Es corriente en cualquier país que haya vivido períodos de grandes crisis y transformaciones, que a ello sigan épocas de reflexión honda y de observación atenta sobre la evolución de la mentalidad y estado de espíritu del conjunto social.
Nuestro país ha vivido profundas convulsiones en sus últimas décadas, y marcha hoy por un camino de transformaciones cuya envergadura le fue antes desconocida. Nada más natural pues que la reflexión histórica y filosófica sobre dicho proceso. Cesado el apasionamiento inherente a esas confrontaciones, es más fácil indagar en las realidades de fondo que activan la mentalidad nacional y que, por lo demás, condicionan en gran parte la propia opción política.
Con el objeto de entregar su aporte a esta reflexión, cinco autorizadas personalidades de la vida intelectual chilena se reúnen para un debate centrado en esta perspectiva de contenido cultural, en el amplio sentido de la palabra. Otras voces podrán manifestar pareceres distintos a los aquí expresados. No cabe duda, sí, que los cinco participantes –todos ellos de larga trayectoria docente en las universidades chilenas y que como autores han reflexionado en numerosas oportunidades sobre estos temas- se encuentran entre los más calificados para debatir públicamente sobre estas materias. Son ellos el filósofo Jorge Millas, el historiador Mario Góngora, el antropólogo y filósofo de la ciencia Félix Schwartzmann, el sociólogo Hernán Godoy y el psiquiatra Armando Roa.
América latina es el producto del más importante proceso de mestizaje cultural que el mundo moderno haya presenciado. Un proceso de encuentro que se viene dando ya por cinco siglos. ¿Es la nuestra –la de los chilenos- una cultura verdaderamente mestiza?
Millas: Tiendo a entender que el mestizaje cultural es el resultado de una interfertilización de dos culturas, y lo que yo veo en este caso es más bien la ruptura bastante brusca de una historia y el comienzo de otra. Tengo la impresión de que América es el teatro en donde Europa comienza una nueva historia, pero no el teatro en que las viejas culturas americanas sigan desenvolviéndose. Todo lo que tenemos de indigenismo es folklore, y lo que de americano y original tiene América es el haber intentado adaptar valores religiosos, políticos, lingüísticos, morales y otros a la circunstancia de América, a su naturaleza, a su desenvolvimiento social característico, originado en la Colonia. Pero cultura mestiza americana, yo no la veo.
Roa: Partiendo del concepto de interfertilización de culturas, en el fondo todas las culturas se podrían llamar mestizas. La cultura griega, por ejemplo, salvo cuando alcanza su esplendor, es el resultado, en los siglos previos, de una serie de culturas. Dentro de América yo creo que lo autóctono sigue teniendo vigencia, aún cuando pueda ser más fácil discernir la presencia de lo español, si se quiere.
Godoy: Creo que en Chile las influencias que vienen del mundo aborigen son mucho menores que las que se pueden observar en otros países americanos donde lo autóctono alcanzó un desarrollo cultural más avanzado. No obstante, en los medios rurales y populares, mientras más alejados de los centros urbanos se encuentren, se observan aspectos de lo indígena. Véanse la toponimia, las formas de juego, la alimentación.
Góngora: Los indios chilenos no configuraron una alta cultura precolombina, como los de México o Perú. No han podido así aportar rasgos de mestizaje culturalmente tan considerables como los de aquellos países. Por ejemplo, no hay en Chile –como en otras zonas americanas- templos de planta europea y decoración indígena. El indio pacificado no aspira sino a transmutarse en español: adopta su religión, apellidos, usos, costumbres, vestuario. Pero, sin duda, en el inconsciente popular chileno hay atributos indígenas que se podrían detectar en aspectos del folklore o en rasgos como la propensión al vagabundaje, aunque a esto último también concurren trazos de carácter popular hispánico.
En cuanto a la cultura, yo no veo aquí lo que se pudiera llamar una cultura en el sentido de las grandes morfologías de la historia, como son, diríamos, la cultura griega o la china. Es decir, una unidad de vida con forma acuñada y que se desarrolla dentro de esa forma, yo no la veo en América desde la llegada de los europeos. Es como un nuevo mundo –así lo bautizaron desde el primer momento-, como un gran territorio abierto a ser colonizado y en que permanecen pueblos indígenas.
Por el momento, lo que yo veo es no una gran cultura latinoamericana o chilena, sino oleadas, movimientos y hombres de cultura. No una forma acuñada, viviente, que se desarrolle.
Roa: Ya a priori me parece que la influencia araucana tiene que ser grande en un pueblo que fue el único capaz de luchar contra la mayor potencia de Europa en un momento dado y que después siguió resistiendo durante tres siglos. No creo que un pueblo amorfo y sin cultura fuerte pueda defenderse tres siglos. Quizás esos tres siglos puedan equivaler perfectamente a lo que significaron las pirámides mayas u otra cosa. No lo sé.
Hay algunos caracteres que pudieran ser indígenas, no sé si araucanos propiamente, pero en todo caso indio en lo nuestro y que me parece útil señalar. Uno, la tendencia al comportamiento estanco, a ser herméticos, a vivir cada uno en lo suyo, inmerso en su propia actividad y desconociendo absolutamente la actividad incluso de sus amigos de igual categoría. Otro rasgo de igual origen es la tendencia a la instantaneidad, como que vivimos el momento. No tenemos proyectismo hacia el futuro y no nos importa el pasado. Curiosamente, habiéndose dicho que el pueblo chileno es un pueblo de historiadores –una frase tan repetida-, es más bien un pueblo que les importa a los historiadores, pero en el que su propia historia no le importa al común de la gente.
-Ahora, es curioso que eso va a parejas con un cierto apego a las formas adquiridas. O sea que el chileno por lo común en aquello que se acostumbró, en aquello quiere permanecer. Lo que falta, más precisamente, es la sensibilidad de la tradición, ¿no es verdad?
Roa: Lo que existe aquí es atavismo y no propiamente una tradición. No hay apego a la tradición y eso es muy grave.
Millas: Es enriquecedora esta conversación; sin embargo, yo no veo razón suficiente para modificar mi postura un tanto heterodoxa. Es claro que toda cultura que se trasplanta recibe y absorbe el influjo de las condiciones en que tiene que reacomodarse. Eso lo vivimos nosotros en los orígenes de nuestras repúblicas. La cultura científico-tecnológica que surgía en Europa y se imponía por todas partes fue también nuestro norte. Y es una cultura tecnológica la que terminamos nosotros por absorber, lo cual acabó, por supuesto, con todo el pasado latinoamericano. A consecuencia de ello, en este momento estamos en un destino común con el mundo entero, aun cuando nuestro instrumento para la ejecución de esa gran melodía universal tenga todavía un poco los aires de la trutruca.
Unidad, cultura y civilización
-Llegados a este punto y habiéndose tratado sobre el origen de lo cultural entre nosotros, sobre la presencia o no presencia de caracteres autóctonos, convendría abordar otros aspectos. Por un lado, esclarecer lo dicho acerca de la falta de unidad y la influencia de movimientos aislados que dan su tónica a la cultura chilena. Y por otro, indicar hasta qué punto tienen vigencia entre nosotros los trazos culturales de lo hispánico –el modelo social del caballero, por ejemplo, o en un sentido más extenso el concepto de honra-. Así como otros caracteres culturales históricamente posteriores y que podrían denominarse imitativos, como la influencia de lo francés, de lo inglés y de lo norteamericano, entre otros.
Góngora: En relación a la unidad o no unidad de la cultura chilena, creo, como dije, que no es ésta una forma viviente que se está desarrollando en continuidad en su historia, sino que hay oleadas, movimientos, hombres de cultura, los que entiendo como formas fecundas que poseen cierta duración. Haciendo un breve catastro: en la Colonia llamaría yo oleada la presencia de los jesuitas. Influyen en el clero, en los criollos cultivados, en la arquitectura de sus residencias y dan incluso algunas individualidades importantes al final de la Colonia, como Molina y Lacunza. El jesuitismo da cierta forma al chileno culto.
La enseñanza del derecho entregada por las universidades forma también al jurista, o sea, la profesión laica más importante y de la cual salen los legisladores y los políticos. Andrés Bello es un hombre de cultura en el sentido que educa dentro de un humanismo moderno franco-inglés a dos o tres generaciones de la capa culta de Chile. Produce un tipo muy característico de hombre ilustrado, que tiene ideas claras, que se expresa correctamente, con una cultura gramatical y jurídica muy propia de nuestro mundo hasta comienzos de siglo. También Valentín Letelier influye en las capas cultas y en cierta clase de profesiones con una concepción general del positivismo.
En este siglo yo diría que el mayor formador de cultura, el que ha desencadenado una oleada cultural más rica, es Vicente Huidobro. Como decía Eduardo Anguita hace algunas semanas, fue la suya una influencia anímica que trajo al provincialismo literario una oleada de la poesía francesa viva del momento. Trajo también la figura del único tipo humano que permanece incólume y respetado entre nosotros. A diferencia de los clérigos y juristas de otros tiempos, que constituían el gran patrón cultural, el gran modelo pasó ahora a ser el poeta, quien es además nuestra contribución de mayor nivel a la cultura occidental.
Yo me pregunto a veces si ha existido cultura religiosa viva en Chile. Tenemos, como mencioné, a un gran visionario y utopista como Lacunza y en el siglo pasado, en un nivel docente, a un filósofo del derecho y profesor de filosofía y teología mística como Rafael Fernández Concha. En este siglo, yo mencionaría como ejemplo de espiritualidad religiosa a Juan Salas Infante. Hay, claro está, religiosidad popular, espontánea, viva, rica; pero “cultura” religiosa, me parece que es uno de los aspectos más pobres en Chile. Como que ha habido pocas crisis suficientes para hacer madurar una cultura religiosa entre nosotros.
En resumen, veo trazos culturales que no se unifican, no logro ver la semilla que se desarrolla, no logro ver la unidad orgánica de cultura, pero sí estos movimientos que duran algo.
Roa: Con respecto a las influencias esporádicas en nuestra vida cultural, yo diría que ese vivir de entusiasmos que luego pasan, caracterizan lo puramente embrionario de nuestra cultura. Hay un gran maestro que puede ser Bello o puede ser otro, pero tan pronto ese maestro que asume el rango de algo carismático desaparece, comienza el agotamiento, hasta que surja una nueva moda. No vemos escuelas, como en Europa, o sea, gente que continúe al maestro, si no con la misma categoría, al menos con una dignidad alta.
Góngora: Pienso que se puede afirmar, a pesar de lo que dice Armando Roa, que algunas figuras han dejado una huella más durable y que no se ha tratado de un carisma pasajero. Yo diría, por ejemplo, que en este siglo –a mi juicio el más rico de nuestra historia cultural- la cultura poética, pictórica y arquitectónica ha sido de valor y ha mostrado cierta duración generacional. Ahora, tengo presente la diferencia entre cultura y civilización, y creo que por eso justamente se caracteriza toda América. No hay aquí una cultura en el sentido profundo, pero hay una civilización, que es la irradiación de una cultura que se transmite por una educación y que da ciertos hábitos mentales y sociales.
Lo hispánico, la caballerosidad y la honra
Godoy: Me parece interesante en la pregunta que se ha formulado lo concerniente al modelo social del caballero. Creo que esto tuvo vigencia y que permanece en el subconsciente. Tengo la impresión de que éste es un país con bastante presencia y fibra española, y, a través de España, de todo el mundo mediterráneo.
Roa: Creo que se tiene razón cuando se liga la honra con la virtud. Desde luego la ligó con la virtud Cervantes cuando decía: “Donde no hay virtud no hay honra”. Tengo la impresión de que a nosotros la honra se nos queda un poco en lo externo, en una cierta puntillosidad. La honra, en cambio, que podría consistir en la responsabilidad del desempeño de un cargo, en la responsabilidad de hacerse hombre a sí mismo, de verdad que no la veo mucho, sin querer decir con ello que no exista. Yo creo que cualquier chileno al que se le llame en este momento para ser ministro, para ser rector, y si hubiere Parlamento para ser senador o diputado, acepta de inmediato. Como que todo el mundo se encuentra capaz para todo y piensa que, por último, “en el camino se arreglan las cargas”. Esa falta de responsabilidad interior acusa a mi juicio una situación en que la honra está bastante disminuida.
Otro aspecto que me parece importante destacar con respecto a la caballerosidad es la generosidad. Donde no hay generosidad no puede haber cualidades caballerescas. Creo que por eso la imagen del caballero está vinculada a la idea de desprendimiento de la vida, a las armas, porque las armas son un símbolo del que se desprende. Se desprende por algo espiritual y trascendente, se entiende, por amor de Dios, de su familia, de su nación o de cualquier cosa así. Por valores superiores que tienen vigencia en su espíritu. Ahora, un aspecto de la generosidad me parece a mí que es la capacidad de agradecer. Saber agradecer lo que otro hace o saber que lo que otro hace es algo que muchas veces se le da a uno gratuitamente. Entre nosotros se tiende, en cambio, a creer que el favor o el bien que uno recibe es como debido. Se agradece formalmente, pero se piensa que era lo que le correspondía al otro hacer. O sea, se ha perdido el sentido de que aquello que se nos da es dádiva. Y sin eso no hay caballerosidad.
Góngora: El chileno tiene el sentido de la aventura y ese sentido es básicamente hispánico. Si la aventura es propiedad de todos los pueblos medievales, España continúa más la odisea, incluso, como forma de narración de la aventura sin aventura. En Chile eso pervive y el rasgo aventurero es una nota fundamental del chileno. Encina ha dicho que todos los chilenos tienen algo de Pérez Rosales. A mí me parece muy cierto eso. Existe el sentido de la aventura, de adecuarse a cualquier oficio, de arriesgar toda la fortuna hasta el momento ganada por encontrar una mina nueva, en que cuesta años llegar hasta la última veta, como lo hicieron Ossa o Urmeneta, los grandes mineros del siglo XIX. Antes que eso, la misma crisis de la Independencia es un llamado a la aventura. Y este rasgo se irradia desde las clases altas hasta las bajas, porque siempre ha existido en Chile esta ósmosis cultural de clases desde la aristocracia como modelo hacia el pueblo. El pueblo es aristocrático, no es un pueblo miserable en el sentido anímico de la palabra.
En el campo intelectual también se da un tipo de aventurerismo parecido, que tal vez perjudique la investigación cuidadosa, metódica, pero que, con todo, le suele dar también elementos intuitivos. El mismo Encina que acabo de nombrar me parece en Historia un aventurero; Nicolás Palacios, toda una aventura, con una doctrina, críticamente hablando, falsa, pero que queriendo basarse en una teoría de la evolución y en una teoría de las razas, construyendo una unión entre lo gótico y lo araucano, llega al final a expresar ciertos trazos reales del pueblo chileno.
Este rasgo aventurero me parece que arraiga en que el español no es básicamente un labrador, como se podría entender que es el labrador francés o chino, agricultor que aprecia íntimamente la labranza de la tierra. Es más bien un ganadero. Y más bien ganaderos son también el americano y el chileno. El terreno se le presenta como algo extensivo, propio a la ganadería y a la minería. De modo que correlativamente a ese trazo sicológico de aventurerismo, hay formas de vida económica que parecen sostener esta característica.
En cuanto al modelo social del caballero, diría que pervivió en las clases altas hasta 1920, hasta que la aristocracia perdió el poder. Después se hace convencional. Pero rasgos del caballero han sido transmitidos, por una natural mediación social, desde la aristocracia hacia el pueblo, pasando por la clase media. En la clase dirigente, entre tanto, hacia 1950 o 1960 ya no es el caballero el tipo dominante, sino más bien el profesional técnico.
Roa: Siempre se ha dicho que el aventurerismo es un atributo muy típico chileno. Es claro que el europeo medieval y el español lo tenían, pero su aventura, a diferencia de la nuestra, terminaba en grandes empresas. No nos fijemos demasiado en las excepciones entre nosotros, aunque las haya, pues la generalidad de la aventura termina en nada. Y a raíz de esto yo me pregunto si, más que aventurerismo, lo que hay no es una especie de incapacidad de perseverar en las cosas, que lleva a migrar constantemente a otras, tanto en lo espacial como en lo laboral.
Alcance sobre lo imitativo
Millas: Me atendré fundamentalmente a lo que se denomina caracteres imitativos en la pregunta. Tengo la impresión de que la imitación no es parte de una auténtica dinámica en la formación de una cultura. Creo que toda imitación cultural es puramente incidental y de efectos locales y que tiende a no dejar huellas profundas. Otra cosa distinta es la influencia cultural que se recibe. Creo que, por ejemplo, el afrancesamiento de la clase alta chilena hacia fines del siglo XIX fue imitativo y que no dejó huella profunda y significativa. Sí, en cambio, la influencia francesa. Es un distingo que me parece bien importante.
Referido al momento actual, yo no me quejo de la indudable influencia que tiene la tecnología en nuestras formas de vida. Creo que es una forma de incorporarnos al mundo, de liberarnos de las limitaciones provincianas en que tendemos a vivir, y de ayudarnos a resolver nuestros problemas con recursos modernos en un mundo moderno. Ni siquiera me quejo de la indudable influencia de ciertas formas de vida y de expresión norteamericanas. Me parece que si la juventud chilena en este momento ha abandonado por completo las viejas formas de diversión, las viejas formas de relación entre los sexos, el viejo romanticismo y está vibrando hoy con la música “disco” después de haber vibrado muchos años con la música “rock and roll”, es porque lo necesitaba. Es porque las viejas formas ya no corresponden en absoluto al estado de cosas del mundo. Ahora, estas formas de influencia yo las separo de la imitatividad. Me parece que cuando los jóvenes en este momento se entregan al delirio de la música “disco”, no están imitando. Ellos están tomando una forma de expresión que la encuentran hecha para necesidades espirituales que en este momento les impone el mundo moderno, a través de formas de vida, de nuevos valores, de nuevos estilos que nos son ajenos, porque en un mundo de comunicaciones universales, las recibimos hasta por el aire.
Tipología chilena
-Se han señalado con frecuencia algunos rasgos del tipo humano chileno que sería tal vez llegado el momento de revisar con mayor detención. Se afirma que el chileno posee un afán de moderación, que es receloso ante las excentricidades y los “tropicalismos”, que aborda oblicuamente sus problemas, que tiene cierta inhibición para exteriorizar la personalidad y pensamiento propios, a pesar de sentir en alguna medida seguridad en sí mismo. El gusto en el vestir, cuidadoso de no llamar la atención, y un uso limitado del lenguaje ejemplificarían en buena medida esa tipología. Como buscando un rótulo para este estilo, nos hemos llamado incluso “los ingleses de América del Sur”. ¿Es éste el tipo propio del chileno? ¿O deben reformularse esos trazos y más bien destacarse otros?
Góngora: Yo diría que la moderación es un rasgo que corresponde sólo a una época chilena. Es un atributo de la aristocracia en la época parlamentaria, la época de la constante negociación. Pero creo que esto, desde el año 20, por decir una fecha simbólica, ha cambiado totalmente. Triunfa entonces una rebeldía social fuerte, importante, que coge a toda una capa de la inteligencia chilena. Aparece el rebelde social universitario, anarquista, independiente, rebelde simplemente por ser rebelde, distinto eso sí del revolucionario, que se enmarca en el Partido Comunista. Viene luego el rebelde intelectual, literario, etc., cuyo paradigma me parece que es justamente Vicente Huidobro. Está también el intelectual desgarrado, lector de la novela rusa y que en su actitud tenía algo de personaje de Andréyev; que se precipita en aventuras intelectuales esotéricas o fabulosas, o que cae en la autodestrucción. Al estilo de Teófilo Cid. Los acontecimientos políticos de las últimas dos décadas en realidad han liquidado totalmente, a mi juicio, este estereotipo de moderación y equilibrio. Desde el año 67 hasta ahora estamos ya en el marco de una guerra ideológica mundial. Realmente yo me pregunto si en este momento Chile sigue siendo Chile. Por un lado, esta lucha ideológica internacional nos ha producido quiebres fundamentales y hemos desarrollado en ella una pasión feroz –en eso somos hispánicos-, y hemos, me parece, revivido en cierto modo el período que antecedió a la guerra civil española y probablemente seguimos en ello. Por otro lado, nos ha llegado un estilo de planificación mundializante, extraño a nuestro carácter y genio.
-¿Y qué rasgos de existencia actual se deberían, a su juicio, destacar?
Góngora: Me gustaría destacar en el chileno su ligereza de entendimiento, su rapidez de comprensión, que nos produce una impresión de agrado a nosotros mismos y a los demás. Es posible que esta ligereza vaya unida a una falta de trabajo metódico, pero en todo caso es una cualidad animadora.
Un segundo rasgo que lo caracterizaría es el aspecto más bien extremo que asume el sentido de la libertad en el chileno. Se entiende ésta en cuanto libertad política, en cuanto libertad económica, o en cuanto libertad de movilizarse, según se quiera, por todo el globo terráqueo. Pero la gran ausencia que yo lamento es la falta de libertad espiritual. Aquella que no consiste sólo en un entender agudo, sino que permite verdaderas expresiones del alma a los hombres de cultura en Europa y en todo Occidente. Aquí uno encuentra unidos a la mayor libertad exterior, de movimiento, etc., ciertos estereotipos que ahogan a la verdadera gran creación. Yo diría también que el chileno es hostil a lo individual, no acepta lo demasiado marcado. Y en esto me parece que pueden entrar diversas causas. Por un lado, el hecho de que la aristocracia nuestra, como toda aristocracia, no estando en su época originaria, de conquista, tiende a ser convencional y rechaza las notas individuales. Segundo, la envidia hispánica, otro rasgo también histórico bastante definido. Y, por último, que quizá tengamos todavía algo de clan más que de cultura definida, y que, en consecuencia, nos choque lo distinto. Creo, con todo, que en estos últimos tiempos la hostilidad a lo individual ha ido disminuyendo, tal vez por el influjo de los poetas o por movimientos juveniles, y hemos tenido así que aceptar lo “estrambótico”.
Roa: Hay un rasgo de inseguridad muy fundamental en los chilenos, que se expresa en el miedo al ridículo, y que puede ser la causa de ese apartarse de la individualidad. En cuanto al coraje y al reciente revivir del mismo que apunta Mario Góngora, yo no estoy muy de acuerdo. Ya los enfrentamientos entre conservadores y liberales en el siglo XIX tenían una tónica de gran violencia, como nos consta por los panfletos que se repartían. Pero no se llegaba a más, seguramente por motivos de parentesco. Con la ideologización que trajo la Democracia Cristiana, primero, y después el marxismo, también se vivieron grandes pasiones, pero a la hora de la verdad, si bien hubo gente del pueblo que se sacrificó, los verdaderos incitadores huyeron. O sea, que ese coraje español inherente a la guerra civil española, más allá de las palabras, yo no lo veo. Creo que somos bravucones, pero que cuando se trata de exponer realmente la vida, ya no estamos tan resueltos. La única revolución grande que hemos tenido ha sido la revolución del 91, en que murieron 10 mil chilenos. Pero fuera de eso el país se ha barajado con motines, con guerrillas de palabras, pero no ha ido más lejos.
-Con ocasión de las Jornadas de la Cultura organizadas por la Universidad Católica, el profesor Roa manifestó que había en el chileno “una falta de sensibilidad para reconocer las jerarquías espirituales auténticas, con exceso de respeto por las jerarquías meramente administrativas o políticas”, y que a su vez éste “desconocía el alcance del ceremonial por aparente amor a la sencillez, cuando lo que ocurre es que hay insensibilidad para rendir homenaje a las cosas altas”. ¿El concepto de sobrio y sencillo que en general el chileno tiene de sí mismo –sobre todo cuando se compara con otros pueblos- es verdadero? ¿Le es difícil al chileno abrirse plenamente a un orden superior de valores del espíritu?
Roa: Naturalmente creo que es así, que lo que en el chileno se llama sobriedad y sencillez, es en el fondo una no apertura a los grandes valores del espíritu. He indicado en otra ocasión que el sudamericano es sensorialmente abierto a los valores materiales (sin referirme con ello a lo económico). Mas por espíritu, en cuanto espíritu, así como lo ha vivido el europeo, no veo que el chileno se juegue. Por lo tanto, no veo cómo se pueda hablar de sobriedad y sencillez en el gran sentido. Para ser sobrio y para ser sencillo hay que tener primero una gran vida espiritual. Estos valores son el fruto espontáneo de una espiritualidad alta y a su vez rica en manifestaciones de todo orden. Con ello no quiero negar que puedan existir impulsos embrionarios que apunten a una alta cultura. Ya se ha dicho que la poesía que tenemos es realmente digna de una cultura de primer orden. Pero, en definitiva, pienso que no somos los “ingleses” de América del Sur, sino más bien un tanto apocados e inseguros.
-Este excesivo apego a las jerarquías administrativas o políticas que usted señala pareciera tener relación con lo que un pensador chileno indicó, afirmando que padecemos una especie de “beatería de la ley”. Sin perjuicio del respeto que merecen la ley y las jerarquías administrativas, esta particular forma de adherir a lo legal, ¿no es una especie de factor sucedáneo que surge para llenar el vacío dejado por esa “falta de sensibilidad para reconocer las jerarquías espirituales auténticas?
Roa: Esa forma de adhesión al orden y esa “beatería de la ley” obedecen a que se vive de un orden externo. Una intensa vida del espíritu lleva a creer en un orden interno, en que están presentes las jerarquías espirituales auténticas, un orden en el gran sentido, como hablaron de él Aristóteles y San Agustín, por ejemplo. Entre nosotros no es así, tiene más bien una connotación negativa, de resguardo de la seguridad, de temor a que moviéndose tales o cuales piezas se pueda caer en el caos. No es un orden positivamente creador.
Godoy: Lo que ustedes señalan me convence de la existencia de un carácter chileno y que no debe ser visto sólo en sus aspectos hermosos, pues a cada virtud se contrapone un vicio, una tara. Comparto la idea de que existe cierto pragmatismo chileno que, en el fondo, es ausencia de vida interior, falta de sentido de la trascendencia. Este aspecto es la nota más oscura. Es curioso, en este sentido, que Chile sea de las pocas naciones de Sudamérica donde, al menos oficialmente, no han existido santos, en tanto que otros países del continente tienen varios. Sin embargo, hay también signos que alientan esperanza.
Schwartzmann: Para nosotros, la lucha por conservar la identidad nacional reside en contribuir a modificar los tipos de desarrollo que amenazan a la humanidad, al extremo de que grandes físicos anuncian una especie de apocalipsis tecnológico. Constituye una utopía pensar en la conservación de la identidad nacional donde no se evalúa la avalancha tecnológica que nos amenaza, y donde tampoco existe una actitud siquiera moderadamente crítica hacia la ciencia, sino que se proclama sin reservas, su desarrollo como supremo valor formador de la comunidad. Las grandes transformaciones de esta era cosmotecnológica sin duda condicionarán cambios en nuestra imagen de la vida y del mundo. ¿En qué sentido nuestras virtudes enfrentarán fenómenos que están más allá de la simple caracterización de crisis o decadencia culturales? No debemos creernos autosuficientes, nuestra identidad sólo puede desplegarse y conservarse como lucha y creatividad, lo cual implica elaborar, desde nuestra concepción del hombre y la vida, nuevas orientaciones posibles para el desarrollo en cuanto cambio histórico.
Familia y cultura
-Para concluir, y retomando lo que se tratara al comienzo sobre los patrones o modelos que han servido a la cultura, hablemos de ese vínculo con la vida del espíritu que es indudablemente la familia. La familia siempre comunica a sus miembros alguna expresión de cultura o civilización, por muy primaria que ésta pueda ser. Pero el problema tiene también otra dimensión. El desarrollo cultural de Occidente, desde tiempos remotos nos muestra a la sociedad familiar vinculada a diversas expresiones culturales que alcanzan su perfección como fruto de la continuidad generacional. Ha habido así verdaderas estirpes, ya sea en el campo de las profesiones liberales, de los negocios, del periodismo, de las artes, de la enseñanza, de las ciencias y hasta del gobierno. Con frecuencia estos conjuntos generacionales han dado parte de su carácter a una región o incluso a un país. En Chile, ¿este fenómeno ha tenido alguna vigencia? ¿Qué papel le cabe hoy a la familia en la transmisión de la cultura?
Roa: Yo creo que este fenómeno, no por cierto con el grado de fuerza que tuvo en tiempos primitivos, se ha dado en Chile desde los comienzos de la Colonia, pasando por el siglo XIX, y hasta más o menos 1920, para dar una fecha redonda, o un poco después. Toda la tradición que nos comunicó España, y a través suyo Europa, así como también la tradición aborigen, se transmitió a través de la familia. Hablo tanto de la familia de la clase alta como de la familia popular, siendo esta última la que conserva hasta ahora una vida propia más intensa. A través de la familia se transmitían desde luego los valores religiosos, las tradiciones, los cuentos, la historia.
Hoy pasamos a una situación radicalmente inversa en la cual la familia hace crisis en Chile y en el mundo entero. A la familia de “cadena abierta”, como llaman los sociólogos –que unía a varias generaciones en torno a la misma casa-, sucedió la “familia nuclear”, es decir, sólo padres e hijos. En este momento la “familia nuclear” pierde vigencia: la convivencia de padres e hijos es, en todo el mundo, cada vez menor. Su papel educacional se ha reducido a una expresión mínima, y, por lo que se refiere concretamente a nuestro medio, la pobreza de la conversación en familia ha bajado tanto, que su papel, por ejemplo en cuanto a conservar la memoria histórica, incluso de hechos elementales y relativamente próximos, se puede considerar nulo.
Algo muy grave está ocurriendo con la familia y esto sí que yo lo encuentro mucho peor que la bomba atómica y que toda la artillería nuclear posible. Nunca el hombre se había enfrentado con algo así. Habrá enfrentado terrores históricos de la más diversa naturaleza, pero el terror que significa la disolución de la familia, ya sea en el sentido que los hijos se desvinculan de los padres o que éstos se los sacan de encima en cuanto pueden, eso es algo radicalmente nuevo.
Frente a lo que digo alguien podría afirmar cosas tan generales como que el hombre ha pasado por peligros peores y que al final se las ha arreglado. En el fondo, es una frase de conformidad que no dice nada. La pregunta planteada me sitúa a mí frente a lo que propiamente me aterroriza en el momento actual.
Schwartzmann: ¿De dónde viene este germen de disolución que es, sin duda, una de las mayores catástrofes que pueda haber experimentado el hombre? Es algo que a mi juicio no puede disociarse del desarrollo de las ciencias, de la tecnología, de la tecnoestructura, o como quiera llamársele. Cada vez esto va siendo peor.
-¿Pero sería una consecuencia del desarrollo tecnológico, piensa usted? ¿No es más bien una ausencia ética y espiritual lo que provoca esto?
Schwartzmann: Sobre eso no me pronuncio. Pero naturalmente que es un factor a lo menos desencadenante, no voy a decir causal. No puede caber duda de que donde se van propagando ciertos tipos de urbanización, ciertos tipos de tecnología, se va disolviendo la familia.
Roa: Yo creo que el aspecto fundamental de esta disolución –que ya se preanunciaba a fines del siglo XIX
y principios del XX, antes que se constituyera en hecho real- está en que el hombre pierde en forma cada vez más absoluta la idea de un mundo trascendente. La vida sólo parece adquirir valor aquí en la tierra, con lo cual prevalece la idea de que debe ser gozada al máximo. Vienen entonces el abjuramiento del dolor y el triunfo del hedonismo.
Todo esto nos está colocando ante un cuadro que no hubiéramos sospechado en otra época y es el de que el amor familiar y paterno pudiese llegar a ser socavado por esta pérdida de trascendencia. En buenas cuentas, el hecho de no creer que haya otra vida o que esto se justifique por cualquier otro valor, aunque sea aquí en la tierra, hace que el amor que se tiene a los hijos vaya pereciendo. Pereciendo a base tal vez de no ejercerlo, porque si cada día lo que busco es el placer, al final me olvido del amor, porque el amor no es sólo placer, sino que también dolor. Y donde no hay disposición para el heroísmo y el dolor, no puede haber amor.
Schwartzmann: Es curioso observar cómo importantes físicos críticos emplean también las expresiones “falta de trascendencia” y “falta de religiosidad”. Son críticos en el sentido de que muestran cómo nuestra ciencia que hace posible estas tecnologías es a la vez un principio de difusión, de desintegración familiar, de desintegración de vínculos. Y hacen un análisis del significado último del instrumento, del aparato, del vivir fascinado por el puro presente.
Roa: Yo me temería que fuera también una forma de nihilismo el poner el acento en la técnica como la causante. Yo no lo creo.
-Hay una ausencia de otro orden cuya importancia para el caso convendría hacer resaltar…
Roa: Una ausencia que primero ya viene del siglo XVIII, que se va acentuando en el XIX y que al final hace que esto se llene con algo. Yo creo que la técnica nos ha llenado la vida “por el horror al vacío”, como decían los físicos. Hay un vacío espiritual y la técnica lo llena.
¿Pesimismo u optimismo?
-Del conjunto de problemas abordados pareciera resultar un balance negativo. ¿Es esto así?
Roa: Podría quizás pensarse eso, pero ante ello quisiera decir que lo negativo no es como se cree lo negador, lo anonadante. Las cosas más ricas que describen muchas veces negando lo que no son. No quisiera, por tanto, dejar la impresión de que hemos sido pesimistas. Cuando hablamos de carácter negativo es porque creemos que es sumamente importante el núcleo que hay por debajo, y yo creo que esto está en algún sentido emergiendo. La generación que hoy tiene entre 15 y 20 años, contra lo que podría esperarse de acuerdo con lo que aquí dicho, muestra inclinaciones bastante sanas y una propensión hacia lo trascendente que sorprende. Creo que es uno de los acontecimientos importantes que está ocurriendo.
Esta mesa redonda forma parte del libro:
