Introducción
Controlar el conflicto israelo-palestino fue parte importante del orden de la Guerra Fría, definido como del “equilibrio del terror”. Explicable, pues Israel tenía el arma nuclear en su panoplia. Menos explicable es que el conflicto se haya agravado de manera exponencial en nuestros días, cuando la bipolaridad de la Guerra Fría ha mutado en una multipolaridad difusa y demasiadas potencias cuentan con el arma total. Por eso, hoy es más urgente que nunca conocer sus raíces profundas -bíblicas incluso-, para superar el fundamentalismo de la ignorancia. Sólo así podrán asumirse estrategias realistas, para evitar que sea uno de los detonantes de esa “tercera guerra mundial por partes” que ha denunciado el Papa León XIV. En resumen, no es hora de reducirse a la coyuntura.
LA HISTORIA IMPORTA. Aunque muchos quieran ignorarlo, el conflicto palestino-israelí tiene sólidas raíces georreligiosas. Esto lo ha hecho comparativamente insoluble en términos simplemente geopolíticos. La prueba es que la aprobación del plan de partición de Palestina de 1947, por la Asamblea General de la ONU, no pudo generar una narrativa que lo desvinculara de la Historia Sagrada. De lo milagroso, en términos profanos.
Para los judíos religiosos de la Diáspora, esa partición no fue una parusía. Ellos esperaban volver al espacio bíblico de la Tierra Santa (Eretz Israel) como Pueblo Reelegido, liderados por el Mesías y no por votación de “gentiles” en una organización multilateral. Para los judíos laicos, liderados por el socialista polaco David Ben Gurion, fue el cumplimiento de una profecía del periodista vienés Theodor Herzl, publicada en El Estado Judío, “libro sagrado” del movimiento sionista.[1] A mayor abundamiento, hubo un factor sobrenatural contingente: entre los países que votaron a favor de la partición estuvieron los Estados Unidos y la Unión Soviética, en el más milagroso consenso de la Guerra Fría.
Como todos los milagros, el de la ONU tuvo una negación. Vino desde los Estados árabe-islámicos establecidos, cuyos jefes rechazaron la partición por motivos religiosos y políticos. Para mí la mejor decodificación laica es la de Miguel Ángel Bastenier (Q.E.P.D.), periodista español, para quien los Estados del rechazo “combatían unos contra otros, para asegurarse cada uno el control de cuanta Palestina pudieran, no tanto con la intención de crear un país independiente sino más bien para negar a los demás la oportunidad de hacerlo”. [2]
Ese rechazo dio inicio a un conflicto bélico recurrente, cuya mejor síntesis está en la nomenclatura de la primera guerra, en 1948. Para los judíos fue la Guerra de la Independencia, contra cinco Estados árabes, que les resolvió la crisis existencial de la diáspora. Afirmó un Estado propio desde la victoria, a contrapelo de los religiosos ortodoxos, con base en un movimiento sionista-socialista, emocionalmente potenciado por la tragedia del Holocausto nazi.
En los Estados árabes esa derrota fue percibida como la Nakba filastin (catástrofe palestina). Como correlato, para los árabes palestinos fue el principio del fin de su anomia identitaria, que los mantuvo sin liderazgo nacional bajo el Imperio Otomano y que, tras la Primera Guerra Mundial, los mostró como parte sur de la Gran Siria.
En lo inmediato, los gobernantes árabes no reconocieron que la Nakba filastin reveló un triple error estratégico: privar a los palestinos de una plataforma territorial soberana, ignorar la capacitación militar de los judíos durante los años previos y subestimar el plus de fuerza que les aportó la relación sinérgica de ambos factores. De ahí que llamaran a no reconocer al Estado Judío de Israel, manteniendo un estatus de beligerancia que se concretó en nuevas guerras, en el apoyo eventual al terrorismo ”antisionista” y en la debilidad correlativa de los palestinos que querían un Estado propio, en el marco geográfico que les reconoció la ONU.
Como réplica, los estrategos israelíes asumieron concepciones geopolíticas clásicas, para justificar el control de los territorios palestinos que consideraban estratégicos para su seguridad. .Fue el origen de los asentamientos, que luego se expandieron en función de la presión religiosa, la dinámica social de los colonos y el nacionalismo místico de los políticos. En esa línea Israel construyó una fuerza militar de excelencia que contaría incluso con capacidad nuclear. Como digresión salta una paradoja docente de la Historia: el encargado de dirigir el programa nuclear, por designación de Ben Gurion, fue Shimon Peres, futuro líder de un programa de paz.
