El autor de este libro, Jaime Antúnez, ha tenido un rol destacado en nuestra vida nacional dirigiendo por años el Cuerpo E de “El Mercurio” dominical. Esto representa una contribución singularmente valiosa a la cultura, porque parte de la base de que los fenómenos que surgen a diario en el mundo y que nos impresionan por sus cambios impredecibles y por la brusquedad con la que alteran la vida de la humanidad, son fenómenos que tienen raíces culturales muy profundas.
No se entiende la política sin la historia, así como no se entiende ninguna gran acción individual sin el entramado de la cultura en que se da.
El periodismo habitual apunta a lo novedoso, a registrar la aparición instantánea de una realidad nueva-noticia. Pero para que esa noticia permita entender el mundo, hay que acompañarla con esta otra dimensión -en profundidad- que es el terreno propio de ese cuerpo periodístico dirigido por Jaime Antúnez con tanto acierto.
El libro que se lanza hoy día tiene, a mi juicio, un lugar en esa forma de mirar, leer y explicar la realidad. Estamos en la época de la manipulación científico-técnica del ser humano. La realidad es leída y explicada en clave de poder, de manipulación, como lo fue en forma paradigmática durante la Guerra Fría. El colapso de la URSS, sin embargo, vino a poner al desnudo no sólo los horrores de un mundo casi inconcebible, sino también la vaciedad espiritual de la sociedad occidental, la que al perder un enemigo parecía perder una razón de vivir. Los analistas que veían derrumbarse el imperio soviético podían vislumbrar una especie de fin de la historia. Pero por todos lados se advertía un soplo nuevo, un verdadero comienzo de historia.
El mundo de la modernidad había vivido en la creencia de procesos históricos inexorables, que tenían un sentido definido, una especie de meta: el progreso, la sociedad sin clases. Esa creencia, que se venía carcomiendo hacía tiempo, se hizo insostenible al derrumbarse su expresión política más notoria. La ignominia de la masacre de Katyn, la experiencia del Gulag, eran como modos de corroborar que el más prestigioso éxito político que hubiera alcanzado una teoría global de la historia humana había fracasado. Y habían surgido causas inesperadas del colapso, circunstancias o personas que no deberían haber contado en un proceso histórico global: Polonia que fue como la pequeña piedra que se estrelló contra el gran edificio y lo pulverizó, como lo recuerda Jaime Antúnez; Juan Pablo II, Alexander Solzhenitsyn, quienes sometieron a la prueba de la verdad a ese gigante y de los cuales nos hablan también capítulos fascinantes de la obra.
Pero la caída de un ídolo no habla por sí sola del verdadero Dios. En Occidente se había venido enfriando la fe en los procesos históricos, pero a sus expensas ha surgido en la fe en los mecanismos, la convicción de que la articulación de pequeños procesos elementales, aplicados sucesivamente, aún en ausencia de cualquier forma de sentido, sea capaz de generar la novedad constante que necesitamos como alimento espiritual. Es algo así como el mecanismo de interacción de la secuencia de pasos de una computadora, algo como el juego de las leyes moleculares del mercado. Pero por interesantes -incluso fascinantes- que sean estos procesos que descubre de continuo en la mentalidad moderna, ellos dejan una cierta sensación de vacío.
Es aquí cuando la mirada se vuelve instintivamente a las grandes encrucijadas de la historia. Venimos del mismo tronco espiritual que la Europa del Este. Un tronco que se había venido desgajando por siglos, y cuyas últimas manifestaciones nos fueron bloqueadas hace 70 años, después de la Revolución de Octubre 2017. Pero, tal como lo desarrolla Jaime Antúnez, tiene una atracción particular un mundo cristiano que no pasó por la modernidad. No adquirió valores que hicieron que esta fuera una época tan brillante de la historia; pero no sacrificó tampoco, por lo mismo, valores espirituales que le venían de la venerable antigüedad de la cristiandad griega. No conoció la libertad política, pero amó una forma de libertad interior cuyo espacio podría venir a enriquecer el de nuestra propia libertad, que tantas veces se confunde con la afirmación de una voluntad que no hace referencia a la verdad. Privilegió una intelectualidad imbuida de ese espíritu religioso y de una aguda responsabilidad moral. No es por nada que hombres como Dostoievski y Soloviev nos vienen a recordar de continuo que, sumergidos como estamos en nuestro mundo funcional, somos terriblemente ingenuos frente al mal. Es cierto que la Iglesia rusa fue complaciente desde siempre con el poder, pero es también cierto que estuvo penetrada, traspasada, por un sentido de la grandeza y de la gloria de Dios.
Ahora, cuando asomaba un mundo gris de uniformidad complaciente, cuando nos podíamos hacer la ilusión de que las particularidades nacionales se borraban, ellas surgen con fuerza y hasta con violencia. La personalidad humana se rebela contra el esfuerzo por reducirla a un simple esquema, a un género. Encontramos la riqueza en la variedad, aunque ella sea dolorosa, y vemos en la variedad la expresión de una oculta unidad que prevalece y que nos habla de nuestra propia identidad.
Alguien decía que el estudio -el amor- por los padres de la Iglesia es vital para la teología, porque él nos transporta al tiempo interior a la gran exhibición, al momento de una unidad primigenia cuyo sentido nos es siempre posible recobrar. Creo que el contacto con el Este europeo tiene un efecto análogo: nos conduce a raíces muy alejadas, pero a través de la cual sigue llegándonos parte de la savia que nutre nuestras conductas y actitudes.
Pero para el público en general ese contacto sólo se puede alcanzar en primera aproximación cuando toca sin prejuicios la realidad que queda, cuando trata de ver en los trozos quebrados del vaso lo que fue un día su forma armoniosa y completa; cuando hurde las manos bajo la superficie engañosa, cuándo pone el oído atento e inteligente a los débiles ecos que suenan hoy todavía y que hablan del pasado. Y eso se consigue conociendo a los hombres y mujeres que están directamente injertados en esa tradición. Eso sólo nos lo pueden procurar obras como ésta que hoy se presenta y agradece, y a través de cuyas páginas, poco a poco, se siente emerger una realidad y que -como decía- está viva en la Europa del Este, lo que no podría naturalmente extrañarnos pero que está también viva en nosotros; cuya reintegración nos devuelve a un camino que parecía perdido y nos introduce en un nuevo comienzo en la historia.
