> EN LOS MEDIOS > Artículo publicado en El Mercurio a seis días de su muerte.

Jaime Guzmán, amigo de infancia

Conocí a Jaime Guzmán cuando tenía once años. Nos separaba casi exactamente un mes de diferencia en edad. Fue un día de verano en un Zapallar plácido al cual Raúl Montt Balmaceda le había hecho en la noche la broma de intercambiar, de una casa a otra, todos los muebles de jardín. Acarreando con éstos llegamos a la suya en el otro extremo de la bahía, y mientras nuestras madres conversaban partimos los dos a una pieza que probablemente sería de juegos. Allí nos hablamos por primera vez. Con una claridad fuera de lo común en cualquier niño me explicó entonces cuáles eran sus proyectos para cuando grande y el porqué de ellos: pensaba ser sacerdote. En lo sucesivo nos veríamos siempre, y con aquella inmediatez con que suceden las cosas en esta edad, pasaría ser, y por todos los años que atraviesan de la adolescencia a la juventud, mi mejor y más íntimo amigo. Signo de aquel momento en que se entreveraron nuestros juegos, amistades comunes, intereses y afinidades, guardo conmigo el pequeño trofeo que ganamos en el otoño de 1958 haciendo pareja de dobles infantiles, precoz travesura tenística que se repetiría más adelante.

Mucho se ha dicho en estos días acerca de cómo fue Jaime en distintas etapas de su camino. Una intimidad grande vivida en los primeros años de la razón me impele con todo a poner en el papel algunos recuerdos que, dada esa circunstancia, podrán servir para comprender mejor el coherente sentido de la existencia que abarcó la vida entera de este hombre de excepción.

Hay que decir por de pronto, contra lo que podría sugerir una mirada superficial en torno al niño que ya a los once años abrigaba proyectos muy serios, que no conocí yo a ninguno de su edad en quien la alegría y la capacidad de entretenimiento fuesen una realidad de tal manera indeclinable. Algo de ello tiene sin duda que ver con la muy comentada afición suya a los deportes. Los practicó con entusiasmo y habilidad, aportando siempre una nota de picardía e inteligencia, llegando en ello no más allá de donde su natural se resistía, esto es, la rudeza física. Se le dieron bien así el tenis, las muchas variantes que inventábamos de futbolito, y diversos juegos, entre los cuales su preferido, el ajedrez, terreno en el que era prácticamente imbatible. En lo demás, sobre todo en el fútbol, era nuestro estratega en ligas menores en que participábamos o el seguidor incansable de la temporada profesional, afición que nos llevaba durante el año casi todos los domingos en la tarde al Estadio Nacional o al hoy desaparecido Estadio Independencia, aquí cuando el asunto era alentar a “su” Católica.

Pero si de entretenimiento interior se trata, lo más significativo en Jaime era su tremenda sensibilidad para todo lo que fuera arte y cultura. Se perfilaba aquí la herencia de su familia. Y entre las artes fue a no dudarlo la música la que más impregnó nuestra amistad. Conciertos de la Sinfónica, repeticiones dominicales, grandes solistas y particularmente el seguimiento entusiasta de las últimas grabaciones cuya audición ocupaba tardes enteras. Capítulo aparte lo proporcionaba su habilidad para el piano -la interpretación de La Marcha Turca, de Mozart, que hacía Jaime, llegó casi a ser una suerte de “característica” del grupo-, todo lo cual concluyó para nosotros en una estrecha relación con la pareja de músicos españoles que componían, nuestra profesora, la pianista Giocasta Corma y Enrique Iniesta, primer violín de la Orquesta Sinfónica de Chile.

Tendríamos tal vez quince años cuando nos falló la posibilidad de embarcarnos juntos en una “gira de estudios” por Europa. Mantengo viva en la memoria la impresión que me hizo la carta suya que recibí en esas vacaciones contándome de su primer encuentro con el Viejo Mundo. Cuatro carillas con aquella letra que siempre le fue característica, redactadas en una prosa magnífica y hasta poética. Recojo de la misma sólo dos apartes. Su embelesamiento con Asís -que duraría toda la vida- y sus consideraciones en torno al antropocentrismo renacentista que vació el contenido espiritual del Medievo… su admiración rendida al visitar en Bonn la casa en que vivió de joven Beethoven y reflexionar acerca del hombre que dio de si todo lo mejor que tenía para dar… que explotó sin regateos sus “talentos”, en el sentido evangélico de la expresión.

Faceta precoz en el mundo cultural de Jaime fue desde luego lo que dice relación a las ideas. En un ambiente como el chileno de los años cincuenta, muy poco preocupado todavía por este tipo de disquisiciones, llamaba la atención su manejo de criterios seguros en materias como la objetividad de la verdad, los alcances y límites morales de la soberanía popular, y otros de esa índole. De vez en cuando era arrastrado por el torbellino a tener que explicar “sus teorías” a los mayores con quienes en el momento estábamos. Con un aire muy simpático que tenía algo de inocencia, algo de pillería y en el fondo una gran convicción se le veía ya ganar sus primeras batallas.

Si mucho de lo anterior dice relación a la inteligencia reconocidamente sobresaliente de Jaime Guzmán, hay no obstante que explicitar, aunque pueda a priori suponerse, lo que dice respecto de su conciencia, muy temprana, de que en la vida todo se explica y ordena según un fin último. Esto creo yo que era lo que hacía ya entonces, de manera fundamental, la gran diferencia entre él y los otros, y que formaba su voluntad en una rica combinación de bondad y entereza.

Fue en virtud de esa conciencia que Jaime concibió así de tan chico el sentido de su existencia como un servicio a Dios y a los demás. Infinidad de recuerdos de esos años se pueden explicar hoy como una búsqueda vibrante e imaginativa de modelos para ir conformando su personalidad en la dirección del “servidor público”, según apellidaba ya entonces lo que creía que debíamos proponernos llegar a ser.

La política surgió precisamente por ésta, y no por ninguna otra razón, como un rasgo avanzado en él. Recuerdo, por ejemplo, que la campaña de Jorge Alessandri ocupó durante 1958 mucho de nuestro tiempo e interés, naturalmente que en cuanto espectadores. Pero leíamos con atención el diario y como resultado de nuestra estrecha amistad aprendí ese año a descubrir el mundo de las noticias políticas en las páginas de crónica de “El Mercurio”. Nuestra adhesión externa a la causa nos llevó también a transformar mi casa en Darío Urzúa en una especie de secretaría del alessandrismo tan cubierta que quedó de carteles con “A usted lo necesito…”.

Pero el asunto iba más lejos. Jaime quería tener un modelo vivo de estadista. Con el tiempo su intimidad con don Jorge le otorgaría rasgos de esto. Su afán entonces, con apenas doce años, podía sin embargo llevarnos a que después de almorzar en la casa de alguno de los dos, el programa de sábado en la tarde consistiese, por ejemplo, en que tomásemos una micro para irnos hasta el entonces aeropuerto Los Cerrillos a ver al “Paleta” recibiendo en la losa donde paraban los aviones (a hélice…), al Presidente argentino Arturo Frondizi. Por supuesto que el trayecto de ida y vuelta, salpicado de bromas y chistes propios de la edad, no perdía nunca de vista en sus comentarios el sentido que perseguía ese esfuerzo sabatino.

En esa misma dirección de servicio se inscribe su anticipación a organizar ayuda en poblaciones, la que ubicaría biográficamente hacia el fin del colegio, esto es, a los quince o dieciséis años. Tenía ésta también su indudable sello. En un Fiat 600 cuatro amigos nos internábamos semanalmente al fin de la jornada por barrios pobres ubicados detrás del Estadio Nacional, a otorgar enseñanza básica a niños desprovistos de todo. Como si fuera hoy, veo la llegada al lugar, de escasa iluminación, con Jaime a la cabeza, en medio del pulular interminable de la chiquillería. Nos repartíamos en un local donde cabían todos. Se sabía Jaime el nombre y el sobrenombre de cada cual y su relación con los niños era muy directa, personal y provista de sentido apostólico. Recuerdo que esta labor le producía gran alegría y era muy notorio su buen humor en ella.

Al poco tiempo de nuestra amistad me percaté yo de la gran admiración por España que profesaba. Este entusiasmo hispánico tendría su evolución en el tiempo, que no es el caso abordar aquí. Él se alimentaba en parte de la enseñanza del padre Osvaldo Lira y de la voz de Jaime Eyzaguirre, a cuyas conferencias me invitaba a veces a que lo acompañara. Pero tenía también otras facetas. En lo sustancial diría que su atracción radicaba principalmente en la confrontación entre las nociones de bien y de mal que atraviesa la historia tan permeada de sentido religioso de España. De cualquier modo, ésta se concentraba principalmente en los episodios del presente siglo. Con un memorión fantástico, repetía largos trechos de discursos que hicieron historia. Rescato entre ellos, por la enorme significación que tiene a vista del fin que alcanzó su vida, la de Jaime Guzmán Errázuriz, las últimas palabras pronunciadas por José Calvo Sotelo en las Cortes, en el “debate trágico” del 16 de junio, casi un mes antes de ser asesinado: “lo repito, mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria y para gloria de España las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: “señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis”. Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”. Era Jaime un niño cuando recitaba esto y faltaban todavía treinta años para su 1º de abril.

Pero sin duda, como se ha dicho y como se nota a través del presente recuerdo, fue lo religioso lo que definió más en lo hondo el alma de Jaime. Su vida sacramental la vivía ya con la misma regularidad que cuando adulto y no se olvidaba en esto de sus amigos. Pasamos juntos muchos veranos y varias veces alojados en la misma casa. Llegada la noche éramos varios en el dormitorio. No le costaba obligar a un alto en las bromas, hacernos a todos rezar y meditar un trecho de la “Imitación de Cristo”. Su selección y comentarios iban asimismo a los puntos cruciales: los novísimos y el rechazo al pecado. Fue la suya una religiosidad muy sensible a la distinción del bien y del mal. Imponía profundo respeto y no me acuerdo que alguno se haya atrevido a burlarse de él. Luego, en algún momento crucial de la adolescencia, veo también brotar de sus labios la pregunta determinante para la vida de su amigo: “bueno, ¿estás dispuesto o no a quemar hasta los últimos cartuchos de tu vida por el Reino de Cristo?”. ¡Esto era lo suyo!

Amado en vida por unos y odiado por otros, la muerte de este hombre insigne, hecho de un alma en oro y hierro puesta en un cuerpo frágil, ha tenido la rara consecuencia de hacer que todos los chilenos se sientan de momento despojados. Sin proponérselo, ¿no ha seguido en esto también su vida el ejemplo de la de su Maestro?

Mucho se dirá todavía de él y de su obra. Por de pronto, pienso que ésta tendrá que ser reconocida en una escala de importancia no menor que la de Portales. En cuanto a su existencia, tronchada misteriosamente en la plenitud de la madurez del hombre, fue piedra de toque en los veinticinco años más difíciles que haya vivido nunca Chile, y luego de cumplir tan noble y ardua misión, por las circunstancias en que Dios quiso llevárselo,  puso una lápida encima de cualquier turbio intento de reescribir nuestra historia  (¡aunque el tiempo y los malos espíritus breguen por algo distinto!).

Se diría de lo anterior que ya hay razón más que suficiente para una vida que bien valió la pena. Al asistir a los funerales de Jaime y presenciar allí el transitar conmovido de toda una generación que fue tocada por su palabra y ejemplo, y de la multitud de chilenos humildes que se identificaron con la voz y personalidad de este hombre criado en un ambiente culto y refinado, algo más asomó, sin embargo, a mi espíritu. Fue la emoción de haber asistido al germinar en su alma del grano de mostaza, aquel “que cuando se siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas, pero sembrado, crece y se hace más grande que todas las hortalizas, y echa ramas tan grandes, que a su sombra pueden abrigarse las aves del cielo”.