Esa estructura de geometría variable permitió a los israelíes sucesivas victorias en las guerras que vinieron, que algunos cifran en 5 y otros en 8. Sin embargo, también marcó el antagonismo entre los israelíes que querían usar la fuerza como plataforma de expansión y los que querían mantenerla como base de un proceso de paz negociado. Por efecto espejo, similar clivaje se produjo en el mundo palestino, entre quienes seguían la línea del rechazo al Estado judío -a la cual se plegaría Irán, tras su revolución islámica de 1979- y quienes asumían la necesidad de negociar un estatuto de coexistencia.
Ese doble clivaje culminó con un conflicto intrapalestino que dejó la franja de Gaza bajo control de Hamas, con apoyo logístico de Irán. El 7 de octubre de 2023 esto derivó en el mayor atentado terrorista en la historia del Estado de Israel y en una represalia con metodología de “guerra total”.
Pero ni siquiera ese conflicto vigente cierra la historia. En junio de 2025 -mientras se escriben estas líneas- Israel e Irán iniciaron una guerra a larga distancia y de alta intensidad tecnológica, con la amenaza nuclear como telón de fondo. Por coexistir con la guerra ruso-ucraniana y con la conflictiva presidencia de Donald Trump en los Estados Unidos, esta última etapa se ha insertado en la ominosa perspectiva de una tercera guerra mundial.
PROMESA DE PAZ. En el ámbito palestino la autoidentificación nacional impulsó la autonomización política respecto a las potencias árabes. Fue un proceso gradual con contenidos económicos, diplomáticos y militares, bajo el liderazgo de Yasser Arafat, líder guerrillero de Al Fatah y cofundador de la Organización de Liberación Palestina (OLP). Tras sucesivos y cruentos fracasos de sus emprendimientos armados, este líder logró montar un aparato institucional estable, gracias a recursos proporcionados por organismos internacionales y países árabes que admitían la posibilidad de reconocer a Israel. En paralelo, potencias árabes como Siria y Líbano –a las cuales se uniría Irán– apoyaban a grupos con métodos terroristas, entre los cuales Hamas con base principal en Gaza. Esto conflictuaba a Arafat, pues lo tironeaba entre su política de negociación y las organizaciones y países entrenados para expulsar a Israel de la región.
En el ámbito global, las superpotencias de la Guerra Fría mantenían el conflicto bajo las reglas del juego de suma cero, con la Unión Soviética asumiendo la causa árabe-palestina y los Estados Unidos la de Israel. Una paradoja ideológica de la Historia, quizás explicable por el metabolismo del petróleo con la demografía. La ONU, por su lado, aunque poco relevante por las limitaciones de su Carta, creó la agencia UNRWA (sigla en inglés), para proporcionar ayuda a los refugiados palestinos. Todo esto contribuía a normalizar un estatus de beligerancia, con guerras recurrentes, treguas tácticas y el binomio terrorismo-represalia.
Sin embargo, hubo chispazos de pragmatismo. La sucesión de victorias militares de Israel, junto con sus progresos económicos y tecnológicos, redujo la beligerancia de Egipto, su enemigo principal. En 1977, tras su derrota en la Guerra de los Seis Días, el presidente Anwar Sadat hizo una movida de pacifismo audaz: fue el primer líder árabe en visitar y reconocer a Israel, hablando ante la Knesset y firmando un tratado de paz. Aunque su gesto le costó la vida -fue asesinado en 1981 por fundamentalistas de la Jihad Islámica-, dividió al mundo árabe del rechazo y favoreció el inicio de un proceso de distensión con fuerte apoyo del presidente Jimmy Carter en los Estados Unidos. Fue una paz fría, si se quiere, pero con proyección a árabes y palestinos pragmáticos, formalizada en la cumbre conocida como de Camp David I y coronada con el Nobel de la Paz para Sadat y Menachem Begin el primer ministro israelí.
