No todo el mundo estará familiariazado con el concepto que envuelve el título de este artículo. En la nomenclatura clásica trátase de una guerra instigada por un poder mayor que de suyo no se envuelve en ella. La “proxy war” fue característica en los 45 años que duró la Guerra Fría entre Occidente liberal y la Unión Soviética comunista y sus satélites. Pareció desaparecer del espacio global durante los veinte años que siguieron al colapso ideológico, político y económico del Este comunista, el momento unipolar. Pero al comenzar la segunda década de este siglo, ya está de vuelta.
Comienzo por recordar al inolvidable Papa Francisco que nos cuativó y también desconcertó con sus salidas de libreto fogosas y, nadie podrá ponerlo en duda, animadas siempre por un fuerte amor a la verdad, se tratase de los bosques de su “querida” Amazonia, de distintos abusos del clero o de la alta jerarquía, bien de los conflictos internacionales que aquí y ahora nos ocupan. Ya en 2013, a pocos meses de haber sido elegido, empezó a acostumbrarnos con la advertencia de que estamos en medio de “una tercera guerra mundial por etapas” (coincidente, añadió a menudo, no con una “civilización de cambios” sino con “un cambio de civilización”). No había cumplido diez años en el cargo, y ya varias otras señales significativas, en un mismo sentido, habían resonado desde su cátedra (aunque esto, como se dice, “por sabido se calla y por callado se olvida”). Recuerdo algunas de aquel período de “precalentamiento” respecto del cuadro actual. En enero de 2022, a un mes de producirse la anunciada operación bélica rusa al interior de las fronteras de Ucrania y la consolidación por Moscú de la conquista del Donbass, Francisco declaró públicamente estar muy preocupado por la profusa instalación de armamento occidental en las fronteras de Rusia, hecho cuyas reacciones, conociendo mínimimante la historia, podían preverse (aunque perfectamente pudo hacerlo, no hubo entonces mención suya explícita a la OTAN ni a reflexiones anteriores, en esa misma dirección, del experimentado Henry Kissinger). Apenas iniciados los hechos de armas, estableció una línea directa de comunicación con Kirill, Patriarca de Moscú, y jefe de la Iglesia Ortodoxa rusa, con el que varias veces se comunicó telefónicamente. La estrecha relación entre ambos pontífices venía ya de febrero de 2016, cuando los dos se reunieron en La Habana para firmar una “Declaración Conjunta”, uno de los documentos más clarividentes acerca del mundo actual que se hayan escrito (su representatividad, para atenerse a un parámetro que gusta tanto usarse, suma a los 1.400 millones de católicos en el mundo
que dan las cifras oficiales, los 150 millones de fieles que congrega el patriarcado de Moscú más, eventualmente, otros tantos millones de ortodoxos bajo otros patriarcados). Fue continua y muy cuidada, hasta el final de la vida de Francisco, esta relación, sobre cuyo alcance volveremos.
Que “la proxy war está de vuelta” no es en ningún caso una afirmación antojadiza. El conocido economista de la Universidad de Columbia y, por experiencia propia, autorizado analista de la conflictual situación internacional de los últimos años, Jeffrey Sachs, no se ha cansado de recordarlo. Fue testigo presencial en 1991 de la disolución de la URSS así como del acuerdo de Gorbachov con George H.W. Bush de que, disuelto el Pacto de Varsovia, Occidente no ocuparía militarmente esos territorios; vió y vivió asimismo, en primera persona -bajo la anterior mencionada presidencia y bajo la de Clinton- la completa negativa de Estados Unidos de apoyar económicamente a Rusia, futuro posible aliado, que desesperadamente luchaba contra el cumplimiento de la fatídica profecía de Leontiev (“será más difícil para Rusia salir del socialismo real que caer en éste”). En la embajada de Washington en Moscú quien cubría entonces el análisis de la política interna rusa era la inefable y luego famosa Victoria Nuland.
Cuando agobiado por los problemas y agotado en su salud, Boris Yeltsin renunció en 1999 a la presidencia en favor de su primer ministro Vladimir Putin -quien debió ratificarla mediante elecciones el año 2000- Rusia no estaba en condiciones económicas, políticas ni culturales de resistir la avalancha en su contra, cumpliéndose respecto de ella, por parte del mundo globalizado que campeaba en la unipolaridad, aquello de que “del árbol caído todos hacen leña”. De regreso en Rusia, Solzhenitsyn (+2008), otrora glorificado en nuestro hemisferio cuando desde su exilio en Vermont criticaba con profundidad inigualable al régimen soviético, era vituperado por el NYT y otra prensa emblemática, en la misma línea que hoy los gobernantes de Rusia. Tal era la confusión reinante, que no faltó quienes pensaron que un mal menor podía ser volver al comunismo: otro conocido disidente soviético, exiliado en Alemania y que en 1988 nos visitó, Alexander Zinoviev (+2006), apoyó al Partido Comunista en las elecciones de 1996. Fue tan sólo llegada la década del 2010 que Rusia tuvo realmente fuerza para hacer oír sus argumentos, si bien ya en 2007 había hecho presente a Europa y Estados Unidos que la instalación de bases de la OTAN en sus fronteras -Ucrania o Georgia, pues su imposición en los países bálticos había sido ya lograda- constituía un “desafío existencial”. Era atravesar una línea roja tras la cual podrían esperarse las peores consecuencias.
Sería inoficioso y demasiado largo detallar el desarrollo en esa región del planeta de aquella advertencia que recordáramos del Papa Francisco en el sentido de una “tercera guerra mundial en etapas”, desnudamente ejecutada, además, según el modelo de la proxy war : la oposición occidental y por último el derrocamiento de expresidente ucraniano Yanucovik; la revolución de Maidán y la instalación en Ucrania un gobierno anti-ruso con la activa participación en las designaciones por parte de la secretaria para las relaciones exteriores norteamericana Victoria Nuland (famosa una grabación telefónica en la que Nuland designaba a los políticos ucranianos a los que EE.UU. debía favorecer, concluyendo con un “fuck the EU”); los Acuerdos de Minsk sobre el Donbass, con el patrocinio de Francia (Hollande) y Alemania (Merkel) y el burlesco “cese de fuego” con que se defraudo a Rusia; el boicot occidental, con la agencia de Boris Johnson, al acuerdo de paz alcanzado por Ucrania y Rusia en Estambul a un mes de iniciado el conflicto en 2022; y así…
El cultivo de la rusofobia en Occidente, la artificial y absurda identificación del régimen actual en Moscú con los propósitos imperialistas soviéticos, la graciosa transformación de exmarxistas occidentales (epígonos de una posmodernidad que les acomoda más que sus viejas creencias), abanderados hoy de la lucha contra el i-liberalismo, que identifican con todo lo que se opone a sus pretensiones, son algunos de los hechos que componen el artificioso cuadro de la guerra cuyo verdadero escenario es Europa y cuya víctima es Ucrania.
Debemos insistir en cuan alejado a un mundo en paz -de “tranquilidad en el orden”, según la definición de San Agustín- va todo esto pareciéndose cada día más. A riesgo de ser reiterativos, consideramos un ejercicio interesante, para quien quiera descansar su espíritu en un realismo cultural que ayude a visualizar los hechos -con luz que no ofrecen de ningún modo los medios- abrir por ejemplo el libro de Peter Seewald, “La Biografía”, dedicado a Benedicto XVI, en su sexta parte (n.66), donde el Papa Ratzinger vuelca sus impresiones recogidas en las muchas visitas que le hizo Vladimir Putin al Vaticano, personalidad ex profeso transformado por los medios occidentales en monstruoso agente de la trágica actual realidad. Junto con apreciar en él a un gobernante que le importa el poder, subraya que sus preocupaciones centrales están en torno a la fe y la moral del pueblo ruso. Algo similar oímos poco antes de morir, este preciso año, de boca del Papa Francisco, en una de esas muchas entrevistas televisivas que realizaba con periodistas que conocía. Fue el caso de su conversación, a semanas de fallecer, con la argentina Elizabetta Piqué, quien le observa su desconcierto por haber él dicho “que Vladimir Putin es una persona muy culta e inteligente”, lo cual el Papa, colocado por su connacional en la necesidad de hacer ruido, reitera como opinión suya con convicción y claridad. Cuando escuchados y observados sin prejuicio, hay que hacer extensiva también esta impresión a personalidades con mayor visibilidad en los medios, así el canciller Sergei Lavrov o el vicepresidente de la Duma, Pyotr Tolstoi, evidentemente más cultos, racionales y propiamente estadistas en su argumentación que los diversos gobernantes europeos sentados con Donald Trump en torno a una mesa en la Casa Blanca, el lunes 18 de agosto del presente año.
La paz y la no violencia está hoy en manos de todos. No puede ella siquiera acercarse sin la verdad por delante, lo cual puede ser muy ajeno y hasta contrario a la “corrección política”. Esto concierne no sólo a los contendientes sino -por las características de la cultura comunicacional dominante- a cada uno de los habitantes del globo.