En este día de homenaje, el Padre Fernando María Cavaller, presidente de la Asociación de Amigos de Newman de Argentina, comparte esta breve semblanza del último de los doctores de la Iglesia.

Nacido en Londres en el año 1801, ejerció durante más de veinte años como clérigo anglicano y miembro del colegio de Oxford llamado comúnmente Oriel. Tras estudiar con gran empeño la historia de la Iglesia primitiva, fue progresivamente atraído hacia la fe católica y finalmente, en el año 1845, fue recibido —como él mismo decía— en el único redil del Redentor. Ordenado presbítero católico en 1847, fundó en Inglaterra el Oratorio de San Felipe Neri. Escribió muchas obras sobre diversos temas con gran impacto. Alabado como un pastor humilde y ardiente, que había iluminado grandemente a la Iglesia con su inteligencia, en 1879 fue incorporado al Colegio de Cardenales por el papa León XIII.
Murió en Birmingham el 11 de agosto de 1890. Fue inscrito en el número de los santos en 2019 y declarado doctor de la Iglesia por el Sumo Pontífice León XIV en el año 2025.
De los Escritos de san John Henry Newman, presbítero y doctor de la Iglesia.
Apología Pro Vita Sua, Capítulo V: Position of My Mind since 1845, London 1878, pp. 238-239, 250-251.
Desde que me hice católico, ya no tengo, naturalmente, más historia que contar de mis opiniones religiosas. Al decir esto, no quiero dar a entender que mi inteligencia haya estado ociosa, o que he dejado de pensar en asuntos teológicos, sino que no tengo cambios de los que dar cuenta ni inquietudes ni perplejidades de ningún género. He vivido en paz y tranquilidad y no he vuelto a tener ninguna duda. Tampoco he advertido, después de mi conversión, cambio alguno en mi manera de pensar o querer. No he tenido una fe más firme ni más consciente de las verdades fundamentales de la revelación, ni más dominio de mí mismo; tampoco he tenido más fervor. Pero me parecía haber llegado por fin al puerto, como quien ha sido sacudido por las olas; por eso, hasta el día de hoy me considero continuamente feliz.
Tampoco he experimentado la menor turbación al aceptar los artículos de la fe que no se encuentran en el Credo anglicano. Algunos ya los creía antes, pero ninguno supuso para mí graves dificultades. Hice profesión de cada uno de ellos al ser recibido en la Iglesia católica con la mayor facilidad, y con esa misma facilidad creo ahora en ellos. No pretendo negar que cada uno de los artículos del Credo cristiano, aceptados tanto por los católicos o por los protestantes, están envueltos en dificultades intelectuales que personalmente me veo incapaz de resolver. Y aunque muchas personas son especialmente sensibles a los problemas de la religión, de los cuales yo soy uno, nunca pude ver, sin embargo, una conexión entre captar esas dificultades —por agudas que sean y por muchas que existan— y la duda sobre las doctrinas con las cuales están vinculadas. Pues me parece que diez mil dificultades no pueden engendrar ni una sola duda, puesto que las dificultades no son equiparables en modo alguno a las dudas. Pueden darse dificultades, claro está, al intentar probar la doctrina; pero yo me refiero a dificultades intrínsecas a las mismas verdades, o a la relación de unas verdades con otras. Uno puede estar muy fastidiado por no poder resolver un problema matemático –le hayan dado o no el resultado–, pero no por eso duda de que ese problema tiene solución y que una solución determinada es la verdadera. Según mi parecer, de todos los dogmas de la fe, la existencia de Dios es el que está envuelto en más dificultades; y sin embargo, es el que se impone con más fuerza a nuestras inteligencias.
Se dice que la doctrina de la Transubstanciación es difícil de creer; yo no la creí hasta que fui católico. No tuve dificultad alguna en creerla, tan pronto reconocí que la Iglesia católica romana es el oráculo de Dios, y que ella ha declarado que esta doctrina forma parte de la Revelación desde el principio. Que es difícil, imposible de imaginar, lo concedo, pero ¿dónde está la dificultad de creerla?
Creo el conjunto del dogma revelado tal como ha sido enseñado por los Apóstoles; tal como ellos lo confiaron a la Iglesia y tal como la Iglesia me lo ha enseñado a mí. Lo recibo como interpretado infaliblemente por la autoridad a la cual está confiado y recibiré igualmente cuanto esa misma autoridad interprete hasta al final de los tiempos. Me someto también a las tradiciones de la Iglesia universalmente aceptadas, en las cuales está incluida la materia de estas nuevas definiciones dogmáticas que se hacen de tiempo en tiempo; tradiciones que en todos los siglos ofrecen texto y ejemplo al dogma católico ya definido. Me someto asimismo a aquellas otras decisiones de la Santa Sede, teológicas o no, que proceden a través de los instrumentos establecidos por ella, dejando de lado la cuestión de si están dotadas de infalibilidad, a las cuales debo al menos obedecer y acatar. Además, considero que gradualmente, en el curso de los tiempos, la investigación católica ha tomado ciertas formas definitivas y se ha convertido en una ciencia con un método y lenguaje propio, bajo la dirección intelectual de los más doctos, como san Agustín, san Atanasio y santo Tomás; y de ninguna manera querría romper tal herencia intelectual que ha llegado hasta nuestros días.