Hace 34 años [que son 55, vistos a la fecha de hoy, junio 2026], la opinión pública atendía, con una mezcla de curiosidad, sorpresa y admiración, la aparición en la escena pública de una personalidad que rompía los esquemas habituales: Jaime Guzmán Errázuriz.
Transcurrìa la década de los 60, cuando la agitación ideológica posterior a la caída de Vietnam y la crisis posconciliar atravesaban los ambientes culturales de todo Occidente, expresándose en Chile de manera muy vigorosa y en términos que llevarían en breve plazo a la pendiente de la Unidad Popular. Por entonces, con sus 20 años, este brillante alumno de la Escuela de Derecho de la Pontíficia Universidad Católica de Chile encabezaba el movimiento estudiantil que conducía a recuperar dicha Universidad de la «toma» de que había sido objeto, aglutinando a sus primeros compañeros de lucha y mostrando en público su inteligencia y su personalidad inconfundibles.
También en estos días se cumplen 10 años [35 ya en 2026] desde que un comando terrorista, en la persona de Jaime Guzmán Errázuriz, asesinaba por primera vez en la historia de Chile a un senador de la República. La suma y la resta de esa cantidad de años que enmarcan una historia personal, junto con darnos una viva sensación de la fugacidad del tiempo, muestran lo gravitante que puede llegar a ser una trayectoria humana cuando responde a un genuino llamado interior.
Su vocación nació en el ambiente culto y de fe inteligente que le proporcionó Carmen Errázuriz, su madre, quien supo transmitirle, desde la niñez, una gran admiración por el ideal de amor a la Iglesia y de entrega al servicio público que había dado sentido a la vida de sus padres y abuelos. Ya en los años de adolescencia, favorecido por su sobresaliente precocidad y como apurando el paso en la preparación para una vida intensa que no llegaría a ser larga, encontró en la amistad de grandes maestros -Jaime Eyzaguirre, Osvaldo Lira SS.CC., Julio Philippi, Oddo Hagenmuller OSB- los fundamentos de su formación humanística, jurídica y teológica.
Su pasar fue, en efecto, veloz. Si a los 20 años se había dado a conocer con ocasión de ese campanazo respecto de lo que sucedería en Chile, que fue la crisis de la Universidad Católica, no había cumplido 25 cuando se había ganado la simpatía de un país que asistía, anonadado, a la destrucción sistemática y con uso de violencia, de su soberanía y su cultura. En «A esta hora se improvisa», célebre programa de televisión del Canal 13 cuya influencia en horas que fueron decisivas no se puede desconocer, con su aspecto de niño y con un ingenio sin par, Jaime Guzmán fue entonces, verdaderamente, «la voz de los que no tenían voz». Muy luego, no tendría 30 años, en compañía de otros renombrados juristas, mostró ser capaz de cristalizar el consenso profundo de un país de honda raíz cristiana, sacudido hasta sus cimientos por la catástrofe que había significado la Unidad Popular. El texto constitucional que contribuyó decisivamente a elaborar -cuyo trasfondo antropológico, a pesar de reservas que en ese mismo terreno no escatimó en privado formular, considerándolas entretanto un mal menor- perdura muchas décadas después. Más adelante, los distintos episodios de su vida, que culminaron políticamente con el ingreso al Senado un año antes de morir asesinado, confirmarían paso a paso la talla de su liderazgo.
El que había iniciado el ejercicio de su vocación de servicio público a la edad de 20 en los claustros de la Universidad Católica rendiría su vida a Dios, a los 44 años, víctima de un crimen, más que político, moral, a pocos metros de las aulas de su Facultad de Derecho. Por sobre la acción material de un frente terrorista dividido y en proceso de extinción, ¿quién de verdad quitó la vida a este joven estadista encaminado a dirigir los destinos del país? La respuesta permanece y permanecerá probablemente en el misterio, como sucedió en su tiempo con ese otro gran estadista y presidente del Ecuador, tan afín con la vocación de Jaime Guzmán, Gabriel García Moreno.
Junto a lo que quedó sin realizar, muchos medirán también lo que se tronchó el 1 de abril de 1991 por la ostensible falta que hizo la presencia de su figura, comunicadora de esperanzas, y su verbo clarificador y enaltecedor de miras, en un momento confuso y oscuro como el que vivió en adelante la escena pública.
Jaime Guzmán Errázuriz fue, por padre y madre, un tipo de personalidad hondamente arraigado en el ser chileno, y ello probablemente contribuyera a la sintonía que alcanzara en todos los estratos. Pero a las características de cordialidad, afabilidad y humor entrañadas en nuestra raza supo agregar algunas virtudes propias, no siempre comunes en quienes ejercen cargos públicos; desde luego, la confiabilidad, aunque se estuviera o no de acuerdo con él, pues era el tipo de hombre que no muestra doblez. Y sobre todo el coraje para defender lo que le parecía enraizado en la verdad, junto al rechazo a las formas de entreguismo camufladas en razones de noble apariencia. El tema de la verdad como una categoría real y objetiva con que la razón está llamada naturalmente a convivir, su rechazo al subjetivismo y al relativismo fueron notas sobresalientes en su manera de ser y pensar, desde la misma adolescencia. Su forma delicada y no ideológica de tratar el tema de los derechos humanos partía precisamente —a diferencia del uso y abuso presenciable por doquier— de un apego irrestricto a la verdad del hombre.
Todo ello, sin embargo, tuvo como clave de bóveda la vida interior. Así, nada de lo anterior sería explicable sin su amor a Jesucristo y a la Iglesia y su seria piedad mariana, de lo cual dio siempre testimonio personal y escrito. Jaime Guzmán fue principalmente un hombre de vida interior, de oración profundamente arraigada en la fe, de mirar escatológico y de continuo sacrificio de sí mismo. De allí arrancaban su entusiasmo y su fuerza, con la que supo contagiar a toda una generación y dejar una huella indeleble en la historia de Chile de la segunda mitad del siglo XX.