El fin de la Guerra Fría potenció ese nuevo contexto. Sin superpotencia soviética que avalara la inaceptabilidad de un Estado judío, representantes de Israel y de la OLP pudieron reconocerse como interlocutores legítimos, dispuestos a negociar de manera formal. Ello sucedió en la Conferencia de Paz para el Medio Oriente de 1991, en Madrid, con sólido apoyo de Felipe González. Fue el preludio de una negociación israelo-palestina, con facilitadores noruegos, que produjo los Acuerdos de Oslo de 1993. Con estos fraguaba un compromiso complejo y gradualizado, que contenía devolución y canje de territorios, fin de la política de asentamientos y la obligación de negociar otros grandes temas pendientes, entre los cuales el estatus de Jerusalem y el retorno de los refugiados. Liderado en los territorios palestinos por Yasser Arafat y en Israel por el Primer ministro Yitzhak Rabin y el canciller Shimon Peres, ese compromiso tenía como horizonte la instalación de un Estado palestino independiente, bajo el lema “paz por territorios”.
El presidente de los Estados Unidos Bill Clinton apoyó esa negociación con entusiasmo y la solemnizó con una emblemática cumbre en la Casa Blanca. Las fotos del momento muestran el shake-hands de Rabin y Peres con el rais (jefe) Arafat, en la Casa Blanca, ante un complacido anfitrión. En Oslo la reforzaron con el Premio Nobel de la Paz para los tres grandes actores..
Entre bambalinas podía discernirse un escarmiento mutuo. Para los palestinos, porque tantas décadas de hostilidades y víctimas les significaron incluso enfrentamientos con gobiernos árabes y no les permitieron recuperar un centímetro del territorio que les reconociera la ONU en 1947. Para los israelíes, porque tantas décadas de victorias les enseñaron que la superioridad militar no bastaba para poner fin a su conflicto. Peor, aún, los obligaba a hipotecar su desarrollo y asumir una vida bajo amenaza permanente.
Parafraseando un dicho del excanciller israelí Aba Eban, parecía que israelíes y palestinos comenzaban a actuar razonablemente, después de haber cometido todos los errores posibles.
PARÉNTESIS CULTURAL En la base del conflicto existían circunstancias propias de Israel y la región, cuya importancia suelen desconocer los presuntos expertos de Occidente. Condicionados por las semejanzas formales entre sus sistemas políticos y el de Israel, tienden a operar sobre la base de una contraposición simple: régimen democrático israelí vs. régimen autoritario palestino.
Tal subvaloración del genoma cultural se da, incluso, en Samuel Huntington. Cuando afirma en su Clash of civilizations que Israel es un país “creado por Occidente”, está privilegiando el binomio judeo-cristiano por sobre el judeo-islámico, que arranca del tronco abrahámico. Olvida que son las raíces y no las ramas las que sostienen el árbol y que Israel tiene una identidad preoccidental que constituye, simultáneamente, el factor de unidad y lucha con sus vecinos árabes y árabe-palestinos.
Tanto importa la diferencia, que ha impedido a Israel contar con una Constitución Política que lo homologue con los Estados occidentales. Sus líderes históricos asumieron que ello violentaría a quienes –como los rabinos que sostuvieron la unidad cultural en la diáspora– no conciben ley civil alguna por sobre la Torah, la ley divina. Por lo mismo, no existe solución constitucional para los distintos criterios sobre territorialidad, entre los cuales está el de Eretz Israel, que reivindica las fronteras bíblicas del pueblo judío. Este factor marca contraposiciones internas tanto o más fuertes que las político-económicas y las económico-sociales y se expresa en la alta pulsión mesiánica de los colonos judíos en los territorios palestinos.
En parte por eso, el prototipo nacional israelí es el sabra. Este gentilicio aplica a los nacidos antes de 1948 en el territorio llamado Palestina y a sus descendientes. Simbolizan la continuidad de la presencia judía en Tierra Santa y destacan sobre una población multiétnica que aporta la cultura de todos los países de la diáspora.
No menos compleja, aunque sí más lejana para la observación occidental, es la estructura sociocultural palestina. Con sus diversos componentes locales y tribales, también supone distintos y conflictivos relacionamientos en su ámbito interno y con el resto del mundo árabe. En lo principal y ante la falta de Estado efectivo propio, en sus territorios tiene gran fuerza la ley islámica o Shariá, con las consiguientes tensiones entre la población cristiana, drusa, bahai y la de creyentes de distintas denominaciones islámicas.
Quizás el mayor problema para la Autoridad Nacional Palestina (ANP) reconocida en 1991, haya sido el señalado: la religión como factor identitario dominante. En lo político, esto se tradujo en la secesión de Gaza, bajo hegemonía fundamentalista de Hamas y la consiguiente dualidad del poder palestino. Esto explica por qué el proyecto de diálogo interreligioso del Vaticano, activado por Juan Pablo II, tuvo más acogida en los judíos que en los musulmanes. Durante su visita a Israel del año 2000 -que seguí de cerca-, fue mejor recibido por el gobierno y religiosos israelíes que por los líderes religiosos palestinos.[3]
Ubicados en esta desigual realidad, habría que relativizar la perspectiva inherente a los Estados de Derecho laicos y democráticos. En estos, la independencia entre la sociedad legal y las comunidades religiosas permite negociar los conflictos geopolíticos con base en sus respectivas constituciones y leyes. Hasta el momento, ese marco ha sido inaplicable en el conflicto israelo-palestino. Los escasos intercambios entre sus representantes suelen empezar y terminar remitiéndose a la Torah y al Corán.
CIUDAD SANTA. Jerusalem (con “m” en su grafía original) es el principal foco georreligioso del conflicto, en cuanto ciudad ícono de los tres grandes monoteísmos, el judío, el islámico y el cristiano. Por eso los negociadores de la ONU, optaron por definirla como “corpus separatum”. No era viable adjudicarla a judíos ni palestinos en la partición de 1947 y el Vaticano pedía seguridad para los lugares sagrados de la cristiandad..
Las guerras sobrevinientes arrasaron con ese diseño. En el fragor de la primera, Jordania asumió el control de la parte oriental, comprendida la Ciudad Vieja, sede de los principales lugares sagrados. Esto duró hasta la Guerra de los Seis Días, de 1967, cuando los israelíes asumieron el control político y militar de toda la ciudad. Entonces la declararon como su “capital eterna” y luego quisieron blindarla jurídicamente mediante una ley de 1980 que la declaraba, “capital indivisible”.
Fue un paso en falso, pues la fuerza de las tradiciones bíblicas, coránicas y evangélicas, resistió la fuerza normativa de esa ley, comenzando por la ONU. Su Consejo de Seguridad reaccionó mediante la resolución 478, que censuró esa ley “en los términos más enérgicos”. Los Estados Unidos concurrieron de manera tácita a esa amonestación, pues no ejercieron su derecho a veto. Ante ese consenso global, la mayoría de los países que tenían embajadas en Jerusalem las trasladaron a Tel Aviv como señal de protesta diplomática.[4] Los Estados Unidos, que mantenían la suya en Tel Aviv, protagonizaron un retroceso en 1995, cuando reconocieron Jerusalem como capital de Israel mediante ley ad-hoc, pero sin traslado inmediato de su embajada.[5]
Aunque fue evidente que esa ley de capitalidad de 1980 fue tácticamente innecesaria, Israel mantuvo en Jerusalem las sedes de su poder estatal. Sin embargo, cualquier judío israelí sabe que hay sectores jerosolimitanos donde no pueden ni deben entrar. Por eso, el estatus real de la ciudad sigue equilibrándose entre sus habitantes maximalistas y los razonables. Los que no quieren ceder un centímetro de su espacio territorial y los que aceptarían una solución transaccional.
A ese respecto, la historia enseña que ninguna potencia ha podido ejercer una soberanía plena sobre “la ciudad tres veces santa”. Cualquier ocupante, con cualquier título que creyó dominarla, debió rendirse ante su imponente realidad religiosa, cultural y social. Por algo Roma, cansada de las disputas y conflictos locales, optó por incendiarla.
AGONÍA DE OSLO. En mayo de 1997 inicié misión diplomática en Israel tras las elecciones en las cuales Biniamin Netanyahu derrotó, por estrecho margen, a Shimon Peres. Esto significaba caer de bruces en un hábitat político peligroso, signado por los atentados terroristas de Hamas y las amenazas externas de Sadam Hussein (léase misiles y agresión bacteriológica proveniente de Irak). Para esos efectos, en mi residencia de Herzlya Pituach contaba con un bunker provisto de máscaras antigases y botellones de agua. Como para comprobar que el peligro era obvio, al poco tiempo, ví como en la playa cercana se instalaban baterías Arrow, de misiles antimisiles.
Incidentalmente, mis colegas del GRULA -grupo de embajadores latinoamericanos- me contaban de manera recurrente que, en una de las tantas alertas, mi predecesor había tenido la precaución de viajar a Chipre. Al enésimo comentario decidí hacerme cargo de la indirecta y prometer que yo no haría lo mismo, aunque viera un misil sobre mi cabeza.
