ENTREVISTAS
Pierre Chaunú

Bicentenario polémico

No todo han sido Marsellesas en este fastuoso bicentenario galo de la gran Revolución de 1789. La atmósfera polémica la proclaman desde luego, a simple vista, las vitrinas de las librerías y las estanterías –que aquí lo son- de los quioscos. Asimismo, varias manifestaciones callejeras que expresan su desacuerdo no sólo con los festejos promovidos por el gobierno socialista, sino con el propio sentido histórico que tuvo la Revolución.

A la cabeza de quienes protestan destaca, con un verbo fulgurante, el conocido historiador Pierre Chaunu. Nacido en 1923, profesor de la Universidad de París-Sorbonne, miembro del Instituto de Francia, columnista del Figaro, se cuentan entre sus sesenta títulos “Seville”, “Temps des Réformes”. “La Mémoire de l’éternité” y “La France”, siendo su obra indiscutiblemente, tanto en el plano de la investigación como en el de la reflexión, una de las más notables y respetadas de nuestro tiempo.

La inflación, el retorno de la economía de subsistencia, el empobrecimiento patrimonial, la desalfabetización, la más atroz de las persecuciones religiosas, el “genocidio” de la Vandée y la guerra de agresión que acarrearon un volumen de muertes superior al verificado entre 1914 y 1918, hechos todos que caracterizaron los años de la Revolución sucedida hace 200 años, llevan a Pierre Chaunu a preguntar si dicho episodio merece siquiera el honor de una conmemoración. Y para justificar su aprensión y rechazo ha escrito un nuevo libro de cerca de trescientas páginas, que titula “Le grand déclassement”, editado por Robert Laffont con el subtítulo: A propósito de una conmemoración…

Hablamos de todo ello con Chaunu en su minúsculo despacho de la Sorbonne. El énfasis acalorado de sus palabras hará sentir a ratos que no caben dos personas en tan pocos metros. No obstante, a saltos de un tema a otro, recorremos varios de los que le ocupan en el momento. Comienza por explicarnos el sentido del título que lleva su última y ya referida obra:

-Se titula “Le grand déclassement” porque la Revolución fue un proceso catastrófico, en un período catastrófico de la historia de Francia. Indiscutiblemente, Francia, que era entonces el primer país del mundo, en 1815 queda en segundo lugar y muy por debajo de Inglaterra. A eso alude el título. No me opongo a una conmemoración en sí misma, me parece un ejercicio civil absolutamente normal; pero se pone de tal manera el acento en este acontecimiento específico que en definitiva se termina por falsear completamente la memoria, desvalorizando todo lo sucedido con anterioridad o paralelamente y creando en la gente la ilusión de que la historia en último término es ruptura, siendo que en esencia ella es continuidad. En esta conmemoración hay algo excesivo y de alguna manera quiero poner las cosas en su lugar señalando el exceso y la mentira.

Esta conmemoración es una mentira porque se dice que, a pesar de contener ciertos elementos lamentables, la Revolución constituyó un proceso inevitable. Yo niego rotundamente la fatalidad del proceso. Comparando con otros países europeos, podemos constatar que en Inglaterra el camino de entrada a la modernidad fue mucho más acertado que en Francia. Yo analizo una serie de factores que explican este fenómeno y me parece bastante curioso y chocante que se conmemore algo que en nuestra historia termina siendo un gran fracaso, consistente en una incorporación forzosa a la modernidad a través de un proceso violento, con un saldo espantoso, si sumamos la destrucción interna y la guerra, ya que existe la responsabilidad de la guerra. Tenemos primero dos millones de muertos, y en total cuatro millones y medio de muertos. Se destruyó la riqueza francesa, se quebró completamente el crecimiento demográfico y, además, con la persecución religiosa se produjo una gran huella, una especie de surco en la conciencia de los franceses. La conciencia nacional quedó completamente marcada por esta gran persecución. Es un desastre, no la modernidad, pero sí la forma de entrar en ella. Naturalmente, las responsabilidades son compartidas. Gran parte de la responsabilidad tiene relación con la rigidez, con la osificación del Estado y la monarquía, que habían perdido progresivamente su flexibilidad. De hecho, he dedicado la mitad de mi libro a este fenómeno de rigidez. Pero el resultado es desastroso y no veo por qué se celebra una carencia; por lo cual, soy completamente hostil a esta conmemoración.

-Las conmemoraciones tienen como epicentro el recuerdo de lo sucedido el 14 de julio. ¿Qué significado tiene la toma de la Bastilla desde el punto de vista de la realidad y desde el punto de su proyección simbólica?

-No hay realidad alguna. La Bastilla era una vieja fortaleza totalmente obsoleta, que desde hacía mucho tiempo ya no servía para nada; sólo para que vivieran allí siete personas. Hacía veinte años que el rey trataba de deshacerse de ella y si no la habían demolido era porque cobraban por echarla abajo. Como en esa época no había mucho dinero, el rey no quería pagar; simplemente, pensaba regalarla. Con la Revolución sería derribada muy pronto, lo que tiene su mérito. Como símbolo es algo ridículo y en todo caso la toma de la Bastilla constituye un elemento vergonzoso, ya que terminó en una masacre de soldados desarmados, producto de una verdadera traición, puesto que se masacró a los que habían abierto las puertas, contrariamente a la palabra dada. Por consiguiente, hemos conmemorado un hecho vergonzoso de nuestra historia, un acontecimiento violento, estúpido y gratuito en contra de un símbolo vacío y muy revelador de lo que es esta mentira.

He dicho, en síntesis, que la conmemoración de la Revolución Francesa es mentirosa, ya que dicha revolución descansa en una cantidad extraordinaria de falsedades, como por ejemplo eso de que hay un tesoro oculto. No hay tal. Para su desgracia, Francia se convirtió en un paraíso fiscal, donde nadie pagaba gran cosa mientras los ingleses, por ejemplo, aportaban el doble. Está bien que paguen los nobles, pero eso sólo representa el cinco por ciento del valor global del presupuesto. Si se aplican las mismas tarifas a los nobles que a los plebeyos, sólo tenemos un cinco por ciento adicional. En Inglaterra la presión tributaria se triplicó entre 1610 y 1710; tal vez en abono del poderío y del bienestar en Francia podría haberse duplicado. En todo caso, los americanos demostraron que la economía francesa había tenido una recuperación espectacular durante los últimos años del Antiguo Régimen. En ese momento, ambos países tenían más o menos el mismo nivel de poderío y bienestar. El ingreso per cápita, en Francia, se había equiparado nuevamente con el inglés, incluso sobrepasándolo, y Francia era un país muy poblado. Por otra parte, es una gran mentira eso de que las cuentas de la corte en 1781 eran absolutamente escandalosas.

En definitiva, vamos a conmemorar una mentira que terminó en un robo, puesto que, como se habían comprometido a no aumentar los impuestos o reducirlos, la única solución posible fue la confiscación de los bienes del clero. ¿Qué significa confiscar los bienes del clero? Significa confiscar los bienes de la nación. ¿Para distribuirlos entre quiénes? Para distribuirlos entre 80 mil personas beneficiarias de este régimen que, dicho de otro modo, constituirán un sindicato de ladrones, puesto que de cualquier manera han adquirido esos bienes en el 15 por ciento de su valor venal. Ahora bien, para que el robo sea rentable se requiere una organización. Si se mantiene a la Iglesia en el mismo nivel que tenía antes de la confiscación, no se gana dinero. 

En otras palabras, digo que esta conmemoración es una mentira, que lo que se conmemora es la mentira, el robo, el asesinato. Yo no estoy de acuerdo. Además, se generó una contrarrevolución, que en definitiva no es preferible a la revolución. Yo soy partidario de la evolución.

-¿Se refiere usted al ejemplo inglés? ¿Qué opina de lo que dice Joseph de Maistre en “Consideraciones sobre Francia”, donde señala que dicho proceso fue una especie de vanguardia en relación a la Revolución Francesa?

-No estoy en absoluto de acuerdo. No me ubico en la tradición contrarrevolucionaria. Yo no me sitúo en la línea de Joseph de Maistre sino en la de Burke, en la línea inglesa, precisamente.

-Explíqueme, entonces, un poco, cuál es su apreciación de Burke.

-Hay algo muy adecuado en Burke. Es el análisis más lúcido que se ha hecho de la Revolución Francesa. Mientras los ingleses dicen “¡Los franceses nos imitan!”, él afirma lo siguiente: “Los franceses no nos imitan. Esto va a terminar en un baño de sangre, porque tienen una concepción meramente individual de los derechos y si se eliminan los cuerpos intermediarios se suprime la libertad. No existe libertad en lo abstracto, hay “libertades” en la familia, en la comuna, en el grupo al cual uno pertenece, en la empresa. En otras palabras, la sociedad es un cuerpo, un órgano, y por consiguiente esta uniformación va a terminar sencillamente en la más detestable de las dictaduras y por último en un baño de sangre”. Él escribió en 1790, es decir, en aquel entonces ya había previsto claramente lo que iba a suceder.

Yo pertenezco a la tradición de Burke, si usted quiere.

Por otra parte, es absolutamente irrefutable el hecho de que las instituciones francesas se desnaturalizaron. Yo explico este proceso, que se remonta a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, con la supresión de los estados provinciales y los estados generales. Dichos estados provinciales existen en todas las demás monarquías europeas. Por consiguiente, nosotros carecemos de dieta, nos falta ese elemento. Los funcionarios franceses son propietarios de sus cargos, lo que representa una ventaja.

-¿Responsabiliza de esta desnaturalización también a Luis XIV?

-No hay tal. El problema es bastante anterior. Hay una evolución, nadie tiene la culpa. Es, por así decir, el choque hacia atrás en un avance. Las instituciones francesas y el Estado eran muy avanzados en Francia en relación a los países vecinos, incluso Inglaterra. Es muy astuta la solución de la venalidad de los cargos, es decir, la existencia de funcionarios que son propietarios de sus cargos, que forman parte de su patrimonio. Esto funcionó muy bien, pero el cuerpo de funcionarios terminó diciendo: “Nosotros somos el pueblo y por consiguiente representamos al pueblo” y las instituciones representativas que existían en la antigua Francia cayeron en desuso, funcionaron mal. El Estado tiene muy poca fuerza, de lo cual tienen conciencia los administradores de Luis XV, y Luis XVI lo sabe muy bien, por lo cual procura restablecer una red de asambleas provinciales. Es necesario que las personas se hagan cargo por sí mismas de sus asuntos en las asambleas provinciales y comunales.

A continuación Pierre Chanu pasa a referirse al tema muchas veces ventilado de la centralización en las instituciones del Antiguo Régimen

-La tendencia centralizadora ya está presente en el Antiguo Régimen y no se lucha contra esa tendencia, ya que este cuerpo es una especie de tecnoestructura, donde están comprometidos los intereses de toda esa gente y no sólo a nivel material, sino a nivel de representaciones.

En vez de luchar contra esta excesiva centralización, la Revolución, tras algunas veleidades, termina por reforzarla. Aquí hay una debilidad y se produce una tremenda unificación del derecho, lo que constituye un grave error. Los derechos de sucesión eran diferentes en el norte y en el sur del país, con una serie de matices. El derecho puede armonizarse progresivamente, pero no se modifica de esa forma.

-Hablaba usted de las instituciones que habían caído en desuso. ¿Qué piensa de la crítica de Tocqueville al respecto en su libro “El Antiguo Régimen y la Revolución?

-Está muy bien. Casi la mitad de mi libro se encuentra dedicada precisamente a esta crítica, por lo menos al estudio de esa osificación, de esa parálisis progresiva. Yo analizo cómo se fue produciendo esa parálisis. Si usted quiere, se necesitarían pocas cosas para volver a echar a andar la máquina. En diversas oportunidades faltó una voluntad, una cierta lucidez a la cabeza del sistema. Al pobre Luis XVI obviamente le faltó lucidez. Era muy condescendiente, tenía muchas grandes cualidades humanas, pero no tenía para nada el porte…

1789 y 1917

-Gorbachov dijo en las Naciones Unidas lo siguiente: “Dos grandes revoluciones, la francesa de 1789 y la rusa en 1917, han ejercido un poderoso influjo en lo más intrínseco del proceso histórico, modificando de raíz el curso de los acontecimientos mundiales”. ¿Qué opina usted de la asimilación que hace Gorbachov de estas dos revoluciones?

-Entre la de 1789 y la de 1917… Bueno, hay algo de verdad. En general, creo que todo proceso revolucionario violento es un castigo por una serie de errores. En un sistema vivo y dinámico deben terminar eliminándose en la práctica las conmociones. En todo caso, si miramos el proceso en toda su amplitud, la Revolución de 1917 constituyó para Rusia una catástrofe aún mayor que la nuestra.

-Esta asimilación se observa a menudo en diversos autores marxistas. No sólo Gorbachov ha identificado la Revolución Francesa con la Revolución Rusa. Además, existe una cierta relación desde el punto de vista doctrinario o del modelo político entre los jacobinos y los comunistas. ¿No le parece a usted que hay algo de esto?

-Ciertamente. Desde luego, Furet lo señaló muy bien. El sistema jacobino es un sistema ideológico, es decir, con una visión a priori de la realidad, que además no corresponde en absoluto a la realidad.

-Y a propósito de Furet, ¿cree usted como él afirma en su libro “Interpretando la Revolución” (1978), que “la Revolución Francesa ha terminado”?

-Eso no tiene sentido, es un “non sense”. Evidentemente no ha terminado y las consecuencias las veremos hasta el fin del mundo. No se puede borrar algo que ya sucedió. Lógicamente, a largo plazo, los efectos van atenuándose, pero no tiene sentido decir que la Revolución ha terminado; es absurdo.

-Muchas veces se contrapone a jacobinos y girondinos. ¿Qué opina usted de esta contraposición? ¿Es real o en definitiva los girondinos constituyeron un factor indispensable en el proceso de la Revolución Francesa?

-¿Qué significa girondino? Nada. Con los jacobinos son dos facciones opuestas, claro. Los girondinos representaban, por así decir, a las provincias, porque habían sido eliminadas y éstos eran partidarios de la descentralización. Pero habían perdido el control del sueño y de la cabeza. Tienen una responsabilidad en la persecución religiosa que es por lo menos comparable a la de los montañeses y, en general, son responsables de la guerra, porque ellos declararon la guerra. Luego, fueron víctimas de los demás, pero después de todo Danton fue víctima de Robespierre, y Robespierre también fue víctima.

Las palabras “girondino” y “montañés” o “jacobino” adquirieron en Francia un significado ulterior que en la práctica sólo tiene una relación muy remota con lo que realmente ocurrió durante la Revolución, es decir, que simplemente hay partidarios de la centralización y partidarios de una relativa descentralización. Por lo demás, incluso la descentralización de los girondinos no es mayor cosa.

-A propósito de la Revolución y del espíritu de la Revolución Francesa o de su materialización, ¿se dio ésta más allá de su época e incluso más allá de la época de Napoleón en el siglo XIX?

-La idealización sí, por supuesto.

-No me refiero solamente a la idealización, sino también a su realización concreta, a su divulgación a nivel institucional. Y si así fue, ¿cuál sería el rasgo más fuerte de la Revolución Francesa?

-La Revolución todo lo destruyó. Destruyeron, arruinaron, mataron. Algo se quebró en Francia: la continuidad religiosa, las tradiciones. Se produjo un trastorno violento en el derecho, en las normas de la sucesión, por ejemplo, imponiéndose en todo lugar la herencia compartida, propia de las costumbres de París. Se impregnó todo el territorio nacional con la modalidad de París. Es una historia sin sentido.

-Pero ¿qué consecuencias tiene este gran estallido de Francia en el siglo XIX europeo?

-Hay una mutación de la sociedad que se explica por motivos intelectuales y económicos y por un elemento de evolución social. Es claro que en una sociedad trifuncional existe ciertamente una clase guerrera hereditaria. Mas eso ya no tiene sentido en el siglo XIX, En todo caso, es evidente que la sociedad evoluciona y las estructuras del Estado deben considerar la evolución de la sociedad. En cuanto al derecho a voto, se trata de que la gente con cierto nivel, con cierta independencia, lo vaya teniendo, y no otorgarlo cada vez más simplemente por otorgarlo. Existe aquí también una evolución que corresponde a la evolución de la sociedad. Pero todo esto se hace con referencias míticas a la Revolución Francesa. Y, en realidad, no es más que un gran mito, porque la Revolución Francesa procedió muy mal en estos asuntos.

Existe sí otro modelo. Los países imitan las instituciones inglesas, que funcionan bien. Cuando el rey da una Constitución, imita un poco al Parlamento británico. Se imita mucho más a los ingleses que a los franceses. Francia no presenta un modelo de instituciones logradas. Y entre nosotros mismos, de acuerdo a la Carta Fundamental Francesa, el funcionamiento se parece un poco a la Cámara de los Comunes. Con Luis Felipe tenemos un Primer Ministro y asumimos la responsabilidad gubernamental ante la Cámara. Es indiscutible que un sistema que establece un vínculo de representación es bueno.

-Entonces, en su opinión, en el siglo XIX lo que se irradió más fue el modelo inglés…

-Se copió a Inglaterra; de ahí viene el modelo. Ahora bien, hay muchos pueblos, especialmente los subdesarrollados o los menos desarrollados, donde el modelo francés en cierto modo es más accesible que el inglés.

-¿De ahí, entonces, la mayor influencia de Inglaterra en el mundo civilizado a lo largo del siglo XIX?

-Usted verá que en todo el mundo se habla inglés y no francés en este momento.  

En cuanto al modelo, ¿dónde tuvo éxito la revolución industrial? En Inglaterra. Y después en Estados Unidos. ¿Cuál es la potencia dominante? No es Francia. La potencia dominante es Estados Unidos de América. Y usted muy bien sabe que este país surgió del modelo inglés, con cierto grado de conmoción, pero no hay punto de comparación entre el movimiento de 1787 y el nuestro. Aquél tuvo una conmoción dentro de cierta forma de continuidad.

Pierre Chaunu insiste en su obra y a esta altura de la conversación que la Revolución Francesa fue fundamentalmente obra de incapaces y mediocres. “Es la rebelión de los peones, de los profesorcillos, de los abogaduchos, de la mediocridad. No hace falta y es un error ‘satanizar’ sus figuras. Son niños jugando con fósforos. Incapaces de desbloquear la máquina del Estado, acuden a un camino equivocado que da pie a una serie de reivindicaciones individuales. Se aúnan todos los descontentos y el populacho pretende entonces encontrar el tesoro oculto… Como éste no existe, hay luego que saquear los bienes de la Iglesia, lo que necesita una justificación, la constitución civil del clero. Si uno estudia esta historia, se da cuenta de que su mayor fuerza es la estupidez y, en cierta medida, la estupidez puede resultar un valor político muy seguro…”

Con calor se prodiga en palabras para hacer su retrato de Robespierre: “Se oponía a la guerra y eso está bien. Agregó –lo cual no carece de sentido- que si en definitiva se deseaba la guerra, más valía prepararla. Lamento que le haya faltado imaginación y curiosidad. Nunca fue al frente, nunca dejó su escritorio, nunca vio funcionar la guillotina antes del 10 Termidor, en que subió él mismo a ella. Lo lamento, porque si hubiera tenido un poco de imaginación tal vez habría tratado de concebir lo que significaba su orden de matar a las mujeres porque son el signo reproductor; de matar a los niños porque son futuros bandidos, y de matar a los viejos porque no se pueden hacer distinciones”.

Son los énfasis de Pierre Chaunu, distintos por cierto de los de otros colegas suyos, también críticos de la Revolución, que ven en ésta más que la simple catástrofe de la mediocridad, que reparan en que en Inglaterra también rodó la cabeza del rey, y que atribuyen en definitiva uno y otro proceso a un abandono por parte del hombre europeo de la visión trascendente de su destino, que dominó la cultura hasta antes del Renacimiento y de la Ilustración. Descrita en líneas gruesas, sería ésta, por ejemplo, la visión histórica de André Frossard. 

-Si usted tuviera que hacer una comparación entre el centenario de la Revolución Francesa celebrado en el siglo pasado y este bicentenario, ¿qué parangón establecería en cuanto al estado de ánimo que dominó ambos eventos, especialmente en Francia?

-En 1889, los republicanos iban a asumir el poder y fueron relativamente prudentes en su conmemoración. Diferenciaron de manera muy clara entre 1789 y el gobierno terrorista, condenando dicho gobierno terrorista. Yo diría que la conmemoración tuvo sentido en 1889, y que en 1989 no lo tiene; más aún, hay que decir pura y simplemente que esta conmemoración de hoy es grotesca. Esa es mi conclusión. Se están removiendo viejas lunas inútilmente. Esta conmemoración, deseada por el gobierno socialista, es un error, es una mala acción. Los franceses habían estado en cierto modo relativamente tranquilos y habían asumido de alguna manera su pasado y su historia. No era necesario sacar a flote esos fantasmas y obligarnos una vez más a besarle el trasero a la bestia, lo que me parece completamente inútil. 

Por lo tanto, yo diría que la primera conmemoración fue relativamente prudente y la segunda es totalmente inútil y de todas maneras un triste espectáculo, estúpido y débil. Cuando uno recorre Francia en este momento, con esos dibujitos en todas partes, creo que sólo recoge un ejemplo de debilidad.

-Es paradójico, pero parece que en 1889 había más perspectiva histórica…

-Son acontecimientos que habían ocurrido sólo un siglo atrás y muchos los recordaban por tradición oral. De hecho, la Revolución empezó a conmemorarse en 1860, porque los que la habían conocido ya habían muerto y, mientras sobrevivían quienes la habían presenciado, nadie se habría atrevido a hacer semejante conmemoración.

Hoy, tenemos una enseñanza que ha falseado completamente las perspectivas de la historiografía francesa. Si usted quiere, lo que estamos conmemorando son las idioteces de nuestros manuales escolares. Por otra parte, en 1981, cuando se lanzó la idea de conmemorar el bicentenario, existió un deseo del gobierno socialista de justificar su ascensión al poder. Eso es todo en el fondo. No vale la pena hacer filosofía y mitología, y creo que lo importante es decir que esto, tal cual se ha dado, es lamentable y grotesco. Una forma detestable de hacer mitología con el pasado. Los franceses han caído varias veces en la historia de un ridículo profundo, y esta vez están haciendo el ridículo. Y mientras más usted escriba diciendo que Francia es ridícula con su conmemoración, mayor será el servicio que nos preste y el que le presta a su país, porque así es realmente.