La presencia de André Frossard en Santiago fue algo así como una asamblea universitaria, pero en grado mayor: desde el lunes 9 al jueves 12 de noviembre de 1987, el renombrado escritor francés y amigo muy estrecho del Papa sostuvo, por más de hora y media cada vez, y dos veces al día, la atención de gigantescos auditorios compuestos principalmente de jóvenes, que en algunos casos sobrepasaron el millar de oyentes. Algo sin duda excepcional. Reflexión honda y conmovedora, capaz de calar profundamente en las conciencias, llena de comienzo a fin, de Dios como sujeto y término de conversación.
Su extenuante actividad en la capital concluyó el viernes 13 con un solemne acto en la Universidad Católica de Valparaíso, donde el Gran Canciller, Monseñor Francisco de Borja Valenzuela, le otorgó el grado de Profesor “Honoris Causae”, ocasión en la que André Frossard pronunció la última conferencia pública de su estada.
No fue, sin embargo, todo este contacto con jóvenes y público suficiente para que Frossard se diese por satisfecho en su conocimiento de Chile. Quiso así permanecer unos días más, conversar con distintas personas y apreciar cuanto fuere posible la naturaleza del país. Del fin de semana en el mar pasamos entonces a la cordillera, en cuyas alturas tuvo lugar la presente entrevista.
Preferencias y opiniones
¿Qué lee André Frossard, cuya incorporación oficial a la Academia Francesa en marzo próximo es aguardada como una de las novedades del entrante año cultural galo? Sus preferencias, confiesa, van para los autores ingleses y cita al pasar los nombres de Lewis, Chesterton y Huxley. Entre los franceses cita algunos místicos y a otros que no siéndolo, configuran un cuadro armónico con los primeros: Marie de I’Incarnation, Claudine Huan, Santa Teresa de Lisieux, Simone Weil, Pascal, De Maistre, León Bloy, Claudel y San Francisco de Sales, por quien muestra particular aprecio. Su juicio, en cambio, respecto de cuáles son los escritores más grandes que habría que leer para conocer la literatura francesa no es idéntico: Rabelais, Montagne, Descartes, Pascal, Racine, La Fontaine –“tal vez el mejor estilista”, dice- Bossuet, Saint-Simon, Molière –“que representa muy bien a un francés medio y genial”-, Chateaubriand, Proust… La lista podría ser más amplia todavía.
Repasamos enseguida a los filósofos modernos de la lengua francesa. Algunos nombres sugeridos a propósito por quien redacta estas líneas –Descartes, Voltaire, el ginebrino Rousseau, Sartre- reciben de inmediato las ágiles estocadas del Cavalier Seul de Le Point. Detengámonos en algunas de estas apreciaciones, sobre las cuales admite, de entrada, que con ésos precisamente, no pueden ser muy positivas.
-Descartes, con su “Pienso, luego existo” colocó el primer espejo frente a la inteligencia. Luego la inteligencia colocó otros espejos –“Pienso que pienso que pienso, luego existo”-, ya que el pensamiento puede volver sobre sí mismo indefinidamente. Fue Kant quien planteó esto último y desde entonces la inteligencia está presa en una especie de peregrinaje intelectual de donde no puede salir para conocer lo real. Es imposible. Por consiguiente el señor Descartes le prestó un muy mal servicio al pensamiento.
Pasamos a Voltaire, que se sabe fue una de sus lecturas preferidas en otro tiempo:
-Voltaire ejerce una seducción casi irresistible por el vigor de la lengua. Pertenece a un siglo en que todo el mundo escribía admirablemente en Francia. Tiene un estilo nervioso, incisivo, temible, con una ironía realmente destructora, con un afán de tomarlo todo por su lado sórdido. Su filosofía es absolutamente repugnante –sobre el amor, por ejemplo, dice que es el contacto de dos epidermis, no tiene más que agregar- y contribuyó a la mediocridad de los espíritus. Su escuela se prolongó hasta el siglo XIX, cuando los burgueses eran casi todos volterianos. En último término, Voltaire detestaba el cristianismo. Yo lo seguí mucho antes de mi conversión y lo abandoné completamente después.
