La partida, hace un mes, de este conocido historiador, doctor por la Universidad de Oxford, numerario de la Academia de Historia, con muchos seguidores y amigos, como se vio en sus exequias, y también con detractores, sea por su carácter y estilo, sea por sus opiniones, no dejaba indiferente. Tuve el privilegio de conocerlo en un ambiente que fuera muy suyo, el de la naciente Universidad Adolfo Ibáñez, en la casa de don Pedro Ibáñez Ojeda, quien comprometido de corazón con ese proyecto educacional que daría origen a una universidad con el nombre de su ilustre padre, durante todo el año 1982 reunió semanalmente para almorzar a un grupo que trabajaba en lo que debía ser el “ethos” de esa casa de estudios, mientras quien sería su primer rector, Gonzalo Ibáñez Santa María, terminaba en París su doctorado con Michel Villey.
A la mesa con don Pedro, leyendo y analizando sustanciosos legajos, estaban siempre Julio Retamal, Carlos Cáceres estrecho colaborador del anfitrión, Andrés Hunneus culto e inteligente internacionalista del diario El Mercurio y algunos directivos de la antigua Escuela de Negocios fundada por don Adolfo. Antes que escoger profesores con muchos grados, había que pensar qué sería la naciente universidad, cuál era su columna vertebral. Don Pedro admiraba mucho el cuerpo “Artes y Letras” de El Mercurio y por esta razón me incluyó en el grupo.
Además de aquel propósito fundamental que se perseguía, fueron muchos los frutos derivados de esas reuniones, que lo arropaban y fortalecían. Entre ellos cabe recordar el curso “Análisis y trayectoria de la sociedad occidental”, niña de los ojos de don Pedro, que gustaba cada año cerrar con una clase magistral. El curso lo dirigía Julio Retamal, temporalmente se revisaba y actualizaba, durando más de una década “a tablero vuelto” con asistencia de muy connotados alumnos. Recuerdo haber publicado en “Artes y Letras”, en mayo de 1986, una entrevista a Augusto Del Noce sobre Gramsci —“La hegemonía cultural, desafío de hoy”— que por su novedad en un Chile que se batía con las formas rudas del estalinismo, provocó gran impacto, y que don Pedro y Julio incorporaron al curso. Faltaba todavía un lustro para llegar al “Fin de la historia y el último hombre” de Francis Fukuyama, y la sociedad occidental, lejos aún de imaginarse que con ese “último hombre” la posmodernidad la daría vuelta como un calcetín, se batía en el frente, no siempre, eso sí, con igual pundonor. Preocupados con esa precisa temática, recuerdo que don Pedro llenó por entonces el mayor auditorio que tenía la Universidad para que Julio y yo explicásemos, en una larga y concienzuda sesión, el hasta entonces desconocido “desafío gramsciano” a la dirigencia de Renovación Nacional. Estaban todos, grandes y chicos. No recuerdo si estaba Sebastián Piñera.
El empeño heroico dado allí y entonces por ascender del “fenómeno” al “fundamento” (Juan Pablo II, Fides et ratio) tendría contundente expresión cuando en 1992 cinco obispos, en cinco largas sesiones, explicaron el recién promulgado Catecismo de la Iglesia Católica. Los setecientos matriculados no cabían en una sola aula y hubo que trasladarlos a la vecina iglesia del Colegio Verbo Divino.
Fue en ese ambiente y en esas salas, con Julio Retamal, el rector Ibáñez Santa María, Héctor Herrera Cajas, Juan Antonio Widow y otros, que pude asimismo despedirme, días antes de su muerte, de Mario Góngora, desangrado ya en su corazón antes que en el cuerpo en el accidente que le quitara la vida, por su percepción de que el “último hombre”, prematuramente instalado entre nosotros, exaltando el fenómeno, quemaba el fundamento.
En todos esos pasos y momentos, como en muchos otros, Julio Retamal Favereau fue un actor decisivo.


Del fenómeno al fundamento
SAN JUAN PABLO II. Fides et ratio 83
Las dos exigencias mencionadas conllevan una tercera: es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental. Esta es una exigencia implícita tanto en el conocimiento de tipo sapiencial como en el de tipo analítico; concretamente, es una exigencia propia del conocimiento del bien moral cuyo fundamento último es el sumo Bien, Dios mismo. No quiero hablar aquí de la metafísica como si fuera una escuela específica o una corriente histórica particular. Sólo deseo afirmar que la realidad y la verdad transcienden lo fáctico y lo empírico, y reivindicar la capacidad que el hombre tiene de conocer esta dimensión trascendente y metafísica de manera verdadera y cierta, aunque imperfecta y analógica. En este sentido, la metafísica no se ha de considerar como alternativa a la antropología, ya que la metafísica permite precisamente dar un fundamento al concepto de dignidad de la persona por su condición espiritual. La persona, en particular, es el ámbito privilegiado para el encuentro con el ser y, por tanto, con la reflexión metafísica.
Dondequiera que el hombre descubra una referencia a lo absoluto y a lo trascendente, se le abre un resquicio de la dimensión metafísica de la realidad: en la verdad, en la belleza, en los valores morales, en las demás personas, en el ser mismo y en Dios. Un gran reto que tenemos al final de este milenio es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando ésta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la reflexión especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya. Por lo cual, un pensamiento filosófico que rechazase cualquier apertura metafísica sería radicalmente inadecuado para desempeñar un papel de mediación en la comprensión de la Revelación.
La palabra de Dios se refiere continuamente a lo que supera la experiencia e incluso el pensamiento del hombre; pero este «misterio» no podría ser revelado, ni la teología podría hacerlo inteligible de modo alguno, si el conocimiento humano estuviera rigurosamente limitado al mundo de la experiencia sensible. Por lo cual, la metafísica es una mediación privilegiada en la búsqueda teológica. Una teología sin un horizonte metafísico no conseguiría ir más allá del análisis de la experiencia religiosa y no permitiría al intellectus fidei expresar con coherencia el valor universal y trascendente de la verdad revelada.
Si insisto tanto en el elemento metafísico es porque estoy convencido de que es el camino obligado para superar la situación de crisis que afecta hoy a grandes sectores de la filosofía y para corregir así algunos comportamientos erróneos difundidos en nuestra sociedad.