Conflicto, conflictividad, conflictología. El genio de la guerra
“Homohomini lupus” (Hobbes)
El filósofo argentino Ricardo Maliandi, tanto en su estudio “Conflicto y Cultura” (1984) como en sus escritos sobre ética convergente, destaca que la conflictividad es inherente a las relaciones humanas. De igual modo, Chesterton decía que el pólemos, la oposición, funda modos culturales de vida.
Puede decirse que la conflictividad es una cualidad de lo humano. A través de la oposición a otros se construyen identidades personales y colectivas. La Otredad es siempre causa o resultado de conflictos. Puede estudiarse, en distintos discursos, la diferencia entre hostilidad (como disposición psicológica), la agresión (como disposición a dañar) y la violencia (como disposición a usar la fuerza de modo inadecuado) (Lolas, 1991).
No toda conflictividad es destructiva. Es motivo de análisis cuándo y por qué puede transformarse el conflicto en lucha o guerra. Al respecto son ilustrativas las reflexiones de Erich Fromm en Anatomy of human destructiveness (1973). Sin embargo, es necesario separar la guerra de cualquier forma de conflictividad interpersonal. Aunque la influencia de personalidades influyentes no puede negarse (la pregunta de Thomas Carlyle sobre la importancia de los “héroes” o las individualidades en el acontecer histórico debe quedar aquí sin respuesta), la guerra entre naciones demanda movilizaciones colectivas, espíritu bélico y compromiso social, además de argumentación jurídica. Sin duda, las motivaciones económicas pueden estudiarse en casi todos los conflictos, independientemente de otras. Por ejemplo, el belicismo del Tercer Reich alemán no es atribuible solamente a la ideología totalitaria, las ficciones racistas o la personalidad de un líder carismático, sino también a los intereses de poderosos consorcios industriales (e.g. Krupp) que incluso mantuvieron su producción (aunque modificada a tenor del tratado de Versalles de 1919) durante la República de Weimar y cosecharon fuertes dividendos al reorientar su producción durante la Segunda Guerra Mundial.
La estrecha relación entre historia, civilización y guerra puede rastrearse hasta los más antiguos testimonios poéticos y literarios. En Occidente, basta recordar que los poemas homéricos tienen como fundamento la guerra, sus causas y sus consecuencias. Las culturas antiguas en general glorificaron la guerra como fuente de honor y prestigio, a la par que el respeto debido a las castas sacerdotales (Salinas Granda, 2021). Es posible conjeturar que la creación de las ciudades, generando simultáneamente castas gobernantes y castas sacerdotales, y una interacción entre personas no pertenecientes a un mismo grupo familiar, propiciara la necesidad de asegurar espacios vitales y defender el territorio propio. La aparición de murallas en los sitios arqueológicos sugiere que la defensa se hizo importante en algún momento (Watson, 2005).
En el segundo volumen de ElEspectador(1917), José Ortega y Gasset comenta el libro de Max Scheler Der Genius des Krieges und der deutsche Krieg, publicado en 1915 (durante la Primera Guerra Mundial). El libro de Scheler, uno de los más preclaros filósofos alemanes de la época, trata la guerra en general en la primera parte y, en la segunda, hace consideraciones sobre el conflicto entonces vigente. Entre sus asertos se encuentra la afirmación de que la guerra no es mera expansión de violencia física sino “controversia de poderío y voluntad entre las personas espirituales y colectivas que llamamos Estado”. Su finalidad es “poderío espiritual” y, si bien en la guerra hay violencia, no es ésta lo que la define. La guerra es el principio dinámico de la historia y la paz es solo adaptación al sistema de poderes determinado por guerras precedentes que crean nuevas realidades históricas. Aquella época fue fértil en escritos a favor y en contra de la guerra; el de Scheler es interesante porque refleja un nacionalismo basado en “supremacía espiritual” y “necesidad de espacio vital”. Este concepto fue usado más tarde por la ideología nacionalsocialista bajo el término “Lebensraum” (espacio vital). Una ética y una metafísica de la guerra, como las de Scheler y Ortega (crítico del primero), proceden de una época en que aún no existían directrices claras sobre Derecho internacional y no se había constituido la Sociedad de Naciones. Es interesante señalar la nota sublimatoria del filósofo alemán, que separa la enemistad en el plano humano de la necesidad de impulso guerrero, con alguna frase despectiva hacia otras naciones (por ejemplo la belga) que entonces no mostraban, en su opinión, la disposición honrosa hacia la idea de nación que consideraba loable. Otro libro relevante es KriegundAufbau, en el que Gadamer y Scheler (2023) destacan que las guerras producen Estados que determinan restablecimiento del orden y la reconstrucción.
Desde el término de la Segunda Guerra Mundial la cantidad de guerras ha aumentado. Eran 16 en 1946 y en 2024 este número ascendía a 61. No todas reciben la misma atención que la invasión de Ucrania en 2022, el ataque a Gaza de 2023 o el conflicto entre Irán e Israel. Lo que ocurre en Sudán y otras regiones de África reciben menos atención. La intervención de la Organización de Naciones Unidas (ONU) ha sido insuficiente para detener las contiendas, lo que recuerda la incapacidad de la Sociedad de Naciones para impedir el rearme alemán antes de la Segunda Guerra Mundial. Es indudable que la ONU, controlada por cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad con poder de veto, y la insuficiencia de las disposiciones del derecho internacional no impiden conflictos.
Guerra y paz. La irenología como discurso de la paz. Formas del pacifismo
Así como la salud se define no solamente por la ausencia de enfermedades o trastornos, la paz no es solamente la ausencia de guerra sino la quizá utópica esperanza de una vida plena en las comunidades. La salud también se asocia al “silencio” orgánico. Igualmente, la paz es el “silencio” y la armonía del cuerpo social, no perturbado por malestares y tensiones. Ya Rudolf Virchow, el creador de la “patología celular”, pensaba que la medicina debía velar por la salud del individuo y la política podría ser la medicina de lo social, previniendo trastornos y curando desarmonías.
Conflicto y guerra constituyen aspectos fundamentales de la narrativa histórica de todos los tiempos. Junto a descripciones de gobernantes, personajes ilustres y características de épocas son materia de reflexión filosófica, social y económica.
Entre las diferentes concepciones existe la noción de “guerra justa”. Por ejemplo, las Cruzadas cristianas fueron concebidas como “Bellum Deo auctore”, un conflicto demandado por Dios, la defensa de la fe cristiana amenazada por el Islam y la concesión de indulgencias y privilegios a quienes participaran en ellas. Un bando o una nación justifican la agresión militar en virtud de alguna causa justa. Puede ser conquista de territorios o preeminencia, como fue el caso de las Guerras Púnicas, que enfrentaron a Roma y Cartago, o la Guerra del Peloponeso, descrita y analizada por Tucídides no solamente como historiador sino también como combatiente, las innumerables guerras europeas como las de los Cien Años, de los Treinta Años o de los Siete Años. En otra categoría pueden estudiarse las guerras civiles, así llamadas cuando una parte o grupo dentro de una nación combate a otra, como la Guerra Civil Española, en que tanto la República como el Bando Nacional se propusieron “salvar a España”. El concepto es lo suficientemente ambiguo como para incluir, por ejemplo, las llamadas “guerras de independencia” protagonizadas por las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Se enfrentaban, en una comunidad imperial, distintos grupos que aspiraban a hegemonía.
Henri Hude (2024), citando a Santo Tomás, indica que una guerra puede ser llamada justa si obedece a una causa justa, es dictada u ordenada por una autoridad legítima y tiene intención adecuada. Es obvio que los vencedores siempre tienen la posibilidad de aseverar la justicia de su causa y de que se han respetado condiciones tales como necesidad militar, proporcionalidad en el uso de los medios y discriminación. De este último principio dice Hude que señala la necesidad de distinguir entre combatientes y no combatientes, lo cual permite distinguir “guerra” de “acto terrorista”, pues éste no distingue y ataca en forma indiscriminada. Hay que recordar que el miedo es un arma poderosa, al igual que otros recursos, como someter al oponente a hambre y restricciones. Un análisis histórico y filosófico se encuentra en Salinas Granda (2021).
Puede aludirse a los estudios sobre conflicto y guerra como “polemología”. En cambio, “irenología” alude a estudios sobre la paz. Denominaciones para disciplinas académicas que se ocupan del estudio multifactorial de los conflictos internacionales y las amenazas a la paz. Paz no sólo es ausencia de guerra, sino concepto positivo que incluye la justicia, el desarrollo económico y social equilibrado y el conocimiento y respeto mutuo entre las naciones. El símil médico, frecuentemente usado, equipara la paz a la salud. Ésta es silencio orgánico y espiritual, sensación de equilibrio y plenitud. Aquélla silencio social, sensación de seguridad y tranquilidad.
El pacifismo es una forma de reflexión social, histórica, académica, filosófica y jurídica. Con variantes normativas se opone a las causas de guerra y conflicto, o a las formas en que se manifiestan. Numerosas iniciativas de “PeaceStudies”, “HistoryofPeace” intentan, desde el ámbito académico, justificar la oposición no sólo al hecho bélico en sí sino a contextos asociados como el nacionalismo, el militarismo, el patriotismo, la exaltación de la heroicidad y la masculinidad, por solo citar algunos. La nutrida bibliografía sobre esta idea, imposible de resumir, debiera considerar “la paz perpetua” de Kant, texto entre irónico y utópico, las obras literarias de León Tolstoi, Berta von Suttner, Erich María Remarque (que causó revuelo en su momento) y tantas otras, como asimismo escritos como los de William James, Bertrand Russell y otros pacifistas. La oposición a las guerras ha tenido muchas motivaciones, desde la óptica feminista como protección de hijos y esposos, la apelación a concordias universales e internacionalismo solidario, hasta concepciones políticas que proponen resolver primero los conflictos locales antes que las disputas internacionales (como ocurrió durante la Guerra Civil Española, en que el bando republicano en Cataluña discutía sobre dar prioridad a la revolución social o al conflicto armado que dividía a la nación).
Una motivación esencial para reflexionar sobre estos asuntos es moral (Hude, 2024; Escobar y Ovalle, 2014). Las justificaciones de la guerra y del pacifismo tienen muchas facetas, desde la social a la económica, pero tras ellas palpitan sentimientos morales y, también, una estética social asimilable a la armonía de la obra artística. Jakob Burkhardt, en su estudio sobre el Renacimiento italiano, sugiere que el Estado es como una obra de arte, creación humana para satisfacer las necesidades de plenitud y felicidad asociadas a la condición humana. A ello se agrega después, en el pensamiento de Max Weber, la noción de que el Estado es el garante del uso legítimo de la fuerza para lograr los fines superiores de la armonía, la concordia, la solidaridad y la reciprocidad.
Los pacifismos de los siglos XIX y XX, la defensa de la objeción de conciencia, la evitación de daños personales y sociales, y los efectos deletéreos de las contiendas sobre los combatientes y sus líderes, no siempre ofrecen soluciones y son moralmente cuestionables. Sus objeciones suelen ser superadas por la idea de la defensa personal y nacional, el orgullo patrio o consideraciones económicas. La misma creación de instituciones supranacionales como la Sociedad de Naciones y la Organi- zación de Naciones Unidas, proclamando la necesidad jurídica de velar por la paz como un bien, no impidieron ni impiden conflagraciones y vulneración de los derechos humanos a escala global; su misma estruc- tura mantiene asimetría entre naciones poderosas y naciones menos poderosas, contradiciendo la tesis central de todo pacifismo, que es el equilibrio, la serenidad, la equidad y el respeto.
Es destacable el pacifismo de los movimientos internacionalistas derivados del marxismo y la socialdemocracia, ejemplificados por la postura del diputado Adolf Bebel, interlocutor de Engels y Marx y fuerte opositor a la política expansionista propugnada por Otto von Bismarck, que llevó a la creación del Reich alemán bajo la dinastía Hohenzollern, de tan breve existencia (1871-1918). En nombre de la solidaridad universal del proletariado, las reuniones internacionales se oponían al nacionalismo y el patriotismo; el argumento sirvió para atacar estas doctrinas en estados totalitarios europeos (como el Tercer Reich alemán o el fascismo italiano).
La dimensión antropológica de la guerra
El registro etológico sobre el conflicto grupal es ambiguo (Lorenz, 1963; Eibl-Eibesfeldt, 1979). Las especies animales vertebradas se comportan de modo violento y letal por motivos de supervivencia. Para Konrad Lorenz se trata de determinaciones biológicas que no autorizan a hablar de crueldad o maldad. Un instinto destructivo contra los miembros de la propia especie determina comportamientos relacionados con la posición social, la defensa del territorio, la posesión de pareja o los recursos alimenticios. Son elocuentes sus descripciones sobre cómo la agresión se detiene cuando el adversario muestra signos de rendición o acatamiento y las necesidades básicas, alimentarias y reproductivas están aseguradas. Un caso interesante procede de la primatóloga Jane Goodall, quien presenció una verdadera guerra civil entre chimpancés africanos, divididos en facciones a la muerte del macho alfa indiscutido.
Las declaraciones de organismos internacionales y reuniones de expertos (Sevilla) declaran que no existe un instinto biológico de antagonismo en los seres humanos; un lema de la UNESCO declara que la guerra se incuba en el corazón humano y es por lo tanto allí donde debe fraguarse la paz.
Es probable que el origen de la guerra como institución se encuentre en la evolución humana, en la transición entre nomadismo y sedentarismo, el establecimiento de ciudades, la necesidad de proteger propiedad y bienes y las transformaciones de la organización social, desde la banda, la tribu o el grupo hasta los estados-nación. También puede invocarse la escasez de recursos naturales y la necesidad de mayores espacios vitales, limitados por la invención de las “fronteras”. Antropológicamente, las sociedades patrilineales suelen caracterizarse por la migración de mujeres fuera y la permanencia de los hombres dentro del grupo de origen, lo que en parte explicaría por qué las guerras han sido asunto más de hombres que de mujeres. Éstas, como combatientes, son más letales y aguerridas que los hombres, toda vez que morir puede ser una opción menos horrible que ser sometida a vejámenes.
La guerra antigua, caracterizada por el combate cuerpo a cuerpo o armas arrojadizas, obligaba a desarrollar tácticas como la falange romana o las formaciones de hoplitas; en ellas, los lazos de amistad o parentesco entre combatientes ayudaban a superar el miedo y el desfallecimiento individual. La complejización de lo bélico y la anonimidad de la destrucción de otros, al no verlos u oírlos, permite suponer que la sensación individual de transgredir una solidaridad de especie se atenúa. Los sistemas automáticos y las armas no personalizadas hacen más remoto el sentimiento individual y la posibilidad de “moralinjury” o estrés postraumático se reduce o es más soportable. La Primera Guerra Mundial inauguró considerar las patologías de la guerra en individuos por los sacrificios de la lucha de trincheras y los nuevos armamentos (gases tóxicos, aviones y tanques), algo no completamente eliminado en guerras posteriores. El combatiente individual suele ser apoyado por instrucción adecuada, disciplina y medios farmacológicos como alcohol y drogas euforizantes que reducen el cansancio y aumentan la capacidad física y mental.
Es conveniente reflexionar sobre las justificaciones de la guerra. Aparte de las motivaciones patrióticas o nacionalistas, en muchos casos proceden de liderazgos personales o corporativos, sin los cuales es impensable la movilización social que supone el esfuerzo bélico. No es irrelevante que a menudo hay un acontecimiento juzgado crítico para comenzar una guerra. Por ejemplo, la “defenestración de Praga” en 1618 fue instigada por los “nacionalistas” bohemios contra el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Fernando II; fue una conflagración europea que la Paz de Westfalia (1648) detuvo, aunque imperfectamente. El asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando en 1918 generó el ultimátum a Serbia respondido por los apoyos de Rusia y la conformación de alianzas que desencadenaron la Primera Guerra Mundial. Los monarcas de Rusia, Inglaterra y Alemania eran parientes y antepusieron el honor nacional a los lazos de parentesco (la monarquía inglesa, de origen alemán, cambió su nombre). Se dice que el asesinato del líder conservador Calvo Sotelo apresuró la determinación de los generales que se alzaron en 1936 para “reformar” la Segunda República Española e inició la Guerra Civil que terminaría en 1939 con el triunfo de las “fuerzas nacionales” y el “movimiento” de la Falange Conservadora.
Independientemente del valor que un determinado historiador asigne al “hecho decisivo”, es conveniente reflexionar sobre las condiciones sociales y económicas que han precedido a los conflictos. Se revela a veces que los estados se preparaban con antelación para el conflicto y no es infrecuente que tales “sucesos” puedan ser intencionadamente provocados. Recuérdese solamente la “provocación” que Hitler denunció en los Sudetes y justificó invadir Checoslovaquia en 1938. Hay indicios de que Estados Unidos habría acelerado su producción bélica y espiado a los ciudadanos americano-japoneses antes del ataque a Pearl Harbor en 1941, y que consideraciones económicas estaban en discusión antes de la Primera Guerra Mundial por parte de políticos del Imperio Austro- húngaro y el Segundo Reich Alemán. Nunca será demasiado investigar la noción de “causa” y “evento desencadenante” en las conflagraciones. La investigación histórica está influida por la cambiante perspectiva que introducen el tiempo y las ideologías.
Formas y manifestaciones de la guerra
Una taxonomía permitiría distinguir entre guerras de conquista y de supervivencia, guerras de expansión, guerras religiosas o ideológicas y “guerras civiles” si los combatientes pertenecen al grupo humano que comparte territorio y lenguaje. También hay guerras con propósito de limpieza étnica o eliminación de grupos considerados subhumanos o no merecedores de respeto por etnia, ideología o clase. Los argumentos para justificarlas suelen referirse a la limpieza de la propia nación y a evitar su decadencia. La noción de genocidio, creación del siglo XX, suele requerir algunas condiciones como autoridad irrestricta, un grupo oligárquico en control del poder y la información, la convicción de que los grupos indignos merecen aniquilación y el acatamiento popular a las disposiciones de la autoridad.
La exaltación popular que en Francia y el Segundo Reich Alemán antecedió a la contienda de 1914 podría atribuirse a convicciones populares, generadas y exaltadas por la propaganda. Una enemistad ancestral entre “franceses” y “alemanes”, exacerbada por el conflicto franco-prusiano de 1870 y la pérdida de Alsacia-Lorena con la derrota de Sedán, bastarían para que el Premio Nobel de 1915 fuera concedido a Romain Roland, quien en “Juan Cristóbal” elogia la amistad entre personas de esas nacionalidades. Se premiaba el espíritu de concordia y la necesidad de paz, argumentos convincentes para imponer a los vencidos onerosas y humillantes condiciones, como las impuestas al Reich Alemán en 1919 y los famosos catorce puntos de Wilson, que generaron un indudable “revanchismo” y permeó toda la época de la República de Weimar, contribuyó a la propaganda nacionalsocialista y anticipó la ruptura de la inestable paz que reinó entre 1919 y 1936. Es casi indudable que se trató de una “paz armada” y los felices años 20 exhiben manifestaciones en la vida académica, literatura y el arte del período, con sus “innovaciones” como la Bauhaus y movimientos estéticos de “avant garde”.
Las guerras, en ejemplos que merecen estudio, están prefiguradas por cambios sociales y económicos que afectan a las comunidades. Tanto en Alemania como en España la crisis económica de 1929-1931 condujo a enfrentamientos internos y alteró el orden social. La República de Weimar y la Segunda República Española fueron seguidas por dictaduras.
La tesis de Elias Canetti en “Masse und Macht” es que las convulsiones sociales y el caos hacen añorar liderazgos fuertes.
Las guerras fueron en épocas antiguas asunto de campos de batalla. Estrategia y táctica requieren especialización y experiencia. El uso de armamentos sofisticados, como el tanque, exigió especialistas, como asimismo expertos en sistemas de comunicación y computación, además de conocimiento avanzado sobre el enemigo a través de inteligencia y formas de combate en guerrillas y maquis.
Es táctica de guerra debilitar al enemigo cortando sus suministros, bloqueando sus vías de comunicación y destruyendo mediante propaganda su sentimiento de unidad o nacionalidad. Cada forma de guerra persigue una finalidad específica: eliminar combatientes, derruir la moral, impedir el uso adecuado de recursos o la movilidad de las poblaciones. Se ha impuesto la noción de que la “población civil” debiera ser protegida, como si eso hubiera sido de estilo en los conflictos. Baste recordar los bombardeos de Coventry o Dresden en la Segunda Guerra Mundial, o el despiadado ataque a poblaciones en las guerras balcánicas post Yugoslavia.
Estudiar las guerras supone conocer sus antecedentes, las figuras de quienes lideran, las percepciones colectivas y los medios económicos. No siempre éstos han determinado victorias. Se precisa además disciplina, jerarquía, mando único e irrefutable. La experiencia enseña que éste es esencial; así lo destacan los teóricos militares y se comprueba con ejemplos históricos como la Guerra Civil Española o el Desembarco en Normandía de 1944. La cohesión social y la coherencia entre fines y medios son también factores importantes en la doctrina bélica.
La polemología militar. La guerra como arte y como disciplina
«Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo pero no al enemigo, por cada victoria obtenida sufrirás también una derrota. Si no conoces ni al enemigo ni a ti mismo, sucumbirás en cada batalla” (Sun Tzu)
Sun Tzu, nacido como Sun Wu, vivió entre los años 544-496 AC y preparó su tratado en trece capítulos para ser presentado a algún caudillo en una época muy bélica de la antigua China. Sus aforismos y sentencias se citan a menudo porque aluden no solamente a asuntos militares sino a las disposiciones interiores de combatientes y líderes, aplicables tam- bién a situaciones de conflictos interpersonales o grupales.
El general prusiano Carl von Clausewitz (1780-1831) escribió, además de unas “Confesiones” (Bekenntnisschrift) de 1812, un conjunto de textos, Vom Kriege. Hinterlassenes Werk, publicados póstumamente en 1832 por su esposa Marie von Brühl.
Distingue entre Propósito, Fines y Medios de la guerra, que es en su opinión “la continuación de la diplomacia (o la política) por otros medios”, si bien en su texto de 1812 introduce la noción de autoafirmación de un pueblo. No solamente reflexiona sobre estrategia y táctica. Analiza historia y contingencias y destaca que toda planificación, aunque detallada y cuidadosa, debe considerar azares imponderables.
Algunas de sus ideas, también expresadas por su mentor, Gerhard von Scharnhorst, son las siguientes:
- La aproximación dialéctica al análisis militar, contrastar opiniones y considerar alternativas.
- La necesidad de estudios históricos para contextualizar causas y procesos.
- La noción de “balance de poder” y las relaciones entre objetivos políticos y militares.
- Los conceptos de “defensa” y “ataque” contemplando asimetrías, y la idea de “genio militar” basada en el estudio de campañas como las lideradas por Federico el Grande de Prusia y Napoleón Bonaparte.
- La distinción entre “guerra absoluta o ideal” y “guerra real”; en la segunda se advierte la posibilidad de una guerra limitada o de hacer que el enemigo se vuelva indefenso.
- La estrategia es un arte (con intuiciones y ocurrencias), en tanto la táctica es una ciencia.
- Las guerras y su desenlace son impredecibles, pese a lo simple que puedan parecer sus fundamentos. Detalles de último minuto pueden decidir batallas y las batallas ganadas no implican triunfo en la guerra.
En la guerra franco-prusiana de 1870 suele advertirse la experiencia y disciplina del ejército prusiano y las habilidades tanto del canciller Otto von Bismarck, quien la hizo aparecer como respuesta a una agresión, como del general Helmut von Moltke, destacado estratega. Es interesante destacar que el propio Bismarck, tras la exitosa guerra franco-prusiana de 1870 y la fundación del II Reich alemán en 1871 (Versalles), sostuvo posteriormente que la diplomacia debía tener preeminencia para evitar futuros conflictos. Estaban éstos prefigurados por la anexión de Alsacia y Lorena, como lo demostró la contienda de 1914-1918, que restituyó estos territorios a Francia y dio lugar a nuevos deseos de revancha concretados en la Segunda Guerra Mundial. El breve II Reich (1871-1918) fue un estado militarista, heredero de la tradición prusiana de Federico el Grande, cuyos generales estuvieron siempre estudiando la tesis de los “dos frentes” que sería inevitable en el futuro. Quienes sucedieron a von Bismarck, especialmente von Moltke, más las decisiones erradas del Kaiser Guillermo II, no imaginaron que la Primera Guerra Mundial destruiría el delicado equilibrio europeo causado por el expansionismo prusiano y la unificación alemana bajo su preeminencia. A ello debe agregarse la necesidad del Imperio Británico de evitar competencias comerciales y militares con la pujante economía germana que caracterizó al Segundo Reich y la avidez por apoderarse de los territorios del decadente Imperio Otomano.
Las condiciones de las guerras exitosas
El registro histórico revela algunos aspectos que, en retrospectiva, parecen predecir victorias o al menos triunfos parciales (aunque los resultados finales sean negativos). Invita a meditar sobre qué es una “guerra exitosa”, porque en la larga duración histórica no parece que ninguna haya conducido a la paz perpetua o el alivio de las condiciones de vida. Entre estos factores pueden señalarse:
- El liderazgo individual parece ser un factor importante, lo que se traduce en el “mando único”.
- La exaltación de sentimientos de cohesión grupal, materia de propaganda y de alineación ideológica de las poblaciones.
- La cuidadosa planificación logística, estratégica y táctica.
- La preparación ante contingencias e imprevistos.
- El conocimiento del terreno y del enemigo.
- El apoyo social y político para las fuerzas en campaña.
- La disposición de recursos materiales, humanos y educativos adecuados.
La guerra como metáfora
El discurso bélico es una potente metáfora. La emplea Tucídides en sus conocidas arengas de jefes militares y líderes políticos que emplean la metáfora médica en algunos casos (hay una enfermedad que debe curarse) y en otros la guerrera (se combate contra las injusticias o el predominio de los otros, siempre “bárbaros”). Obsérvese que la metáfora bélica permea también el discurso médico: “lucha contra el cáncer”, “victoria sobre la muerte”, “atacar las enfermedades”, “balas mágicas para combatir infecciones”. Como en el belicismo real, el dilema de toda terapia es destruir lo malo y preservar lo bueno, implícito en la noción de especificidad del agente terapéutico. El ideal lo expresó Paul Ehrlich al desarrollar el “salvarsán” (sulfonamida) como una terapia específica.
Norbert Wiener, anticipando los desarrollos de la cibernética y la ulterior “inteligencia artificial”, al abordar la automatización del conflicto, advertía que instruir a un computador a “ganar la guerra” podía ser desastroso si además no se le programa para evitar la destrucción del propio país (Wiener, 1964).
Algunas ideologías políticas se basan manifiestamente en la metáfora bélica. La “lucha del proletariado” o “contra las injusticias” siempre cala hondo en las conciencias. La utopía de la guerra que terminará con todas las guerras y traerá la paz perpetua no se condice con las condiciones sociales que afectaron y afectan a los “socialismos reales”. Los encendidos discursos de Rosa Luxemburgo en la época de Weimar o de Dolores Ibarruri (la “Pasionaria”) en la Segunda República Española muestran la paradoja de usar el discurso bélico para conseguir la paz. Esta antinomia persiste en muchos movimientos pacifistas. Bertrand Russell, que hasta fue encarcelado por oponerse a la guerra de 1914, cambió su opinión y justificó la contienda “antinazi” en la época de la “batalla de Inglaterra” de 1940.
Las expresiones culturales y la guerra
No se precisa mucha reflexión para descubrir que la guerra es telón de fondo de numerosas obras literarias o de ficción. Baste recordar a León Tolstoi, Berta von Suttner, Erich María Remarque, William Thackeray, George Orwell o José María Gironella para advertir que es argumentalmente atractivo antes, durante o después de una confrontación armada utilizar contiendas para crear escenarios ficticios que se apoyan en hechos bélicos reales y a menudo permiten formulación de tesis en defensa de alguna posición ideológica. Los “Episodios Nacionales” de Galdós son un ejemplo; aunando hábil ficción y pretexto histórico llevaron la historia española a masas de lectores y sirvieron para difundir sus propias convicciones.
El cuadro “Guernika” de Picasso se cita frecuentemente como un clamor pictórico contra la brutalidad del bombardeo alemán e italiano en el País Vasco durante 1937. Hay quienes afirman, sin embargo, que fue una comisión recibida por el pintor para celebrar el arte taurino y que la República Española la consideraba para la exposición universal de París anterior al conflicto civil. Las atrocidades de la guerra están magníficamente representadas en cuadros de Francisco de Goya y, sin duda, quien contemple los fusilamientos del 2 de mayo se sentirá impactado por la injusticia de la Guerra Peninsular y la invasión napoleónica, aún hoy rememorada como oportunidad de liberación nacional. La exaltación patriótica que deriva de contemplar cuadros de batallas importantes o de héroes nacionales es de obligada reflexión, como asimismo la amplia producción artística relacionada con “efemérides guerreras”, sean éstas de victoria o derrota como Lepanto, Breda, Mühlberg, Austerlitz, Waterloo, Leipzig o Iquique. A ello debe sumarse la fotografía y el cine como productos culturales que cultivan lo bélico con intenciones entre artísticas, políticas y comerciales.
Es conocido el “Coral de Leuthen”, obra musical que perpetúa la memoria de la batalla de Leuthen y el triunfo del ejército prusiano durante la Guerra de los Siete años en 1757. Sirvió para una película de propaganda en 1933, en los albores de la Alemania nacionalsocialista, destacando el valor del arte en el ideario belicista de un régimen autoritario.
Sin duda alguna, la industria cinematográfica ha sido instrumental en rememorar guerras, proponer puntos de vista o reflejar la doble faz (heroica y terrible) de toda contienda. El cine ha desempeñado el papel de promotor de guerras, estímulos a la población para aceptar o desear la guerra, críticas a la conducción de la política y el conflicto, y reconstrucción (a menudo sesgada) de enfrentamientos militares.
Tampoco puede ignorarse la influencia del espíritu bélico en la moda y el arte. La firma Hugo Boss desarrolló una rentable industria con el diseño de los vistosos uniformes que usarían las Allgemeine-SS y las Waffen-SS. Los diseñadores que prepararon las dagas y anillos que recibían aquellos cuerpos armados fueron beneficiados casi tanto como aquellos que producían las condecoraciones oficiales del ejército (por ejemplo, la Cruz de Hierro). Casi todos los regímenes totalitarios imponen además una estética oficial, que si bien no se relaciona directamente con la guerra, contribuye a la cohesión social y a la unanimidad que demanda la preparación para conflictos. Baste recordar la exposición sobre “Entartete Kunst” (arte degenerado) auspiciada por el nacionalsocialismo alemán y la monumentalidad de los edificios de la era soviética en sus territorios para sospechar que el espíritu de supremacía y la valoración de lo propio siempre se han entendido como manifestación de poder, elemento de disuasión y exaltación de los valores patrios.
Consecuencias de las guerras
Incluso aquellas guerras destinadas a terminar con todas las guerras tienen consecuencias de todo orden. Aparte de la destrucción y la pérdida de vidas humanas, a menudo se ha producido un reordenamiento territorial de consecuencias prolongadas. Ocurrió después del congreso de Viena, que reordenó el mapa europeo, al igual que después del congreso de París de 1919, que concluyó con el ominoso tratado de Versalles. En él no solamente se crearon estados derivados de los imperios destruidos (alemán, otomano, austrohúngaro), lo cual introdujo una “cartografía postbélica” de consecuencias negativas (naciones-estado que no respetaron fronteras étnicas o lingüísticas, pequeños estados que servirían para protección de las potencias vencedoras, por ejemplo), sino también la noción de “reparaciones por culpabilidad” que recayeron en el Segundo Reich alemán. Quizá por primera vez en la historia se calculó no solamente el costo económico de la destrucción de infraestructuras sino también el valor monetario de las vidas humanas y las reparaciones a viudas y deudos. Esto resultó en una deuda gigantesca, calculada entre otros por el economista John Maynard Keynes, que perduró hasta bien entrado el siglo XXI (2010) para Alemania. Versalles constituye, en opinión general, el fermento de futuras contiendas, por lo que el intervalo entre 1918 y 1938 puede considerarse una “paz armada” que posibilitó la expansión de movimientos sociales extremistas, como el fascismo y el comunismo, y concluyó, como es bien sabido, en la Segunda Guerra Mundial. Durante el período de la República de Weimar en Alemania, aunque se intentó destruir la capacidad industrial, no se pudo evitar que ésta se reconstituyera con relativa rapidez y que la producción de armamentos fuera posible con grandes ganancias para empresas como Krupp y Thyssen.
La medicina y la guerra
Las relaciones entre medicina y guerra pueden abordarse desde distintos puntos de vista: el impacto del esfuerzo bélico en las ciencias médicas, los efectos de la guerra en la salud de las poblaciones o el diseño de dispositivos y políticas para prevenir trastornos en personal militar y población civil.
Las guerras han influido en el desarrollo de procedimientos y tecnologías médicas. Muchas bajas entre combatientes no se producen por combate sino por afecciones y enfermedades, las que a veces superan a aquellas.
En tiempos de guerra, la urgencia y el volumen de heridos obligan a desarrollar técnicas quirúrgicas, protocolos de triage y métodos de transporte, como asimismo acciones de prevención y educación. Durante las guerras napoleónicas se instituyó formalmente el concepto de “triage” para priorizar a heridos según gravedad o urgencia. La Primera Guerra Mundial, con su guerra de trincheras y nuevas armas, incluidas químicas y bacteriológicas, produjo avances en cirugía reconstructiva y atención de traumas físicos y psicológicos. La Segunda Guerra Mundial dejó innovaciones, entre ellas el uso de antibióticos como la penicilina y mejoras en transfusiones de sangre. Las afecciones psicológicas afectan a los combatientes y son conocidos los casos como el “soldier´sheart” y otros trastornos funcionales, incluyendo el trastorno por estrés postraumático (PTSD) y el concepto de “moral injury”, que supone una tensión entre creencias religiosas o conciencia moral y las obligaciones del soldado en batalla. Los combatientes han sido a veces premunidos de medios farmacológicos como el alcohol, tranquilizantes y estimulantes (como el “Pervitín” que se empleaba en Alemania), además de entrenamientos específicos para conciliar el sueño, dominar el miedo y mantener ecuanimidad frente al dolor.
Las acciones bélicas, directa o indirectamente, afectan la salud de las poblaciones. El asedio de plazas incluye en ocasiones privar a los habitantes de agua e insumos básicos para alimentación y cuidados sanitarios. El terror inducido por bombardeos y las necesarias limitaciones en cuidados médicos son componentes habituales de las contiendas y se documentan profusamente. Restringir suministros o desarticular cadenas de abastecimiento suele ser parte de la táctica bélica. Sorprendentemente, según indicaba Arthur Jores, la demanda por atención médica se redujo en época de conflicto, lo cual, ciertamente, se explica no solamente por la destrucción de instalaciones sino también porque la preocupación por el estado bélico y una menor atención a las propias dificultades individuales.
Como en el caso de las catástrofes naturales, las autoridades deben considerar medidas sanitarias preventivas, desde educación hasta anticipación de daños probables. Asimismo, diseños más ergonómicos y uso de armas no tripuladas constituyen avances significativos en la ingeniería bélica. La calidad del material militar determina la eficiencia en combate y mayor seguridad y satisfacción para el personal. Ello incluye las medidas de protección, mejoras en las comunicaciones y entrenamiento adecuado en el uso de armamentos.
Puede afirmarse que las guerras han constituido estímulos para el progreso en estas diferentes áreas y el complejo militar-industrial se beneficia induciendo cambios en la conducta de las personas respecto del uso de dispositivos y de sus aplicaciones.
Conclusiones
Toda conclusión sobre guerra y paz es por fuerza imposible. La profesión militar ha estado asociada siempre a las condiciones políticas y sociales de las naciones, y la conflictividad humana no es algo que pueda resolverse con declaraciones o esfuerzos diplomáticos. Es importante, sin embargo, reflexionar y extraer conclusiones de la historia, de la manifiesta y pública como de la desconocida, que solamente el continuo estudio del pasado puede iluminar. No existen explicaciones puramente psicológicas, económicas o sociales, pero el intento por comprender quizá contribuya a disuadir a las personas de que las guerras pueden evitarse. A lo sumo, pueden minimizarse sus efectos deletéreos e inspirar el pensamiento sobre la moral y el Derecho, especialmente si las guerras se han vuelto “inhumanas” y se luchan con máquinas, dispositivos de influencia psicológica y medios informáticos.
Referencias selectas
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Fernando Lolas Stepke (1948), tras concluir sus estudios secundarios en el Liceo Alemán de Santiago, estudió medicina e historia en las Universidades de Chile y de Heidelberg (Alemania), especializándose en psiquiatría y medicina psicosomática. Trabajó como investigador en neurofisiología y psicofisiología en Chile y Estados Unidos. Con el apoyo del Deutscher Akademischer Austauschdienst (DAAD) y de la Fundación Alexander von Humboldt realizó investigaciones en medicina psicosomática y ética médica. En 1989 fue nombrado Profesor Titular de la Universidad de Chile, posición que también tiene en la Universidad Central de Chile desde 2020. Fue incorporado como Miembro de Número a la Academia Chilena de la Lengua en 1991 y al año siguiente nombrado Correspondiente Hispanoamericano en la Real Academia Española de la Lengua. También es miembro honorario de la Academia Chilena de Medicina y la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Dr. Honoris Causa por diversas universidades latinoamericanas. Fue Director del Programa de Bioética de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y miembro del Comité Internacional de Bioética de la UNESCO. Sus publicaciones científicas en inglés, español, alemán y francés se suman a libros de ensayos editados en Chile, Argentina, España y Brasil. Integra el comité editorial de numerosas revistas especializadas en psiquiatría y bioética y en 2024 fue nombrado Comendador de Número de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V.