Rousseau posee más seducción sobre los corazones –agrega-, no sé muy bien por qué. Es también un gran estilista francés y escribe maravillosamente. Pero es un egocéntrico absoluto, para él nada cuenta fuera de su propia persona. Estuvo varios años en Venecia y no sé si la vio. Se vio él en Venecia, pero sin extraer un pensamiento o una imagen perdurable; lo único que contaba para él eran sus pequeñas aventuras o desventuras. Tiene una influencia extraordinaria en el mundo moderno. Su pensamiento está en el origen de las democracias. Bueno, no en el origen –precisa Frossard-, puesto que ya se conocía la democracia en Atenas, entre los griegos. Pero quiero decir que su teoría de la voluntad general, que ha sido mal entendida y totalmente tergiversada por sus intérpretes, su teoría de la bondad natural del ser humano, ha tenido una enorme influencia. Muy en el espíritu de sus contemporáneos, libera a los hombres del pecado original, lo suprime por decreto de su propia persona. Toda su obra tiende a demostrar eso, que ya no existe el pecado original, que es la sociedad la que corrompe a los hombres, los que son buenos por naturaleza y son arrastrados por el mundo, siendo éste el depositario de la culpabilidad de sus pecados, nunca los hombres considerados individualmente. Todo eso tiene una influencia extraordinaria y se sigue encontrando a Rousseau entre muchos izquierdistas, cuando había aún izquierdistas en Francia, porque estaban muy impregnados de su filosofía: el buen salvaje, la sociedad-corruptora que constriñe al hombre a actuar mal, siendo él mismo, en realidad, bueno por naturaleza. Eso lo creyó todo un siglo, el XIX, y también el XX, sin saberlo, ha tenido una cierta forma de comprender la justicia o incluso de aplicar la justicia en que se encuentra la influencia de Rousseau.
En cuanto a Sartre, nunca he podido tomarlo en serio a pesar de que he hecho esfuerzos honestos. No veo cuál es su aporte al pensamiento filosófico. Adquirió una reputación monstruosa y desproporcionada con un supuesto existencialismo que nada nuevo entrega en sí mismo, por lo menos yo no lo veo. Tal vez haya algo nuevo, pero se me escapa. Como tengo el espíritu crítico muy aguzado, tiendo a recordar ciertas enormidades en los filósofos. Por ejemplo, la definición de Jean-Paul Sartre de la nada es una verdadera obra maestra… Dice que la nada es ese agujero del ser, esa caída de lo en sí hacia el sí por lo cual se constituye el para sí. En lo demás, es un excelente caricaturista, con un don cómico, un cómico un poco triste. Todas sus obras de teatro son una caricatura. Sus novelas me parecen tener una exagerada influencia de Dos Passos y Faulkner. Estuvo extraordinariamente de moda, pero un poco como ciertos vehículos de tracción delantera pueden estar temporalmente de moda. En la práctica cometió errores espantosos. Es él quien lanzó fórmulas célebres, como la de que “no hay que desesperarse por Billancourt” –por referencia a la CGT comunista en la fábrica Renault-, para no hablar de los campos soviéticos. La verdad es que cuando lanzó esa frase me pareció algo tremendo, porque significa que entre la verdad y el partido o entre la verdad y la política hay que elegir el partido o la política y nunca la verdad, lo cual es grave. Escribió una obra titulada “Necrazov”, que es una burla de los disidentes soviéticos, una verdadera abominación. Creo que ya no se lee a Sartre en absoluto.
Aron, Mauriac, De Gaulle
Al ver a André Frossard dictando una conferencia se recuerda a veces, por sus rasgos fisonómicos, la figura de Raymond Aron. Frossard nos cuenta la amistad que se entabló entre los dos, a partir de la admiración que despertó en él la claridad de espíritu, el poder analítico y la inteligencia completamente fuera de lo común de Aron. La distancia que tomó este último en relación a De Gaulle fue, sin embargo, el motivo de un cierto alejamiento provisorio. Aron temía que en De Gaulle prevaleciesen las ansias de personalismo sobre el interés de Francia. Más tarde reconoció su error.
Distinta fue su amistad con Mauriac. Le separaba más edad y la natural diferencia que va del joven periodista, que era Frossard entonces, al Premio Nobel, miembro de la Academia Francesa y gloria de la cultura francesa que era Mauriac. No obstante ello, hubo mayor confianza que en el caso anterior, y fue en definitiva Mauriac que le impulsó a escribir su conversión, origen del libro “Dios existe”, yo me lo encontré”.
Con De Gaulle, a quien conoció luego de la guerra, le unió asimismo una gran confianza. Esta se inició después de su dimisión en 1946. Así relata Frossard el nacimiento de una relación más estrecha con el gran hombre público que ya conocía: “En esa época escribí un artículo un poco burlón sobre su carrera, diciendo que había sido un Napoleón con un recorrido a la inversa. Que había partido de las islas británicas, había desembarcado en Francia con el poder de un emperador francés –nadie discutía a De Gaulle en la liberación- y que luego se había desprendido poco a poco de todos sus poderes, beneficios de asambleas que no eran elegidas sino que se nombraban a sí mismas, etc. Y que el 16 de enero de 1946, rompiendo con el partido, había abandonado el poder, es decir, había realizado un golpe de estado al revés, pasando el Rubicón en sentido contrario, encontrándose al otro lado como un simple General de Brigada temporal. Fue reemplazado por algo así como un Directorio, y se diría que la bobina de la historia se desarrolló en sentido contrario al de Bonaparte. Esto le divirtió a De Gaulle, si bien que sólo a medias, y me citó entonces a su oficina en el barrio Solferino, una oficinita minúscula, un poco oscura. Ahí, durante dos horas me dio una clase de historia de Francia, de historia universal, impresionante. Vi entonces que había dos De Gaulle. Cuando miraba de frente se le veían unos ojos grandes como a un niño, tal vez por efecto de la catarata, porque tenía los ojos bastante cansados, mas en fin, ojos abiertos, bien curiosos, atentos, con una boquita que emitía las palabras como un elástico. Había objetividad en la mirada. Luego, cuando giraba la cabeza, todas las líneas del rostro iban en línea oblicua descendente; las cejas, los ojos, la ventana de la nariz, la arruga, la boca, el mentón, todo descendía y expresaba una especie de –no digo amargura- desencanto. Parecía un camello muerto de asco en el desierto. Entonces me imaginé que miraba los acontecimientos de frente y a los hombres de perfil. Fue la primera vez que yo lo vi así”.
Dicha relación se estrechó durante el segundo gobierno de De Gaulle, en que tenían encuentros habituales que no figuraban en la lista oficial de audiencias –“yo entraba literalmente por la escalera de servicio”-, sosteniendo entonces conversaciones de mucha confianza que nunca se transmitieron al público. “Hablábamos muy relajadamente, rara vez hablábamos bien de nuestro prójimo. Fue un gran hombre, cuya principal cualidad fue la objetividad”, comenta Frossard, quien reunió sus apreciaciones sobre De Gaulle en un libro escrito años después, “La France en général”.
Mística concreta
Retomando el curso de sus charlas y conferencias, la conversación de Frossard corre con fluidez por los espacios que le son preferidos, la mística y el arte.
-En algunos de sus diálogos con la juventud chilena durante su permanencia entre nosotros, usted habló de “mística concreta”. ¿Qué ha querido expresar con esa fórmula?
-Es una manera de vivir, de existir, de actuar, de pensar como si Dios existiera realmente y no como si no existiera. Porque muchos cristianos piensan piadosamente en Dios, pero no se puede decir que ello oriente y que domine todos sus pensamientos, su modo de ser. Cuando hablo de mística concreta me pregunto si yo mismo sé traducir lo que quiero decir, porque es muy difícil de explicar.
La mística concreta es un poco el modo realista de pensar en Dios; no consiste en relegar a Dios al plano de un cielo de ideas y pensamientos, sino llegar a integrarlo a todas las cosas. El místico es un hombre, un ser que quisiera nombrar a todo con una sola palabra –Dios-, al que ve en todas partes y quisiera que todo murmure ese nombre; para él todo murmura el nombre de Dios. Eso es la mística concreta para mí, el que toda la asamblea de los universos sea un gran comentario de la gloria de Dios, que las hojas de los árboles susurren la palabra Dios. Me pueden decir que es una obsesión, una neurosis obsesiva, pero no es así, porque se trata de algo muy dulce y nutritivo para la inteligencia, para el alma, y no cae en absoluto en la pesadilla ni la alucinación. Simplemente, Dios está en todas partes, sobre todo detrás de los árboles. Hay que buscarlo detrás, constantemente hay que buscar en el bosque, porque le gusta ocultarse. Comprendí por qué le gusta ocultarse el día de mi conversión. Comprendí que cuando Él aparece, incluso enmascarado por la luz, tomamos conciencia de que no somos sino la nada hecha de nieve. Y nos juzgamos, y eso es lo que El no desea. Su pureza nos juzga, nos juzgamos ante esa pureza y es terrible. Entonces algunos podrían caer en la desesperación y otros se rebelarían. No todos aceptamos ese juicio inopinado del ser sobre sí mismo en presencia de Dios. Es por eso que Él no se muestra, para que no nos juzguemos. Esto también es mística concreta, es decir, es un modo de interpretación.
Su pregunta es, en verdad, complicada. Lo que quiero decir es que no hay que relegar a Dios a las abstracciones. Él es vida y sus misterios son fuente de vida más que fuente de pensamiento, son fuentes de vida que hacen crecer y prosperar el corazón, el alma. Esto es concreto, no es una especulación sobre Dios, sino utilizarlo, emplearlo para vivir, absorberlo. Contemplar quiere decir dejarse irradiar por su presencia y no elaborar sistemas o doctrinas; es algo concreto.
-Esa peculiaridad que se observa en el lenguaje del Papa Juan Pablo II, que es capaz de atravesar casi todas las barreras de la abstracción y la sociología para remover las conciencias, ¿también se inserta en lo que usted llama “mística concreta”?
-Completamente. El misterio cristiano, el dogma cristiano, todas esas cosas son fuentes de vida y no fuentes de especulación vana. El espíritu es vida, no es humo ni pensamiento dilatado al infinito. Nada de eso, es Él que da la vida. Lo dice el Credo: et vivificantem. Da la vida, produce la vida y es de una justicia absoluta.
