> EN LOS MEDIOS > Publicado por el diario El Mercurio

Un rostro en paz, en la memoria de Dios

Nada más arribar a Roma el martes en la mañana, me dirijo como cualquiera a la Basílica de San Pedro. Cuesta llegar en auto pues están cerradas las calles adyacentes. En avenida della Conciliazione ya hay un control de las personas para pasar al territorio de la Ciudad del Vaticano. Amable, cordial, se nota una Roma un poco como del tiempo pasado, ese pueblo que pinto el famoso acuarelista Roesler Franz, la “Roma sparita” (Roma desaparecida) característica del siglo XIX. Es tal vez  la marca menos ierática dada a su ciudad por el Papa Francisco.

Aquello se verá también en mucho otros rasgos romanos de estos días.

Luego de lo anterior, en la columnata de Bernini que rodea la Plaza, hay varios puestos donde se realiza una segunda revisión con los típicos aparatos en que los rayos revisan ahora   los bolsos. Todo muy distendido y tranquilo, sin apremio en la atmósfera. Gente muy diversa, en un promedio de edad que será alrededor de los 30 años, a veces con sus niños, cruzan esta segunda barrera, y comienzan a apiñarse cerca del obelisco egipcio al centro de la plaza (donde se distraen mirando y fotografiando un pesebre esculpido en madera con figuras chinas, en que pareciera uno de los magos fuese Mateo Ricci, el famoso misionero jesuita del siglo XVI que llegó a ser principal consejero del Emperador (enterrado en Pekín, allí se le recuerda).

La entrada a la basílica de San Pedro  va produciéndose a un ritmo moroso, el corredor de acceso está siempre lleno, desde las 7 a las 19 horas (sobre todo en las horas finales, cuando la gente ha dejado su trabajo).

El tiempo que se demora una persona entre cruzar la seguridad, atravesar los corredores que han sido preparados  y acercarse al baldaquino de Bernini que cubre el altar mayor de la Basílica -a cuyos pies está depositado y revestido de ornamentos papales el cuerpo de Benedicto XVI- es de 45 minutos a una hora. La fila avanza por el medio de la nave principal con calma, con recogimiento tranquilo, se diría con aquella disposición que suscitaba siempre la cercanía de Benedicto XVI, el padre sabio y bondadoso.

Llegados al lugar de los despojos, la barrera torna, la fila se adelgaza para transformarse en una sola primera fila, en la que es permitido tomarse un tiempo, pero donde la guardia obliga a avanzar.

La mayoría se retira de nuevo hacia la Plaza, que encuentra el orden de salida por la nave izquierda, deteniéndose muchos en otro bello pesebre vecino a la puerta de la sacristía, o en en altar con la urna que contiene el cuerpo de San Pío X, por ejemplo, que está cerca de la puerta de salida.

Un número importante de personas puede pasar a la amplia capilla de San José, ubicada a la derecha del altar mayor, que permanece llena. Atienden los confesionarios en los bordes y se ven filas esperando allí. No hay apremio de tiempo, puede permanecerse en este lugar el tiempo que se quiera. 

Al fondo, en el altar de la Cátedra, se suceden tres misas en la mañana, un rosario a las 16 hrs, seguido de una amplia concelebracíon a las 17 hrs. La capilla se llena siempre, principalmente con las personas que han hecho el cortejo para despedir a Benedicto XVI. En todos esos actos se pide porque goce de la plena presencia de Dios quien fue llamado por El a representar la unidad de la Santa Iglesia.

Con discreción y buena voluntad de la guardia, es posible acercarse donde descansa y yace el cuerpo del Papa emérito, con la tiara y revestido con paramentos rojos, que simbolizan el martirio de Pedro,  como se recuerda fue también en la exequias de Juan Pablo II. Está allí en ese momento, recibiendo los pésames, su secretario personal de tantos años, el arzobispo Georg Gänswein. Me reconoce a cierta distancia, se acerca y nos damos un sentido abrazo intercambiando una sonrisa de paz, como sería la de Benedicto si estuviese en vida: “il Chile…grazie!”,  dice en voz baja.

Benedicto había pedido alguna vez que se le enterrase en la misma tumba de la basílica en que se depositó el cuerpo de San Juan Pablo II -de quien fue 22 años el más próximo colaborador- hasta su traslación a un altar en San Pedro, cuando Wojtyla fue canonizado. Así se hará. Ratzinger dijo alguna vez que “la vida no es una línea que se cierra, sino una que tiende a su plenitud”.

En las misas celebradas durante el día se ha leído la primera Carta de San Juan, donde escribe el Apóstol: “Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. El que tiene esa esperanza en Él, se purifica, así como Él es puro”.

Mirando a pocos metros el rostro del difunto Benedicto XVI no puede dejar de meditarse cuan real se hace esto ahora en él, que hizo suyo y repitió siempre con el salmista “no me ocultes tu rostro, Señor” (Ps. 27). No puede dejar de verse allí que ese rostro en paz está en la memoria de Dios, donde habitan los santos, esperando la resurreción de la carne, cuya fe profesó todos los días de su vida.

Regreso a la basílica de San Pedro para una visita al cierre de ésta, el miércoles tarde. Se ha de preparar el funeral de la mañana del jueves 5, programado para la 9:30 hrs. La hora de cierre  de San Pedro este miércoles 4 está anunciada para las 19 hrs. Luego de los  trámites previos, nos encontramos, en la barrera de acceso ya cerrada, un sacerdote africano y yo. “Chiuso alle 18:30” proclama el guardia. Alegamos nuestro lejanía geográfica, Guinea y Chile. El mismo se compadece y nos deja pasar. El Padre Francesco viene llegando directamente del aeropuerto, quiere hacer esta visita homenaje y se prepara para concelebrar en el funeral de mañana, para regresar pasado mañana a Guinea, su país. Años atrás estudió Derecho Canónico en el Laterano y es rector del Seminario en su patria, donde tiene 98 seminaristas, a los que ha prometido hacer participar a través suyo en este importante momento de la vida de la Iglesia. Hablamos del que fuera su antiguo obispo, el Cardenal Sarah, que ha venido unos días antes. También de la historia que da origen a las cuatro Guinea, antiguas colonias de Francia, España y Portugal y su estado actual. Ya ingresando en la basílica quiere rezar y saca su rosario, para unirse a esta oración con una madre y su joven hijo, una familia italiana. En los bancos y reclinatorios permanecen en esta hora final y ya de noche, muchas personas orando. Si hubiera que resumir el momento en una sola impresión, vivida en el marco impresionante de San Pedro iluminado  en su interior, diría que es en sentimiento de pertenencia común de aquel tan variado pueblo.

  Los restos de Benedicto XVI serán puestos en una austera urna de madera, similar a la de Juan Pablo II, para la misa que presidirá en plaza San Pedro el Papa Francisco. A seguir, tendrá lugar la sepultura del anterior pontífice en la cripta de la basílica.

Si puede decirse, en un primer sentido o impresión, que la era Ratzinger ha concluido -como se pensó de la era  “newmaniana” cuando la muerte y sepultura de John Henry Newman a los 89 años en 1890- por el peso específico de su legado, algo muy importante en la historia de la Iglesia ha comenzado.