza, escuchaba ayer a un obispo hablar con toda justicia y decir (se refiere a una conversación con el prelado de la diócesis de San Bernardo): “Jamás lograré transmitir a esta pobre gente un sentido, una conciencia de la dignidad, mientras no les diga: Eres tan grande que eres el hijo de Dios, eres tan grande que todo el peso infinito de la gloria de Dios, que se manifestó en la Cruz de Cristo, recae sobre ti y es para ti”. Y se observa claramente que al tomar el hombre conciencia de que ése es su ser, no puede seguir soportando que lo traten como una cosa; pero al mismo tiempo no recurrirá a la violencia para resolver el problema, porque sabe también que ese otro que lo está explotando es hijo de Dios y precisamente por eso no quiere que el otro sea un explotador, ya que la explotación atenta contra su dignidad. Para mí, esto constituye algo muy profundo en la Doctrina Social de la Iglesia.

San Pedro dice en su primera epístola: “Más os vale sufrir por ser víctimas de la injusticia que ser vosotros injustos”. Ese es el punto en último término, es decir, no falto al respeto, no soy injusto ni siquiera con aquel que me trata injustamente, porque tampoco el que me trata injustamente puede ser destruido en su dignidad, como lo hace él mismo al tratar a otro con injusticia. Aquí, simultáneamente, la conciencia que da el cristianismo de la dignidad humana a todo ser humano se convierte, por una parte, en la mayor fuerza constructiva de la historia de la humanidad, y por otra en una verdadera revolución social, en la cual no se requiere cometer más injusticias para producir la justicia. 

-La ciencia biológica actual muestra que cuando los niños nacen a los nueve meses de gestación, sus sistemas inmunológicos, enzimáticos y neurológicos son muy inmaduros. Pareciera, no obstante, que el Creador dispuso este alumbramiento prematuro no sólo para alivio de las madres, sino por una razón de mayor alcance: para que el ser humano termine de perfilar su ser fisiológico y psicológico en relación con su entorno. ¿Cómo puede afectar a esta realidad fisiológica y psicológica ese “oscurecimiento en la conciencia moral de la luz que nos permite ver en cada persona humana un ser insustituible”, a que usted se ha referido recién?

-El ser humano es un ser en comunión, porque somos hechos a imagen y semejanza de Dios, que es comunión de personas. 

El niño es la persona humana que más necesita ser aceptado en sí mismo y por sí mismo, porque el niño no produce nada, consume solamente. El niño no da nada en cierta perspectiva. El niño exige simplemente ser aceptado. Ahora, en esta masificación, la primera víctima es precisamente el niño que no es más aceptado. Yo veo cómo en nuestra sociedad occidental europea, por ejemplo, hay cada vez menor respeto por el niño. Las consecuencias son irreparables, dicen los mejores psicólogos. La otra víctima es el anciano, por las mismas razones.

Comprendemos así cómo el Señor, en su Evangelio, ha dicho lo que ha dicho sobre el respeto que debemos al niño; las palabras más terribles que Cristo ha pronunciado, casi increíbles en sus labios, de tan fuertes, las ha reservado para esto: “Sería mejor suicidarse que no tener respeto al niño”. Es también por esta razón que el aborto es la mayor tragedia de la humanidad actual.

-En cuanto a los diferentes roles en la vida de la familia, hay quienes con fundamento se han preocupado por el eclipsamiento que hoy sufre la figura del padre. Así el P. José Kenntenich, quien en su “Filosofía de la Educación” ha dicho: “Puede afirmarse con propiedad que tiempos sin padres son tiempos sin Dios. Casi necesariamente tales tiempos están destinados a engendrar en gran escala ateos de todo tipo. Al revés, también vale la afirmación de que tiempos plenos y ávidos de paternidad son tiempos plenos y ávidos de Dios”. Y agregó: “No es difícil formular la importante aseveración: la tragedia del tiempo actual es en el fondo la tragedia del padre. En forma creciente vivimos y nos movemos en un tiempo sin padre”.

Mirando la institución familiar en el presente y hacia un futuro próximo, ¿cómo evalúa usted dicha aseveración?

-Yo no conocía esta afirmación del padre Kenntenich. Es una verdad muy profunda.

Está el hombre pagano, sin revelación. Está el hombre judío, con la revelación, que sabía muchas cosas sobre el misterio de Dios. Pero ninguno sabía lo que es el núcleo más profundo y secreto del misterio de Dios; esto es, la paternidad de Dios. Jesús nos ha revelado que Dios es Padre. Esto es lo central de la revelación de Jesús. Así, impresionados, los apóstoles nos han conservado la manera como Jesús llamaba a Dios en el lenguaje original: Abba; impresionados de esta manera de hablar, de considerar a Dios, el misterio de Dios.

Aquí descubrimos la profunda verdad de la expresión del padre Kenntenich, cómo es la experiencia de la paternidad de Dios. En forma inmediata no puede haber esta experiencia sino a través de la experiencia de una paternidad humana. Sin una experiencia de una paternidad humana, no hay experiencia profunda de la paternidad de Dios. Si no hay una experiencia de la paternidad de Dios, no hay sin más experiencia de Dios, porque Dios no es otra cosa que padre. En este sentido –dice con razón el padre Kenntenich- sobrevendrá un tiempo de ateos.

Monseñor Caffarra recuerda de modo vívido su propia experiencia, en una familia muy simple y muy religiosa.

-Mi primera experiencia de Dios ha sido una experiencia muy singular. En mi familia existía la costumbre muy frecuente en las familias italianas de recitar el santo rosario todas las tardes, después de la comida. Y recuerdo precisamente este hecho: mi madre lavaba los platos, mi hermana recitaba el rosario, mi padre permanecía arrodillado en tierra durante el rosario, muy concentrado, y mis hermanas más pequeñas y yo contestábamos el rosario, otras veces no contestábamos nada. Y recuerdo entonces este pensamiento; yo decía para mí: “Pero Dios es verdaderamente extraordinario. Yo no comprendo por qué Dios es tan, tan bueno, porque permite que mi madre le hable en el momento en el que ella hace la más humilde operación”. Mas yo decía por otra parte: “Dios es absolutamente todopoderoso, porque mi padre, que es tan fuerte, está en una posición de máxima humildad ante Dios. Por otra parte, es muy suave, porque permite que nosotros, más pequeños, mientras hablamos con Él, hagamos nuestros juegos. ¡Qué misterio es el misterio de Dios, poderoso y suave, tan grande y tan bueno!”. Esta ha sido –creo yo- mi primera experiencia del misterio de Dios en mi familia.

-Si se atiende a la línea histórica que sigue la enseñanza doctrinal del magisterio del Papa Juan Pablo II, parece observarse en líneas gruesas lo siguiente: en un primer tiempo su mayor énfasis fue puesto en hablar sobre la familia; posteriormente su insistencia mayor ha sido la reevangelización. ¿Le dice algo especial esta cronología?

-Yo creo que hay una profunda coherencia en el magisterio de Juan Pablo II, ciertamente. Me parece que hay dos centros en este magisterio: el magisterio sobre el matrimonio y la familia y el magisterio –en términos más generales, diría yo- sobre la dignidad de la persona humana; mas estos dos centros no se dan en el magisterio de Juan Pablo II, sino al interior de un espacio que contempla una profunda visión de la misericordia de la paternidad de Dios, “Dives in Misericordia”; que se manifiesta en la necesidad absoluta de la redención de Cristo, “Redemptor Hominis”; a través de la donación del Espíritu Santo, se ha realizado de manera perfecta en la historia humana. Hay el caso de una persona en la cual todo es realidad, ha sido realidad perfecta, y es el caso de la “Redemptoris Mater”. Justamente, el Santo Padre dice que el hombre ahora necesita de esta verdad completa, de esta verdad profunda, que es precisamente el Evangelio de Jesucristo, que es la buena notificación de la misericordia del Padre en la redención de Cristo para el don del Espíritu Santo, como se realiza en María, la “Redemptoris Mater”.

Yo veo muy claramente una gran coherencia en esto, y en este sentido se ubica la preocupación del Papa por la santidad de la vida matrimonial y familiar, como el primer lugar en el cual, por las razones que hemos dicho antes, el hombre y la mujer pueden vivir una experiencia humana profunda, que los conduce al descubrimiento de este evangelio, acerca de la santidad de la vida familiar. Pues es en ésta comunidad familiar que la persona humana, el niño, puede descubrir este evangelio. En tal sentido, la familia constituye el primer sujeto de la reevangelización de nuestra sociedad.

-Relativismo moral, incapacidad de compromiso, hedonismo son algunos de los factores que están en la raíz de la crisis contemporánea de la familia, ha señalado usted. ¿Qué antídoto o contraataque propondría frente a esos males?

-Yo creo que aquí hay un problema de sanidad ante todo, de sanidad de la inteligencia. Se trata de retomar conciencia de la dignidad del hecho de que somos inteligentes, que somos capaces de saber la verdad y que nuestra primera dignidad está en esa capacidad de ser alumbrados por la verdad. Es una cuestión de convencimiento interior. Yo pienso en este momento en los jóvenes, que deben ser educados en esa sanidad mental, en el gusto, en la pasión de la búsqueda de la verdad, no simplemente la búsqueda de lo que me place o de lo que es útil en la vida, sino ante todo lo que es verdadero, de lo que está bien, de lo que está mal como tal. 

En segundo lugar, yo creo que hay un problema de sanidad en el ejercicio de la libertad, de recuperar su sentido profundo y de tomar conciencia de lo que es ser libre, que no es simplemente la capacidad de hacer lo que se quiere, de dar satisfacción a los diversos deseos de las personas, en una especie de escala que consistiría en otorgar el mayor placer posible con el menor daño posible. Ciertamente la libertad no es sobre todo ese ejercicio de la libertad; es más que eso, es la capacidad de amar el bien inteligible como tal. Hay una sanidad del ejercicio de la libertad que debe ser recuperada. Yo creo en definitiva que la tarea educacional se torna cada día la tarea más importante en nuestra sociedad occidental. Es decir, se requiere un proyecto educacional que no sea en último término el resultado de un desprecio por la persona humana que dice: “El hombre no es libre sino como técnica para dar satisfacción a sus deseos”. Esta actitud ante la persona humana genera precisamente un proyecto educativo en el cual ésta se vuelve cada vez más relativista en la permisividad, en una existencia en que no hay sino el horizonte de lo útil.

-El inicio de un ciclo de discusiones públicas, cuyo lugar ocupan hoy los problemas morales y legales de la procreación artificial, parte con el debate acerca del divorcio. Así fue, por ejemplo, en Italia y así ha sido en otras partes. En nombre de la modernización social, no faltan incluso cristianos de figuración pública que afirman que es necesario legislar sobre el divorcio, ya que dado el problema de las separaciones generalizadas, no hacerlo constituiría una hipocresía. ¿Qué responde usted a esto?

-Yo veo, ciertamente, una coherencia de todos estos procesos: el divorcio, después el aborto, ahora la eutanasia, todo eso viene muy coherentemente. En la raíz, como decía, hay un profundo desprecio de la persona humana, que no vale porque es una persona humana simplemente, sino por algo que hace.

Vemos aquí cómo la muerte en la conciencia humana de la percepción de la gloria de Dios inevitablemente trae consigo la muerte de la persona humana. Yo creo, entonces, que continuar en esta dirección, desde todos los puntos de vista. Incluso del punto de vista de la legislación civil, es continuar en una cultura de la muerte, en una cultura de desprecio de la dignidad de la persona humana.

Hay aquí una situación muy sofisticada porque el error es siempre muy hipócrita, siempre se enmascara permanentemente con la vestimenta de la verdad. Se dice: “¿Cómo es posible que no haya divorcio en la legislación civil? Es una cuestión de libertad, de dignidad de la persona humana”. Y se agrega más adelante, siempre: “¿Cómo es posible que no haya aborto? La maternidad debe ser una decisión libre, no impuesta por la ley”. Es la hipocresía del error. Estas decisiones, aun en la legislación civil, son decisiones de muerte y se presentan como decisión de vida. Son decisiones de profunda esclavitud y se presentan como decisiones de liberalización. Son decisiones de injusticia profunda, sobre todo con los pobres, y se presentan como la liberación justa de los pobres.

Es absolutamente necesario que nosotros, los cristianos, tengamos una conciencia muy crítica contra todo este camino que nos lleva a la muerte. Hay aquí como una especie de desesperada alianza entre el hombre y la muerte, considerando la muerte como una amiga del hombre.

-Hablemos de la contraconcepción. En general, ella aparece muy ligada al problema del aborto. Se afirma corrientemente que si acaso se reconoce en éste una tragedia, debe prevenírsele difundiendo la contraconcepción. 

Es sabido que en la actualidad la generalidad de los métodos anticonceptivos, aun cuando sean presentados como contraconcepción, son en realidad métodos abortivos, porque operan cuando ya se ha producido la concepción. Esto ya demuestra que el hecho de que la afirmación “evitemos el aborto con la contraconcepción” es falsa.

Existe además otra razón más profunda para decir que la contraconcepción es el primer paso hacia el aborto. ¿Por qué? Porque el acto anticonceptivo implica en sí una actitud negativa con la vida, es un acto de desamor por la vida. Con base en mi experiencia, que no es sólo mía, de mi contacto con parejas de casados, tengo otra confirmación. Si una pareja de esposos, por motivos serios, recurre al método natural y se produce una concepción, el niño es aceptado; en cambio, si una pareja, también por motivos serios, recurre a la contraconcepción y esta no funciona, normalmente se recurre al aborto. Esto confirma precisamente lo que acabo de decir: que la opción anticonceptiva siempre implica una acción carente de amor hacia la vida, al igual que el aborto. 

-Otra tragedia que busca asimismo detenerse a través de medios preventivos, que son en definitiva anticonceptivos, es el Sida. ¿Qué juicio hace de esta alternativa?

-Partamos por aclarar un hecho. Cuando comenzó la difusión de los métodos anticonceptivos químicos, una de las razones esgrimidas fue el hecho de que los así llamados métodos de barrera, como el preservativo, por ejemplo, tenían un alto porcentaje de falibilidad. Ahora bien, actualmente se dice: “Para el Sida, el remedio es el preservativo”. Sin embargo, es necesario un mínimo de coherencia y seriedad en las cosas. ¿Cómo es posible afirmar que este método resuelve el Sida si sabemos que es un método con un porcentaje alto de riesgo? ¿Cómo es posible no pensar que con la difusión de este método a través de los medios de comunicación masiva, tal como se está haciendo, habrá una liberalización aún mayor de las relaciones homosexuales y además con los riesgos de ineficacia del medio con que se cuenta? ¿Cómo es posible no ver que con este medio se difundirá aún más el Sida? Pero estas cosas no se quieren decir y pobre del que las diga. Es la cultura aliada con la muerte, la cultura que hace de la muerte una amiga del hombre y no su enemiga por excelencia.

Desde que la humanidad conoce las epidemias, nadie ha dicho nunca: “Es una epidemia, sigamos practicando esa actividad –que es precisamente la actividad que puede difundir la epidemia-, pero usando instrumentos que ofrecen cierta probabilidad de no difundir la epidemia”. ¿Cuándo ha ocurrido semejante cosa? Cuando se descubría una epidemia y su causa, los responsables, médicos y políticos, ¿qué le decían a la gente? “Absténganse de ese tipo de actividad, porque puede producir una epidemia”. En cambio ahora no; y pobre del que diga una cosa así, del que diga: “La homosexualidad es la que difunde la epidemia y cuidémonos de ella”.

Estamos frente a una terrible tragedia, frente a la insensatez misma, la pura irracionalidad. ¿Por qué? Porque el hombre ahora quiere ser aliado de la muerte. Pero nuestra fe es la fe en la resurrección de Cristo, que venció a la muerte, porque sabemos que nuestra enemiga es la muerte, que Dios nos ha creado para la vida. Como dice el Libro de la Sabiduría, sólo por la envidia del demonio pudo entrar la muerte en el mundo. Así, pues, dejando de lado todos los argumentos éticos, que también los hay, y a un nivel puramente de técnica sanitaria, el discurso es insostenible.

-El aborto a menudo se transforma en la bandera de las reivindicaciones feministas. “A la mujer hay que concederle la plenitud de sus derechos”, se dice. “La mujer tiene un cuerpo y debe gozar de libertad para disponer de su cuerpo y de cuanto en él acontezca”, se agrega. ¿Puede en este caso hablarse con propiedad de libertad y de derechos?

-Si es libertad poder matar a un inocente, hablemos de libertad cuando hablamos de aborto. Si la mujer piensa que está en la plena verdad de su femineidad tener el poder de matar a un inocente, que se habla también del aborto como un derecho, como un hecho de civilización. Y precisamente ésta es la tragicomedia de la introducción de las leyes abortistas en nuestra civilización occidental, de haber reducido, de haber dicho, presentado como supremo acto de libertad el derecho de matar una vida humana inocente.

-¿En qué medida un equívoco igualitarismo que anima en su raíz las reivindicaciones de las corrientes feministas y que se expresa así: “La mujer es igual al hombre, no tiene así por qué ver limitadas sus posibilidades humanas y laborales por las cargas que impone la maternidad”;. ¿En qué medida ese igualitarismo está en el origen del aborto en cuanto causa abortista?

-No he estudiado en los últimos años el fenómeno del aborto precisamente desde este punto de vista. Yo no creo, sin embargo, que hoy sea esto una causa del aborto. En Europa, las últimas estadísticas, los últimos estudios, dicen que hay un muy alto fenómeno de aborto en las adolescentes que no trabajan. Yo creo que la razón es más profunda, precisamente la pérdida de la conciencia de lo que es en verdad el misterio de la femineidad. Precisamente en esta dirección, algunos piensan que la femineidad no tiene su propia originalidad, inconfundible con la masculinidad, sino que la liberación de la mujer consiste en el devenir simplemente igual a lo que es el varón. Es muy importante en este sentido la exhortación apostólica del Santo Padre, “Mulieris Dignitatem”, porque precisamente alumbra muy, pero muy profundamente esta verdad propia original de la femineidad, en cuanto dimensión esencial de la humanidad como tal.

La humanidad como tal es femineidad y masculinidad. En el momento en el cual o la femineidad tiende a asimilar simplemente la masculinidad o, al contrario, en este momento la humanidad de cada uno de nosotros se vuelve más pobre. Una reflexión sobre esto: yo creo que incluso desde este punto de vista es muy importante la recuperación en la comunidad cristiana de un verdadero culto mariano. Precisamente la Iglesia Católica en el culto mariano puede percibir de modo pleno este misterio de la femineidad. El culto mariano puede ser el lugar privilegiado en el cual todos descubramos lo que llamo el misterio y el ministerio de la femineidad en la economía de la creación y en la economía de la redención.

-Me ha impresionado la afirmación de uno de los padres de la fecundación “in vitro”, el profesor Steptoe, citada por usted en una de sus conferencias: “Nunca hubiéramos llegado a la fecundación “in vitro” si antes no se hubiera producido la legalización del aborto”. ¿Cómo explica usted esta dependencia de un fenómeno en relación al otro?

-Yo creo que el profesor Steptoe ha sido muy sincero, muy honesto, cuando ha dicho lo que ha dicho. Yo creo eso por dos razones principalmente. La primera, la lógica interior, la íntima naturaleza de la fecundación “in vitro” es su naturaleza de producción. Se produce una persona humana. No es posible introducir la lógica de la producción en la procreación humana si antes no se ha perdido la percepción profunda de que cada persona humana es un valor en sí mismo y por sí mismo. Y precisamente esta pérdida ha sido provocada, sobre todo por la introducción de la ley del aborto. Este es un punto muy importante.

En la historia de la humanidad ha habido siempre abortos, por cierto; pero lo que es trágicamente nuevo ahora es que por primera vez el hombre ha dicho: “El aborto no es un mal; no sólo no es un mal, sino que es un derecho de la libertad, es un momento necesario en la construcción de una verdadera civilización humana”. Nunca la humanidad había percibido el aborto de esta manera. Segunda cosa, más práctica pero importante, es que la fecundación “in vitro” implica necesariamente muertes de embriones, experimentaciones sobre los embriones, congelamiento de embriones, es decir, ningún respeto por la persona humana en embrión. Y ha sido posible todo esto precisamente por la legislación del aborto.

-Los técnicos distinguen procreación artificial y procreación asistida. ¿Cuál es la posición de la Iglesia frente a una y frente a la otra?

 -La Iglesia enseña que la procreación artificial es siempre ilícita y la procreación asistida es siempre lícita, naturalmente como remedio a la dificultad de procrear. Desde el punto de vista teórico, es muy fácil distinguir la procreación artificial de la procreación asistida. El criterio de distinción es precisamente que en la procreación artificial el acto técnico es una sustitución del acto conyugal; en la procreación asistida el acto técnico no sustituye, sino que precisamente asiste el acto conyugal ya consumado en orden a hacerlo fecundo, fértil. Esta distinción es muy clara, porque la Instrucción “Donum Vitae” retoma en este punto la enseñanza de Pío XII. Pero no siempre en la casuística médica concreta es tan fácil distinguir en todos los casos si estamos frente a una procreación asistida o a una procreación artificial. Es el caso el GIFT –Gameter Intrafallopian Transfer-, que es muy discutido entre los teólogos católicos, incluso teólogos muy fieles al magisterio. Y no está claro si esta técnica es procreación artificial o procreación asistida.

-¿Podría señalar qué aspectos de esa decisión hacen ver como aceptable el GIFT y cuáles como no aceptable? ¿Dónde está en definitiva los límites que no se pueden transgredir?

-La razón por la cual el GIFT parece lícito es, principalmente, la siguiente. La intervención técnica tiene lugar después de cumplido normalmente el acto conyugal y antes de la concepción, que no ocurre in vitro sino en el cuerpo. Se trataría, por lo tanto, de una ayuda a los procesos naturales. Es importante subrayar que el dispositivo técnico se instala entre el acto conyugal y la concepción.

Las razones por las cuales no parece lícito son probablemente dos. Primera: la más reciente literatura científica tiende a demostrar que la tasa de abortos espontáneos cuando se recurre al GIFT es significativamente más alta que en la procreación natural. Por lo tanto, esta técnica conllevaría un riesgo para el futuro embrión. Segunda: el acto conyugal asume el carácter de “ocasión” para obtener los gametos, más que el acto que crea las condiciones de la concepción.

Personalmente, me ha impresionado de manera especial esta bibliografía más reciente, y por tanto no considero lícito el GIFT, por el riesgo (más elevado que en la naturaleza) de abortos espontáneos. 

En conclusión, los límites son: la intervención técnica no debe ser una sustitución del acto conyugal; no debe comportar ningún riesgo para el embrión; la concepción debe ocurrir en el cuerpo y no in vitro.

-Parafraseando a Cervantes ha dicho usted, también al finalizar su ciclo de conferencias, que el problema central de nuestra cultura es no saber distinguir ya quién está loco y quién está en su sano juicio. Esta situación trágica, no sé si la ve usted en conexión con otra aguda observación de Maritain –por quien iniciamos nuestra conversación- esta vez tocante a la felicidad. “La búsqueda de la felicidad en el hombre contemporáneo –dice el filósofo francés- perdió la meta final a qué tender. No tiene ningún arquetipo racional al cual adherirse. El motor más fuerte de nuestra vida quedó así desviado por la pérdida del sentido de la finalidad. La felicidad se convirtió en el impulso mismo hacia la felicidad, un movimiento ilimitado y de nivel cada vez más bajo y cada vez más estancado”.

-Es una manera más rigurosa, más conceptual, más filosófica de decir lo que dice Cervantes. La página citada es muy esclarecedora, es un momento al final de Don Quijote. Como todos los grandes poetas, Cervantes ha percibido muy claramente, en lo que era el nacimiento de nuestra cultura moderna, que se iba instituyendo un tipo de racionalidad que reducía el ejercicio de la racionalidad simplemente a la creación de todos los medios sin ver el fin por el cual los medios eran creados. Es la misma idea, al final, de Maritain. En este sentido, la simplicidad del corazón humano, aquí representada por Sancho Panza, ve inmediatamente que si esto es devenir sabio, es mejor seguir loco. Este es el punto que se retoma también en una famosa página del Fausto. Cuando el doctor Wagner hace la primera fecundación “in vitro”. Goethe es el primero que describe la fecundación “in vitro”, como hecha por el doctor Wagner, el discípulo de Fausto condenado por Mefistófeles, por el demonio. El doctor Wagner, cuando ve la realización del “homo in vitro”, dice: “¡Ah, finalmente la plenitud de la racionalidad!”, porque no hay más misterio, la concepción de la racionalidad como dominio completo sobre la realidad. ¿Pero en vista de qué finalidad yo domino? ¿En vista de cuál bien yo me vuelvo más racional? No se dice más.

-La situación que vive el mundo, sobre todo lo que está mostrando el panorama ideológico actual, particularmente en países como los de Europa Central, ¿no es la crisis final del ciclo con el que se inició la modernidad? ¿No ha sido el marxismo la expresión más radical de la racionalidad ilustrada del siglo XVIII?

-Exactamente, y ha terminado. Entramos ahora en un momento de post, de después de la modernidad. En este contexto, yo creo que precisamente el marxismo -que según explicó con profundidad nuestro filósofo italiano Augusto del Noce, era la más perfecta expresión teórica, si no práctica, de la modernidad- ha sido el banco de prueba de la verdad para la modernidad, y ha fracasado. Estamos en situación por tanto, ahora, de recuperar una conciencia más nítida de la dignidad de la inteligencia humana, que ha estado cercenada en la modernidad; de la dignidad de nuestra libertad, que ha estado oscurecida.

El sistema utilitarista es típico de la modernidad, es una creación pura de la modernidad. En una palabra, el tomar conciencia de la dignidad verdadera de la persona humana –algo que constituye el centro del magisterio de Juan Pablo II- según nuestra fe no puede comenzar sino en un encuentro muy hondo con lo que ha revelado plenamente esta dignidad, Jesucristo.

El entrevistador hace mención a la reciente convocatoria realizada por el Papa en Checoslovaquia para un Sínodo de obispos del Este y de Occidente, que deberá analizar el momento espiritual que vive el continente europeo. Monseñor Caffarra continúa:

-Yo creo que el desafío consiste, sobre todo, en que todos los ídolos en que el hombre ha creído, los ídolos ideológicos, se ha demostrado lo que son, es decir, nada. Como dice la Biblia: “Los ídolos de las gentes son nada”. Ahora, sobre todo, la juventud ha visto muy claramente que “los ídolos de las gentes son nada”. Me ha impresionado mucho está visión de la bandera rumana, con ese hoyo donde estaba la señal del comunismo. Esto es “el ídolo de las gentes”, nada, el vacío completo.

Como es imaginable, en esta situación la libertad de las personas humanas se prueba en un marco de verdadero dramatismo, porque, por una parte, la persona humana puede decir: “Todo es nada en último término, y no vale la pena comprometerse por nada. La vida misma es un engaño”. Es la tentación de los paraísos artificiales. Es el ámbito, por ejemplo, de la droga, que se convierte cada vez más en un problema mundial. Sin embargo, existe otra posibilidad para la libertad humana, que es la persona que dice: “Los ídolos son nada, porque sólo Dios es el ser y sólo Dios es la fuente de vida”. Y en esta circunstancia, de una libertad que puede decidir por la muerte, o por la vida, yo creo que sólo la Iglesia Católica en este momento puede decir al hombre “Decídete por la vida”, y la vida es Jesucristo. Yo creo que es un momento único en la historia de la Iglesia, el momento de la verdad suprema.

Y agrega enseguida con énfasis:

-Ahora vemos muy claramente lo que decía el Cardenal Newman, el centenario de cuya muerte se celebra este año: “hoy no hay posibilidad, no hay alternativa entre el ser hijo de la Iglesia Católica y el ser ateo, no hay alternativa”. Yo creo que ahora vemos la profundidad de esta visión de Newman.

Comentamos, para terminar, otras incidencias de la hora presente. Así, el discurso de Gorbachov en el Campidoglio, con ocasión de su reciente visita a Roma, en el cual el líder del Kremlin hizo referencia a la imposibilidad de erguir a la sociedad soviética sin recurrir a los valores de la moral y de la religión. A nuestro teólogo el tema le preocupa. Ve con claridad y explica con calor el peligro que supone para los cristianos y para la Iglesia permanecer en la actitud de cohonestar la voluntad de los poderosos del mundo. Así se expresa:

-Me parece que en ciertos aspectos el pensamiento cristiano partió creando una cultura y luego luchó contra una cultura. En ambos casos tenía su grandeza. En la actualidad suele ser cortesano de una cultura, y en eso no hay sino miseria e indignidad. Me explico. Creo que en este momento la peor tentación en la cual puede caer el cristianismo consiste en creerse meramente una amalgama, algo que asegure el consenso sobre algunos valores fundamentales y nada más. Para mí, ésta es una de las mayores tentaciones. 

En el famoso “Libro del Anticristo”, Soloviev, en esta obra que me parece tan significativa, describe cómo el emperador llama a todas las iglesias y a cada una le asegura la realización de lo que es más fundamental para ella. A la iglesia protestante, por ejemplo, le asegura la creación de universidades y estudios cada vez más profundos de carácter científico. Y así sucesivamente. La leyenda es muy hermosa. Dice Soloviev que muchos de los representantes van a sentarse junto al emperador para manifestarle que han obtenido lo que deseaban. Sólo el representante del Papa de Roma y un viejo monje ruso ortodoxo permanecen en su sitio, y el viejo monje se levanta y dice: “Antes de irme a sentar a tu lado, quiero saber una cosa. ¿Confiesas tú que Jesucristo es el hijo de Dios hecho hombre?”. Es decir, la encarnación del Verbo. El príncipe no hace esto. En ese momento el monje exclama hacia la distancia: “Él es el Anticristo, porque no confiesa…”.

La Iglesia no puede limitarse a reunir a los hombres en torno a un código moral, no basta con eso. No puede darse por satisfecha con ser una especie de sujeto que construye una fraternidad universal basada en determinados valores comunes. La Iglesia debe anunciar a Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre, el único en el cual el hombre puede encontrar la salvación. Todo lo demás son ídolos, es decir, nada. Este es el riesgo.

Para los poderosos de este mundo, el hecho de que la Iglesia apunte a la creación de este tipo de fraternidad resulta muy cómodo. Una Iglesia de esa naturaleza no produce en definitiva ningún fastidio. El emperador de Soloviev ayudaba a la Iglesia en este sentido, siempre que no se hablara de Jesucristo, hijo de Dios; siempre que no se le dijera al hombre: “estás condenado mientras no encuentres a Jesucristo. Naciste en pecado y sólo cuando encuentres a Jesucristo tendrás la salvación”; siempre que la Iglesia no se convirtiera en la presencia viva encarnada en el hombre de este don de la salvación de Jesucristo. Para los poderosos de este mundo ese modo resulta cómodo, pero equivale en último término a decir: “con tal de que la Iglesia no sea la Iglesia”.