Un místico es aquel que no tiene sino una palabra, el que dice “Dios, Dios, Dios”. Cuando me convertí me hicieron leer a San Agustín y me dijeron: “Esta es su vida y luego unas exclamaciones místicas, de las cuales puedes prescindir, te puedes saltar todo el lirismo y quedarte con el relato de la vida”. Hice exactamente lo contrario, me salté todos los pasajes relativos a su vida y no leí sino las exclamaciones, porque la mística es una efusión del alma, una efusión permanente hacia Dios, como la de los serafines en la visión de Isaías, los serafines que dicen “Santo, santo, santo es el Señor”. Eso es el místico. Santa Catalina de Siena comienza todas sus elevaciones diciendo: “¡Oh Dios, oh gran Dios, oh Dios que…!”. Eso es un místico, que todo lo designa con una palabra. Para él, las palabras bello, la belleza, el bien, todo se resume en Dios.
-Parece que los trascendentales y los grados de abstracción de Aristóteles también le sirven a usted de algún modo para precisar su crítica al abstraccionismo contemporáneo y para apuntar a lo que señala como “mística concreta”…
-Yo empleé la teoría de los trascendentales porque es cómoda para explicar la evolución de la historia, es un medio esquemático, pero que arroja resultados bastante curiosos. Los trascendentales son uno en Dios y en la tierra tienden a separarse y combatirse. Los trascendentales son lo bello, el bien, lo uno y lo verdadero. Yo dije que en el Antiguo Régimen en Francia y en el mundo dominaba el trascendental de lo bello, que es el que incitaba al espíritu de caballería, al honor, al amor cortesano, a todas esas cosas que son bellas, y que asimismo favorecía el desarrollo de las personas. Era la edad de la persona y eso se ve, por ejemplo, en el hecho de que en la Edad Media se escribía muy poco, bastaba con la palabra, con un lenguaje oral. En un campo de batalla, si un caballero estaba herido y se sacaba el casco no se podía tocarlo, se lo respetaba y no participaba más en el combate. En mi opinión, todo ese período, esos largos siglos de monarquía cristiana fueron en último término la era de la persona. Y eso es normal, porque lo sagrado acompañaba toda la vida social y las instituciones, dominaba, les daba su legitimidad a las instituciones.
Luego se pasó de lo bello al bien, es decir, se pasó a la libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa, que era un deseo de bien, de bien público, de bien común, de bien moral. Era una ambición que, desgraciadamente, no fue respetada todos los días, pero eso era lo que se pretendía en el espíritu. Y la transición se produjo con la guillotina, la guillotina, con su tabla. Se ponía al condenado sobre una tabla, caía la cuchilla y le cortaba la cabeza. Es un símbolo clarísimo, porque exactamente se pasa de las jerarquías verticales a las sociedades horizontales. La tabla de la guillotina simboliza ese movimiento.
El bien vivió entonces un cierto período de más o menos un siglo. No tuvo una duración muy larga, fue más breve que lo bello y se enfrentó con el trascendental uno, el trascendental de la unidad, es decir, la comunidad, la colectividad, el colectivismo, la aglomeración, el conglomerado humano, la urbanización, en fin, todo lo que reúne a los individuos. Tanto físicamente como en las ciudades monstruos; tanto intelectualmente; tanto socialmente en sistemas que pretenden unirlos, a veces por la fuerza, porque lo uno triunfó sobre el bien. Y estamos viviendo las últimas etapas de este trascendental que, naturalmente, va a ceder su lugar cualquiera de estos días –porque los trascendentales no son eternos en este mundo- al trascendental de lo verdadero, que aún no ha sido utilizado en el mundo.
Me gusta mostrar esto así porque permite tener una idea del paso de la persona al individuo. El individuo es el bien, es el trascendental del bien que dispone al mundo en torno suyo. Luego del individuo se pasa al cero de Kessler: persona, individuo y cero, cero e infinito; ése es el trabajo, la obra de la unidad, del trascendental de lo uno. Pero ya se sienten las tensiones de las tentativas de evasión de la unidad. Tal vez lo verdadero va a encontrar ahora su aplicación en la tierra.
Mística y arte
-Hace un momento hablábamos de la mística. ¿Qué relación establece o ve usted entre la mística y el arte?
