-¿Usted tiene una sola hija?
-Una hija, sí. Vive en París y es casada. Mi mujer es médico psiquiatra.
-¿Y ella trabaja?
-En Chicago trabajó un año. En Oxford, en la Universidad, trabajaba en el consultorio. Pero actualmente está consagrada principalmente a la investigación.
-¿En qué año nació usted, profesor?
-Nací el 23 de octubre de 1927.
-¿Dónde?
-En la ciudad de Radom, en Polonia.
-¿Y en qué año salió de Polonia?
-A fines de 1968. Fui expulsado por el gobierno de la Universidad, por motivos políticos, como se sabe.
-¿Fue en la época de Gomulka?
-El líder del partido era Gomulka y el Primer Ministro era Tirankevich. No fui el único expulsado; varios de mis colegas, profesores también de la Universidad de Varsovia, lo fueron al mismo tiempo. No me echaron de Polonia sino de la Universidad. Algunos meses después conseguí los pasaportes para ir a Canadá, donde me invitaron como profesor visitante. Pasé un año en Montreal y luego un año en Berkeley, California. Después fui a Oxford, donde he permanecido hasta ahora, pero vengo regularmente a los Estados Unidos. En Oxford estoy en el All Souls College, y soy profesor aquí, en la Universidad de Chicago. Hace algunos meses, y después de 20 años, pude visitar nuevamente mi patria.
Así, con este sencillo diálogo, se abre nuestra conversación con Leszek Kolakowski –una de las figuras de mayor relieve en la filosofía contemporánea-, mientras le acompaño a caminar por el campus neogótico de la Universidad de Chicago.
En abono de su presentación, quizá convenga decir que Kolakowski inició sus incursiones en este país cuando en 1975 la Universidad de Yale lo hizo su profesor invitado y que, a partir de 1981, divide regularmente su año dando un semestre en Oxford y el otro en Chicago. Es, asimismo, miembro de la Academia Británica, de la Academia Norteamericana de Artes y Ciencias y del Instituto Internacional de Filosofía. Recibió el Premio de la Paz de los editores alemanes en 1977 y el Prix Européen d’Essai (Premio Europeo de Ensayo) en 1980. Sus obras escritas son numerosas, y para mayor brevedad nos limitaremos a mencionar los títulos que nuestro entrevistado habrá de citar en la conversación.
Es el momento de contar también aquí que desde hace tiempo Leszek Kolakowski asiste regularmente a las reuniones bianuales que el Instituto para las Ciencias del Hombre –organización paneuropea con sede en Viena- realiza, aprovechando el receso de agosto, en Castelgandolfo.
A dicho evento, como ya se ha comentado, son invitadas figuras del mayor relieve mundial en el pensamiento y la ciencia. “El Papa siempre asiste –nos explica Kolakowski-, aunque él no habla durante las discusiones, tal vez porque todo lo que dijera en semejante oportunidad podría sonar a pronunciamiento pontificio. Con todo, él sigue muy de cerca nuestras conversaciones, y tenemos ocasión de hablar con él en las comidas y los recreos, durante los tres o cuatro días que dura el encuentro”, agrega. Recuerda que la reunión que tuvo lugar en ese último mes de agosto se tituló “Europa y la sociedad civil”.
Libros y corrientes
-¿Cuántos libros ha escrito usted?
-No sabría decirle cuántos, porque no recuerdo…
-Pero, ¿cuáles citaría en una lista preferencial?
-Hay bastantes, diría. Algunos se han publicado en polaco, algunos fueron escritos en otros idiomas o traducidos. Bueno, entre ellos hay uno larguísimo sobre ciertos movimientos religiosos, sectas y profetas del siglo XVII en Polonia, Francia, Alemania e Italia. Lo escribí en polaco y está traducido al francés con el título “Chrétiens sans église”. Es un libro para la gente con intereses muy especiales.
Durante mi vida en Occidente he escrito los tres volúmenes de historia del marxismo, que han aparecido en varios idiomas, incluso en español. En inglés se llama “Main Currents of Marxism” (“Principales corrientes del marxismo”).
Publiqué enseguida un libro breve sobre filosofía de la religión, que también está en español, me parece; un pequeño libro sobre Husserl; un pequeño libro sobre Bergson, y mi último libro se llama “Horror metafísico” y trata de problemas puramente metafísicos. Fue escrito en inglés y también apareció en alemán y va a salir en francés.
-¿Se puede decir que usted sigue la corriente inaugurada por Husserl?
-No. Pero Husserl me parece muy importante en el desarrollo filosófico de nuestro siglo. Por así decir, soy dependiente negativamente de él, y su obra me parece de suma importancia.
Marxismo: ilusión y desilusión
Es particularmente interesante oír a este disidente hablar de su transformación interior. De su primera atracción por el marxismo y de su posterior desilusión. Al escucharlo, pareciera que se percibe en forma de microcosmos algo parecido a lo que hoy se ve en el macrocosmos social polaco y centro europeo. Parecido y no igual, pues le falta a Kolakowski esa dimensión religiosa viva que resulta un factor determinante del proceso político-social de su patria. Prestémosle entretanto oído.
-Durante muchos años usted fue un defensor de la filosofía marxista. ¿Cuándo comenzó su transformación, cómo surgió en usted la crítica a esta filosofía y en definitiva cómo cambió?
-Es difícil de explicar; no sucedió de la noche a la mañana. De joven, cuando entré a la universidad, el marxismo, el comunismo, tenía para mí, al igual que para muchos de mis colegas, una serie de facetas atractivas. En primer lugar, muchos de nosotros reaccionamos en forma muy negativa frente a una cierta tradición de la cultura polaca, por su clericalismo, chauvinismo, antisemitismo y estrechez de miras; por su carácter parroquial y su incapacidad para asimilar una nueva civilización. Es así que, en cierto modo, como reacción frente a esa tradición optamos por el marxismo, que parecía ser una prolongación de la Ilustración y el Racionalismo, y además le daba a uno la reconfortante sensación de estar en el buen camino en la lucha social, de parte de los oprimidos, de los pobres. Por otro lado, ofrecía una solución. Por supuesto, estaba lleno de ilusiones, pero presentaba una solución para todos los problemas sociales y nos proporcionaba un programa de acción detallado para un futuro glorioso de la Humanidad. Había, pues, diversas motivaciones.
Otro aspecto importante, tal vez, fue el hecho de que presenciamos el inenarrable horror de la ocupación alemana de Polonia. Así, la Unión Soviética aparecía como la única fuerza capaz de combatir con éxito al monstruo del nazismo.
Operaban, entonces, múltiples motivaciones en interrelación. No estoy justificando las locas ilusiones mías y de mis colegas; simplemente trato de explicar.
Por cierto, nosotros no éramos tremendamente sabios ni educados. Con todo, nos impresionaron algunas cosas que sucedieron en la Unión Soviética.
Recuerdo que en 1950, cuando yo era un joven de 22 años, nos enviaron unas seis o siete personas a Moscú por tres meses para empaparnos de la sabiduría marxista y comunista en su fuente misma. Pasamos ese lapso en contacto con todas las luminarias de la filosofía soviética, la ciencia soviética, la historia y todo lo demás. Por supuesto, nada sabíamos del sistema de campos de concentración ni de la forma como vivía la gente común y corriente, y nos encontrábamos más bien aislados de la vida real. Sin embargo, no pudimos dejar de percatarnos de algo muy alarmante, por decir lo menos. Vimos la devastación cultural, vimos cómo esa gente con reputación de grandes luminarias de la ciencia soviética, en lo intelectual eran verdaderos trogloditas. No sabíamos mucho, pero teníamos la educación suficiente como para constatar el lamentable nivel de los intelectuales estalinistas. Por supuesto, tratamos de explicarnos el fenómeno de alguna manera, como el precio que ese país debía pagar por encontrarse aislado y luchando contra el mundo reaccionario. En todo caso, la experiencia fue sumamente instructiva.
Luego, por supuesto, todos estuvimos de acuerdo en acoger y dar un fuerte apoyo al fenómeno de relajamiento que comenzó inmediatamente después de Stalin. Y a poco andar nuestro juicio crítico se tradujo en lo que posteriormente fue llamado revisionismo marxista, un movimiento intelectual que lucha por volver a las fuentes marxistas del socialismo y considera que el comunismo es susceptible de regeneración, asimilando el respeto a la verdad, a los valores democráticos, a la decencia, sin perder por eso lo esencial de sus principios. Ahora bien, éste fue un movimiento contradictorio en sí mismo, ya que si el comunismo es lo que es y corresponde a su propia definición en términos ideológicos, es imposible que exista un comunismo democrático o respetuoso de la verdad y la decencia.
No obstante, a pesar de su contradicción interna, este movimiento no fue ineficaz ya que contribuyó en gran medida al colapso de la ideología oficial. Me parece, entonces, que hicimos algo por destrozar los fundamentos ideológicos del comunismo, aun cuando no fuera esa nuestra intención original. De alguna manera, dada la contradicción, el revisionismo fue perdiendo gradualmente su razón de ser y, por así decir, no había nada que revisar.
Ahondando en el tema del revisionismo y en cómo éste sirve hoy a muchos recalcitrantes para no reconocer el naufragio, Kolakowski apunta: “Comencé a escribir la historia del marxismo, que concluí hacia el final de los años setenta. En ella traté de identificar los orígenes del estalinismo en el sistema marxista. Está claro que Marx no imaginó nunca el marxismo bajo la forma del Gulag; esto es indudable. Sin embargo, decir esto sería una solución demasiado simplista. El hecho de que el estalinismo tomara en préstamo el cuadro ideológico del marxismo no implica un completo malentendido ni una drástica falsificación de la tradición marxista.
“En este caso, lo importante no son las intenciones de Marx. Fue Marx, y no Stalin, quien afirmó que toda la idea del comunismo puede expresarse en un solo slogan: la abolición de la propiedad. Por lo tanto, allí donde se ha abolido la propiedad privada está el comunismo como lo quería Marx. Y no se puede alegar que para crear un monstruoso sistema de crímenes y de falsedad, basado en los principios de Lenin, se debían falsificar las ideas de Marx. Pues este último preveía que en su perfecto sistema todos los medios de producción y de cambio estarían centralizados en manos del Estado, y que sería abolido el librecambio con todas sus injusticias. Entonces, cuando se ha abolido el mercado libre, ¿por qué decir que ésta es una operación antimarxista?”
Significado del mundo
-En ese tiempo de identificación suya con el marxismo, fue usted también un duro crítico de la religión. ¿En qué punto se encuentra hoy su relación con ella y más precisamente con la Iglesia Católica?
-Siempre me han interesado los problemas religiosos –si podemos hablar de problemas- en la medida que escribo sobre el tema o me dedico a estudiarlo. Se trata de ciertos estudios de carácter histórico o de algunos intentos de comprender la religión como fenómeno cultural, como un aspecto indispensable de la cultura humana, pero no desde un punto de vista confesional.
No creo que la religión pueda desaparecer, me parece ser parte inalienable de la vida espiritual de la humanidad, una fuente de valores que no puede sustituirse con otra cosa. Es sencillamente una forma que le permite a la gente arreglárselas con los inevitables fracasos de la vida y percibir el significado del mundo, todo lo cual está ciertamente más allá el alcance de cualquier conocimiento científico, con lo cual no puede concebirse el mundo como algo dotado de significación. Me parece ser algo necesario. El mundo empírico en el cual vivimos no se explica por sí mismo ni se basta a sí mismo. Ahora bien, estas necesidades generales se satisfacen de diferente manera a través de la historia de la humanidad, de acuerdo al entorno cultural.
En cuanto a la Iglesia Católica, obviamente me crié en un país muy católico, como es Polonia. Creo que durante todo el período posterior a la guerra en Polonia, la Iglesia ha tenido un gran rol muy positivo, en cuanto ha sido una forma de vida social que no ha sido nacionalizada, sino suprimida por el Estado y, sin embargo, ha sobrevivido, a pesar de tantas restricciones, presiones y persecuciones. Ha sobrevivido, convirtiéndose en la única autoridad moral el país, absorbiendo, naturalmente, durante mucho tiempo diversas formas de oposición al comunismo.
Respecto a esta oposición al comunismo y a la defensa de la libertad inherente a la energía religiosa, Kolakowski tiene todavía más que decir: “El hombre no se civiliza por el hecho de que pueda expresar en cualquier momento todo lo que le venga en gana, sino por el hecho de ser una parte activa y capaz de una civilización, en la cual los hombres se ayudan mutuamente, tienen un sentido de comunidad, se sienten responsables respecto a la sociedad y no se limitan a manifestar indiscriminadamente sus propios instintos.
“La protesta bajo las formas de los años setenta afortunadamente ha pasado. Pero las fuentes de donde tomaba su energía no se han secado. Estas fuentes, a mi entender y al de muchos otros, han surgido de la degradación de la tradición religiosa, y es básicamente imposible sustituirla por cualquier otra cosa. Pero la sociedad en la que se apaga o degenera la tradición religiosa, produce en la gente la disposición a aceptar formas de vida inspiradas en sistemas totalitarios.
“Parecería que tendría que ser lo contrario. Es decir, que un modo de vida en que cada uno busca sólo satisfacer los propios caprichos y en que no se siente ligado por obligaciones sociales y culturales, sea exactamente lo contrario de un sistema totalitario. Sin embargo, me parece que la falta de interés por nuestros deberes sociales y la búsqueda absoluta del placer que la vida y el mundo nos brindan, producen una mentalidad que facilita el progreso de las ideologías totalitarias y de las formas totalitarias de gobierno. La libertad sólo puede ser defendida cuando se cree que es una cuestión común, que debe ser protegida en común contra lo que la amenaza. A fin de cuentas, también se puede imaginar un totalitarismo benévolo como lo pensó Huxley. Y él no conocía las posibilidades de nuestra civilización”.
Maestros y utopías
Nuestro entrevistado formula un diagnóstico más bien negativo sobre el estado de los modelos espirituales en nuestros días: “De una parte, se publican excelentes obras filosóficas e históricas. Tenemos un gran número de centros, muchos hombres destacados que trabajan en las diversas disciplinas humanísticas. No hablo de las otras materias porque no las conozco. Y a pesar de todo esto, vivimos en un estado de inseguridad y sentimos la falta de maestros de la humanidad.
“Tengo la impresión de que en la filosofía actual hay muchos hombres dotados intelectualmente, muy eruditos, pero al mismo tiempo no hay un gran filósofo viviente. Es decir, no hay hombres en los que se pueda confiar, que estén considerados como maestros espirituales y no sólo como hombres muy inteligentes que saben discutir con habilidad y escribir de modo interesante. Ciertamente, hay excelentes historiadores, pero parece que su trabajo, por vasto y fecundo que sea, no nos llega en la forma en que la historia es maestra de la vida. No forma parte de nuestra existencia espiritual”.
-Un tema que ha ocupado sus reflexiones es la cuestión de las utopías, como fuerza capaz de mover a importantes segmentos sociales. Ha explicado usted sus beneficios y el peligro de abuso a que se exponen. ¿No cree que hoy, por causa de algo así como un nihilismo práctico que domina la vida de los espíritus, más bien nos encontramos ante una preocupante ausencia de utopías? En otras palabras, ¿ante un hombre como el contemporáneo –sobre todo el occidental- con escasa capacidad para creer en algo superior a su propio interés o deseo personal inmediato?
-Yo diría que el gran fracaso de la utopía socialista ha contribuido a encender la desconfianza que existe hoy frente a todo proyecto utópico. Podemos decir que en la cultura occidental, por el momento, el pensamiento utópico ha muerto. Y, por supuesto, con todos los resultados malignos y horrorosos propios de las fantasías utópicas, no me parece haber en él una utilidad neta.
Por otra parte, sin embargo, creo que nuestra cultura efectivamente necesita de algo así; desde luego que no se trata de un programa de acción detallado para lograr la sociedad perfecta, ya que eso no tiene sentido. Nunca existirá una sociedad perfecta, sin conflictos, sin la presencia del mal, sin clases, sin sufrimiento y sin necesidades insatisfechas. Eso jamás existirá. No obstante, tal vez necesitamos la utopía como principio más bien regulador y no constructivo; lo que significa que estamos considerando la idea de fraternidad entre los hombres, aun cuando nos damos cuenta de que no puede lograrse plenamente en la historia humana. Es muy importante que la consideremos como una fuente real de inspiración.
Sin duda, ciertas tendencias del pensamiento contemporáneo, que usted llama nihilistas, pueden verse como consecuencias naturales y como una condición de la Ilustración que se desprendió de la idea de la ley natural o de todas las raíces del bien y del mal que están, por así decirlo, inscritas en la naturaleza. Ahora, si no existe la ley natural, si no hay reglas sobre el bien y el mal que no dependan de nosotros ni estén a merced de nuestra voluntad, si no hay reglas que pudiéramos razonablemente defender contra las fuerzas más siniestras que amenazan a nuestra civilización con la ruina, estamos perdidos. Por consiguiente, creo que es de vital importancia restablecer la dignidad de la idea del derecho natural. Otra cosa es si esto pueda hacerse con un bagaje religioso o sin él.
-Hablamos de las fuerzas motoras que arrastran a grupos sociales. ¿Qué importancia histórica le asigna usted a la mística como fuerza espiritual capaz de darle sus fundamentos a una civilización o de impulsar ciertas evoluciones culturales en los pueblos?
-He estudiado durante muchos años la historia del misticismo. El libro que mencioné, “Chrétiens sans église”, está dedicado al siglo XVII, al misticismo poscatólico y heterodoxo. Siempre me ha interesado el misticismo. En la medida que podemos estudiarlo a través de su expresión literaria, la experiencia mística siempre parece ser fuente de movimientos religiosos. Creo que es una experiencia muy poco frecuente, pero de gran importancia en el desarrollo de la religión. Los grandes místicos cristianos, comenzando por San Pablo y pasando por Santa Catalina de Siena, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, la mística española, alemana y francesa, pueden visualizarse como grandes conductoras de espíritus, personas que realmente han fertilizado la civilización cristiana con energía nueva. Tal vez yo veo el misticismo en términos semejantes a los de Bergson, incluso en su último libro, “Deux sources de la morale et de la religión”.
La conversación deriva, a raíz de su mención de Santa Teresa y a San Juan de la Cruz, hacia la mística española y la cultura hispánica en los albores del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Kolakowski ha estado en España, pero reconoce que su conocimiento de la cultura española es limitado. Ello no le impide avanzar, sin embargo, algún juicio al respecto: “Soy un gran admirador sobre todo del barroco español, con su pintura, escultura y arquitectura. El arte del barroco español y el misticismo español me parecen ser una de las mayores expresiones del espíritu humano en los tiempos modernos. Las considero entre las más altas expresiones de las civilizaciones”.
La europa secuestrada
-Recuerdo haberle leído al escritor checo Milan Kundera, que el vacío que dejara la desaparición del Imperio Austro-Húngaro había impedido, hasta ahora –sin lograr ser reemplazado por nada-, restablecer el equilibrio en Europa central. ¿Piensa usted lo mismo?
Kolakowski declara de entrada que su origen vinculado a una parte de Polonia que nunca perteneció al Imperio, a diferencia de Kundera, le torna lejano ese problema. Afirma que reconoce la importancia histórica y la significación política del mismo, que entre tanto “nadie sabe exactamente dónde empieza y dónde termina”. Y dando otro giro al mismo tema agrega:
-En Europa central existe en mayor o menor medida el sentimiento de que hay intereses comunes entre polacos, checos, eslovacos, húngaros y otras nacionalidades, y sobre todo un interés común frente al imperio soviético. Es evidente la significación política de esta idea, exista o no una realidad cultural detrás de la misma. Sé que es un punto distinto, pero hay en ello un inmenso potencial.
Se refiere en seguida a la conservación del concepto de patria, a la conciencia de soberanía, al apego a la historia, a las tradiciones y a la identificación con una memoria colectiva existente en dichas naciones centroeuropeas, “secuestradas” durante tantas décadas.
-Todo esto tiene un gran vigor allí, sin duda alguna. En todos esos países existe un sentimiento muy fuerte de haber sido desviados de la continuidad histórica y de haber sido introducidos mediante la violencia en un imperio, el imperio soviético, esto es, en una civilización extraña.
Hay un sentimiento muy fuerte de que existe una división de Europa que no es natural, y un sentimiento muy fuerte de que estos países pertenecen a la civilización europea.
Nuestro entrevistado recuerda en seguida los varios esfuerzos que han hecho estos países, a lo largo de cuatro décadas, por recuperar su independencia, incluso al costo de inmensos y cruentos sacrificios. Y señala, refiriéndose a su patria:
-En Polonia, por supuesto, lo intentamos en este momento más que en cualquier otro país. Y es admirablemente fuerte el interés y la curiosidad por lo propio nacional en relación con esta interferencia sufrida en nuestra continuidad histórica. Ello se da no sólo entre los intelectuales, sino también en la gente común. Podemos apreciarlo con nuestros propios ojos, en ocasiones grandes y pequeñas, en lugares importantes o secundarios; la discusión siempre gira en torno a la importancia y al espacio que se dedica al patrimonio histórico.
Kolakowski cree que es esto fundamentalmente lo que alentó la resistencia desde que sobrevino la dominación por parte del imperio soviético y es hoy lo que en forma principal anima la transformación [en curso]. No piensa, pues, que la liberación de los pueblos centroeuropeos se deba completamente a la perestroika soviética y ve entre uno y otro proceso diferencias fundamentales. A su juicio la perestroika es más bien “consecuencia de la combinación resultante del fracaso económico del comunismo y una presión social muy fuerte”.
Esta entrevista forma parte del libro:
