ENTREVISTAS
Luis Suárez Fernández

Chile: Hispania ante el Pacífico

Medievalista destacado, autor de numerosas publicaciones, ex rector de la Universidad de Valladolid y ex Director de Universidades de su país, Luis Suárez impresionó a los alumnos chilenos no sólo por su confianza en nuestro país sino también por la paciencia y dedicación con que contestó a todas sus inquietudes. Es difícil apartar a este académico de los estudiantes, quienes aun en los jardines de la Universidad Gabriela Mistral –que lo invitó a Chile sucesivamente en 1988 y en 1989 para dictar dos ciclos: “De Roma a la Modernidad” y “La era de las revoluciones”- lo acosan con interrogantes. Su vocación evidentemente es la educación y ella le permite demostrar a los jóvenes que ningún acontecimiento está demasiado lejos, porque no existen los hechos aislados. Así, 1328 es para él una fecha clave en la historia occidental: aquella en la cual Petrarca descubre el amor y Occam se encierra en el pesimismo que automáticamente se desprende de sus postulados, sucesos que aún hoy arrojan sus luces y sombras sobre nosotros.

He aquí una fusión de las principales partes de dos entrevistas hechas al historiador español para Artes y Letras de El Mercurio en sus visitas al país ya mencionadas.

Pero empecemos nuestras preguntas por Chile. La afirmación del profesor Suárez –“el siglo XX se definirá en Iberoamérica y Chile podrá desempeñar en el curso de esos acontecimientos un rol preponderante y definitivo”- coincide en cierta forma con lo relatado por Vintila Horia, quien nos asombró al recordar que Arnold Toynbee había recalcado la importancia futura de Chile en el contexto internacional. Afirmación que hace por su parte pendat con la fórmula de André Frossard: “Chile es una terraza que mira al infinito”.

-Profesor, ¿su confianza en nuestro país radica en el éxito económico que se advierte actualmente, o se refiere más bien a la afirmación de ciertos valores y principios?

-Un poco más lo segundo, aunque veo una posibilidad de integrar ambos elementos. Chile es el único país de América Latina que logra una estabilidad política prematura, a partir de 1840. Y, aunque eso no significa que de vez en cuando haya sacudidas –en gran parte debidas a la misma inmadurez-, eso demuestra que la sociedad chilena tiene un fuerte proceso de asentamiento y éste se ha efectuado sobre fundamentos europeos, mayoritariamente españoles, pero en los que entran también otros elementos: alemanes, ingleses, franceses. La latinidad de Chile es abierta, en ella el fundamento es la confianza en la dignidad del hombre, el optimismo filosófico. Al mismo tiempo hay un desarrollo económico sostenido y paulatino. Chile ha entrado en los últimos años en una etapa de madurez económica, donde el desarrollo económico se concibe para el hombre. Efectivamente, el grupo económico que ha pilotado hasta ahora -1989- el desarrollo de Chile, tiene una meta muy clara porque sabe que todo lo que hace en este sentido no es más que un instrumento.

Chile está en el Pacífico, y en el siglo XXI se va a producir el relevo del Atlántico por el Pacífico, así como en el siglo XVII se produjo el del Mediterráneo. Hubo un momento en que este último era mar único, el de la economía y de la cultura. A partir del siglo XVII se produce su relevo. Esto no significa que el Atlántico carezca de significado, pero indudablemente las posibilidades del Pacífico son gigantescas. En este océano, los países ribereños no sólo intervendrán en el espacio económico sino que deberán plantear para qué sirve ese desarrollo o, en definitiva, cuál es el hombre que se va a hacer. En este punto la superioridad de Chile sobre los otros países ribereños es evidente. Chile comenzará a vivir una experiencia política nueva, ha terminado la etapa de tránsito, y se entra a la fase de estabilidad y desarrollo político. Desde luego, el paso está lleno de riesgos, puede salir bien o fracasar. Como historiador, no puedo hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en Chile dentro de cuatro o cinco años; a lo mejor es una catástrofe, pero existen las perspectivas, las posibilidades concretas de Chile, para que eso se logre. El mundo no le perdonaría.

-En cierta forma usted insinúa que con su auge económico Chile podría plantear en el Pacífico una posición concreta ante la vida.

-Ese sería su aporte. En la prosperidad del Pacífico participarán muchos pueblos, que se verían beneficiados.

-¿Pero estas formas de vida o valores no están en crisis?

-Existen dos Modernidades. La primera ha entrado en crisis, pero no la segunda; Chile participa de esta última. La primera, la que llamamos normalmente Modernidad, se basa en la concepción del hombre como individuo. Ello conduce inexorablemente a una moral de situación, a la moral del éxito, y poco a poco también a un materialismo dialéctico, porque cuando se acentúa únicamente el valor del individuo y no el de la persona, entonces la relación de ese individuo con el mundo que lo rodea se convierte en una relación meramente económica, en una relación de aprovechamiento material. En Chile no se ha dado eso, sino otra Modernidad, porque precisamente los europeos que aquí llegaron lo hicieron porque estaban buscando un lugar en que su modo de ser pudiera ser perfilado o expresado libremente, cosa que no podían hacer por ejemplo los irlandeses en Inglaterra. Es muy significativo que uno de los grandes héroes de la Independencia sea Bernardo O’Higgins, descendiente de una familia irlandesa que participa de esa segunda Modernidad.

Lo importante es que Chile tiene la herencia de esa corriente que considera al hombre como persona. ¿Qué ha preocupado a los economistas y políticos de este país? La lucha contra la pobreza. No la lucha contra la pobreza estructural sino la lucha contra la pobreza que atenaza al hombre, la real liberación del pobre. En ciertos movimientos que se han hecho extremistas y se han desviado –la Teología de la Liberación- existe un principio verdadero y generoso; es verdad que la Iglesia tiene la opción por los pobres, pero la tiene para sacarles de su estado, no para que sigan viviendo como tales. Cuando se dice que un católico debe buscar a los marginados es para desmarginarles. Es aquí donde está el error de la Teología de la Liberación: como no puede confiar más que en una reforma del sistema y de las estructuras, en el fondo usa a los pobres; no le conviene que acabe la marginación, no vaya a ser que le fallen los instrumentos en los cuales confía para su revolución. Esto es contrario a la caridad humana y a lo defendido por el cristianismo durante siglos.

-Es una suerte de esclavitud, pareciera…

-Es una esclavitud, indudablemente. La esclavitud es un fenómeno complejo. Estamos acostumbrados a los conceptos expresados en “La cabaña del Tío Tom”, los pobres negritos de Norteamérica, y creemos que la esclavitud en Roma era igual. Sin embargo son dos cosas totalmente diferentes. Hoy hay muchos sectores de la humanidad que viven en una esclavitud mucho más radical que la que existía en Roma. En todos aquellos países en que el Estado es omnipotente y dicta de la mañana a la noche lo que el hombre debe hacer o retira de sus ingresos la parte que le da la gana. Eso de que la esclavitud haya desaparecido del mundo… ¡según y cómo!

-En sus conferencias, usted apuntó al año 1328 como fecha clave en que el hombre toma dos opciones, dos senderos que conducen a sistemas sociales diferentes. Uno de ellos es el que Chile representaría en el Pacífico. ¿Concretamente qué sucedió en aquella época?

-Indudablemente, 1328 es una fecha muy importante. Eso lo ha visto Humberto Eco al hacer su novela “El nombre de la rosa”, que en mi opinión es una obra malévola puesto que trata a la Iglesia como un enemigo y además ennegrece falsamente la figura del Papa Juan XXII. Eco traza una imagen de la Edad Media que es de ciencia ficción y que nada tiene que ver con lo que estaba ocurriendo en el siglo XIV. Pero de lo que no cabe duda es de que es un momento crucial en la historia, es el cambio de una edad a otra. ¿Qué ocurrió? El planteamiento que hace Occam lleva al extremo una idea ya expresada por Duns Scoto, frente a Santo Tomás, y que lo lleva a decir: el hombre no es una criatura con capacidad de trascendencia, por consiguiente todo cuanto haga no tiene valor más que para este mundo, porque a Dios eso no le afecta de ninguna manera. La salvación del hombre no depende por lo tanto de los méritos, sino exclusivamente de la voluntad de Dios. Se salvan y perecen los que Dios quiera. Esta idea es la que se va desarrollando como primera opción de la Modernidad a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII y llega prácticamente hasta nuestros días. Como consecuencia de ella se da importancia a la ciencia experimental y se niega el valor de la ciencia especulativa. El hombre no puede saber nada de las ideas y de los conceptos, en cambio puede saber mucho del aprovechamiento de la naturaleza porque está encerrado en ella. Esto acaba provocando una disfunción. Llega un momento en que el hombre se pregunta: ¿y cómo puedo saber si yo soy de los elegidos o no? La respuesta, dentro de esta corriente, es que el hombre que tiene una tendencia hacia lo religioso, indudablemente está percibiendo en su naturaleza que es uno de los predestinados, y el hombre que tiene éxito es indudablemente aquel que cuenta con una especie de protección. Eso se ve muy bien en el caso de América. En realidad en los dos grupos que vinieron a América desde Europa, cuando se prescinde de los aventureros y de los empresarios que venían a enriquecerse, se encuentra el “emigrante noble”, el que va a construirse una vida nueva y no a explotar, el que quiere construir una cristiandad más perfecta que aquella que dejó atrás.

Pero, ¿qué entiende la América sajona por hacer una cristiandad más perfecta? Una cristiandad sólo para blancos, para puritanos. Se dice, voy a hacer una Nueva Inglaterra, una nueva Ámsterdam. ¿Y los indios? Ellos no tienen el gusto por la religión y por consiguiente no están destinados a salvarse. Y los primeros que llegan a América y se encuentran con las cinco naciones iroquesas, los llaman “ijum”, lo que significa diablos. Yo puedo llegar a tener hacia ellos un sentimiento de humanidad, pero no un sentimiento de trascendencia. Una india no es para mí una mujer, puede ser un objeto sexual en determinados momentos, pero no es una mujer para construir una familia. El mestizaje no es un bien sino un mal.

-¿Y en América Latina?

-El sentido es diametralmente opuesto. La pregunta es ¿quién puede salvarse si ello depende de los méritos, de cómo yo me comporte? Cualquiera sabe que ese noble obispo también se tiene que dar cuenta de sus actos igual como ese indiecito al cual se le apareció la Virgen de Guadalupe. Este sentir fluye tremendamente en lo que llamamos segunda Modernidad. Desde el punto de vista social, la opción de esta Modernidad, que podríamos llamar católica, es diametralmente opuesta. Si la primera apunta a una moral de éxito, a un aprovechamiento de la naturaleza y a una ciencia experimental, la segunda está basada en un optimismo filosófico: cualquier persona, por muchos errores que haya cometido, puede arrepentirse, puede ser un hombre nuevo.

La desintegración y el agotamiento de la primera Modernidad, a la cual estamos asistiendo, crea monstruos y pesadillas como la homosexualidad, el erotismo, la droga y otros fenómenos que no conducen a otra cosa que a la enajenación del hombre, su alienación y su destrucción. Chile tiene dentro de sí las reservas necesarias para dar respuestas contrarias a estos fenómenos. Frente a una moral de éxito, la moral de la trascendencia, que consiste en decir: el prójimo me importa.

-Como usted bien ha demostrado, estas dos visiones filosóficas tienen consecuencias sociales diferentes. ¿Considera usted que los términos democracia participativa y democracia electiva se derivan también de ideas subyacentes a estas dos Modernidades? 

-Indudablemente, y el caso es muy curioso. Esta cuestión fue planteada en España por un liberal, Salvador de Madariaga, y un socialista, Julián Pasteiro. Este último era catedrático, un hombre de gran capacidad, era un buen socialista. Ambos coincidieron en afirmar que la democracia para ser válida en un país latino tenía que ser orgánica. La idea que ellos planteaban, su punto de partida era la consideración de que efectivamente si el hombre es persona y no individuo, no se produce en sociedad aisladamente sino a través de unos órganos de carácter natural, que empiezan por la familia, pero que son también la empresa, las asociaciones educativas y otros organismos que la sociedad ha ido generando a través de estas personas humanas con esa capacidad trascendente. Ellos decían, una democracia pasiva que se reduce a hacer del hombre un individuo, simplemente un hombre un voto, no sirve para la mentalidad latina y no puede conducir a la larga más que al desastre, porque el latino entiende que por su calidad de persona debe intervenir, participar. Si lo único que se me pide es que vaya a la urna y eche un papelito, al cabo del tiempo me cansaré. El gran desafío del futuro, la democracia que Chile puede crear, es la democracia participativa, en donde lo importante no es tener o perder la mayoría sino donde lo importante sea integrar las opiniones de cada uno de los grupos sociales a fin de que los intereses y opiniones de todos puedan ser tenidos en cuenta, aunque sean minorías. Imaginemos una universidad en donde se establezca una democracia radical y efectiva desde el punto de vista electivo: ocurrirá que gobernarán los alumnos, pues los profesores son pocos. Y este hecho se está produciendo. Esto de ser un número es insatisfactorio para un latino y está empezando a ser insatisfactorio también para otros países.

-Y trasladando el concepto de persona o individuo al plano internacional, se habla muchas veces de una civilización universal. ¿Cómo es esto si se piensa en persona y no en individuos?

-Cuando se habla de civilización universal, a veces se cometen abusos de lenguaje, porque lo que se quiere decir es que ya no hay una historia compartimentada. Nada puede ocurrir en Chile que no tenga una repercusión. No existe un acontecimiento importante que no sea conocido automáticamente –a través de los medios de comunicación- en todo el mundo. Eso es lo que a menudo se quiere decir, pero eso no significa, aunque algunos lo querrían, que vaya a existir una jurisdicción uniforme. Es una civilización plural y ante ella podemos tomar dos actitudes totalmente opuestas. Una, la negativa, consistiría en considerar la pluralidad como disgregación. Cada uno tiene derecho a ir por su cuenta, y otra, una pluralidad de integración, que implica decir estos son mis valores, lo que yo quiero aportar, lo que yo defiendo y deseo que respeten e intento comunicar a los demás. Esa segunda opción sería la correcta en estos momentos, y crearía un mundo del futuro.

-Profesor, hemos hablado mucho de la modernidad y de estas sus dos versiones. Sin embargo, actualmente ya se habla de la Posmodernidad. ¿Qué acepción le da usted a este término?

-Tengo la impresión de que nadie sabe o tiene la menor idea de lo que es la Posmodernidad. Cuando hablamos de ella, lo que queremos decir es que el orden y el modelo de valores que caracterizaba a lo que en el mundo hemos llamado la Modernidad han perdido su vigencia; que no se puede pensar en construir una sociedad partiendo de lo que fue aquel hombre: el hombre moderno, secularizado, proclive a la ciencia experimental, racionalista en lugar de racional. Hoy se reconoce que eso ha terminado, que pertenece a una época histórica que se ha cerrado con un gran acto de locura: la Segunda Guerra Mundial, donde todas sus ideas se quemaron como en una gran hoguera. Hemos entrado en una nueva etapa que, como no sé cómo llamarla, la denomino Posmodernidad. Es un nombre cómodo: lo que viene después de la Modernidad, pero ¿qué es? Esa es la gran pregunta. Lo que viene no está definido.

En torno a este tema existe ahora un gran debate. Intuitivamente el hombre de hoy sabe que está necesitado de un acto de reflexión moderno para descubrir a dónde quiere ir. ¿Cómo librarme de todas estas cosas que me han llegado como consignas y que definitivamente no van a ninguna parte? En esto sí hay consenso. La Posmodernidad está dando origen a la posibilidad de hacer ese gran acto de reflexión. Debemos hacerlo. Tenemos que descubrir a dónde queremos ir, cuál mundo queremos crear. Desde Chile parece perfilarse muy clara la idea de ir hacia un mundo en que las relaciones humanas, desde un punto de vista de la herencia católica, sean de cooperación, de respeto mutuo, de incremento de la dignidad. Un modelo de sociedad en que la pureza valga más que la impureza, en donde la riqueza sea un medio para la mejoría de los demás y no un fin. Queremos ir hacia una sociedad en que los niños sean amados, en donde el amor no desaparezca, en donde se reconozca que los niños tienen el derecho de ser recibidos por una familia, donde la madre no tiene derechos sobre los hijos, sino que los hijos tienen derecho a una madre. Queremos una sociedad donde todas estas cosas se puedan ir perfilando, de tal manera que los niveles de pobreza desaparezcan. Este es el gran desafío. Pero los niveles de pobreza no pueden desaparecer, sobre todo en casos como el de Chile, si no hay un aumento de la población, porque hay que ocupar más espacios vacíos, y, por consiguiente, hay que crear más capacidad de producción. Hay que tener más disponibilidad humana para que puedan salir más personas egregias, preparadas, para que actúen como dirigentes del resto de la sociedad. En este momento el abandono de una política económica de desarrollo, con conciencia humana y no con conciencia económica, sería devolver la gente a la pobreza y hundir a los que están en la pobreza en mayor miseria aún.

En una sociedad no se procede nunca por un impulso desde abajo. Eso es mentira. Hay un mimetismo social. La gente tiende a imitar lo que considera superior, aunque sea un cantante o un gran futbolista. Lo importante es que se les pueda dar modelos cuyo mimetismo provoque el ansia hacia arriba. 

Lejos está este estudioso de anunciar el fin de la historia y el triunfo de la democracia liberal burguesa en los términos en que lo hiciera el intelectual norteamericano Francis Fukuyama. En el futuro, aunque impredecible aún para un historiador, él prevé o anhela una seria reflexión moral sobre el hombre mismo. Sobre ésta, su teoría, Luis Suárez se explayó así:

-La revolución es un ritmo que se produce en tres etapas:

Tiempo primero: la revolución hija de la Ilustración. Es la Revolución Francesa, la que trata de encontrar para los hombres la felicidad humana, pero acaba destruyendo lo más esencial el hombre, porque menoscaba su religión y los criterios morales. Introduce principios como el terror político. Desemboca primero en la dictadura y después en el cesarismo napoleónico. 

El segundo ritmo de revolución, más bien hija y compañera del Positivismo que de la Ilustración, es la que origina los Estados liberales. Producto de las revoluciones de 1830, 1848, se centra en la confianza definitiva de que la libertad va a resolver todas las dificultades del hombre. Los problemas de la libertad se resolverán con más libertad. Lo que se pretende es convertir al Estado en un árbitro.

Esta revolución, que aún vive del espejismo de ser la continuadora de 1789, rechaza la idea de que existen unos principios morales objetivos superiores. Cree que todo es consensuable entre los hombres, todo puede ser objeto de un pacto y de la libre competencia. La verdad es que en definitiva esos principios se revelan como insuficientes. Al no haber una creencia en un orden moral objetivo superior, lo que pasa es que el Estado se convierte en juez y árbitro de todo. Se llega a unos Estados absolutamente soberanos, que pueden decidir lo que les parezca sobre el bien y el mal. Si no lo hicieron es porque todavía hay una carga de tradición tan grande en aquella época en Europa, que hace que sean como naturales los principios de la moral cristiana y éstos se incorporan a una especie de moral burguesa que todavía ve muy mal disolver el matrimonio, se horroriza con la idea de acabar con los hijos antes de que nazcan, y mantiene la honradez, el valor de la palabra dada. ¿Pero, por cuánto tiempo?

Cuando esos Estados inauguran entre sí una competencia puramente económica, generan todo ese problema social que lleva consigo el desarrollo del capitalismo, donde una gran masa de la población se convierte en asalariada.

Allí empieza el tercer tiempo de la era de las revoluciones: la revolución que sostiene: “dejen la libertad, vamos a la igualdad”. Esa tercera etapa es hija de Hegel, quien había sostenido que si el estado no podía dar libertad, sólo cabían dos opciones: por un lado la que adoptará Marx y toda la izquierda hegeliana, que sostiene que el Estado no es más que el intérprete de una clase social, en este caso la proletaria. Por consiguiente, vamos al Estado proletario, a la dictadura del proletariado. 

Otros van al otro extremo y dicen que el Estado es la representación de la nacionalidad. Vamos al Estado nacionalista y el gran peligro de decir que lo importante no es el proletariado sino la raza. Dígase Hitler. Por eso hay dos revoluciones juntas: la marxista-socialista y la social-nacionalista. En definitiva vienen a ser iguales. Incluso hubo un momento en que se ponen de acuerdo para acabar con las democracias occidentales. Fue en agosto de 1939. Pero, naturalmente, su enfrentamiento es el enfrentamiento entre dos revoluciones que se consideran incompatibles entre sí. Hay una incompatibilidad absoluta. Esta incompatibilidad es la que ha ayudado a ciertas corrientes de propaganda y de pensamiento marxista a decir que el nacional-socialismo es la extrema derecha. Eso no es verdad. Es la otra versión del hegelianismo. Por eso ambas tenían tantas cosas semejantes, y en definitiva los dos acaban persiguiendo a los judíos, a los valores religiosos. Las dos conducen a la misma fórmula totalitaria. Todo Estado sin referencia a un orden moral objetivo superior acaba siendo en definitiva totalitario; pero ellos van más lejos: el partido se hace dueño del Estado, la totalidaridad pasa al Estado.

De estos regímenes totalitarios, uno ha terminado destruyéndose a lo largo de una guerra y casi nos hemos olvidado de él. Aparece sólo como un objeto para el estudio de los historiadores, pero el otro sigue en pie y sigue evolucionando. Porque ninguna revolución se queda quieta. El problema de un sistema revolucionario es su dinamismo interno. La revolución parte de unas aspiraciones maximalistas, “voy a crear el mundo feliz”, que no se cumplen o, más bien, no pueden cumplirse. Por eso del maximalismo se pasa en seguida al revisionismo.

Cada revolución tiene, por lo tanto, etapas y eso se ve claramente en la revolución rusa, en que existe una constante revisión del marxismo. 

-¿Y la actual glasnost y la perestroika son, a su juicio, una de esas etapas de revisionismo que usted señala?

Ahora estamos viviendo una etapa de revisionismo. La última, por ahora. No es en ningún caso la abdicación del marxismo. Ni siquiera sus protagonistas saben cómo va a resultar. A fin de cuentas, esta política de glasnost y perestroika es una aventura emprendida con el objetivo de resolver problemas económicos muy graves en la URSS, problemas de producción, estímulo y de convivencia humana.

-¿Conseguirán resolverlo dentro de su programa? 

-Un proceso revolucionario no es monolítico, irreversible. También puede destruirse, puede desintegrarse y desaparecer. Puede sucumbir, como en una derrota de Napoleón, pero puede desaparecer por sus propias contradicciones internas, puede no poder seguir adelante. El período actual puede significar en fin de la praxis marxista, no de la teoría o de la doctrina, sino de esa praxis ya revisada tantas veces. Por eso están apareciendo en el mundo pensadores que se llaman a sí mismos marxianos –no marxistas-, que pretenden volver a la doctrina original y ver si de ahí se puede sacar otra cosa.

-Ahondemos en la ausencia o presencia de parentesco entre la Revolución Francesa y las liberales.

-El liberalismo invoca a la Revolución Francesa como su precedente y, sin embargo, existe una gran diferencia entre ambas. Esta es hija de la Ilustración, del despotismo ilustrado, es decir, es una racionalización de la existencia. Francia se divide en distritos racionalmente pensados, haciendo tabla rasa de todo lo que es la historia. Acaba siendo en definitiva una negación de la libertad, porque identifica la libertad con aquello que la revolución puede dar. Pero en ningún momento está pensando en dejar el libre juego de las iniciativas. En cambio las revoluciones liberales, a pesar de que están invocando siempre el modelo de la Revolución Francesa, son diferentes porque parten del presupuesto verdaderamente contrario, al decir hay que reducir el Estado a la más mínima expresión, hay que dejar que operen las fuerzas naturales. Están más cerca de personas como Adam Smith, y del pensamiento inglés. Se llega a decir, los problemas que produce la libertad se resuelven con más libertad.

Veo una gran diferencia. La Revolución Rusa se hace a los acordes de la Marsellesa, pero nada tiene que ver con la francesa. Son ingredientes distintos. Todas las revoluciones tienen en común el revisionismo. Parten de la idea de que lo que el hombre debe hacer es eliminar el pasado, volver al punto cero y empezar a construir desde allí. Pero difieren en lo que se proponen construir. 

-¿Qué le hace suponer que este ciclo revolucionario de tres tiempos ha terminado?

-Estamos en el tiempo de agotamiento de las guerras revolucionarias. No se ve ningún planteamiento ideológico tan claramente revisionista como los del pasado. ¿Qué viene ahora?, no se sabe. Ahora predomina la obsesión de establecer en todas partes la democracia. Anímicamente esto es reflejo de una actitud conservadora. Quieren establecer la democracia porque la tienen los demás, es la norma general, es lo que se lleva, porque parece ser lo que en este momento tranquiliza y da dignidad. Un pueblo no democrático es considerado como un pueblo que todavía está en busca de su destino final. La democracia, en cambio, se presenta como una demanda, como un reino que se va a establecer, como lo anhelado por la Revolución Francesa, o por las revoluciones liberales. La democracia es hoy la fórmula que resuelve todo. Sin embargo, cuando uno le pregunta a la gente qué entiende por democracia, se advierte un enorme confusionismo. Cada uno habla según lo que cree que debe ser. La democracia se está presentando como la gran demanda de solución, única, lo máximo de perfección a que se puede aspirar. Eso es utópico, también, pero ya no hay una demanda revolucionaria. Salvo algunos grupos violentos. Por consiguiente la revolución ha terminado.

-¿Qué prevé, como historiador, para el futuro?

-Probablemente el desgaste de los regímenes democráticos. Puede ser muy rápido. Creo que el problema que se va a plantear ahora es el de la reconstrucción de la moral humana. A través de todo este proceso revolucionario se han perdido muchos valores fundamentales del hombre. En su revisionismo a ultranza, toda revolución es más destructiva que constructora. Por ese movimiento se quebraron los ejes fundamentales de la persona humana. La noción de la trascendencia, el sentimiento religioso, la moral (no la ética), y los principios objetivos que todo el mundo reconoce –familia, respeto al prójimo, etc.- han ido naufragando. Sobreviven en algunos sectores como valor testimonial. La consecuencia es el permisivismo y la gran crisis del mundo. Se va a plantear una revisión de todos estos conceptos. Y una búsqueda de una nueva moral, sin la cual el hombre no puede vivir. Habrá una demanda. Y en el siglo XXI los grandes debates serán de ese tipo.

-Al señalar antes la misión que Chile podría cumplir en el Pacífico, ¿se refería en cierta forma a este planteamiento?

-Claro. El Pacífico va a ser el mar del siglo XXI, pero el papel fundamental que puede desempeñar un país como Chile, es que tiene una reserva moral muy fuerte. Tiene todavía unos resortes familiares, y por lo tanto está mejor preparado para el planteamiento de todos los problemas en torno a la dignidad el hombre. Es el papel que puede llegar a desempeñar, no se puede decir que tenga, porque nada en la historia sucede de forma fatal –existe la libertad-, pero es su gran oportunidad. ¿Sabrá defender ese orden de valores en el cual hoy cree todavía? Es de desear, porque sería una gran contribución al mundo. Como, además, están insertos en América Latina, cualquier cosa que ocurra en uno de sus países tiene una extraordinaria repercusión en los demás.

-España y los países de Iberoamérica se preparan, cada uno a su modo, para conmemorar el V Centenario del Descubrimiento de América. ¿Deberían estas efemérides contribuir a esa conciencia que Ud. Apuntó?

-Qué bueno sería que el V Centenario sirviera para hacer una recapitulación de todo eso. Porque, indudablemente, la América que hoy existe es la que construyeron unos europeos, fundamentalmente españoles, pero también de otros países, que vinieron aquí no a colonizar ni a establecer factorías, sino a vivir; por consiguiente, a construir su propia sociedad. Han construido una nueva vida, pero ella tiene un punto de partida: el aporte de los europeos, que además optaron fundamentalmente por el mestizaje. Nunca se pensó en una capa dominadora de blancos sobre indios, lo que permitió el arraigo más eficaz y profundo de todo lo que ellos traían como patrimonio espiritual. Este centenario debiera ser, y me temo que no lo va a ser, la gran oportunidad de hacer un balance, para descubrir lo verdaderamente valioso, lo que vale la pena recordar. 

Tal como se están preparando las cosas, me temo que se va a tratar de una conmemoración meramente folklórica. En ciertos países lo que se pretende es una actitud profundamente revolucionaria, que está intentando decir que España le hizo mal a América. Es un absurdo, pero el absurdo cala y hoy hay gobiernos que casi lo sostienen, y así no habrá una reflexión sobre los valores que vinieron aquí y que hicieron las naciones.

-¿No considera usted que las palabras dirigidas a los jóvenes por el Papa Juan Pablo II desde Santiago de Compostela en 1989 son una iniciativa importante en este sentido?

-Él sí está haciendo algo.

-Esos jóvenes que estaban en Santiago de Compostela ¿no están reclamando en realidad una nueva evangelización?

-Ellos piden que se les devuelva el sentido moral de su existencia. Lo piden en forma simple y contundente. Piden derecho a la alegría, a la familia, a la vida, limpieza y dignidad, y sí lo conseguirán. Ese es el futuro. Es el despertar de las nuevas generaciones. La gente no se da cuenta, no le concede importancia. Pienso que los entusiasmos de la juventud, a pesar de los pesares, permanecen toda la vida. Por eso es tan peligroso tener una juventud vieja, sin ideales ni entusiasmo. 

-El llamado a la juventud fue en Santiago de Compostela, un lugar históricamente decisivo en el crecimiento de Occidente. Como historiador, ¿qué significado le atribuye al hecho de que el Papa haya elegido ese lugar tan enraizado en la tradición?

-Poca gente sabe el papel que desempeñó Santiago de Compostela en la cultura europea. Santiago era la única peregrinación mayor asequible, porque existía otra, Jerusalén, muy difícil. La peregrinación no era turismo a lo sagrado, sino un proceso espiritual de gran importancia, que consistía en el hecho de que yendo a Santiago, cualquier pecado, por grave que fuera, podría ser perdonado. Ello significa decir, a la gente “nunca nada está perdido” a pesar de todos los horrores o pecados. Es el gran mensaje de optimismo de esperanza. Por eso el Papa ha ido al Monte del Gozo, Monjoya, porque es el monte desde donde el peregrino, por primera vez, ve Santiago. Su alegría, porque ha llegado al final del camino y comienza su regeneración como hombre nuevo. Santiago es la gran esperanza de una recuperación para la humanidad. A eso está aludiendo el Papa, y está invitando a los jóvenes. No puede haber mensaje más precioso para un hombre.

-¿Podríamos establecer una similitud entre el momento actual y aquel en que se introdujo el cristianismo, cuando griegos y romanos, cansados de sus dioses, entendieron muy bien ese llamado personal de Dios a cada uno?

-Sin duda. Hoy se está viviendo una situación bastante parecida. Europa está cansada de sus ídolos; ha llegado, como lo había hecho el Imperio Romano, al último extremo de una civilización materialista. Aparece el cristianismo y penetra en la sociedad, con su mensaje. Es lo que intentó hacer el Concilio Vaticano II, aunque muchos no lo han entendido.

Mientras Europa era cristiana, la conducta de la Iglesia era de autoridad; la que prohíbe, aconseja, determina. Ante una situación en que el materialismo llevó a la gente a la desesperación, la Iglesia se debe presentar en actitud de servicio. No se trata de convencer a la sociedad: “Tengo la respuesta a tus problemas, toma esto”. Eso es en lo que el Papa actual está insistiendo, es la actitud de servicio que él proclama.