-Al escribir sobre Ravena, creo, dije que el arte es un fragmento de contemplación que cae sobre la materia. Es la contemplación encarnada, y cuando la contemplación es más fuerte, ésta conserva su poder y la materia se convierte en luz. Tenemos, por ejemplo, los mosaicos de Ravena, en que la contemplación se vuelve luz. Es un efecto de contemplación que ha permanecido intacto en la materia, pero es poco común. Cuando la materia devora la contemplación nos encontramos con gran parte del arte contemporáneo, constituido por elementos materiales inconexos, por trazos, por una agitación de moléculas. Ya no hay contemplación, aprehensión del mundo y la materia vence. Como los artistas sólo pueden reflejar el estado espiritual de la época en que viven, es que nos dan lo que nos dan en este momento, algo donde la contemplación está ausente; pero ésta debe y puede volver. ¿Qué porvenir tiene el arte en un mundo que se ha vuelto ininteligible? En los últimos 30 o 50 años se ha convenido que el mundo es ininteligible. El gran arte figurativo medieval, renacentista, del siglo XVIII, e incluso del siglo XIX, se fundaba en el principio de que el mundo era aprehensible, que había una armonía en el mundo, que había seres coherentes; se podía comprender. A partir de lo que vino después del cubismo hay una coincidencia entre la desintegración de la materia en el átomo, entre la atomización científica y la atomización del ser y, por consiguiente, la inteligencia ya no tiene un punto de referencia, ya no puede establecer relaciones entre las cosas. Todas las ciencias progresan actualmente, unas independientemente de las otras, yendo cada una en una dirección en que las demás son incapaces de seguirla. Ya casi no hay comunicación entre las ciencias. De hecho, podría decirse que el conocimiento reside en una gran cárcel donde no hay comunicación entre cada celda. ¿Qué va a ocurrir entonces con el arte? No me pida el don de profetizar esta tarde…
Es interesante en este punto reparar en las preferencias artísticas de Frossard y en la justificación que da para sus opciones, tema en el cual relaciona capacidad contemplativa, evolución histórica y arte propiamente tal:
-Por comodidad y sentido práctico he clasificado a los pintores en tres categorías. Hay así pintores que cuando se miran sus telas no se ve nada en especial, el ojo no es detenido por nada. Nada se impone en particular, hay una unidad del paisaje en que ninguna parte sobresale en relación con los demás. El ojo está en perfecta beatitud. Son los grandes pintores, como Velázquez, Monet, Goya, Cézanne, Vermeer, Rembrandt –que extraen un alma de las tinieblas y las tinieblas son iluminadas por el alma que sale de ellas-, Angelico, probablemente Manet. Hay pocos italianos, porque los italianos tienen un sentido teatral muy exagerado, pero tal vez está Piero della Francesca. Hay también que agregar al Caravaggio, a Van Eyck, a Memling, a Watteau quizás.
Está luego la segunda serie, es decir, aquellos que se distinguen por el arte de la composición. También son genios, pero en éstos la composición se percibe. Cuando se mira la tela hay un movimiento dominante que a uno lo arrastra. Eso es evidente en Rubens. En esta segunda serie hay muchos y son grandes pintores, como Miguel Ángel, por ejemplo. Pero, en relación a la primera, lo que caracteriza a esta categoría, como decía, es la composición. Es la diferencia que hay entre el canto gregoriano de medida libre –canto al alma liberada- y la medida de cuatro tiempos, que puede producir obras maestras sin alcanzar la efusión del alma del gregoriano.
Está por fin la tercera serie, que incluye casi toda la pintura contemporánea. Aquí hay algo en la tela que impacta la retina, hay un efecto repentino, ya no existe en absoluto la contemplación. El pintor trata de imponer un efecto, una sensación. Busca una sensación y se ve que la está buscando. Es como un prestidigitador que se equivoca porque uno ve que había escondido el conejo en la manga y la cosa no funciona.
-En relación con todo ello, ¿puede decirse entonces que el arte es muchas veces el refugio de falsos absolutos?
-Es una promesa de absoluto que no se cumple, es un compromiso con lo absoluto que no tiene secuela. El arte es una proposición de absoluto, que no se traduce, sin embargo, en un don de lo absoluto.
En ese sentido el arte contiene una cierta mentira, una mentira honorable, razonable. Hay una proposición de infinito, pero sin darnos lo infinito; propone lo absoluto, pero no lo da; propone la belleza, pero no la da. La indica, la sugiere, la ofrece en cierto modo, pero no la da. Sólo Dios puede cumplir con este género de promesa; el artista no puede hacerlo.
Lo bello también se ha dado en el arte en relación con los trascendentales. Para que una obra sea bella, ésta debe ser un homenaje al bien. Quiero decir que una iglesia o un edificio, por ejemplo, debe estar de acuerdo con su finalidad. Debe también ser uno, es decir, ninguna de las partes puede ser superior al todo o hacer desaparecer a las otras. Tiene que haber unidad y además la obra debe ser verdadera, es decir, no tener trampas, apariencias falsas, puertas falsas donde uno se quiebre la nariz… Tiene que ser verdadera, pura, en otras palabras. Al reunir así esas tres condiciones, el bien, la unidad y lo verdadero, entonces es bella. Se alcanza lo bello cuando no puede agregarse sino lo infinito. En arquitectura, por ejemplo, en el Partenón, si hay un milímetro más en la columna y en el arquitrabe, eso no quedará bien. Sólo puede agregársele lo absoluto, lo eterno y lo infinito, ahí tenemos lo bello. Cuando algo puede agregarse, no está lo bello.
-Se ve que lo bello, desde este punto de vista, tiene, más que los otros trascendentales, el poder de reunir a los demás.
-Tal vez.
Lo bello, decía, es aquello a lo cual no puede agregarse sino lo infinito. Hay que hacer otra observación y es que lo bello es también la imagen de la Trinidad del Evangelio. Entre tres elementos, en música, por ejemplo, no es la primera nota la bella ni la segunda, más es el acorde entre la primera y la segunda, que crea la tercera, que no se escucha, donde está la belleza. En la pintura de Vermeer, por ejemplo, no es el amarillo ni el azul, que produce una sensación imposible de definir, que es un tercer color invisible, nacido de los dos anteriores, el que constituye la belleza de Vermeer. Lo bello, en último término, es lo que no se ve ni se escucha, pero que necesita de cosas que existen para darse a conocer. Lo mismo sucede en toda la creación.
Retornando luego a lo anterior, Frossard agrega en seguida una importante precisión:
-Hemos hablado bastante de la música. Las palabras como belleza y bondad sólo se aplican propiamente a Dios, que está por encima de todo eso. Es en nuestros dominios que no se aplican propiamente. Con eso quiero decir que Dios es lo bello y es a respecto de lo que nosotros llamamos bello que esa palabra no es siempre aceptable. Las palabras vienen del paraíso terrenal, lo bello viene del paraíso terrenal, donde se empleaba en el verdadero sentido, tanto lo bello como el bien. Luego, las palabras se corrompieron un poco, porque al no ser Dios su objeto, bueno, el término ya no es absolutamente propio. Esa es mi opinión personal.
-Usted ha hablado de Juan Pablo II y de la mística. ¿Qué podría decir respecto de Juan Pablo II y el arte?
-Juan Pablo II no se preocupa mucho por el arte, no tiene tiempo, para él constituiría más bien una dispersión, yo creo. A él lo moviliza inmensamente la Pastoral y yo, personalmente, nunca he conversado de arte con él. Tal vez sea un interés muy reservado en él, no sé.
Cuando estábamos en Ravena los dos, con el Papa, la significación mística de los mosaicos le interesaba mucho más que la estética. Como es extraordinariamente inteligente, sabía que también es lo estético que crea el sentido místico y espiritual, y lo transmite con una fuerza incomparable. Pero no habría contemplado Ravena como un mero esteta, no; él es de los que extraen la significación de todo.
-Se ha sabido que después de su libro sobre Ravena ha comenzado a pensar en otros del mismo tipo, como por ejemplo en uno sobre “El cordero místico” de Van Eyck que se encuentra en la catedral de Gantes…
-Lo que me atrae es que ahí tenemos un catecismo católico y cristiano absolutamente completo. Todo el mundo está ahí. Dios Padre reina sobre la Creación, las multitudes del mundo giran en torno al Cordero, es decir, de la Eucaristía, es decir, de Jesús, del Cristo. Si se estudia ese cuadro que, por lo demás es una obra maestra de la pintura, una maravilla de finura artística, uno se da cuenta que hay toda una doctrina cristiana. Tal vez haya llegado entonces el momento de revalorizarlo, puesto que ya, con excepción del Papa, casi no se habla de doctrina. Casi él solo es quien nos recuerda verdades cristianas, verdades de fe, porque muchos eclesiásticos están muy inmovilizados, en todo caso, muy atraídos por los problemas de la sociedad o los problemas sociales, políticos o morales. Pero de las verdades de fe profunda, de la vida, de la muerte, del sentido de la existencia y de su pregunta crucial -¿dónde estamos, quiénes somos, adónde vamos?- no hay más que el Papa que nos hable. El Papa es el cordero místico.
Pero todavía no he absorbido completamente el sentido de esa obra. Hay que mirar las cosas mucho tiempo. Lo que más les falta a nuestros contemporáneos es la atención en las cosas. Necesito pues mirarlo durante horas y horas antes que me empiece a hablar un poco y estoy seguro de que va a decirme muchas cosas.
-Sí, le contará su secreto, Van Eyck…
-Me va a contar todo. Pero es el Cordero el que me va a decir todo, voy a escucharlo balar. ¿Qué dice? Ustedes han reconocido mi voz, dice el Cordero, y ésta es una de las cosas más maravillosas del Evangelio: “Mis ovejas reconocen mi voz”. Es una cosa esencial. Él no dice: Mis ovejas reconocen mi metafísica, mis ovejas comprenden mi lenguaje”; dice: “Mis ovejas reconocen mi voz”. Por consiguiente, la fe, el Evangelio, la verdad es algo que dice relación al oído musical, hay que tener oído musical.
Chile: vocación de infinito
-¿Cuál era su impresión sobre América Latina, su pueblo, su cultura, antes de venir por primera vez, como ha sido ahora?
-Nunca tengo ideas preconcebidas, jamás, jamás. Era un triángulo muy bello, bastante largo y lleno de tierra, entre dos océanos, con diferentes colores en los mapas geográficos. Pero no tenía ninguna idea previa, no. Me gusta que las cosas conserven su misterio durante el mayor tiempo posible.
-Es más o menos evidente que un país como Chile, que usted ahora visita –y cuyo valle central miramos desde esta montaña-, se encuentra bajo el efecto de muchas presiones culturales y políticas externas, provenientes de las grandes potencias materiales contemporáneas, que quisieran verle rendir su propia identidad. ¿Qué es lo que usted, como figura de relieve en el panorama cultural europeo, diría en una situación como la presente a los chilenos?
-En primer lugar, que no esperen demasiado de Occidente. No digo sólo que no esperen nada de los países del Este, sino incluso del Occidente democrático. Occidente puede proveer de máquinas para agricultura y otro tipo de industrias, pero no de máquinas para pensar. El Occidente democrático nada tiene que decir en el plano espiritual por el momento. Hay un gran silencio del espíritu en el Occidente democrático. Eso constituye un tema bastante grave, de preocupación. Tal vez la juventud que viene va a cambiar todo eso, pero por el momento hay un intervalo de silencio.
La cultura continúa, pero la cultura de hoy es el espíritu menos la vida, es el espíritu menos los sacramentos. La cultura continúa, pero no el espíritu, y entonces que Chile no se imagine que pueda buscar auxilio intelectual y moral por el lado de este Occidente democrático. Chile tiene recursos suficientes para encontrarlo por sí mismo. No es tan reciente, tiene una cultura antigua, incluso hay varias culturas superpuestas, y tiene un fondo del cual puede extraer lo que requiere.
Ha sido, además, colocado por la naturaleza en una situación bastante peculiar que debería facilitarle la contemplación a los chilenos. Ninguna realidad puede comprenderse sino a través de la contemplación. La verdad nunca elige otro camino que no sea éste. Ahora bien, Chile es una especie de terraza, una terraza infinita, infinitamente larga y angosta, al borde de un océano gigantesco. Esto es una proposición de infinito que es hecha a los chilenos, que ha debido darles una originalidad profunda, que desconozco porque no he estado aquí mucho tiempo. No puede ser sino original, porque hay una barrera inmensa. Una de las barreras más hermosas que nunca se hayan hecho son los Andes. Es una especie de muro del Pacífico que aísla un poco a Chile de las influencias exteriores y lo hace bañado de mar y cielo. Todo eso debería otorgarle un pensamiento profundamente original, y a mí me gustaría que lo encuentre. Tal vez ya lo encontró; le reitero que no conozco suficientemente el país como para saberlo. Si no lo ha encontrado, debe hacerlo solo y sin el concurso de gente que no tiene en absoluto las mismas raíces, el mismo origen, las mismas aspiraciones ni la misma situación geográfica.
Creo mucho en la influencia de las situaciones geográficas. Todos los países tienen una pendiente. Los países sin pendiente hacen guerras, los que van de una frontera a otra siempre están en estado de guerra. China, por ejemplo, tiene una pendiente netamente hacia el mar de China y para nada hacia Occidente. Francia se inclina hacia el lado de la cuenca atlántica. Chile también está literalmente inclinado hacia el Pacífico por sus montañas, ésa es su pendiente. Quien habla de océano habla de infinito, de cielo. Si no la ha encontrado –insisto en mi gran ignorancia- Chile tiene que encontrar su expresión propia. Su personalidad en todo caso no debe parecerse a ninguna otra y, sobre todo, no debe estar influenciada.
En cuanto a los chilenos mismos, le recuerdo lo que le he dicho a menudo, que no sé qué parte corresponde a la extrema cortesía de los chilenos y qué parte a la convicción; es muy difícil discernirlo. Tengo la impresión –y se dirá que sólo he frecuentado aquí ciertos medios jóvenes o de familias bien educadas y cultas, pero con todo también pueden sacarse conclusiones de ese tipo de encuentros- de que hay cierta dulzura en el fondo de este pueblo. En todo caso he creído ver que la guerra civil no corresponde a su verdadera naturaleza. Para algo así tendría que llegar a suceder ese tipo de casos históricos raros, porque ello parece contrario a la naturaleza, no está en su vía natural.
¿Qué más decir? Chile no tiene que ser norteamericano, ni europeo, ni griego, ni africano, ni holandés, ni antártico, sino chileno, es decir, con una personalidad propia y tiene todo lo necesario para tenerla, por su pasado, que existe y es bastante abundante ya que ha tenido algunos trastornos, ciertamente, amagado periódicamente por terremotos, guerras, en fin, y a veces ha tenido que empezar de nuevo en cierto sentido. Sí, tal vez eso, los terremotos, perjudique las tradiciones, es posible. Ya no se ven iglesias españolas del siglo XVII, todas deben haber sido derribadas por los sacudones, por los sismos.
Y en todo caso le deseo a Chile que sea realmente independiente, moral y espiritualmente independiente. Como existe ahora un debilitamiento manifiesto de Occidente, desde el punto de vista espiritual me refiero, una gran caída de sustancia espiritual en Occidente, hay pues que refrescar las memorias y luego recrear el cristianismo. Porque el cristianismo tiene algo que decir en este mundo un poco desorientado en que las ideologías han muerto y sus cadáveres impiden lo nuevo. Es el cadáver de las ideologías lo que huele tan mal en el mundo. Ya no hay un pensamiento que valga la pena seguir o estudiar. Fuera de los pensamientos de los físicos o de los biólogos, no existe el pensamiento. Se acabó y sólo la Iglesia cristiana tiene algo coherente que decir sobre la naturaleza humana, la moral y la vida espiritual. No hay más que ella y pareciera con todo que no se atreve a hablar. Pero es la única que puede proponer algo que parezca una esperanza. Por lo demás, en el mundo nunca ha habido otra esperanza que no sea la cristiana; es la única fe y religión que haya propuesto una esperanza a los seres humanos. Las otras sólo les proponen mentiras.
Sobreestimar al adversario
-¿Pero ella misma, en su parte humana, no sufre muchas veces la influencia de esas ideologías muertas? Paradójicamente, siendo la única que tiene la voz de salvación. Me refiero, por ejemplo, a la teología de la liberación.
-De vez en cuando se deja intimidar por el mundo. Después de haber estado en el centro del mundo –puesto que todas las ciudades se fundaron en torno a su catedral y los pensamientos, la sociedad, todo giraba entorno de la Iglesia, la vida humana giraba en torno de la Iglesia- ahora ha sido rechazada, ha sido satelizada por las sociedades contemporáneas. Da la impresión de haberse intimidado y tiene un complejo, no sé por qué, frente al vacío en último término, porque frente a ella no hay absolutamente nada. Hay unas palabras de Lenin que vienen muy al caso de esta situación que vive la Iglesia Católica, y es que no se debe jamás sobreestimar al adversario, a los nuevos gritos ideológicos, a los sistemas absurdos. La Iglesia, en su parte humana, se cree obligada a adherirse, a integrarlos como si el mejor medio de combatir el error consistiera en aparentar compartirlo.
En cuanto a la teología de la liberación, todo eso habla de buenos sentimientos, de compasión por el pobre, el miserable, porque es pobre. Hay muchos sentimientos nobles en algunos y no puede sino alabarse eso. La Iglesia misma debe estar con los pobres, es su único consuelo, su única esperanza, su único refugio y protección. La Iglesia tiene un deber en relación a todo el mundo, no sólo el pobre, pero en particular son los que más la necesitan, quienes deben ser ayudados con prioridad. Esto constituye el origen de cierta teología; pero el error consiste en haber elaborado, sobre esta constatación la existencia de los pobres y el deber de amarlos y ayudarlos, todo un sistema que en último término encarcela la inteligencia. Todo sistema encarcela la inteligencia antes de encarcelar a las personas. El sistema no es algo cristiano, es la razón que vuelve sobre sí misma, tontamente satisfecha, vuelve, empiezan de nuevo los razonamientos, y se gira en redondo en el sistema. Que ciertos teólogos o pensadores hayan discernido implicancias sociales en el Evangelio, es obvio que las tiene. ¿Cómo no va a haber implicancias sociales en “Ama a tu prójimo como a ti mismo” o en “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”? Sin embargo, se pueden deducir las implicancias sociales sin elaborar todo un sistema al respecto, un sistema que en último término resulta una herejía. Porque hay dos tipos de herejía, que son las tentativas de racionalización del dogma, como en el caso de la herejía arriana, o la sobrevaloración de un aspecto del Evangelio o de una verdad del Evangelio, que se vuelve cancerosa y se come a todas las demás, como en Teilhard de Chardin. En su caso, es una verdad, la comunión de los santos, que se come a las otras, y borra el todo de la creación. Yo no estoy acusando a los teólogos de la liberación de ser heréticos, ni tengo facultad para declarar hereje a nadie, pero digo: “Cuidado”, cuando se empieza a sobrevaluar, a no ver sino una verdad ignorando las demás, entonces no se está lejos de la herejía. La herejía siempre contiene una verdad en su origen. Este es simplemente mi sentido de observador de las cosas.
Esta entrevista forma parte del libro:
