El agotamiento de la unipolariodad (1990 – 2025). Latinoamérica, de la guerra fría a la multipolaridad

Cuando en 1986 conocí y entrevisté por primera vez al historiador británico Paul Johnson –un gran admirador de Chile- se produjo una situación que, indirectamente, ilumina estas consideraciones.

El encuentro no tuvo esa vez lugar en Londres, sino en una hermosa campiña donde Johnson pasaba esos días. Me invitó a sentarnos al interior, cerca de un fuego, donde sorbiendo un té de agradable aroma desarrolló algunas reflexiones fuertes acerca de los “tiempos modernos”, título de un famoso libro suyo que circulaba entonces, marco por su parte apropiado a esta digresión.

Escuchándolo hablar fui de pronto sorprendido por cierta afirmación, enunciada por el entrevistado en tono concluyente: “…Europa, que perdió dos guerras mundiales en este siglo XX…”. Haciendo un alto en mi discurrir, me pregunté en seguida qué querría decirme este ilustre británico desde una Inglaterra que, a pesar de haber dejado millones de muertos en ciudades y campos de batalla, ostentaba la gloria de los vencedores en ambas grandes contiendas de aquella centuria.

“Europa fue la derrotada en esas dos guerras mundiales porque siendo hasta entonces el centro del mundo, dejó de serlo y probablemente para siempre, esto a pesar de que económicamente haya logrado recuperarse”, afirmó. “Cultural y políticamente ya no gravita como antes y ha sido desplazada por otras potencias”, agregó.

Siguiendo en el hilo argumental de Paul Johnson –acabada la Segunda Guerra Mundial, Europa dejó de ser el centro político y cultural del mundo– consideremos qué personalidades estaban a la cabeza de los principales naciones europeas al momento en que nuestro historiador formulaba ese oscuro diagnóstico, que en cierto modo nos tomaba por sorpresa: Margaret Thatcher en Gran Bretaña; François Mitterrand en Francia; Helmut Kohl en Alemania; Felipe González en España. Con sólo enunciar esos cuatro nombres, podría, quizá todavía, dudarse del acerto de Johnson. Por desgracia, a los muchos factores que le darían razón ya entonces, para mayor desengaño, simplemente haga el lector un honesto ejercicio de comparación entre lo que en esos años ochenta aún prevalecía, y el tenor de quienes actualmente gobiernan esas mismas viejas y nobles naciones, y compruebe por sí mismo la realidad.

La Unión Europea, sabiamente pensada después de la Segunda Guerra por Alcides de Gasperi, Robert Shuman, Jean Monnet y Konrad Adenauer, bajo la dirección hoy de Ursula von der Leyen, nos recuerda voces que advirtieron a tiempo lo que podría venir a suceder, y que resumen las cortas líneas escritas en febrero de 1995 por André Frossard en su última columna diaria de portada en el diario Le Figaro[1], titulada ese día Europe: “Europa tiene cada vez más miembros y cada vez menos alma. Tuvo una en otro tiempo que se llamó cristianismo y que la protegió más de una vez de lo peor. Hoy, ella no tiene ni alma ni pensamiento y lo ha puesto todo a merced del interés material, el interés inmediato, el beneficio. Si el interés es, en efecto, un agente de cohesión eficaz cuando los negocios van bien, cuando van mal, no existe explosivo más poderoso que éste”.

Como apuntan diversos críticos y observadores -entre ellos Jeffrey Sachs, colaborador de este número de Anales– y en sintonía con el diagnóstico de Frossard, la Unión Europea, habiendo declinado “alma y pensamiento”, se nos figura hoy aferrada a una dramática emergencia bélica, de alto costo económico para su población y humano para quien la padece, la noble nación ucraniana, como último recurso para mantener su vigencia política noratlántica.

Expresando la materialización de ese declinio, terminada la Segunda Guerra Mundial, mientras la URSS, bajo Stalin, tomaba bajo su dominio Europa Central incorporándola a la alianza militar conocida como Pacto de Varsovia, en 1947 los Estados Unidos, bajo la presidencia de Harry Truman (1945 – 1953), junto a siete aliados, fundaba la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), declarando el objetivo de garantizar la libertad y la seguridad de los países miembros, sea por medios políticos o militares. El gobernante demócrata, sucesor de F.D. Roosevelt, impulsaba el Plan Marshall para Europa, comprometiendo formalmente a los Estados Unidos en la contención del expansionismo soviético en el Viejo Continente.

Signo de las tensiones y de los criterios con que se atacaban los nudos críticos de la política internacional en la época, meses después de haber capitulado el régimen nazi -con el fin de obtener la rendición de sus aliados, los indomables japoneses que se empeñaban en ser la primera potencia del Asia, y como represalia asimismo por Pearl Harbor (1941)- Truman usa contra civiles japoneses el arma más mortífera hasta entonces conocida, la bomba atómica. A cuatro meses de haber asumido su mandato, el 6 de agosto de 1945, autoriza así al Superfortress “Enola Gay” de EE.UU. lanzar la bomba codificada como Little boy sobre la ciudad de Hiroshima, y tres días después otra sobre Nagasaki: 200 mil muertos por efecto directo e inmediato y 70 mil como consecuencia de las irradiaciones. Japón se rinde.

Tres años después, el 6 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas acoge, en su Resolución 217, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyos 30 artículos, considerados básicos, se expresan como un ideal para orientar a la humanidad que acababa recién con dos Guerras Mundiales.

Entre tanto no se ve fácil salida del pesado hielo en que la instalan nuevas y graves tensiones mundiales.

1.- La “Guerra fría” y el escenario latinoamericano

En 1945 no había explotado aún el espacio geográfico (como sucede con la llegada la era global) y las distancias -todavía no “desmaterializadas” como califica Zigmunt Bauman[2] a las de hoy – psicológicamente pesaban de modo significativo. No por ello, sin embargo, los ataques atómicos en las distantes Hiroshima y Nagasaki dejaron de estremecer al mundo entero, marcar una profunda huella y sembrar un gran temor de que algo así pudiera repetirse, alcanzando a todo el planeta. Aquel no fue un acto de la Guerra fría entre las dos potencias ahora dominantes en el mundo bipolar que ya se conformaba y que duraría hasta 1989, sino todavía un acto terminal de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la bomba atómica inauguraba a futuro un escenario de terror en el propio nuevo esquema de Guerra fría (un adelanto de lo cual viviría el mundo en 1962 por la crisis de los misiles soviéticos en Cuba). Dicha Guerra fría tendría, a partir de entonces, sucesivas expresiones en todo el orbe, pero una zona principal en ella vendría a ser Latinoamérica.

* * *

Corre 1946, no hace un año que ha terminado la Guerra 1940-45, falta uno para que se constituya la OTAN según los parámetros señalados, cuando EE.UU. establece en Panamá la Escuela que llevará el nombre de ese país, más tarde llamada de las Américas, con el propósito declarado de promover estabilidad en los países de América latina. La oficialidad de todos los cuerpos armados de la región -los de Chile, desde la presidencia de Carlos Ibáñez del Campo- se preparan allí sistemáticamente en la guerra de contra-insurgencia, que se aguarda será el futuro del continente por la tensión bipolar del mundo de posguerra. En la práctica, se transmiten a los hombres de arma de nuestra región los métodos de represión hasta entonces desconocidos y no aplicados en el continente, elaborados y utilizados por los aliados en la Segunda Guerra Mundial (y en las guerras de la descolonización del África), incluidos los sistemas de tortura y otras prácticas sofisticadas.

El primer conflicto continental de resonancia -y que constituye para Vargas Llosa[3] una señal de fracaso para los esfuerzos por afianzar la democracia en el continente (cinco años después se verá emerger el castrismo, base en la cual el bloque soviético y europeo marxista del Este instala una cabeza de puente continental), es el golpe que tiene lugar en Guatemala en 1954. El gobierno de Estados Unidos, con el patrocinio de la United Fruits Company y la ejecutoria de la CIA derrocan en ese país al gobierno democrático del coronel Jacobo Arbenz. El modelo continental capaz de frenar a Cuba que el escritor peruano ve en la Guatemala de Arbenz, con cierta insuficiencia de contenido, no prevalece. El viento que el escritor peruano anhela o imagina, no soplaba ni de Panamá ni de Guatemala; sí creemos que del sur continental, de lugares como nuestra tierra, aunque a primera vista no pareciese así.

2.- Claridad y ofuscación del “viento sur”

Chile 1938. Triunfa el Frente Popular eligiendo como jefe de gobierno a Pedro Aguirre Cerda, la primera de tres presidencias radicales (le seguirán las de Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla) que abarcarán catorce años, en que la tradicional clase media chilena, con sus valores y una educación escolar y universitaria ya de medio siglo, se instala como centro político dominante. El Partido Comunista chileno, de filiación soviética, emerge y asimismo sucumbe con los radicales. Paralelamente, en tales años, sucede otro hecho significativo. Después de haber estudiado en Lovaina y trabajado un tiempo en Francia, regresa a Chile Alberto Hurtado Cruchaga, sacerdote jesuita que en los diecisiete de vida que tiene por delante realizará un trabajo que deja intensa huella en los mundos universitario y obrero.

Con la ayuda, entre muchos otros, del joven y futuro académico y miembro del Instituto de Chile, William Thayer Ojeda en el campo del sindicalismo, y de Eduardo Frei Montalva en la juventud de la Acción Católica, se siembran y expanden, con base en la doctrina social de la Iglesia, hasta entonces insuficientemente conocida en Chile, los ideales del socialcristianismo. Una alternativa católica moderna que a la postre, en diez años, ocupa electoralmente el espacio que llenaba el radicalismo. Hurtado fallece de cáncer en los cincuenta y sabemos la historia de esa semilla crecida y desarrollada en la década siguiente, con el trasfondo de una prosa ilusionada de Gabriela Mistral que buscaba, incansable, una voz en ese diapasón para América latina. Frei Montalva y Thayer Ojeda, el primero como Presidente y el segundo como ministro del Trabajo y de Justicia, forman parte de la avalancha mayoritaria incontrarrestable que se desencadena en 1964. Interesa volver sobre el relato hecho por Thayer en la sección Conversaciones de “Societas”, anuario de Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales[4]. En cinco años se había pasado del todo a la nada, explica allí. El mundo en torno era el que describía Johnson en “Tiempos Modernos”, con una Europa declinante respecto a su pasado y actuando en tono menor[5], tensionada o bipolarizada ideológicamente por dos bloques o potencias, empezándose a vivir a su vez en toda Latinoamérica (como en Extremo Oriente y también en África) cruentas consecuencias de lo mismo. Mientras la influencia ideológica marxista fraccionaba en Chile a la Democracia Cristiana por la izquierda (la facción Mapu se declaraba “marxista-leninista”) por la derecha y frente a la derecha, el movimiento de placas tectónicas que obraba el fin de los tres siglos de Chile hacendal, a través de una reforma agraria de cuño ideológico, hacían lo suyo.[6] El proceso ya violento y muy confrontacional en la presidencia de Frei Montalva, adquiere durante los tres años de Salvador Allende la atmósfera de una “guerrilla rural”.

Ernesto “Che” Guevara, deja entonces Cuba y pasa a instalarse en la sierra de la mediterránea Bolivia con el propósito de engendrar en toda América latina, por medio de la guerrilla, “otros tantos Vietnam”. Abandonado por los campesinos, en 1967 cae a manos del ejercito boliviano, con apoyo de la Agencia.

Hay en aquel tiempo un importante contingente del ejercito americano en Vietnam de Sur que llegará pronto a sumar quinientos mil soldados ocupantes, lo que sacude a la juventud universitaria en todas las capitales de Occidente y, junto con la muerte del “Che”, es una de las banderas del movimiento estudiantil del 68. Con débiles aliados locales, los norteamericanos se baten contra el Viet Cong y las fuerzas de Vietnam del Norte liderado por Ho Chi Minh, aliado con la URSS. Faltan aun siete años (1975) para la caída de Saigon, capital de Vietnam del Sur, y para el inicio del genocidio de Cambodia perpetrado por Pol Pot (con lo que pasamos, inadvertidamente, mas siempre en la clave bipolar, de Latinoamérica al Asia poscolonial).

En medio de todo ese transcurrir, en el ABC de Latinoamérica como se le llamó un día, “por primera vez en la historia moderna” –y hasta entonces la única- “se gestaba, desde el interior de un proceso democrático, una situación única en su género, que como ninguna estuvo tan cerca de producir una toma de poder del comunismo”. Fue el caso de Chile. [7]

Cuando se observa el panorama militar y de conflicto que se extiende en Latinoamérica en los años setenta –al margen de lo que podamos concluir por lo que antes recordáramos de la Escuela de las Américas– ¿se trató, nos preguntamos, de un plan orquestado por los EE.UU., en el marco de la tensión bipolar- o bien de hechos que tuvieron un nacimiento orgánico en cada uno de estos países? De todo habrá habido, mas en lo que a Chile concierne, Henry Kissinger, en cuyas “Memorias”, separadas en dos partes, se abordan con pormenores veinte años de crisis en Chile, afirma en el segundo volumen de éstas, ya siendo Secretario de Estado bajo la presidencia de Richard Nixon, que en lo relativo al golpe militar del 11 de septiembre de 1973, “en su concepción, planificación y ejecución, nosotros no desempeñamos el más mínimo papel”.[8]

Sea como fuere, es evidente que lo sucedido en Chile en 1973 sacudió al mundo mucho más allá de la importancia internacional objetiva del país e incluso antes de resonantes atentados contra los derechos humanos, cuya evidencia recayó sobre los servicios de seguridad del gobierno militar (¿triste eco de la mencionada Escuela de las Américas?, cabría al menos preguntarse). No fue tampoco el fervor democrático de los pueblos occidentales lo que gravitó en aquel sacudimiento -pues la democracia había sido conculcada antes o al mismo tiempo en la mayoría más significativa de las naciones del continente- sino su “simbolismo premonitorio”. Éste vino a ser, por vía insurreccional, un acto simbólico que adelantó, cuando aún no era imaginable, lo que el mundo vería sorprendido, pero con más normalidad, en 1989, en Europa del Este.

Partiendo por Paraguay con el general Alfredo Strossner (el primero en instalarse, el último en terminar), siguiendo con Brasil y más tarde Bolivia con el golpe de Hugo Banzer, paulatinamente toda la mitad sur del continente latinoamericano pasó, en pocos años, a ser controlada por gobiernos militares.

La situación de Chile en ese contexto no fue de ningún modo fácil por lo que se refiere a sus vecinos. Desde 1968 y hasta 1975 Perú fue gobernado por la dictadura del general Velasco Alvarado, de inclinación prosoviética y provisto de armamento por Moscú, lo que de suyo traía a la región un explosivo muestreo de la Guerra fría. En Argentina, siguiendo al pronunciamiento cívico-militar de Bordaberry (1973) -en un Uruguay enervado por el terrorismo “tupamaro”- el año 1976 una Junta Militar presidida por el general de Ejército, Jorge Rafael Videla, por razones similares, relativas ahora al terrorismo “montonero”, se hace también con el poder de la nación vecina.

Aún permanece en el recuerdo, al menos del segmento mayor de la población, el inminente peligro de guerra entre Chile y Argentina que alcanzó su cenit en 1978 y que detuviera la mediación del Papa Juan Pablo II. La objetiva valoración de los hechos obliga a ponderar la magnitud, evidentemente mundial de aquel momento, y a advertir que el sofocamiento en años anteriores de una guerra civil que pudo tener lugar en Chile, habría ciertamente resucitado, ahora en el marco de esa confrontación bélica internacional en el Cono Sur de Latinoamérica, con consecuencias geopolíticas globales que, en plena vigencia de la bipolar “Guerra fría”, no se pueden llegar a calcular.

Latinoamérica, de norte a sur, sufrió en aquellos años inmensos desgarramientos –casi siempre sin compensaciones institucionales ni económicas- con cifras de muertos que en las cercanías van de los 20 mil (Argentina) a los 60 mil (Perú) y que en Centroamérica alcanzan a cientos de miles. En uno y otro caso con guerras civiles ocultas o declaradas, a veces de muchos años.

3.-El conflicto retorna a la vía institucional

En circunstancias muy distintas, unos y otros países de la región buscan al cabo su camino de retorno a la democracia, consiguiéndolo o no de maneras y en grados diferentes. El gigante Brasil da sus pasos en forma gradual y convenida. Chile sigue un itinerario institucional establecido en la Constitución instaurada en 1980. Se vota un plebiscito, en octubre de 1988, para decidir si ha de continuar ocho años más el gobierno militar o si se realizan elecciones presidenciales en 1989. El gobernante militar, general Augusto Pinochet, pierde en dicho plebiscito y, según lo acordado en la Constitución de 1980, entrega la banda al vencedor en la elección presidencial, opositor a su régimen, el demócratacristiano Patricio Aylwin.

En Argentina los militares hacen volver de España a Juan Domingo Perón y, después arduos conflictos, el retorno definitivo a la democracia se alcanza con la presidencia de Raúl Alfonsín, en 1983.

Puntos más, puntos menos, esta retirada de los militares y el retorno a las vías democráticas en el continente latinoamericano, coincide o es muy próxima al colapso de la ideología comunista que significó la caída de la Unión Soviética. Esto allanó el camino para el desarrollo a futuro de vías institucionales propias, alejadas de ese casi medio siglo de bipolaridad, como se vió en Chile durante los 30 años de gobierno de la Concertación para la democracia, los más fructíferos en la historia del país.

Por razones ligadas al ejercicio de la profesión periodística, viví varios meses, durante los años 1990 y 1991, en Europa Central y en la agonizante Unión Soviética. Además de llenar muchas páginas del cuerpo especial “Artes y Letras” de El Mercurio con entrevistas y crónicas sobre los decisivos momentos que allí y entonces se vivían, sentí la necesidad interior de escribir un libro que titulé “El comienzo de la historia – Impresiones y reflexiones sobre Rusia y Europa Central” 9.

Como la mayor parte de la prensa occidental, en esa andanza por los países del Este europeo de fines de los ochenta, y en Rusia, nos interesaba en primera instancia comprobar in situ la falencia del socialismo real, a la sazón ideológicamente presente y hasta vigoroso en muchas partes de nuestro hemisferio occidental. Desde luego un mito presente en muchas de nuestras universidades, en docentes y alumnos.

El contraste entre la imaginación y la realidad no podía ser mayor. No es sólo que cruzando la barrera antes infranqueable que separaba a Occidente del Este comunista -simbolizada por el Muro de Berlín- nadie creyese allí aplicable el socialismo real (ni siquiera en la Meca de esta ideología, Moscú), sino que comprobábamos con sorpresa que, además, su descrédito ideológico era total. La prensa occidental no había dado ningún signo de ello. Sólo conocíamos cruentas realidades como la del Gulag a través de Alexander Solzhenitsyn, expulsado de la URSS en 1974, y de que existía una disidencia, como la que representaban, en Rusia, el físico Sakharov, el escritor y filósofo de la ciencia Alexander Zinoviev exiliado en Munich desde 1978, o la joven teóloga ortodoxa Tatiana Goricheva. Poco y nada sabíamos de Vaclav Havel y Jan Patoka en Praga o de Josef Tischner en Cracovia.

Al margen de especialistas, Nickolas Zernov, que llegó a Oxford con el encargo de enseñar cultura oriental y religión ortodoxa, y que escribió, ya en 1963, un libro admirable titulado “The Russian Religious Renaissance of the Twentieth Century” (libro traducido al ruso e internado secretamente en la Unión Soviética), no era tema en nuestro hemisferio occidental bipolarizado. Excepciones puntuales a mencionar: es interesante decir que algo supimos aquí, en Santiago, y en directo -con mezcla de asombro e incredulidad- de secretos testimonios de fe en el oprimido mundo campesino ruso, por ejemplo, a través religiosos alemanes forzados a enrolarse en la Wehrmacht para combatir como infantería en Rusia, y que terminaron sus días en Chile (como por ejemplo el venerado padre Angel Graff OSB[10]).

Quien probablemente sí sabía de resistencia y la experimentaba con algún fruto y más extensas vinculaciones, era la Iglesia en Polonia, que acunó la vocación de uno de los mayores pontífices de la historia moderna, Karol Wojtyla, personalidad decisiva en el cambio que vivió el mundo a fines de los ochenta.

Fue allí, en todo caso, en Polonia, como nación y cuerpo vivo, que se desprendió la primera piedra que separaba al mundo

bipolar, identificado con la Guerra fría. La caída de esta piedra fue factor decisivo en el derrumbe de la extensa “cortina de hierro” que guarnecía al Pacto de Varsovia, alianza militar de los países dominados al este de Europa por el comunismo, donde el Ejército Rojo, con soldados y armamento de la URSS, tenía una gravitación decisiva.

El 8 de diciembre de 1991, en el Acuerdo de Belavezha, firmado por los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, once repúblicas hasta entonces vinculadas a la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, la URSS, crean de la Mancomunidad de Estados Independientes e informan a Mijail Gorbachov (secretario general del PCUS y jefe del Kremlin) que tanto su cargo como la Unión Soviética dejaron de existir. El 25 de diciembre de ese año se arría la bandera soviética en el Kremlin y se iza la de Rusia.

En medio de un gran asombro, el mundo entero se preguntaba qué vendría después de esa impresionante sucesión de hechos acontecidos entre los años 1989 a 1991, cuestión que también inquietaba, por supuesto, a los habitantes y dirigentes en el orbe de todo el Este europeo, hasta las extremidades asiáticas de Rusia.

El papa polaco, Juan Pablo II, en la encíclica “Centesimus annus” firmada el 1 de mayo de 1991, daba importantes señas a este respecto, tanto al mundo del Este que salía del comunismo como a un Occidente que se proclamaba vencedor. Cuando un sistema económico entero se derrumba, explicaba, las causas últimas deben ser investigadas “no sólo y no tanto en el sistema mismo, sino en el hecho de que todo el sistema sociocultural, ignorando la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado y sólo se limita a la producción de bienes y servicios”.[11]

Impedidos en un ensayo de esta naturaleza de extendernos a multiples y muy complejos elementos, nos limitaremos sólo a algunos que nos parecen más significativos, relativos al paso, hace tres décadas y media, de la bipolaridad caracterizada por la Guerra fría, a la unipolaridad proclamada por Francis Fukuyama en su libro “El fin de la historia y el último hombre” (1992).

Hay quizá que recordar de inicio el condicionante económico- político de aquel “Fin de la historia”, acerca de lo cual se ha referido múltiples veces Jeffrey Sachs, asesor económico del gobierno norteamericano en los años noventa, tanto en Polonia como en otros países de Europa Central, con gran presencia personal suya en la Rusia del tránsito entre Gorbachov y Yeltsin. El juicio de Sachs, reiterativo, apunta a la unilateralidad en la determinaciones de Washington y al propósito deliberado en éstas de perjudicar a Moscú tanto cuanto posible, y en caso alguno captarlo -en un momento de honda crisis- como un aliado en la región. Hay que recordar aquí la profecía de Leontiev: más que su caída en el comunismo, lo verdaderamente difícil vendrá cuando Rusia decida salir de él.

Que la hostilización a Rusia por Occidente en los noventa fue en gran parte lograda, no puede caber la menor duda. Invitado en 1994 por mi amigo y embajador de Chile en Moscú, James Holger, escribí para el diario ABC de Madrid una larga crónica, titulada “Impresiones desde Moscú”[12] donde doy cuenta de lo que vimos y palpamos con nuestro amigo y gran diplomático. Volví a Rusia en 2012 y no me pareció extraño que personas cultas me señalaran que en medio del caos y decepción que llegó a predominar[13], figuras importantes, que antes destacaron en la disidencia al régimen soviético, hubiesen propugnado la vuelta al comunismo[14].

Durante mis permanencias en Europa Central y en Rusia los años 1990 y 1991, cuando el sistema comunista colapsa, había recogido declaraciones de muchas personalidades que tuvieron una actuación decisiva en el proceso -Joseph Tischner en Polonia, Vaclav Benda y Tomas Halik en Checoeslovaquia- las cuales consigno en mi libro “El comienzo de la historia”. Véase por ejemplo lo que me advierte, en Praga, el primero de los citados: “Me parece que a diferencia de Occidente, podemos ver muy claramente lo que queremos y cuáles son nuestras metas. Tenemos conciencia del precio de la libertad (…). Sabemos que la libertad va unida a la responsabilidad, y a cierto orden, a cierta, jerarquía de valores (…). Existe el problema de cómo llegar a la meta”. Y agrega: “En los últimos 50 años de nuestra experiencia histórica, hemos aprendido a no confiar en ciertas potencias del otro lado de Europa, que no siguen los mismos principios que nosotros”.

Si esta situación resultó muy difícil de sobrellevar para los países de la ex- órbita soviética, fue como se dijo, imposible en Rusia y de ello da también testimonio el calvario vivido, en su regreso a la patria, por Alexander Solzhenitsyn, crucificado por la prensa occidental que, por contraste, tanto lo elogiara mientras vivía su exilio en Vermont, haciendo de él un símbolo antisoviético.

Cuando el año 2000, exhausto, Boris Yeltsin renuncia a la presidencia de Rusia, entregándole el mando a su primer ministro, Vladimir Putin -quien deberá someterse a elecciones dos años después-, la bipolaridad estaba enteramente concluida y dominaba en el mundo globalizado, dando aparente razón a Fukuyama, la unipolaridad. Se había impuesto un control completo y sin contrapeso en el contexto mundial, por parte de Occidente capitalista, con sus virtudes y vicios. Sobre todo de los Estados Unidos de Norteamérica.

El nuevo Presidente de Rusia -Vladimir Putin, en favor de quien renunció el presidente Boris Yeltsin- inicia un proceso de unificación de las partes dispersas, de reorganización del trabajo, la industria y de la economía en la Federación Rusa. Asimismo se hace presente en las principales juntas internacionales y, en los primeros quince años en que alterna entre la presidencia y la condición de primer ministro con Dimitri Medvédev en el gobierno, es el estadista que más veces visita el Vaticano.[15]

Un costo evidente de la unipolaridad para el mundo, pero en particular para Rusia, lo constituye el creciente armamentismo y la proliferación de guerras. Entre éstas destaca (¿respuesta al atentado de las Torres Gemelas?) la “guerra de Iraq”, iniciada en 2004 -violando el acuerdo del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas- encabezada por la triple alianza de Estados Unidos con George Bush Jr, Inglaterra con Tony Blair y en escala menor, con José María Aznar, España, que en represalia sufre el atentado de Atocha con sus múltiples consecuencias y resulta el más victimizado de los tres invasores. Se oponen declaradamente a la invasión de Iraq dos naciones europeas, Alemania y Francia, además de Rusia, haciendo las tres un bloque que enciende la suspicacia de Washington con respecto a Moscú… Nadie como Juan Pablo II se empeña -enviando embajadores especiales a Bush y a Hussein- en detener esa confrontación que, una vez desatada, devasta a Medio Oriente y que nadie puede declarar hasta hoy definitivamente concluida.

El clima bélico permanente -“estamos en una Tercera Guerra Mundial por etapas” dirá ya en 2013 el Papa Francisco- abre espacio para que Estados Unidos incorpore a la OTAN, saltándose lo acordado con Gorbachov, a los países que antes conformaron el Pacto de Varsovia, amenaza que Rusia no puede frenar mientras no alcance su recuperación institucional, económica y en armamento. La presión sube en forma importante de 2015 en adelante: Rusia no acepta la instalación de la OTAN en sus fronteras -propósito cuya imprudencia ha señalado varias veces Kissinger y advierte públicamente el mismo Papa Francisco- siendo que la alianza con los sectores belicistas empoderados en el gobierno norteamericano de Joe Biden ofrece a la Unión Europea, quebrantada y con malas señales en sus elecciones parlamentarias (lo que viene a hacerse particularmente fuerte en 2024), una imprevista raison d’etre en el conflicto ucraniano.

A comienzos de 2022 Rusia lanza una operación militar especial e invade las provincias fronterizas con población rusa en Ucrania, buscando la liberación de su gente y la neutralidad de la nación vecina. En febrero del mismo 2022 se llega a un acuerdo de paz en Estambul entre los gobiernos de Kiev y Moscú, pero la Unión Europea comisiona al británico Boris Johnson -justo quien encabezara el Brexit que separó a Gran Bretaña de aquella- para convencer a Ucrania de declinar el acuerdo y continuar así, hasta hoy, con la llaga de la guerra fratricida entre dos naciones que fueron una, lo cual obliga a preguntarse a qué intereses su prolongación realmente sirve.

Después de la serie de tensiones entre Estados Unidos y China por la cuestión de Taiwan durante el gobierno de Joe Biden, analistas como el ya citado economista y profesor de la Universidad de Columbia, Jeffrey Sachs, o como el cientista político y profesor de la Universidad de Chicago, John Mearsheimer, entre otros, han insistido en que la guerra de Ucrania tiene el caracter de una “proxy war” (guerra instigada por un poder mayor que no aparece envuelto en la contienda), lo que explicaría el ir y venir de las relaciones entre los países noratlánticos -actualmente sumidos en un vértigo caótico- y el estrechamiento de relaciones entre Moscú, Pekín y el sudeste asiático en general.

Cuestión principal en el emerger de la multipolaridad –que paulatinamente se asienta y continua su rodaje- es el fenómeno que comienza a gestarse antes que termine la unipolaridad, con el crecimiento económico de China y más adelante el de India, la mayor población del mundo (hoy con 1.438 millones de habitantes), así como de otras naciones del extremo oriente asiático. Lo que comienza siendo un intercambio comercial Asia – Pacífico (recuérdese que en el caso de Chile ello se remonta a tiempos del gobierno militar), se transforma en un crecimiento, principalmente por parte de China, de primera magnitud mundial.

Lo anterior, junto al hecho de que estos países constituyan más del 50 por ciento de la población del globo, se desarrolla no sin fricciones y con un ánimo de libertad e independencia de esa región del mundo que contrasta con múltiples y antiguos condicionantes, que se arrastran por décadas y en algunos casos por siglos. Está allí el origen, por ejemplo, del BRICS, alianza estratégica originalmente comercial y económica que establecen las naciones más fuertes del sur-global (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), que luego se expande a otros países vecinos, y que adquiere paulatinamente un cariz político y en algún caso también militar.

A pocos años de la caída del Muro y del asentamiento del mundo unipolar dominado en forma incontrarrestable por las potencias occidentales, paralelamente comienza también, aquí y allá, un movimiento migratorio mundial, que crea graves preocupaciones culturales y hasta geopolíticas. Al iniciarse el siglo XXI, dicho fenómeno se transforma en una corriente poderosa y creciente, y mucho más aún en la década siguiente.

La fuerza mayor del movimiento migratorio se hace presente, por una parte, en la frontera sur de los Estados Unidos, proveniente de México y Centroamérica, realidad que alcanza un carácter explosivo al iniciarse la primera presidencia de Donald Trump, en 2017. Por otra, contemporáneamente, en Europa, proveniente de África, alcanzando ribetes dramáticos en puntos como el cruce del Canal de la Mancha hacia Inglaterra y, en el sur de Italia, donde muchos cientos de personas, habiendo pagado lo imposible para embarcar, naufragan en precarias “pateras” al atravesar el Mediterráneo. Esto último lleva al Papa Francisco a Lampedusa para clamar conmiseración, nada más iniciar su pontificado, en 2013.

Acerca de las consecuencias culturales del fenómeno migratorio, haciendo conciencia de sus graves efectos, es obligatorio prestar también atención a su ambivalencia, lo cual ilustro con un ejemplo captado en vivo.

En la víspera de la celebración de Navidad del año 2015, entrevisté en París para el diario El Mercurio al arzobispo de esa milenaria arquidiócesis, cardenal André Vingt-Trois. Abordando, algo muy propio de esos festivos días, el tema de la familia, en respuesta a mi pregunta sobre el estado actual de ésta, me hizo ver que hoy en Francia hablar de “familia cristiana” como realidad sociológica era impropio. Esas familias, me dijo, con excepción de personas en ellas que pueden ser muy buenas y hasta muy santas, son hoy como todas las familias. Hay infidelidad, divorcio, homosexualidad, problemas de género, en síntesis, una fuerte tendencia a la disolución. Interrogado sobre cómo era esto en el mundo de los inmigrantes, la respuesta que escuché al prelado fue sorprendente: son lo contrario de aquello a que la cultura posmoderna ha llevado al francés común: impermeables a ideologías como la de género, sostienen la indisolubilidad de la familia inserta en el contexto cultural del clan. En resumen, el mundo de los inmigrantes, pobre y de una cultural tan diversa a la de Francia, constituye allí el muro de resistencia para esa institución fundamental de la sociedad, la familia.

El boom económico neoliberal impulsado por Reagan y Thatcher, que influirá en el colapso de la URSS y por su parte en el buen comportamiento económico de países emergentes, latinoamericanos y de otras latitudes, irá de la mano con la financiarización de la economía y el fortalecimiento industrial de los países del lejano oriente, a dónde se traslada principalmente la mano de obra, más barata, desde las potencias económicas occidentales, Estados Unidos y Europa. La merma industrial y la desocupación laboral en estas potencias, no tardará más de diez años en comenzar a inquietar, para transformarse, muy luego, en un grave problema político (el que pervive, por ejemplo, como trasfondo del fenómeno Trump).

Entre tanto, dos importantes crisis económicas sacuden el sistema. La llamada Crisis Asiática de 1997 y la Crisis Subprime de 2008, la segunda considerada la peor crisis financiera desde la Gran Depresión de 1929. Ambas precedidas por períodos de excepcional bonanza, auge económico y facilidad crediticia, se extendieron rápidamente afectando a las economías de todo el mundo, produciendo una reducción en la actividad y un aumento del desempleo.

En resumen, al intento de articulación de un Nuevo Orden Mundial que dominó el panorama a fines del siglo pasado siguieron, con sucesivos cambios de velocidad, tiempos de conflicto y desorden bajo el imperio de la fuerza.

El orden internacional creado a imagen y semejanza de Estados Unidos parece haber dejado de existir, proclaman voces experimentadas. Nos falta la perspectiva del tiempo para acertar en la comprensión de lo que está ocurriendo. De cualquier forma -y esto parece fundamental- si la idea de un nuevo orden mundial no ha podido hacerse realidad, bien cabe la pregunta, a la que no faltan mentores, de si acaso este vacío no tiene básicamente su origen en la resistencia a un orden moral que anime y sustente el orden económico, político y cultural. Algo así como aquella nueva síntesis humanista que reclamó Benedicto XVI.

Probablemente sea aquí también que, en último término -puntos más puntos menos-, radique la respuesta a la pregunta formulada por Ricardo Lagos acerca de “la nueva soledad de América Latina”.[16]

Notas

[1] Bajo el epígrafe Cavalier Seul, André Frossard, miembro de la Academia Francesa, amigo e íntimo colaborador de Juan Pablo II, mantuvo 42 años una breve e ininterrumpida columna en la portada de ese clásico diario parisino. En la víspera de su muerte, ocurrida la madrugada del 2 de febrero de 1995, escribió esta líneas que parecen un legado y que dieron término a cuatro décadas de esa culta y siempre ingeniosa página.

[2] Zigmunt Bauman, “Babel – conversaciones con Enzio Mauro” (Trotta, 2017)

[3] Cf. Mario Vargas Llosa, “Tiempos recios” (Penguin Random House, Madrid, 2019)

[4] SOCIETAS, Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales. Año 2010, Nº 12.

[5] Un aspecto que impresiona a William Thayer en su conversación final con Frei Montalva, el año 1968, antes de dejar el ministerio para asumir la rectoría de la Universidad de Valdivia, es el auge y declive del maritanismo, filosofía de cuño europeo cristiano y moderno, de enorme gravitación en la primera mitad del siglo XX. El año 1964, coincidiendo ser el de la abrumadora mayoría de la DC en Chile, al finalizar el Concilio Vaticano II el Papa Pablo VI reconocía personal y públicamente a Jacques Maritain, en cuyo pensamiento se inspiraba el Partido de la DC entonces en el gobierno, como el gran filósofo cristiano del siglo XX. “Cinco años después -arguye Thayer- en Chile de eso no quedaba nada de nada”.

[6] Es interesante observar que Henry Kissinger, en el primer tomo y en el segundo de sus voluminosas “Memorias”, interrumpe su análisis geopolítico y universal para dedicar sendos gruesos capítulos a Chile, cuya gravitación en ese plano no era ya menor. En el primero de ellos se refiere así a los años sesenta, tiempos de Kennedy y Johnson en EE.UU. y de Frei Montalva en Chile, mirada retrospectiva pero informada de un tiempo en que aún no ocupaba la Secretaría de Estado. Indica que a los 300 millones de dólares aportados por su país a la campaña presidencial de Frei, se suman más de mil millones de dólares americanos en ayudas políticas durante su gobierno. Como se recuerda, condición sine qua non de la Alianza para el Progreso (suerte de Plan Marshall para América Latina) era la reforma agraria, la cual, por motivos para averiguar, tuvo en Chile un carácter radical, de confrontación ideológica y material no visto en el resto del continente.

[7] Henry Kissinger, “Memorias” (II), pág. 314, refiriéndose a Chile.

[8] H.Kissinger, “Memorias” (II), pág. 373

[9] Publicado por Editorial Patris, de Santiago, en noviembre de 1992, fue reeditado por la misma editorial -con prólogo del académico y Premio Nacional de Humanidades, José Rodríguez Elizondo- en noviembre de 2022. Traducido al francés, fue presentado en París en junio de 2024, bajo el título “Le commencement de l’histoire” (Editions St.Leger), con prefacio de Chantal Delsol y posfacio de Henri Hude.

[10] El P.Angel Graff llegó a Chile a finales de los años cincuenta, proveniente de la Archiabadía de Beuron, en Alemania, para reforzar como otros monjes de allí la fundación benedictina de Las Condes, en Santiago. Al igual que algún otro de sus hermanos de comunidad, así el Hno.Balthasar, durante la Guerra habían sido sacados de su monasterio y llevados a luchar en Rusia. El P.Angel solía contar varias interesantes experiencias vividas en ese azaroso tiempo. Mas hacía ver también aspectos positivos, así por ejemplo la fe “catacumbal” que descubrían a su paso en villorrios campesinos de las estepas rusas por las que avanzaban camino a Moscú: era frecuente, relataba el Padre Ángel, que identificados por los pobladores como religiosos, éstos, humildes campesinos, les enseñacen a estos soldados “enemigos”, los escondites donde escondían y guardaban de la usurpación por la policía soviética, sus íconos sagrados.

[11] Juan Pablo II, “Centesimus annus” n.31

[12] Ver “El comienzo de la historia”, Ed.Patris, 2022 – Cuadernillo especial en sitio www.pvs.com

[13] Adviértase que la expectativa de vida entre los varones bajó en esa década a los 53 años de edad.

[14] Así por ejemplo Alexander Zinoviev, que en las elecciones presidenciales de 1996 apoyó al Partido Comunista.

[15] Es interesante y contrario al sentir de la prensa occidental la opinión de Benedicto XVI sobre Vladimir Putin que consigna en su monumental biografía Peter Seewald, donde cita libros anteriores con sus entrevistas al pontífice. Dice este Papa: “Creo que él, Putin -que es, por supuesto, un hombre con afán de poder- de algún modo intuye la necesidad de la fe. Es un realista. Es consciente de que Rusia padece a causa de la destrucción de la moral. El ser humano necesita a Dios; eso lo ve él con toda claridad”. (Peter Seewald. “Benedicto XVI, una vida”, p.885 – Ediciones Mensajero, Bilbao, 2020). Cabe asimismo registrar la “discusión” entre el Papa Francisco y la periodista argentina Elizabetha Piqué quien, en una de las últimas de sus muchas entrevistas televisadas, lo interpela por haber afirmado que Vladimir Putin es un hombre de cultura: “es una persona muy culta con la que se puede conversar asuntos verdaderamente muy interesantes” (replica el pontífice argentino, en medio de un palabrerío que pareciera fuese a acallarlo).

[16] “La nueva soledad de América Latina” – Ricardo Lagos Escobar (Editorial Debate, 2022)