Publicado en Revista Humanitas

Gabriel Guarda Geywitz O.S.B Rememora a su maestro

A veces me pregunto qué idea tendrán de Jaime quienes hoy leen sus libros históricos, sus múltiples artículos y publicaciones en el área humanística, y aun en la del pensamiento católico, pero que no lo conocieron; aún más, los que lo conocieron, pero de lejos, que no participaron de esa cercanía festiva, contagiosa, con que se brindaba sin limitaciones de ninguna clase a los miembros de ese círculo inmediato, generalmente de jóvenes alumnos y discípulos que lo acompañaba como un cortejo, compartiendo en la más variada serie de programaciones la suma de temas que desplegaba como un encantador, o como un redivivo juglar. Todo su actuar, dentro de ese ambiente, aun tratándose de los problemas más trascendentales, estaba entonado por las más vivaces ocurrencias, por destellos de humor, a través de los cuales enseñó tanto como en su cátedra, sus discursos o sus actuaciones académicas, así se tratase de su propia vida espiritual. Para mí, más allá incluso de su ser como historiador, esta su alegre testimonio de cristiano.

Al cumplirse treinta años de su trágico fallecimiento, pienso que puede ser útil divulgar, dentro del plano de la fe, de nuestra propia «historia de la salvación», en la cual tuvo tanta parte, algunos breves pero inolvidables recuerdos personales.

Premonitoriamente, teniendo yo unos veintitrés años, estudiante de arquitectura, lo conocí en el monasterio Benedictino de Las Condes, todos los santos domingos, en la misa conventual. Después del desayuno que ofrecían los padres al pequeño grupo de seglares que se animaban a llegar hasta allí, se producía una conversación peripatética, al estilo monástico, unos avanzando, otros de frente, retrocediendo, a la sombra de una avenida de eucaliptus, al interior de la antigua propiedad; el centro de las filas lo ocupaba algún padre, y al frente, Jaime; terciaban, entre otros, Alberto Wagner de Reyna, Hugo Montes, o alguno de los dos Juan de Dios Vial; los demás mirábamos y escuchábamos atónitos. ¡Si se hubieran grabado esas conversaciones!, teología, filosofía, ciencias; en lo específico, todos los misterios de la fe, con especial énfasis en la escatología, en ese estilo festivo y vivaz propio de Jaime, entre gestos, y variados ademanes.

Al revés de lo que podría creerse, nunca se hablaba de historia; sin embargo, ella fue mi vía de acceso, el pretexto para acercarme, solo, cautamente, de a poco, a su biblioteca, hasta llegar con el tiempo a tomar posesión virtual de su casa. Allí se inició ese diálogo en que por años me cupo oír y aprender, y más tarde opinar, discutir y alegar, siempre dentro de un marco de continua fiesta. Como yo vivía en la calle Estado, al mediodía, después de las clases en la Casa Central de la Universidad Católica, iba a la librería «El Árbol», donde Jaime, su gerente, despachaba los últimos asuntos de la mañana, para acompañarlo luego, caminando, a veces hasta su misma casa en Seminario, conversando de cosas de la Tierra y del Cielo.

En «El Árbol» fue donde una mañana, en 1958, le comuniqué mi decisión de ingresar al monasterio: me había estado reconviniendo en la forma más enérgica, por mi demora en responder a un grave encargo que me había hecho, de lo cual la explicación estaba precisamente en la categoría de los pensamientos que me preocupaban. No puedo describir el tránsito experimentado en su expresión facial en el espacio de menos de un segundo, de la fingida ira a la más dulce, irrestricta, feliz, aprobación total; más aun, apoyo, consejos, reconvenciones: ¡Cuanto te has demorado! ¡Qué modo de haber estado perdiendo el tiempo! ¡Yo siempre lo preví…!

Los veranos arrendaba con su familia, para veranear, la casa anexa a la capilla de Santa Teresita, en la calle San Francisco de Asís, a los pies del monasterio, subiendo a pie por un sendero a nuestra misa diaria; después había siempre algunos momentos para conversar.

Una vez habló con mi superior a propósito de mi ordenación sacerdotal: habían pasado diez años desde mi ingreso, y como dentro del ritmo monástico el tema se vislumbrase para largo, intervino decididamente para que se considerara mi urgencia. Su enfoque no podía ser más curioso e inesperado: era necesario que se me ordenara exclusivamente para que me preocupara de la vida espiritual de algunos miembros de la Academia de Historia —a la que acababa de incorporarme — que estaban alejados de la Iglesia, o que directamente no habían pertenecido nunca a ella: imagino la sorpresa, el desconcierto, de mi superior ante tan inédita explicación; llegado el momento en que se decidió mi sacerdocio, a él fue el primero, antes que a mí, al que en secreto se le comunicó; falleció en conocimiento de esa buena nueva que nadie conocía.

Cuando pocos días después se me avisó súbitamente tan trágico acontecimiento, no pude dejar de pensar, de manera automática, en un detalle desconocido, que tiene una extraña relación con aquel mundo del barroco español que Jaime tanto amaba: la idea de amortajarlo con el hábito benedictino al que tenía derecho por pertenecer a la familia monástica como oblato; antes de partir a su casa me hice de uno y me dirigí allí a esperar la llegada de sus restos a Santiago; llegaron sellados y por lo tanto no pudo ser revestido de nuestro traje nupcial, unido más allá de la vida, pues por cierto era mi propio hábito. Cuando poco después fui ordenado sacerdote, el grupo de amigos de Jaime me regaló en su nombre un precioso cáliz en cuya base se grabó:

Charitas Christi vinculo ultra mortem perseverat

Gabriel Guarda Geywitz o.s.b.
Abad del Monasterio Benedictino de la Santísima Trinidad