ENTREVISTAS
Monseñor Ricardo Durand S.J.

¿Liberarse de qué?

Con 71 años de edad y 54 de sacerdocio, Monseñor Durand Florez es de aquellos hombres de la cultura peruana que en cierto sentido remontan a un estilo con resonancias de Ricardo Palma y José de la Riva Agüero. En tipo sacerdotal, por supuesto. Gran conversador y algo dicharachero, por lo tanto.

La reciente aparición de su libro “La utopía de la liberación” –antes ya había escrito otra obra de la especie con observaciones a dos libros de Gustavo Gutiérrez-, publicación que ha sido distribuida a muchos obispos de Latinoamérica, inclusive en Chile, es la ocasión que motiva el presente encuentro con el Presidente de la Conferencia Episcopal del Perú. Tiene éste lugar en una casa de los jesuitas ubicada en uno de esos tantos barrios limeños que se asoman a las aguas del Pacífico.

De entrada hablamos de los orígenes de su vocación –“yo, a Dios gracias, nunca he sentido una crisis de identidad; siempre sé que he sido un religioso o sacerdote y para qué he sido, y no me siento defraudado”-, dice, lo que le hace recordar su noviciado en los jesuitas de Chile en Chillán (conoció mucho aquí al padre José Aldunate S.J.), y en San Miguel de Argentina. Cuenta luego sus ansias de ser misionero en China y Japón, la fundación “Cruz Blanca” para ayuda de los niños, el inesperado nombramiento como arzobispo del Cuzco -54 obispos hay en Perú-, la aceptación “por obediencia al Papa” según voto especial de su orden, los problemas cardíacos de la altura y el traslado a El Callao, su presidencia de la Conferencia Episcopal peruana, para arribar por fin a sus inquietudes en torno a la “liberación”. 

-Yo, inicialmente, defendía la palabra “liberación” y siempre pensaba en la liberación integral. Más aún, estando como miembro del Departamento de Educación del Celam, desde el trienio anterior a Puebla, donde también estuve, estudiamos cómo la educación liberadora de Puebla quedaba incompleta cuando se fijaba únicamente en la parte sociológica. Una persona podía ser liberada de la opresión y después ella oprimir a otros… Insistimos, entonces, en la idea de la comunión y la participación, o la entrega; en darse, no únicamente en ser liberado. Es la “solidaridad” sobre la que habla el Papa.

Comencé, entonces, yo a objetar los folletos que salían a causa de los libros del padre Gustavo Gutiérrez y de los teólogos de la liberación, porque ahí uno encontraba, pues, un sociologismo tremendamente marcado. Algunos folletos eran enormemente marxistoides.

Recién llegado a El Callao, viniendo del Cuzco, en donde no tenía problema, me encontré aquí con un grupo proveniente de Chile llamado “Calama”, dirigido por un padre Caminada, que ya murió, en paz descanse.

-Peruano el padre Caminada?

No, él era holandés. Habían salido de Chile con motivo de haber terminado Allende. Y mi antecesor, que ya murió, Monseñor Vallejos, me los tenía acá. Eran abiertamente marxistas; entonces yo, después de dos años, no les renové el convenio. Pero apenas terminado este asunto, yo le dije al Cardenal, como presidente de la Conferencia: “Mire, Eminencia, yo me encuentro un poco alarmado, en cuanto me parece que se están radicalizando. Una cosa es un movimiento que me parece correcto de promoción del pobre, pero lo que aquí hay es una infiltración”. No había leído todavía los libros estos.

Así las cosas, en 1977 me pronuncié en la asamblea episcopal, en una forma privada, diciendo: “Estudiemos esto. Si vale la pena, tengámoslo; si no, corrijamos”. Hasta que llegó el año 83 –toda esta temporada seguía haciendo observaciones y penetrando más en el asunto-, momento en que recibimos una carta de Roma, que es cosa pública, en la cual el Cardenal Ratzinger indicaba a los obispos que estudiásemos estos dos libros que le digo. Entonces ponía doce tesis, doce proposiciones.

-¿Estos dos libros de Gustavo Gutiérrez?

-De Gustavo Gutiérrez, en concreto.

-“Teología de la liberación”, y…

-“Fuerza histórica de los pobres”, que es un compendio de trabajos. Entonces yo fui nombrado de inmediato, en una elección secreta, uno de los seis miembros que iban a estudiar esos libros.

Me vi obligado a analizarlos, por tanto, a fondo, porque no iba únicamente a pronunciarme por lo que otros decían. Ahí comenzó en realidad mi proceso de estudio. Después de tres asambleas en el Perú, no había pleno acuerdo. Había un grupo minoritario de obispos que trataba de ser más suave con esta tendencia. Entonces de Roma dijeron: Muy bien, pronúnciense sobre la teología de la liberación, dejando el asunto de los libros del padre Gustavo Gutiérrez para una segunda oportunidad”. Nos pronunciamos, pues, concordantemente en una asamblea tenida en la Santa Sede en la visita “ad limina” del año 84.

-Pero hubo grupos que siguieron insistiendo…

-Ciertos grupos aquí, en el Perú, que están muy bien organizados.

-¿Laicos? ¿Eclesiásticos?

-Dirigidos principalmente por sacerdotes donde hay bastantes religiosos. Es un grupo religioso. Hay incluso obispos que no se partidizan, pero que tienen benevolencia; es un sector minoritario, con cierta benevolencia.

Entonces yo dije: “Bueno, vamos a aclarar las cosas”; y escribí este libro “Observaciones…” directamente en relación a estos dos libros. Porque en la ya publicada Instrucción entregada por Roma, la “Libertatis Nuntius” del año 84, se dice cuál es la causa de que estas corrientes de teología de liberación contengan –fíjese que la cosa es grave- desviaciones o peligros de desviación que perjudican la vida cristiana y la fe. Se sabe, además, que el Cardenal Ratzinger, cuando preparó su documento, que lo publicaron en Trenta Giorni, nombraba a Gustavo Gutiérrez, a Ignacio Ellacuría, a Jon Sobrino, a Juan Luis Segundo, a Hugo Assmann, a Rubén Alves, y a otros.

El presidente de la Conferencia Episcopal peruana hablaba entonces del contenido específico de sus dos libros:

-En mi libro “Observaciones” cito 211 textos de Gustavo Gutiérrez y digo que efectivamente hay doce aproximaciones marxistas. Son, como decía la Instrucción vaticana, los “préstamos no criticados de la ideología marxista que son la causa de este peligro”, a lo que se añade una hermenéutica bíblica racionalista.

Comenzó entonces el coro: “No es marxista, no es marxista”. Hicieron una campaña por Gustavo Gutiérrez, en que mandaron al Cardenal y a mí, Karl Rahner y otros, más de cien cartas del extranjero para decir que no era marxista. Por su parte, los comprometidos aquí comenzaron a decir: “No, si nos vamos a moderar, estamos estudiando, se trata de aclarar”. Yo puse entonces doce aproximaciones, y al terminar el libro, ya en la parte de la conclusión, pongo 21 preguntas, partes socio-filosóficas y partes teológicas. No me han contestado hasta el momento.

Luego, Moseñor Durand me comenta sobre la última visita de Juan Pablo II al Perú en mayo de 1988:

El Papa, aquí, el 14 de mayo, cuando vino a Lima, a los sacerdotes les dijo: “Sabéis que hay una teología de la liberación errada”. Y a nosotros, los obispos, al día siguiente, el 15, nos pegó un jalón de orejas.

Revisamos el texto de la alocución papal a los obispos. Verificamos que les cita el ejemplo de San Toribio de Mongrovejo, gran Arzobispo de Lima en la época virreinal, con estas penetrantes palabras: “Santo Toribio de Mongrovejo, eximio predecesor vuestro, nos ofrece un claro ejemplo de cómo se ejerce esta virtud de la fortaleza, ya que fue un insigne maestro de la verdad, que amaba siempre. Dentro de este contexto debe articularse sólidamente vuestro magisterio claro y valiente para aplicar las directrices contenidas en las instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la teología de la liberación”.

-Justamente la idea que leyendo su libro se me presentaba es hasta qué punto esa teología de la liberación, como la de Gustavo Gutiérez y otros autores –Boff, etc.-, que reivindica a Gramsci, sirve justamente al propósito del gramscismo de transformar el sentido común, la cultura, vaciando a la sociedad de su vinculación con lo religioso.

-Considero que efectivamente Gramsci tiene una gran influencia en los autores señalados.

Además, esta alusión que he hecho a la revolución cultural es de tipo gramsciano, sin duda. Gutiérrez habla muy claramente del intelectual orgánico, que es un concepto muy claro gramsciano y es muy clásico, es señero en cuanto que es algo personal de él.

-¿Y ellos serían de algún modo intelectuales orgánicos en el esquema de Gramsci?

-Claro. Se supone. También habla, en otro aspecto, del bloque histórico que es otro concepto de Gramsci. Y Gutiérrez trata del primer asunto, o sea, del tema del intelectual orgánico, ya en la “Teología de la Liberación” y lo vuelve a tocar en “Fuerza histórica de los pobres”; pero el bloque histórico lo trata más bien adelante. Se ve que es un concepto que ha insertado posteriormente. Por consiguiente, yo estoy seguro de todo su contenido marxista, y sin duda también Gutiérrez toma a Marx directamente, porque lo cita en una parte final, que es importantísima, que trata de la caridad cristiana y la lucha de clases, que es donde aparece muchísimo el problema de la necesidad de lucha de clases.

-Hay un problema en el cual insisten diversos autores y que es una observación común: El apagamiento de lo religioso hace derivar la apetencia de lo absoluto, que existe en todo hombre, hacia lo político, gran parte de las veces. Se absolutiza equivocadamente así, dándole una dimensión per se religiosa a lo político. ¿Le parece a usted que la teología de la liberación cae en esta situación y que el interés que en muchos espíritus despierta se debe a este fenómeno equívoco?

O creo que participa. No es una idea que la haya analizado como para decirle taxativamente hasta qué punto; pero que ellos caen en ciertas absolutizaciones en su vinculación religioso-política me parece indudable.

-La absolutización de lo sociológico, que reemplaza el plano de lo trascendente, digamos.

-Siguen manteniendo a Cristo y los honores religiosos, pero le ponen una inserción, que yo le llamo a esto ideologizarse, o sea que la ideología predomina sobre la relación en ciertos aspectos. ¿Por qué tienen esa dificultad de aceptar el magisterio de la Iglesia? Porque han hecho una absolutización de este encuentro, que creen que ellos pueden tomar del marxismo lo que ya obviamente no se puede tomar si uno admite la fe revelada antecedente. Por consiguiente, yo estoy de acuerdo con lo que usted dice. Hasta qué punto, no puedo decirlo, pero que hay algo de esto es para mí claro.

Enseguida, retomando el tema anterior, Monseñor Durand añade:

-Hace cuestión de un par de meses leí un artículo muy interesante de un sacerdote que da unas conferencias en Argentina sobre Gramsci. Claro que la idea de revolución cultural de Gutiérrez es la de Gramsci.

En su último libro, “Utopía de la liberación”, Monseñor Durand va más lejos en su juicio sobre Gutiérrez. Ya no trata de doce aproximaciones, sino que establece “cuatro conexiones marxistas”. Se refiere en parte a ellas:

-La primera, más importante, es que él admite la necesidad de la lucha de clases. Dice: “Yo lo que trato es un hecho”. Es verdad que él habla de un hecho; pero él lo toma como necesario en sus dos primeros libros. Después lo ha atenuado. Pero el asunto está en que él diga en sus nuevos libros, bueno, “yo rechazo lo que he dicho en ese libro” y no que diga, “yo, lo que he dicho es un hecho”. ¡No, señor! ¡Usted ha dicho que es un hecho, es verdad; pero además de decir que es un hecho, ha dicho que es necesario, que es insoslayable! Si yo admito la necesidad de lucha de clases, lógicamente tengo que admitir lo que él dice. No puedo dejar de admitirlo, porque es el único medio.

Segundo punto, él va a la utopía de la liberación. En la página 305 de su libro, que corresponde al capítulo once, el penúltimo colofón dice: “El proyecto histórico, la utopía de liberación es para llegar a esa sociedad cualitativamente distinta”, que en otro momento, una sola vez, la llama sociedad sin clases. En casi todos los capítulos –yo diría en todos, yo he sacado textos-, como el mismo Marx, la lucha de clases no la pone como un término, la pone como un medio para ir a esta sociedad utópica, sin clases, en donde hay una nueva conciencia social. ¡Por amor de Dios! Cuando les saco ese texto a las personas, nadie me lo ha respondido.

Había un grupo de padres jesuitas, que son un poco, no abiertamente, pero un tanto conniventes con Gustavo Gutiérrez. Les dije: “Ustedes, contéstenme esto”. Se quedan callados.

Luego veamos un texto que está en “Fuerza histórica de los pobres”: Cuestionamiento radical. La palabra “radical” la usa en diversas partes también hablando de la Iglesia. Un cuestionamiento radical de la Iglesia, del actual orden social y abolición de la cultura opresora. Cuando yo pregunto, digo: “¿Esta cultura cuál es? ¿Va a abolirla? ¿Qué está haciendo Sendero?”. Yo, en mi primer libro –y aquí lo repito con poco atenuante-, señalo: “Yo estoy seguro de que Gutiérrez, por supuesto, no va al terrorismo”. Pero si se acepta la dialéctica marxista –y en el fondo él la está aceptando, aunque diga que no-, ¿quién le dice después a Sendero Luminoso: “Aquí te paras” y a Polpot “Aquí te paras” o a Mao Tse-tung “Aquí te paras”?  

Luego, en “Fuerza histórica de los pobres” Gutiérrez añade: “Forjar una sociedad radicalmente distinta, pero ese descubrimiento sólo se hace en la lucha revolucionaria, que cuestiona desde la raíz el orden social existente y postula la necesidad de un poder popular para la construcción de una sociedad de veras igualitaria y libre”. ¡También el poder popular! Y agrega: “Una sociedad en la que sea eliminada la propiedad privada de los medios de producción”. Esto es marxista, es el análisis marxista. “Y en la explotación de una clase por otra, una sociedad en que la apropiación social de la gestión política y en definitiva de la libertad, dando así lugar a una nueva conciencia social”.

¿Por qué diablos? Perdone la expresión. ¿Por qué se apropie va a haber así una nueva conciencia social? ¿Por qué?

-Hay una especie de determinismo histórico materialista, pareciera en ese texto que Ud. me lee…

-Por supuesto. Este texto es una tesis totalmente marxista materialista.

Monseñor Durand seguirá más adelante con estas conexiones marxistas en la obra de Gustavo Gutiérrez. Pero aquí se detiene para protestar por el doctorado concedido por la Universidad de Lyon al teólogo peruano –Maxima cum Laude- “después de unas preguntas muy por encima, hechas en plan de amigos”.

-Luego de 25 años que había dejado de estudiar le aceptaron sus libros como tesis. ¡Por amor de Dios, unos libros como tesis! Yo me siento ofendido, digo cómo no se preguntó a la Conferencia Episcopal del Perú. ¡Es una falta de respeto! No hubo ninguna pregunta a fondo.

-Me hablaba recién de Sendero Luminoso y sé del estudio que están haciendo del lenguaje de Sendero. Yo quería preguntarle, en cuando al terrorismo –que es en Perú un gravísimo azote, basta con ver los quince mil muertos producidos en pocos años- ¿a qué atribuye el ideologismo marxista tan radical que inspira esta guerrilla en el Perú, que parece más cargada ideológicamente que en otros países? ¿Puede ser un poco el abandono en que quedaron ciertas universidades? Por otra parte, ¿ve usted el peligro de que la guerrilla se alíe en Perú con formas extremas de teología de la liberación, que, como se ha visto en la práctica en Nicaragua, postulan la violencia como fórmula política?

-Aquí hay varias preguntas. En primer lugar, yo creo que Abimael Guzmán, el jefe de Sendero, es un hombre inteligente, que como él mismo dice en un interview que le han hecho y ha sido publicado…

-Se conoció también en Chile, pues lo reprodujo El Mercurio.

-Yo lo considero un documento bastante fidedigno. Él dice que llegó a comprender todo este asunto cuando estuvo en China en la época de Mao; él se reivindica de Mao. Entonces Marx, Lenin, Mao y el cuarto pensamiento que llaman del presidente Gonzalo, que todavía no he llegado a captarlo plenamente y eso que con algún terrorista que conversé, le pedí datos, pero nunca me los han dado.

-¿Presidente Gonzalo sería él, Abimael Guzmán?

-Él, sí. Él es el presidente Gonzalo. Por eso dice: “Alan García que funge de presidente”… Entonces, este hombre ha estado unos diez años en la Universidad de Huamanga, en una zona clave, porque es muy característica…

-Ayacucho.

-La Universidad de Huamanga, llamada Huamanga en tiempo de los españoles, lo que es Ayacucho.

-¿Ha estado ahí como profesor?

-Como profesor, como catedrático, donde este Morote, padre del que está detenido, lo llevó cuando era rector.

Entonces él ha estado –y lo tengo yo por fuente fidedigna- diez años usando la camioneta de la misma universidad, yendo de pueblo en pueblo, mentalizando a muchas poblaciones de gente deprimida y a los elementos de esa universidad, muchos de los cuales eran muchachos de la sierra, de otras partes, que no eran ayacuchanos y que todos son –muchos- de una condición más bien deprimida.

Entonces yo pienso que cuando uno se obsesiona y tiene capacidad de comunicación y presenta como científico el análisis marxista –cosa que yo no admito-, pero presenta como científico, entonces viene a darle la impresión, muy fácil de proponer, de que todo está podrido.

Como decía una muchacha casi menor de edad, que había participado en crímenes: “La guerrilla es el único modo, porque todo está podrido”… Entonces, si uno magnifica todo lo malo que hay, que existe, y no mira el progreso, entonces se crea esta sensación, que han sabido explotar, que lleva a una ideologización. Es lo que se ve en los soldados de Jomeini y que antes se vio en las juventudes hitlerianas. Siempre se ha dado el muchacho que en estas situaciones cree y dice: “Bueno, yo cumplo un deber”. Y aquí se lo han mezclado inicialmente con el aspecto religioso; porque no han combatido directamente lo religioso.

Tuve ocasión, hace unos tres años, de visitar a las senderistas metidas presas, que ahora han sido trasladadas a Chorrillos, pero antes estaban en El Callao.

Fui un día a la cárcel y noté unas quince o veinte totalmente ideologizadas y las cuarenta y tantas restantes amedrentadas. Le dije al grupo: “Yo conozco más o menos el librito rojo de Mao Tse-tung, etc. Respondieron: “Se lo vamos a dar”. Todo eran consignas.

-Hablaban en consignas.

-Hablaban y cantaban en consignas. Y aquí aparece también el dato religioso. Entonaban, por ejemplo, algo del niño Jesús guerrillero. Un canto que decía: “conquistar el cielo con el fusil”. Y había entre ellas, porque esto lo sé, yo mismo lo experimenté, una vigilancia extraordinaria.

-¿Se espiaban?

-Todo estaba ordenado. Tenían que hacer ejercicios gimnásticos; dentro de la estrechez del sitio, estaba todo ordenado. Y cuando a una de éstas, una que había estado enferma, le conseguí una silla de ruedas sin permiso de la jefa de ellas, no se podía entregar la silla de ruedas.

Me dijo una religiosa que allí trabajaba: “Hay una que quiere confesarse. La pobre está, la chica, flaca, desesperada”. Me acuerdo que estaba con los hombros caídos. Y de repente nos encontrábamos aparte en un sitio, yo miro y estaba una que había declamado una poesía, “El guerrillero a su madre”, una joven de unos 24 años, que se ponía de puntitas para ver qué es lo que me decía esta muchacha a mí. Es un control tremendo. Y eso lo tienen también en las otras cárceles, hay unos controles al interior del grupo tremendos. Además del temor; lo producen al punto que uno se queda aterrorizado, tanto las poblaciones como ellos mismos. El único modo que hay para ellos es destruir para lograr construir. No les pida lógica. El ideologizado no es lógico. El ideologizado no es lógico, trabaja con los afectos, los sentimientos. Y como siempre tenemos algo de salvajes, pues entonces se exacerba lo salvaje.

El otro punto era que…

-Si eso pudiese –en algún momento- encontrar un engarce con estas tendencias de la teología de la liberación más radicalizadas, que postulan la violencia, como el caso de Nicaragua, por ejemplo.

-Yo he tratado de explicarle a usted antes –lo digo en mi libro- que si uno lleva a sus últimas consecuencias la dialéctica marxista, no se puede poner freno y decir: “Aquí me quedo”.

Yo creo, respecto de los teólogos de la liberación del Perú, que es lo que conozco, que no están deseosos de llegar al terrorismo; pero que sí algunos de ellos creen apta una situación como la de Nicaragua.

Yo en mi libro, pregunto, cuando en el último capítulo me refiero a las entidades internacionales católicas que ayudan a estos movimientos de acá, que si ellos pretenden hacer del Perú, y después de América Latina, una Nicaragua, porque las consecuencias geopolíticas serían tremendas. Lo que pasa es que no se dan cuenta, porque hay gente de Holanda, de Estados Unidos, de Alemania, que están ayudando directamente a estos movimientos y creen que para estos países el único medio es el marxismo porque esto es marxismo. Entonces, yo pregunto: “Señores, pero si ustedes de la miseria que han estado en la posguerra se han levantado, ¿por qué nosotros tenemos que pasar por el marxismo? Que haya que hacer cambios fuertes, enérgicos, con coraje, yo lo digo en mi libro y el Papa no solamente lo ha dicho una vez. Hay una situación muy grave, sobre todo la falta de ética y moralidad es gravísima. No hay sistema económico que pueda resistir cuando no hay ciertos topes que frenen la corrupción en robos de todo tipo, de todo orden; no hay sistema que pueda resistir.

Entonces, en cuanto si hay compromiso con la violencia, yo le digo –es un punto que está explicado en mi libro-, lógicamente sí, en la práctica, no. Y en el Perú sí hay grupos que creen que el ideal sería Nicaragua.

La conversación llega ya a su fin y se dispersa saltando rápidamente de un tema a otro. El presidente de la Conferencia Episcopal peruana cuenta sobre los planes preparatorios a la celebración del quinto centenario del descubrimiento de América. Su preocupación central es la de dar doctrina. Y agrega una queja que por cierto no puede circunscribirse al Perú:

-Es una lucha continua, oiga, porque, con los medios de comunicación social y de modo particular la televisión, hay una penetración secularista de tipo europeo tremendo. Parece que los mandamientos de la Ley de Dios no existen, la Ley de Dios no existe. Se confunde la libertad con el libertinaje, no hay ley. Entonces es un problema gravísimo en todo orden, no solamente de la parte del sexto mandamiento, sino del séptimo mandamiento, el no difamar, el no mentir.

Monseñor Durand añade luego algunas consideraciones sobre lo que debe ser el buen uso de la libertad y recuerda algunos pasajes de su libro donde destaca que nuestro proyecto histórico o personal -“ahora se habla mucho de proyecto histórico”…- sólo se entiende en el marco de nuestro proyecto eterno. Insiste, asimismo, en los valores de la piedad popular y en la importancia de una pastoral que separa elevarla de tono.

La reciente elección de Monseñor Durand para el cargo de presidente de la Conferencia Episcopal peruana trae a la conversación la cuestión del rango de autoridad que estas conferencias tienen. Sobre ello ya habló en su libro “Informe sobre la Fe” el Cardenal Ratzinger. Comentamos que a principios de año –según se acaba de revelar- el Cardenal Bernardin Gantin, prefecto de la Congregación para los Obispos, envió a los episcopados de todo el mundo un borrador de 30 páginas sobre la función y límites de autoridad de las conferencias episcopales. Este texto servirá de base para la elaboración de un documento de la Santa Sede que ya se anunció en las conclusiones del Sínodo Extraordinario de Obispos de 1985: “Teniendo en cuenta que las conferencias episcopales son tan útiles, es más, necesarias, en la actual labor pastoral de la Iglesia, esperamos que se haga un estudio, lo más amplio y profundo, de su status teológico y, sobre todo, de la cuestión de su autoridad doctrinal”.

Este texto provisional afirma, entre otras cosas, que las conferencias episcopales no han de considerarse propiamente como organismos colegiales y que no deben limitar la autoridad central de la Santa Sede y la de los obispos en su propia diócesis. Es más, añade que las conferencias episcopales “no tienen facultad de dictaminar en cuestiones doctrinales y morales” y no participan de la autoridad magisterial. Esta corresponde sólo al Papa y a la comunidad de los obispos en unión con el Papa, para la Iglesia universal, y a cada obispo en unión con el Papa, para cada diócesis. Asimismo, el documento advierte de los peligros de “una excesiva burocracia” en los comités y oficinas que generan las conferencias episcopales y que a veces “coaccionan psicológicamente a los obispos, que acaban de ver en ellas una especie de supergobierno de la diócesis”.

Se comenta que este documento de la Santa Sede tardará todavía algunos meses en salir. Que su finalidad será la de resaltar la misión y responsabilidad de cada obispo, tal como quería el Concilio Vaticano II. Que paradójicamente este impulso había sido debilitado por el excesivo desarrollo que tuvieron las conferencias episcopales en loa años llamados del posconcilio. Que es importante no olvidar que estas conferencias “no tienen una base teológica, no forman parte de la estructura imprescindible de la Iglesia tal como las quiso Cristo” y que “sólo tienen una función práctica, concreta”, como dijo el Cardenal Ratzinger en sus declaraciones a Vittorio Messori. Se recuerda asimismo que el nuevo Código de Derecho Canónico afirma que “no pueden actuar en nombre de todos los obispos, a no ser que todos y cada uno hubieran dado su propio consentimiento” o que se trate de materias ya establecidas “por el derecho común o cuando así lo establezca un mandato especial de la Sede Apostólica”.

El arzobispo-obispo de El Callao acota por fin al respecto:

-Precisamente porque los obispos son sui juris, es que salvo el Papa, nadie puede entrar en su jurisdicción. Y ellos tienen un deber con sus fieles que no es eximido por la Conferencia Episcopal.

En abono de su acuerdo con estas consideraciones, explica que precisamente fue por esta razón que su libro lo dedicó “A vosotros, los fieles del Callao”, pues en esto “a mí no me toca marchar a nivel nacional…”.

Concluida la entrevista, monseñor Ricardo Durand solicita al entrevistador que en todo caso quede constancia de su impresión más reciente en torno a las actitudes del teólogo de la liberación peruano Gustavo Gutiérrez: “Está suavizando sus expresiones y aclarando diversos puntos en su último libro y en algunas intervenciones que hace. Esto lo reconozco, pero afirmo y muestro en mi libro que no bastan aclaraciones, sino que son imprescindibles rectificaciones”.

Con todo, la opinión de monseñor Durand no es del todo compartida por especialistas chilenos en esta materia, a quien el mismo entrevistador consultó sobre el particular. Principalmente objetan éstos que de poco vale una cierta aclaración de puntos hecha por Gutiérrez en el prólogo de alguna nueva edición de sus obras, cuando éstas han sido reeditadas sin modificación alguna respecto de su contenido original.

Qui vivra, verra…