El 4 de septiembre de 1970 culminaba un proceso de más de una década en un Chile —de visos aun aristocráticos y donde apenas alguna oligarquía económica se asomaba a la interdependencia entre las naciones— con el triunfo, por primera vez en Occidente democrático, de un candidato presidencial marxista, Salvador Allende. En sus huestes se asentaba una juventud leninista y castrista, decidida a todo; la Unión Soviética era una potencia inconmovible; en China, hacía cuatro años, Mao había llevado a cabo la devastadora “Gran Revolución Cultural Proletaria”; el mítico “Che” Guevara, con su estela de fervor entre los jóvenes, había fallecido en la sierra boliviana apenas tres años antes.
Los derrotados ese 4 de septiembre eran el candidato de la derecha, Alessandri, y Tomic de la DC, pero sobre todo el Presidente de la República, Eduardo Frei Montalva, verdadero emblema mundial de la democracia cristiana, cuya “Revolución en libertad” lo había encumbrado y había logrado, seis años antes, triunfar con mayoría absoluta.
El estremecimiento de ese 4 de septiembre, en otras partes del mundo y por cierto aquí, se remonta a décadas anteriores: a la era del radicalismo, a diversos avatares que implicaron al Partido Comunista, a las divisiones en la derecha, especialmente en el Partido Conservador y muy relevante, aunque se subraye menos, al titánico despliegue de Alberto Hurtado, que regresa en 1936 a Chile después de sus estudios en Lovaina, y que en los dieciséis años que le quedan de vida realiza en la sociedad chilena una obra que —cuando fue canonizado como San Alberto por Benedicto XVI en 2005— llevó a decir al entonces presidente Ricardo Lagos, que su nombre estaría entre los “padres de la patria”.
Iniciado el gobierno marxista de Allende, la oposición a éste tuvo diversas figuras que hicieron historia —al final del mismo el propio Frei Montalva, el futuro Presidente Patricio Aylwin, y el Cardenal Raúl Silva— destacando desde muy al comienzo de los mil días, los nombres de Claudio Orrego por la Democracia Cristiana, Sergio Onofre Jarpa por el Partido Nacional y un muy inteligente joven, entonces de 24 años, Jaime Guzmán Errázuriz, ya conocido por la creación del Movimiento Gremialista y la lucha encendida entablada con la toma de la Universidad Católica en 1967, batalla que tuvo lugar en 1968 en todo Occidente, principalmente Francia y Estados Unidos.
El protagonismo de Jaime Guzmán, su cultura y esclarecida inteligencia, significaron —tres años después— un invaluable apoyo para los militares que recibieron, sin estar preparados para la política, una nación en plena guerra interna. Buen ejercicio es imaginarse si su persona no hubiese existido… Vale también recordar la muy pronta confrontación de Guzmán con el general Manuel Contreras y su posición en resguardo de los derechos humanos. Aparte del plano mediático, su presencia fue gravitante en la llamada “Comisión Ortúzar”, que redactaría la nueva Constitución, plebiscitada en 1980.
Amigos y casi hermanos desde los 10 años, viene al caso hacer algún recuerdo que tienen que ver con lo que vivimos hoy, aunque sean confidencias personales y hasta ahora poco compartidas.
Antes de ser proclamado, una tarde del año 1961, por Gonzalo Eguiguren en el Club Fernández Concha (con no más de 16 años), presidente de la Juventud Conservadora, Jaime manifestaba en privado su total identificación con el ideario del PDC (por ser el único que asumía los principios de las encíclicas sociales, decía), a la vez que expresaba su total discrepancia con la “indisciplina doctrinal” de ese partido. Haciendo un salto de entonces a casi veinte años después —intermediando muchos años separados por la distancia— me invitó a almorzar un sábado de agosto de 1980. Su preocupación entonces era hasta dónde la Constitución, que luego se votaría, era consistente con lo leído y escuchado a maestros de nuestra primera juventud. Llegamos a la rápida y coincidente conclusión que no lo era, lo cual había que cotejar con la otra alternativa, contraria al parecer del Presidente Pinochet. Éste, me explicó Jaime, postulaba una narrativa económicamente exitista que diese a su vez soporte político a una salida institucional. Otro sector armado, opositor a esa causa, prefería entretanto una fórmula más “a la Franco”, sin término definido. Si para Guzmán esto último parecía una clara imprudencia, con clarividencia veía también que la consolidación constitucional del rumbo económico ya iniciado, instauraría en Chile un “ethos” economicista general y un cambio radical en la cultura, no avenible con su profundo catolicismo. De algún modo, puede decirse —sin que nunca lo cotejáramos— se adelantaba a la dura crítica que formulara al sistema dos años después Mario Góngora, en su famoso “Ensayo histórico”, donde señalaba que de la Declaración de Principios de 1974 (probablemente redactada por Guzmán), no quedaba nada…
Para entender lo porvenir, de allí habría que trasladarse a su triunfo senatorial en Santiago, en 1989, a su porfía, contra toda presión del gobierno militar, por llevar a Gabriel Valdés a la presidencia del Senado y, como ha contado días atrás Pablo Longueira, a su plan de hacerlo el candidato presidencia de la UDI.
El contundente triunfo de José Antonio Kast, discípulo independiente de Guzmán, habla hoy de la resiliencia —probada contra los mayores vientos y mareas de la historia— de un esperanzador sentido común prevalente en Chile.