Por sobre esa percepción de peligro doméstico, el tema diplomático dominante era el del futuro de los Acuerdos de Oslo. Pese a la complejidad cultural-religiosa ya analizada, dicho proceso estaba dando dividendos. Para Israel marcaba un retroceso en su aislamiento internacional, tan amenazante en tiempos de la primera Intifada de fines de 1987. Además, catalizó un notable comportamiento de su economía, potenciando su industria turística y llevándolo a posiciones líderes en el ámbito tecnocientífico. A partir de la reunión en Madrid de 1991, el país venía creciendo al 6%, su ingreso per cápita fue acercándose al de los países europeos desarrollados, comenzó a visualizarse una inflación de casi cero, se redujo drásticamente el gasto militar, la tasa de desempleo también disminuyó y se incrementó la producción y exportación de bienes con alta tecnología incorporada.
Por su parte, bajo liderazgo de la ANP los palestinos estaban asumiendo un control entre pleno y restringido, sobre más del 50% de territorios que contenían un 90% de su población. Ello hacía plausible o inminente la aprobación de un Estado Palestino coexistente con un Estado Judío y beneficiario de ayuda internacional incrementada. En ese contexto, Arafat lucía lejos de sus tiempos de guerrillero errante… y también incordiante. Para sorpresa de muchos, incluso gestionó una visita de Clinton a Gaza, donde fue recibido en 1998 en loor de multitudes. Como si nunca hubiera sido denostado como enemigo de la causa palestina.
Sin embargo, el fanatismo religioso y el terrorismo ya habían puesto límites a esos avances. En 1995 Rabin fue asesinado por un judío religioso contrario a Oslo y, poco antes de las elecciones de 1996, militantes suicidas de Hamas mataron a 32 judíos israelíes. Esto dejó en incómoda posición a Shimon Peres, candidato laborista y primer ministro interino quien, como buen intelectual, tenía fama de “mal campañero”. En cambio, fue una ventaja decisiva para Biniamin Netanyahu, exoficial de Tzahal (Fuerzas de Defensa de Israel), candidato del territorialista Likud, con chapa populista de “Rey Bibi”. Con su lema “paz segura”, que contradecía el lema de Oslo “paz por territorios”, ya había dejaba en claro su rechazo al soft power y su opción por la disuasión. Paradójicamente, se afirmaba en el potencial militar de Israel, en gran parte construido por la dupla Rabin-Peres.
Para demostrar consecuencia tras su estrecha victoria, el flamante primer ministro apoyó de inmediato nuevos asentamientos en territorios palestinos. Para sus seguidores era avanzar hacia las fronteras bíblicas. Además designó como canciller a Ariel Sharon, el célebre guerrero que en 1982, desobedeciendo instrucciones, profundizó una represalia contra el Líbano hasta llegar a Beirut, su capital. Tras ello fue procesado como responsable por omisión de la masacre (intralibanesa) de Sabra y Chatila.
Poco antes de su designación y quizás para explicar su significado, Sharon había reconocido públicamente que no daría la mano a Arafat, su eventual interlocutor en el proceso de paz. Interrogado por mí sobre ese punto, tras una reunión con el cuerpo diplomático, me lo ratificó con toda naturalidad: “Señor embajador, jamás estrecharía una mano manchada con sangre de hombres, ancianos, mujeres y niños judíos”.
Hoy, para mí, ese fue el fin real, aunque no formal, de los Acuerdos de Oslo.
BIBI CONTRA SHIMON. La gravitante opinión de Henry Kissinger sobre la necesidad de un Estado Palestino y el apoyo al proceso de paz por parte de Ezer Weizman, el presidente de Israel, impidieron que Netanyahu desahuciara Oslo de inmediato. Optó por explicar que, para darle seguimiento, antes había que liquidar el terrorismo, lo cual exigía construir nuevos asentamientos en lugares estratégicos.
Peres aprovechó ese vacío de sinceramiento para mantener vivo, si no el proceso, sí “el espíritu de Oslo” — y de paso, para mostrar la fuerza de su convocatoria internacional. Para ese efecto creó el Centro Peres para la Paz, con filiales en el extranjero, cuyo objetivo sería evaluar proyectos internacionales de desarrollo para los territorios palestinos. A su inauguración, en 1997, concurrió una constelación de personalidades palestinas, de los países árabes, los Estados Unidos, América Latina y Rusia (desde Moscú Mijail Gorbachov envió un cálido mensaje por video). En sus discursos y con sus aplausos, todos apoyaban los Acuerdos de Oslo. Previéndolo, Netanyahu declinó la invitación que se le enviara, pero no pudo impedir que el presidente Weizman fuera actor del evento ni que asistieran su canciller Sharon y su ministro de Defensa Yitzhak Mordechai.
Tras encajar ese bofetón diplomático Netanyahu siguió arrastrando los pies respecto a Oslo y Peres, a sabiendas de su ventaja en el plano internacional, subió el nivel de su desafío. En enero de 1999 reunió en un gran teatro de Jerusalem al Consejo de Gobernadores de su Centro. Como invitado diplomático tomé nota de que a pocos metros de mi butaca estaba Gorbachov con su esposa Raisa. Además, reconocí a Henry Kissinger, Mahmoud Abbas, Paul Kennedy, Frederick de Klerk, Simone Weil y Desmond Tutu. Según la lista impresa, los asistentes eran más de 270.
Faltando cuatro meses para que terminara (o fracasara) la primera fase de los acuerdos y asumiendo el impacto comunicacional de ese momento, Peres habló en ese foro con insólita franqueza. En lo fundamental, según mis apuntes, dijo que “es de común interés ver la creación de un Estado palestino independiente, resultado de un proceso negociador (…) debe ser un Estado democrático y económicamente próspero”. Agregó que confiaba en la buena fe de Arafat.
Netanyahu respondió de manera oblicua. Su ministro de Turismo calificó como “muy grave“ el apoyo de Peres a un Estado palestino, pues… ¡debilitaba la capacidad negociadora de Israel en el proceso de paz! Un diputado del Likud expresó que “la adulación de Peres a Arafat daba asco”. Parientes de las víctimas del terrorismo emitieron un comunicado acusando a Peres de haber traspasado todos los límites permisibles. Vive, dijeron, “en una sensación de total identidad con el enemigo”.
Comenzaba a manifestarse, así, lo irreductible del talante del primer ministro. Sin ceder un centímetro, siguió con su política de asentamientos y de represalias duras, para agotar progresivamente a los promotores y patrocinadores internacionales de Oslo. En los Estados Unidos. Kissinger incluso insinuó un retroceso, diciendo que dicho proceso debía “rediseñarse”. En el campo palestino Abbas fue perdiendo su ascendiente en Cisjordania y Arafat ya no pudo contener a las organizaciones terroristas sin parecer traidor a la causa.
El gran protagonismo en la lucha por la paz quedó radicado, entonces, en el también irreductible Peres. Mientras Oslo agonizaba, su espíritu se convirtió en causa de vida y así lo dejó plasmado en esta frase profética de su libro Que salga el sol: “Dios nos guarde de cegarnos con nuestro poderío bélico. Aprendamos a aprovechar esta ventaja para lograr una paz verdadera y estable”.
La pregunta que queda pendiente es sí, tras la prolongada y beligerante gestión de Netanyahu y las secuelas de la guerra en Gaza, es concebible la instalación de un Estado palestino independiente.
Notas
[1] V. Theodor Herzl, El Estado Judío, de 1896, en múltiples ediciones e idiomas de distintos países. La idea fuerza de Herzl fue que, para poner fin a una larga historia de persecuciones, los judíos debían contar con un Estado propio. que podría materializarse en aproximadamente 50 años. Notablemente profético, si se considera que vigente el Estado Judío de Israel se fundó en 1948,
[2] Miguel Angel Bastenier, Israel-Palestina la casa de la guerra, Ed. Tauros, Madrid, 2002, pg.62.
[3] V. constancia de esa visita en mi libro El Papa y sus hermanos judíos, Editorial Andrés Bello, Santiago, 2001.
[4] Sólo permanecieron en Jerusalem las embajadas de Costa Rica y El Salvador, aunque en 2006 se reubicaron. La de Bolivia se mantuvo porque estaba en un suburbio de Jerusalem, técnicamente en sus afueras.
[5] Para no interferir en el proceso de Oslo, entonces vigente, esa ley dispuso dos resegaros. Uno, dar plazo hasta el 31 de mayo de 1999 para el traslado de la embajada a Jerusalem. El 4 de mayo de ese año debía concluir la primera fase de los acuerdos de Oslo. El otro, permitir al presidente incumbente suspender la medida por razones de seguridad nacional. Esto ocurrió cada seis meses, desde Bill Clinton hasta Barak Obama. El traslado vino a efectivizarse en 2017, en el primer gobierno de Donald Trump.